Me tocó ver en la primera fila de la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York, ubicada en Brooklyn, la presentación del Genaro García Luna más lastimado que alguien haya podido mirar.
Era la fría mañana del viernes 2 de enero del 2020 cuando la jueza Peggy Kuo, asignada para presidir la audiencia de presentación, lo oyó declarar un débil “no culpable” en respuesta a cómo respondía a los cargos presentados.
Tres semanas antes de esa audiencia, fui uno de los primeros periodistas en recibir un dictamen recién dado a conocer que acusaba a García Luna de tres cargos: dos por participar en una conspiración para distribuir cocaína en Estados Unidos y uno por mentir a la autoridad. Por cierto: es la única vez en que me han temblado las manos al redactar una nota por efecto de la adrenalina.
Aquella mañana del 2 de enero, encorvado caminando con las manos detrás, lo primero que hizo García Luna al ingresar a la sala de la jueza Kuo fue firmar (¿o poner su huella?) en un documento que le pusieron enfrente en una mesa.
Vestido con una sudadera gris una talla más grande, pantalón caqui y tenis negros con suela blanca, García Luna parecía un menesteroso. A su lamentable vestimenta se sumaba el cabello en desorden muy a tono con la pesadumbre que transmitía. Detenido el 10 de diciembre de 2019 en Houston, Texas, García Luna se convirtió desde entonces en tendencia en redes sociales: una impulsada por millones de seguidores de la llamada Cuarta Transformación que vieron su arresto como un triunfo no sólo legal, sino sobre todo ideológico del movimiento.
En su triste debut enfrentando la justicia, García Luna buscaba algo de calidez en la mirada a su esposa e hijos sentados en la segunda fila, detrás de una línea de atentos reporteros. Durante la audiencia en cada oportunidad volteaba a mirar a sus querencias sin importar que de ese modo fuera también objeto de las miradas inquisidoras de una abarrotada sala donde nos acomodamos cerca de cuarenta personas.
Kuo leyó sólo un resumen de los cargos y luego preguntó al mexicano si conocía el expediente; al recibir una respuesta afirmativa, la magistrada entonces le reviró si se asumía “culpable” o ”no culpable”, obligando al exfuncionario mexicano a otro revire a sus familiares que le reafirmaron la segunda opción como si ellos supieran más lo que le convenía.
La traductora exclamó el “not guilty” que resonó en toda la sala como promesa —que tres años después se cumpliría— de un nuevo juicio contra un mexicano en esa corte. Cuando al fin pudo hablar, César de Castro, abogado de oficio asignado por la corte a García Luna, le anunció a la jueza que trabajaban en un reclamo de libertad bajo fianza que nunca prosperó.
En su turno, la asistenta de la fiscalía Erin Reid leyó a la jueza parte de la presunta carrera criminal de García Luna —que se resume en “dar paso a la droga del Cártel de Sinaloa y proporcionar información de inteligencia a cárteles rivales a cambio de sobornos millonarios”— y sugirió mantenerlo preso debido “a su gran fortuna personal y a sus conexiones con funcionarios de alto rango del gobierno mexicano que aumentan el riesgo de una fuga”.
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