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Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mal de amores.

Lo veo pasar en las mañanas, tenue y contundente, con una boina estrafalaria y una mochila en la espalda, con la cabeza blanca como una luz desafiando al sol. Es un hombre hermoso, me digo, y está bien hecho. No me dejo ver cuando pasa enfrente, porque me gusta mirarlo a escondidas, reconocer su gesto audaz, su paso acostumbrado a lidiar con las banquetas irregulares e impredecibles de Tacubaya. Siempre me pregunté a dónde iría tan temprano y tan a diario. Yo creía que iba en busca del parque como tantos otros, pero entonces ¿por qué la mochila? ¿Para llevar ahí la tempestad, la esperanza incandescente, el arcángel que todo inmoviliza? Mejor no preguntarle. Mejor imaginar sobre su espalda: los besos, las estrellas, el ángel de la guarda. Algún diamante oscuro, algo de todos los hallazgos que nos puso a buscar entre las líneas de su absorta y deslumbrada poesía.

Una vez le preguntaron, alguno de esos inconformes que imaginan que el artista se hace amontonando páginas, las que sean con tal de que sean muchas, por qué no seguía escribiendo, y él contestó con la sabiduría que torna en fuego su propia mansedumbre porque “ya he dicho todo lo que tenía que decir”.

No imagino mejor ni más heroica respuesta. Sí puedo imaginar la paz interior y la lucidez que se necesitan para dar y darse semejante respuesta. Alí por eso es tan querible y tan querido, porque le basta con lo que ha dicho y le sobran paciencia y paz para escuchar. Tal vez todo lo que oye también lo lleve en la mochila, me digo al verlo pasar caviloso en las mañanas. ¿A dónde vas, Alí? No quiero preguntarle, pienso que reanda como todos su camino al infierno y el cielo de nuestros días. Alí seguramente sonreiría en el infierno, porque le ha sonreído al amor, al tiempo y a la memoria, esos tres crueles que tanto infierno provocan y que tanto cielo insinúan. Lo que sé es que va erguido, leve humedad será nuestra elegía parece que recuerda y yo pienso al mirarlo, este hombre sigue escribiendo: Vestigio de la paz, su canto ordena / la trágica armonía y niega al mundo / que a solas levantó con la palabra.

Es sabio Alí. Por eso hace la vida con sencillez y tolerancia. Por eso tantos lo buscan y su cumpleaños es una fiesta grande. Es tan sabio que hace unos meses enfrentó una catástrofe devastadora y ciega sin maldecir el aire de la tarde, sin dejarse vencer por la ira secreta que le invadió las sienes indefensas. ¿A dónde vas, Alí?, pregunto en las mañanas viendo que sigue yendo a alguna parte, él que escribió una vez: pero nada sin ti, ni el indolente aire, / cruza el espacio sin tu permanencia.

¿Qué lo mueve a seguir con los pasos puestos desde temprano, qué luz interior, qué armonía vieja, qué amores lo atan al mundo? Ojos de lince contra el lince / el cazador salió de madrugada encuentro que responde en un poema, con su palabra como un cobijo para el frío que tienen las mañanas de este octubre. Eso es Alí cuando lo veo pasar enfrente de mi casa, un lince que se va de cacería, al agua de un baño tibio, al periódico plagado de augurios, a los árboles del bosque, al bosque de libros entre los que trabaja, a la pasión que tiene por sus hijos, a los rumores de la casa, a la pasión que sus hijos le tienen, a comer con la historia de un amigo, a la plaza de toros o a un buen vino, a la vida con todo lo que traiga se marcha Alí desde temprano. Y para eso es que lleva la mochila, para guardar las glorias de su diaria cacería. Y es que Alí vive sabiendo, como viven muy pocos, que no tiene sentido la condición de artista si no se da primero con cuál es el sentido inevitable y milagroso de la condición humana. Y ése, hay que salir a cazarlo con la mochila en la espalda, sin tregua ni trabas todas las mañanas.