La noche del 14 de septiembre de 1968 lincharon a cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP) y un campesino en la comunidad de San Miguel Canoa, Puebla. Quiero elaborar una imagen para comprender aquella marejada de machetes, maldiciones y cuerpos lacerados, esa violencia desbordada.
Al noreste de la ciudad de Puebla está el volcán extinto Malintzin o Matlalcueyetl, en español “señora de las faldas verdes”. Uno de los pueblos a las faldas del volcán tiene un nombre del santoral católico. La comunidad no está consagrada a cualquier santo, al que en el imaginario cristiano es “príncipe celestial”, “capitán del ejército de Dios” pues expulsó a Luzbel del cielo: San Miguel Canoa. Bajo este signo se desenvolvió el conflicto.
En 1954 llegó a San Miguel Canoa Enrique Meza Pérez, párroco del pueblo hasta 1968, clave para comprender el linchamiento. Este sacerdote desbordaba el púlpito porque además de tutelar las almas canoenses también administraría los bienes materiales del pueblo. Su habilidad política lo llevó a aliarse con los miembros de la Liga de Comunidades Agrarias (LCA), de extracción priista. Bajo su patronazgo político no hubo decisión administrativa sin su visto bueno. Para comprender la posición de este hombre de Iglesia en la dinámica social del pueblo, echaré mano de algunos datos.
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