A mediados del siglo XII comenzaron a llegar a Europa noticias de un fabuloso reino cristiano en el corazón de Asia gobernado por un rey-sacerdote, el preste Juan. Circularon durante décadas rumores, historias, descripciones de paisajes, animales fantásticos, tesoros. Casi un siglo más tarde, el obispo de Acre, Jacques de Vitry, en una carta dirigida al papa Honorio III hablaba del “rey David… a quien el pueblo llama sacerdote Juan”, que había sido “coronado por la Divina Providencia”. En el reino del preste Juan se condensaba un complicado repertorio de esperanzas, empezando por la reconquista de los Santos Lugares.
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