Kierkegaard y sus diarios

Soy lector de diarios: esos artefactos que registran sucedidos, ocurrencias, pensamientos, sueños, atisbos a la forma personal a veces secreta, a veces engañosa, de sentir y pensar la vida. En los últimos meses leí los primeros cuatro volúmenes de los diarios del filósofo y teólogo danés Sören Kierkegaard (1813-1855) publicados por la Universidad Iberoamericana en traducciones de María J. Binetti y Nassim Bravo Jordán. Corresponden a la década de sus veinte años, entre 1834 y 1842. Esperaba encontrar menos los registros de un estudiante de teología que las andanzas propias de un jovencito acomodado en Copenhague a principios del siglo XIX. No fue así.

El joven Kierkegaard está sumergido en sus pensamientos. Los diarios abundan más en lecturas y reflexiones que en hechos de su vida cotidiana. Salvo algunos viajes por Dinamarca, sin duda un gran acontecimiento personal, la muerte de su padre en agosto de 1838: “Mi padre murió el miércoles —día 8— a las 2 de la madrugada”; y su falta de disposición a presentar un examen de teología: “No puedo más que suponer que es la voluntad de Dios el que yo tenga que estudiar para mi examen”, nos dice muy poco del acontecer mundano. En 1841 apunta: “Aparte de mis otras numerosas amistades con las cuales mantengo en términos generales, una relación muy superficial, tengo todavía un íntimo confidente: mi melancolía”.

Sus diarios recogen el diálogo con ese íntimo confidente que es él mismo y, oculto en un segundo plano, Dios. A ninguno tiene que contarle lo ocurrido, así que navega con libertad por lo que idea, y registra desvaríos sin dar demasiadas explicaciones.

Ilustración: Ángel Campos

El momento emocionalmente más complejo de estos años es su relación con Regina Olsen, un compromiso matrimonial pactado en 1840 y su decisión de romperlo apenas al año; pero no encontramos ningún relato, como si las acciones concretas carecieran de significado y sólo lo tuvieran las ideas que despiertan en él. Por ejemplo, el 2 de febrero de 1839 escribe quizás una declaración de amor por Regina, aunque no la menciona de forma clara:

Tú, soberana de mi corazón, guardada en lo más profundamente secreto de mi pecho, en mi más plena idea vital, ahí donde existe la misma distancia del cielo que al infierno, ¡divinidad desconocida! ¡Oh! ¿En verdad puedo creer los relatos de los poetas, en los que cuando uno mira por vez primera al objeto amado, se tiene la impresión de haberlo visto previamente? ¿Que todo amor, lo mismo que todo conocimiento, son recuerdos, y que también el amor en el individuo singular tiene sus profecías, sus tipos, sus mitos, su Antiguo Testamento?

Pero sobre qué tanto de esta emoción le transmitió a Olsen y cuándo, los diarios guardan un silencio total. Del momento de la ruptura, ese suceso entre absurdo y trágico que va a marcar para siempre su vida y también la de Regina Olsen, tampoco hay detalles, sólo notas esporádicas. Como ésta, de 1841:

Ahora el asunto está definitivamente decidido, y no obstante no puedo nunca darlo por terminado. Ella no sabe qué clase de abogado tiene en mí. Ella era inteligente. Como despedida, me rogó que la recordara de vez en cuando. Ella sabrá bien que en cuanto la recordara lo iba a pagar caro. Pero, aunque ella no me lo pidiera, yo lo hubiera hecho.

Me llama mucho la atención que cuando Kierkegaard, un poco más adelante, en 1843, dé a la luz la novela Diarios de un seductor representará los diarios personales como papeles que recogen acontecimientos, citas, cortejos, y los puntos más despiadados del drama (incluyendo las elucubraciones de su protagonista). Pero él escribe los suyos con la voluntad deliberada de no dar como experiencia vivida esos detalles ni rastros. Algunos creen que lo hace para esconder cosas de ojos indiscretos; pienso más bien que los acontecimientos de su existencia, al no anudarse a una estética que los redima o los clarifique, como en la novela, carecen de valor para recogerse y relatarse: no ilustran nada, no revelan nada de su sentido, son mera expresión de un vacío. El 12 de mayo de 1839 anota:

Toda la existencia me produce angustia, desde la más pequeña mosca hasta los secretos de la encarnación; todo me resulta inexplicable, y yo en especial; toda la existencia me parece contaminada, y yo en especial. Grande e ilimitada es mi pena; nadie la conoce, salvo Dios en los cielos, y Él no me va a consolar; nadie puede consolarme, salvo Dios en lo cielos, y Él no va a apiadarse. Joven, adolescente, tú que aún te encuentras lejos de la meta, ¿acaso te has extraviado? ¡Vuélvete!

En esos tortuosos días varias entradas muestran su intento de entender por qué se le escapa el significado de su vida. En una, poco después el 25 de julio de 1839, reflexiona:

La razón por la que encuentro tan poca alegría en la existencia es que, cuando la idea de algo despierta en mi alma, lo hace con tal energía y con una dimensión tan sobrenatural que yo realmente quedo extenuado, y para mí la anticipación ideal se halla tan lejos de esclarecer la existencia que más bien me alejo con impotencia de ella para encontrar algo que corresponda a la idea. Soy demasiado tempestuoso y, por así decirlo, demasiado nervioso para reposar ahí.

Sobre esto volverá a escribir el 6 de septiembre de 1839. Un tono distinto, menos personal:

La mayoría de los hombres piensa, habla y escribe de igual forma en que duerme, come y bebe; todo esto sin que nunca se formule la cuestión acerca de su relación con la idea, lo cual sí ocurre con la minoría, en la que este instante decisivo, o bien posee la fuerza impulsora en el más alto grado (lo genial), o bien paraliza al individuo mediante la angustia (lo irónico).

Esta entrada es reveladora porque enlaza ironía y angustia. Pone en un mismo plano un estado psicológico y una actitud: la desgracia con el escudo de supervivencia. Al menos en el plano especulativo ambos estarán presentes en su relación con Regina y quizás a lo largo de toda su vida. Un año después, en 1840, escribe en tono profético:

Toda mi desgracia reside en que cuando quedo preñado con ideas, siento entonces una predisposición en contra del ideal. Es por ello que doy a luz abominaciones y por lo que en realidad no responde a mis ardientes anhelos. Quiera Dios que no sea éste también el caso del amor, pues también ahí se apodera de mí una secreta angustia de que haya mezclado un ideal con la realidad.

Mucho antes del desdichado final que conocemos, ya lo aflige la pesadumbre de que su amor sea también un sinsentido, carente de cualquier vínculo con una forma ideal que apenas concibe. Esa misma zozobra lo alcanza cuando imagina el momento en que acabará con su relación. Con la voluntad irónica viste de ligereza su desconsuelo y quiere hacerle creer a Regina “en la medida de lo posible, que yo era un simple impostor, un hombre frívolo, esto con el fin, si es posible, de hacer que me odie. Pues creo que le resultaría todavía más difícil si ella sospechara que la causa era mi melancolía”.

La fantasía de engañarla presentándose como un Don Juan exhibe las consecuencias absurdas que para Kierkegaard, parece, tiene la angustia. Algo que atribuye en una anotación de febrero de 1839 a un ser opuesto del genio maligno de Descartes:

Experimento una extraña angustia cuando miro la hipocondríaca melancolía con la que los antiguos ingleses han descubierto la ambigüedad que reside en el fondo de la risa, tal como ha señalado el Dr. Hartley. Me pregunto si no habrá un malentendido total con respecto a la risa. ¿Qué tal si el mundo es tan terrible y la existencia tan desdichada que la risa es en realidad un llanto? ¿Qué tal si hay un malentendido causado por un genio compasivo o un demonio burlón?

En los diarios son recurrentes la ironía y el humor, sobre todo en los primeros dos volúmenes, entre 1834-1838, cuando la ironía no está asociada aún con la angustia. “El humor —escribe en agosto de 1837— es la ironía llevada a su más alta vibración. Aunque el elemento cristiano sea su verdadero primus motor, sin embargo, todavía se puede encontrar gente en la Europa cristiana que no llega más que a la ironía, y por eso tampoco ha podido alcanzar el aislamiento absoluto del humor, permanecer en su soledad personal”.

Con unos días de diferencia completa la idea:

El humorista nunca puede ser un sistemático, porque considera todo sistema como el renovado intento de hacer volar el mundo entero de un solo silogismo, mientras que pone la vista en la inconmensurabilidad que ningún filósofo es capaz de calcular y que en consecuencia debe despreciar. Él vive en plenitud y siente todo lo que continuamente queda atrás, aunque se haya pronunciado de la manera más feliz.

Ahora que lo transcribo me sorprende notar que Kierkegaard es más optimista en sus primeros veintes. Algo que sólo puede apreciarse en retrospectiva. No ha muerto el padre, no ha naufragado el amor por Regina y el humor ocupa un lugar más alto que la ironía, como signo de plenitud y felicidad. Sus diarios también dejan ver cómo, durante sus años de estudiante, su angustia es más un concepto teórico identificado con figuras trágicas como Fausto o Don Juan que el abismo personal donde va a precipitarse.

Fausto es el personaje más perturbador para este joven. En una nota entre sus papeles de 1837 lo coloca junto a Sócrates: “Así como este último expresa la separación del individuo con respecto al Estado, así también Fausto, después de la disolución de la Iglesia, expresa al individuo separado de su guía y abandonado a sí mismo, cosa que indica su relación con la Reforma y que parodia la Reforma, acentuando unilateralmente su lado negativo”.

La Reforma de la Iglesia, como la entiende este aprendiz de teología, dejó al hombre huérfano de sentido. Sin la posibilidad de compaginar la idea de libertad y predestinación: “Sólo cuando se desarrolló la representación de la libertad humana —escribe en sus primeros diarios—, y mediante la reflexión se la puso en relación con la representación del gobierno divino del mundo, sólo entonces pudo surgir la predestinación como un intento para resolver el problema. Pero con esto resulta curioso que lo que debía resolver el problema aparezca como el problema mismo, a saber, cómo armonizar dos representaciones”.

Ilustración: Ángel Campos

Sin la guía de Dios y arrojados a tratar de entender cómo se compagina la libertad de elegir con las certezas que Dios guarda en secreto sobre el destino final de cada hombre, Fausto es a sus ojos “una personificación de la duda. Él no debe ser otra cosa, y es un pecado contra su idea que Goethe haya hecho que se convierta, como cuando Merimée hizo que Don Juan se convirtiera. No se me objete que Fausto, en el instante en que se dirigió al diablo, dio un paso positivo, pues justo allí reside uno de los aspectos más profundos de su leyenda. Él se entregó al diablo para alcanzar la iluminación que no tenía antes, precisamente porque se entregó al diablo, la duda aumentó (como un enfermo que empeora cuando cae en manos de un charlatán)”.

Fausto es sólo un motivo trágico que ilustra la compleja condición de los hombres después de la Reforma protestante: un ser desprovisto de conocimiento y guía para sortear el mundo, alejado de un Dios que le da la libertad de elegir su propio camino pero a la vez le niega el conocimiento de si alcanzará o no la salvación.

Encuentro muy sugerente que Kierkegaard caracterice la duda como una condición existencial negativa y que ante ella la duda filosófica sea más bien cortejo, porque muestra la tensión entre conocimiento y redención. En 1842 anota: “Es un punto de partida positivo para la filosofía cuando Aristóteles señala que ésta empieza con el asombro, no como en nuestra época, en la que comienza con la duda. El mundo aprenderá que no se avanza comenzando con lo negativo, y el motivo por el cual se ha tenido éxito hasta ahora es porque, a pesar de todo, los filósofos nunca se han entregado por completo a lo negativo y, por tanto, nunca han hecho en serio eso que predican. Su duda es un coqueteo”. Pues al final los filósofos, al contrario de Fausto, no pactan con el demonio.

La idea que recorre con persistencia las páginas de estos diarios es la tensión entre dos planos reflexivos que lleva a cabo consecutivamente el joven danés: la filosofía y la fe. Define a la primera como “la nodriza estéril de la vida, que puede cuidarnos, pero no nutrirnos”, porque la filosofía no puede “sostener una de las cosas más esenciales al cristianismo, a saber, la redención”. Dicho en otras palabras, para Kierkegaard la filosofía es una manera de explorar la vida que no cierra el abismo de la duda frente a la cual nada puede hacer. En 1841 consigna: “Mi duda es terrible —nada puede detenerme— es un hambre de condenación, puedo devorar cada razonamiento, cada consuelo, cada tranquilidad”. Y la filosofía, por supuesto, no ofrece ningún consuelo.

Leer diarios es conocer la vida de alguien en distintas facetas, contrastar el cambio de rumbo de ciertas ideas, ir y volver sobre los días encontrando continuidades, diferencias de grado en la intensidad de lo que se experimenta, y también rupturas definitivas. En los diarios de Sören Kierkegaard la duda trágica de Fausto pasa, con los años y los acontecimientos, del tópico literario a la duda terrible que devora su esperanza. Si bien no hay hechos ni acontecimientos precisos, sus diarios no esconden el coqueteo filosófico ni las rajaduras de la fe. En este tránsito por sus veinte años hay un itinerario hacia la desesperanza.

Y aun así, hacia el final en 1842 escribe: “Cuando todo se ha perdido, cuando se te ha negado aquello que te era más querido, cuando ya no queda ninguna duda que pudiera darte un respiro al alma, cuando ésta desea hundirse en la muerte y el cansancio ‘porque ya no es posible hacer nada’… ya no queda absolutamente nada. No obstante, yo sé de algo todavía; antes de que te eches para morir, incluso estando en vida, pregúntate a ti mismo: ¿sigo amando a Dios tanto como antes? Mira: si te ves en la necesidad de reconocer que ya no es así, entonces tu alma no tendrá tiempo de adormecerse, sino que tendrá mucho que hacer; y si te das cuenta de esto, estarás tan feliz que te sentirás más vivo que nunca”.

Para el joven Kierkegaard, aún en la desesperación más profunda, si se duda incluso de amar a Dios, no todo está perdido. La angustia es más bien un detonador, una confirmación de que se está vivo, de que la esperanza permanece.

 

Ernesto Priani Saisó
Filósofo y humanista digital. Académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su libro más reciente es Los instrumentos de la noche. Episodios para una historia de lo soñado.