En los números de julio y agosto escribí sobre edición genética. Señalé la maravilla de diagnosticar y corregir en el embrión enfermedades genéticas, muchas mortales, otras asociadas a inmensos sufrimientos físicos y mentales, tanto del afectado como de sus familiares. También reflexioné sobre el uso inadecuado de la modificación genética del ácido desoxirribonucleico por compañías privadas o científicos carentes de ética. La eticista Françoise Baylis, profesora en la Universidad de Dalhousie, Canadá, considera que la eugenesia será inevitable y sugiere que los científicos deben poner reglas a las clínicas dedicadas a modificar la genética embrionaria. A sus ideas agrego: vigilar las acciones de las clínicas privadas será imperativo.
“Yo pienso”, señala Baylis, “que el problema radica en el uso de la tecnología… El martillo puede ser el arma asesina o puede ser el mazo que utilizan los jueces”. Y añade: “Las personas hablan de una nueva eugenesia, un tipo diferente de eugenesia. Los padres buscan mejorar a sus hijos por medio de todo tipo de intervenciones sociales. De modo que, si se ofertan tecnologías genéticas para incrementar el potencial de los hijos, los padres las buscarán y pagarán por su aplicación”. Concuerdo con Baylis: la tecnología nos engulle, y lo peor es que muchos “científicos” no preguntan.
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