En 1964 Fidel Castro visitó la Unión Soviética con un dilema que tendría que resolver apenas bajara del avión: ¿cómo evadir los besos de Brézhnev, conocido por entregarse con entusiasmo al “saludo fraternal socialista” de tres besos y abrazos, el tercero en la boca si la relación era estrecha?
Estos símbolos eran seguidos de cerca por amigos y enemigos que, con esto, deducían la solidez de las alianzas y las relaciones. Rechazarlo mostraba cierto distanciamiento. “Entregarse” podía comprometer la imagen audaz y viril que los revolucionarios barbones habían consolidado, además de que seguramente Castro no quería besar a su colega.
La tradición data del beso santo en la liturgia ortodoxa rusa del siglo XVII, cuando el Domingo de Pascua todos, incluidos los hombres y por supuesto el sacerdote, intercambiaban besos en la boca en señal de fraternidad y celebración. Con el tiempo la costumbre permeó a otras esferas. Los extranjeros que viajaban a la Rusia zarista reportaron, sorprendidos, que incluso se les concedía besar en la boca a las esposas de sus anfitriones como una muestra de hospitalidad. Entre los testimonios más llamativos hay una foto del zar Nicolás II repartiendo besos y medallas a sus tropas en reconocimiento a su valor y heroísmo. Luego la Revolución de Octubre, con su ideal de fraternidad, igualdad y solidaridad, oficializó entre los bolcheviques lo que hasta entonces había sido un gesto espontáneo, elevándolo a un estatus de ritual entre las primeras generaciones de camaradas comunistas. Pero nada tenían que ver los pudorosos picos del zar a su ejército con el apasionado triple Brézhnev, como también se le conocía al saludo; el cual le valió que se comentara —de forma clandestina, por supuesto— que era un “político mediocre, pero qué bien besa”.
El más famoso de estos besos lo daría en 1979, quince años después del dilema de Castro, durante una visita a Alemania del Este para conmemorar el treinta aniversario de esa nación. Ahí, Brézhnev se fundió en un apasionado saludo socialista con Erich Honecker, entonces jefe del Estado alemán, y el momento se registró en una fotografía icónica, reproducida a su vez en un grafiti que se convertiría en el más famoso del muro de Berlín.
Pero volviendo a Fidel y su dilema, ya desde el inicio de la década de los cincuenta los países del bloque comunista asiático habían rechazado cualquier contacto físico, ideando adaptaciones más acordes a su cultura: tres abrazos o tres reverencias, si acaso, pero nunca besos. Durante esos años emergió el llamado Conflicto Sino–Soviético, atribuido por la historia oficial a supuestas diferencias ideológicas y a la lucha por la hegemonía global. Algunos historiadores heterodoxos, sin embargo, consideran que esa distancia, más allá de los desplantes militares y políticos posteriores que la hicieron escalar, pudo originarse en desacuerdos tan insignificantes como la insistencia de los soviéticos en besar a sus contrapartes chinas. Un gesto que en China se interpretó como un intento repulsivo —“uno más”, según su propio recuento de agravios— por establecer la preminencia soviética sobre el maoísmo.
El peso del símbolo y la secrecía de la cultura comunista fueron deformando el beso y otras expresiones más sutiles hasta degenerar en un enredado juego de espejos para enviar mensajes o confundir a los adversarios. Fue en ese contexto que la CIA, junto con algunas universidades estadunidenses, formaron a expertos en decodificar este tipo de señales, dando a luz la disciplina de la Kremlinología. Ésta analizaba, en su vertiente burocrática, el detalle de los saludos, el acomodo de las personas en los templetes, el lugar que ocupaban las noticias en las páginas de los periódicos, los títulos —o ausencia de ellos— al mencionar a funcionarios, la aparición o desaparición de algún retrato en las oficinas, o las diferencias en las redacciones de los comunicados de prensa de cada país respecto a un mismo evento.
En un principio, las recomendaciones de esos kremlinólogos eran tomadas con seriedad, aunque se fueron debilitando al paso de los años, en parte por algunas pifias trascendentes, por su antagonismo natural con el personal operativo y también debido a campañas orquestadas por la contrainteligencia soviética para desacreditarla. Ahora se sabe, por ejemplo, gracias a documentos desclasificados de la Stasi, que en Alemania Oriental empezaron a referirse a aquella ciencia como kremliastrología. Se llegó a saber también —por comunicaciones interceptadas, ahora públicas— que el curso de acción que tomó Castro en el 64 fue celebrado por los kremlinólogos y sus contrapartes como una jugada maestra en el campo de los símbolos políticos. Esto, al no dar pie a interpretaciones definitivas en uno u otro sentido.
Los servicios de inteligencia alrededor del mundo aguardaban expectantes los reportes de la llegada de Castro a Moscú y observaron boquiabiertos su desembarque con un habano en la boca, seguido de tres efusivos abrazos a Brézhnev, sin sacarse nunca el puro; es decir, sin dar espacio a ningún tipo de beso.

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Me interesé por esta historia a partir de mi visita a una exposición sobre el transiberiano en la que, más allá de la parafernalia nacionalista y la abundante información técnica, me atrapó una pequeña muestra en el sótano de la sala principal. Un espacio a media luz con focos antiguos, al pie de unas escaleras de caracol, en el que había una pila de maletas y portafolios amontonados.
Primero pensé que podía representar el viaje sin retorno de los que fueron a los gulags en esos mismos trenes, pero se trataba de la “Colección Nacional de Objetos Históricos del Sindicato de Trabajadores de la Rossiskiye Zheleznye Dorogi” (RZhD, la compañía rusa de ferrocarriles, la más grande del mundo, con cerca de 1.2 millones de trabajadores y 85 000 kilómetros de vías). Una placa al pie decía que la organización preserva los objetos con valor histórico, o “que adquirieron ese estatus al paso del tiempo”, olvidados en sus vagones.
En el muro opuesto, un tablero con manijas y botones de otra época —que en realidad eran pequeñas puertas hacia cavidades cúbicas, como las urnas de una cripta o las cajas de seguridad de un banco— guardaba objetos pequeños de la misma colección con textos en letras diminutas. Ahí se exhibían: un cortauñas de Walter Benjamin, un bote de conservas de manzana olvidado por Púshkin, un peto salpicado de comida por Gógol y una lujosa pluma de Trotsky. Por encima de todo, captaron mi atención los restos del puro de Fidel, el pañuelo ensangrentado de Tolstói y la urna vacía de Mao.
Al pie del pañuelo de Tolstói:
Una madrugada de noviembre de 1910, Lev Tolstói dejó una nota escueta a su esposa tras abandonar su casa en Yásnaya Polyana en compañía de su doctor, Dushan Petrovich Makovitsky. Buscaba pasar sus últimos días en paz y en soledad, y tomó un tren hacia el sur por la ruta Ryazan-Kozelsk viajando, como era su costumbre, en un vagón de tercera clase junto con los campesinos y la gente sencilla.
El vagón lleno le dificultaba respirar, por lo que salió a tomar aire, exponiéndose alrededor de tres cuartos de hora al viento helado de la mañana. Al llegar a Astápovo ya manifestaba síntomas de neumonía, por lo que el Dr. Makovistky buscó al comisario de la estación, Iván Ivanovich Ozolin —originario de Letonia—, quien llevó a Tolstói al dormitorio a un lado de su oficina.
El escritor agonizó durante varios días bajo la cobertura de la prensa internacional, y en compañía de su familia y amigos, a excepción de su esposa, a quien sólo le fue permitido entrar en el último suspiro. Se dice que Tolstói había ideado un cuestionario para que, llegado el momento, sus amigos registraran sus observaciones sobre la última experiencia, pero nadie lo recordó entre la conmoción de aquellas horas, ante la visible desesperación del escritor.
Lev Nikolayevich Tolstói murió el 7 de noviembre de 1910. En su parte oficial, el Dr. Makovitsky concluyó que a Lev Tolstói lo había matado el aire frío al que se expuso en el andén de Kozelsk.
Éste es el pañuelo que usó durante su último viaje.
En otra se exhibía un puro consumido casi por completo. La “reliquia” databa de la primera visita de Castro a la URSS, en el 63, cuando Kruschev aún vivía, un año antes de la visita en la que evitó el beso de Brézhnev. El texto al pie decía:
En 1963, en un viaje sin precedentes, inmediatamente después de la “crisis de los misiles”, Fidel Castro visitó la URSS por primera vez y recorrió con libertad durante cuarenta días una vasta extensión, desde Moscú hasta Siberia, pasando por Irkutsk y Samarcanda, usando el tren como medio de transporte. A donde llegaba, era recibido por multitudes espontáneas que se reunían a escucharlo ya que, durante muchos años, no hubo héroes más grandes para el pueblo soviético que Alexander Pushkin, Lev Yashín, Yuri Gagarin, Fidel Castro y el Che Guevara.
En la ruta siberiana entre Khabarovsk y Vladivostok, una multitud de leñadores bloqueó las vías para comprobar si, en realidad, Fidel Castro pasaba por ahí. Contra toda norma de operación, el tren se detuvo y el líder bajó a saludar con ropa visiblemente inapropiada para el clima. Al percatarse, uno de los leñadores le donó su abrigo y el comandante, conmovido por el gesto, buscó algo para dar en reciprocidad, decidiéndose por un habano. El leñador, tras dar una fumada, pasó el puro a sus compañeros, quienes hicieron lo propio hasta que todos dieron una calada. Su traductor durante el viaje, Nikolái Leónov —quien años después se iría a vivir a Cuba—, reportó que dentro del tren Castro se conmovió hasta las lágrimas, convencido de haber atestiguado una muestra del socialismo verdadero.
Esto es lo que quedó de aquel habano, conservado por el maquinista Valentín Afonin, quien fue el último en fumarlo.
Finalmente, en el espacio vacío reservado para Mao, se explicaba:
Mao Zedong se encontró con Stalin por primera vez durante una visita de dos meses a la URSS, en el invierno del 49 al 50. Durante su largo recorrido en el transiberiano, se programó una parada a orillas del lago Baikal para que la delegación pudiera contemplar el lago congelado. Todos bajaron, menos Mao.
Se dice que, al continuar el viaje, su consejero más cercano, Zhou Enlai, le preguntó:
—¿Camarada Mao, por qué no quiso bajar del tren?
A lo que Mao respondió:
—¿No sabes que el pastor Su Wu alimentaba aquí a sus ovejas?
Con esto quería decir que, en otros tiempos, aquella región había pertenecido a China.

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Me obsesioné durante un tiempo con esos objetos, pero conforme pasaron los días me fui obsesionando aún más con los textos que los acompañaban. Incluso volví para releerlos semanas después y, entre más atentamente los leía, más improbable me pareció que lo que narraban, con el realismo de la historia de Tolstói, el sentimentalismo del relato de Castro o el aire de parábola del viaje de Mao, pudiera ser real. Alguien lo tuvo que haber inventado. Empecé a preguntarme ¿qué habría sido de aquella vieja guardia de kremlinólogos burócratas tras la caída del muro, y qué de sus contrapartes encargadas de ocultar o distorsionar la realidad desde sus escritorios? Me sedujo la idea de que alguno de esos jubilados de la simbología política pudiera ser el responsable de las urnas y los textos de la exposición.
Tal vez quedaban algunos sobrevivientes de aquella disciplina extinta en las burocracias de sus respectivos países. No era descabellado que formaran algo parecido a una cofradía o, con menos misterio, algo como un club internacional de jubilados. Una hermandad de nostálgicos de los tiempos en los que la posición de un retrato, los detalles de un gesto o la intencionalidad en las palabras de un discurso, encerraban significados múltiples. Quizá se entretendrían dejando pistas a sus colegas y antiguos adversarios, alterando comunicados de prensa o interviniendo exposiciones; persistiendo, con resignación lúdica, en conservar significado y sutileza en medio de la indiferencia.
Tomé en serio esa hipótesis y, como primer paso, investigué tanto como pude sobre estos viajes en tren, pero sólo pude confirmar los detalles del de Tolstói. Era lógico. Hubiera sido imprudente que un funcionario menor distorsionara un relato conocido por todos, si acaso añadiendo un ligero énfasis ferroviario. Aunque tal vez por eso el autor o los autores decidieron intervenirlo con más sutileza, adornando la sintaxis oficial con algunos detalles en apariencia intrascendentes, como el cuestionario preparado por Tolstói en anticipación a su agonía.
Sobre los viajes de Fidel y Mao, los eventos y las rutas se ajustan a los registros históricos, pero no hay información que sustente lo demás. No escasean detalles —al contrario— del encuentro de Fidel y Krushchev en el 63 se conocen los discursos, el número de asistentes a las concentraciones, la visita a una base militar secreta para conocer la nueva generación de submarinos; incluso que Castro volvió a la isla con “doce latas de caviar negro, un rifle de caza y un oso vivo que le regalaron los geólogos en el Baikal”. Al extender la búsqueda a su visita siguiente, la de 1964, tras la muerte de Krushchev, encontré anécdotas tangenciales bien documentadas —la maniobra para evitar los besos de Brézhnev, por ejemplo—, pero sobre el encuentro con leñadores mientras cruzaba Siberia, no se dice nada en ningún lado.
De la visita de Mao en el 59 se saben ahora, gracias a informes desclasificados, una gran cantidad de detalles como que, en una conversación privada, Mao le confesó a Stalin no haber leído nunca El capital; o que el líder soviético, buscando vulnerabilidades en su odiado adversario, instruyó a la KGB a recolectar y analizar las heces del Gran Timonel. Sin embargo, de la negativa de Mao a bajar del tren para ver siquiera el lago Baikal, o de la improbable fuente que pudo haber registrado su diálogo con Zhou Enlai, tampoco se sabe nada.
Cada vez me parece menos inverosímil la idea de que el Sindicato de Trabajadores de la Rossiskiye Zheleznye Dorogipueda ser uno de los últimos reductos de la simbología política sutil, y una de las escasas reservas burocráticas en las que todavía sobreviven, agazapados, algunos de sus antiguos miembros o de sus improbables herederos.
Conforme fui encontrando nuevas pistas, la curiosidad se tornó en investigación hasta llevarme a otros hilos que se entretejen de manera más compleja en los lugares obvios —por un lado, Berlín, Moscú y Pekín; por el otro, Londres y Langley—, pero que se extienden también a Ho Chi Min, Tiflis y Bakú; a Kinshasa, Maputo y El Cairo hasta aterrizar en La Habana, México y Santiago. Aún quedan muchos cabos sueltos, pero a estas alturas puedo decir, casi con certeza, que esa cofradía global de burócratas existe y que, hasta la fecha, se corresponden, en el sentido más amplio de la palabra, con juegos sutiles y entreverados donde se aplican con todo el empeño de sus horas libres.
He acumulado suficiente material para extender y profundizar el ensayo sobre el tema que me valió una beca para vivir seis meses en Berlín y continuar mi investigación. He recibido también algunas comunicaciones anónimas sospechosas relacionadas con esto, apenas se publicaron los trabajos premiados en una oscura revista alemana, por lo que me siento más cerca de poder contar bien esta historia y dar cuerpo a lo que se insinuaba desde las primeras pistas, pero ese relato, si llega, tendrá que ser contado en otra parte.
Pablo Salazar
Escritor
Este cuento forma parte del libro Tras la huella del ñandú, publicado por la Editorial Universidad de Guadalajara, ganador del XXIII Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola.