¿Quién le teme a Emilio Uranga?

El problema de los dos Uranga

El filósofo mexicano Emilio Uranga (1921-1988) no anheló jamás los laureles del best-seller. “Me pronuncio rotundamente en contra de los que suponen que escribir es la petición más elocuente para que se nos reconozca y alabe”.1 Trabajó mucho y con denuedo —llegó a publicar más de doscientos artículos en un año—, casi siempre a solas y alejado de la universidad, en esas grutas maravillosas de libros que eran sus departamentos. De sus acaloradas discusiones en los salones y los cafés de Ciudad de México, en que chisporroteaba su inteligencia endiablada y su proverbial capacidad para desmenuzar ideas, no sobrevive, por desgracia, ningún registro. No tuvo discípulos. No le preocupaba tenerlos. No nos legó un archivo copioso y debidamente ordenado. De ahí que su nombre hoy no nos diga nada —o casi nada—. A este empecinamiento suyo en la dispersión, se suman las múltiples prohibiciones que lo mantienen aislado. Era (y sigue siendo) un personaje incómodo. Se peleó con José Gaos, Daniel Cosío Villegas, Edmundo O’Gorman, Carlos Fuentes, Octavio Paz y un abultado etcétera. Emilio Uranga siempre quiso y procuró ser un enfant terrible de la inteligencia mexicana. Es probable que en alguna importante medida haya sido el artífice de su propia leyenda negra.

A pesar de ser una figura prismática, el filósofo mexicano aparece hoy ante nuestros ojos de dos únicas maneras:

(1) Como una joven inteligencia irrealizada, el autor de un libro intrépido, Análisis del ser del mexicano (1952); un libro al que se le dispensa un trato desdeñoso o condescendiente por haber formado parte de una moda pintoresca (aunque de moda pintoresca no tuvo en realidad nada).

(2) Como un periodista que mojaba la pluma en veneno antes de escribir y como un asesor de cuatro presidentes (López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo). Se ha hecho de Emilio Uranga una burda caricatura que nos lo pinta como un personaje palaciego y siniestro, carente de escrúpulos y consumido por su propia inteligencia luciferina; “un personaje apestado, infectado por sórdidas rabias e infestado por todos los demonios de la cultura occidental. Y para sus contemporáneos, frontales o adyacentes, siempre significó una amenaza que, justa o injusta, lo asoló, pues Uranga se erigía en juez y fiscal de vulnerabilidades con una sagacidad que, como alguna vez Calesero dijo de los toros, buscaban ‘herir en lo sensible’”.2

La filosofía de Emilio Uranga siempre estuvo atenta a la eficacia literaria y a la dimensión ontológica del lenguaje. “No hay que escribir bien, sino con estilo”. Esto que apuntó en su diario personal de 1955 podría elevarse a consigna de toda su obra. La filosofía no sólo colinda, sino que se confunde con la creación literaria.

Entre el clavel y la espada

Emilio Uranga entró por primera vez en contacto con la literatura a través de las novelas policiacas y los folletines de Rocambole que daba en préstamo una librería de la calle Belisario Domínguez, muy cerca del templo de la Concepción y del Colegio Francés de La Salle. “En mi niñez alternaban en preferencia Sherlock Holmes y Julio Verne”.3 Lo vemos algunos años más tarde deambular por los corredores de la Escuela Nacional Preparatoria con los libros de Thomas Mann, Marcel Proust o James Joyce bajo el brazo. Era el único (o casi el único) estudiante de la prepa que leía a estos intimidantes autores. Había un solo compañero que podía seguirles el curso a las acaloradas disquisiciones sobre el Retrato del artista adolescente que Emilio Uranga improvisaba en la nevería La Princesa entre sorbos de refresco de naranja. Este compañero no era otro que Ricardo Garibay, amigo inseparable desde entonces y futuro novelista.

Un día Emilio Uranga se encontró a Rubén Bonifaz Nuño inclinado sobre un barandal de San Ildefonso y enfrascado en la lectura de Amado Nervo. “En un pliegue de la sombra, Dios oía. Su equilátera pupila, con ciclópea luz divina, como inmensa estrella absurda, daba miedo a los cometas, pavo reales de las noches infinitas”. A la mañana siguiente Emilio Uranga le prestó su ejemplar de Entre el clavel y la espada, de Rafael Alberti. Aquel sencillo gesto marcó profundamente la vida y la visión poética de Bonifaz Nuño. “Me percaté de lo que me había querido decir Emilio, que yo estaba en otro tiempo, un tiempo equivocado, que la poesía que se hacía en aquel momento, en 1940-41, ya era otra cosa”.4

Ilustración: Izak Peón

El tiempo muerto en el tiempo

Por sorpresa, la filosofía no fue su primera opción. Emilio Uranga se inscribió a la carrera de Medicina, pero esto no significa que haya abandonado sus inquietudes literarias. Encabezaba por entonces unas tertulias semanales que se prolongaron varios años y que serían descritas por Sergio Avilés Parra en su novela El tiempo muerto en el tiempo (1950). “Liso, rebelde el cabello, caía sobre la frente huesosa. Sus dedos nerviosos, delgados, lo echaban hacia atrás. De corta estatura, encorvaba la espalda en el paso. Sentado, sus ojos brillantes permanecían inmóviles mientras el conferencista en turno hablaba. De vez en cuando solía tomar notas en un papel cualquiera. Movía nerviosamente sus piernas flacas, trenzadas. Era el jefe indiscutible. Su erudición, ya en aquella época, era considerable. Pero su arma más poderosa era la dialéctica”.5 Sabemos que esta descripción complació a Emilio Uranga. Ya desde entonces se gestaba su leyenda negra: la de una inteligencia genial y despiadada que antepone el fulgor de las ideas a los sentimientos de las personas. “Tal vez fuera capaz de negar la existencia de Dios, sólo por discutir”.

En esas reuniones (que comenzaba en un salón de San Ildefonso y que terminaban invariablemente en algún bar) se estudiaba a Mann, Proust, Joyce, Huxley, pero también a Ortega, Vasconcelos y Reyes. Estos nombres quedaron impresos en el ADN de Emilio Uranga, sobre todo el del último, Alfonso Reyes, a quien tuvo oportunidad de oír en persona un lunes de 1943 a las 7:15 de la noche. “Me veo, una tarde, sentado en una sala repleta de El Colegio Nacional, ávido de oír una conferencia de don Alfonso. Su tema: los primeros capítulos de lo que luego publicó bajo el título de El deslinde”.6

Emilio Uranga no podía rehuirle por mucho tiempo a su verdadera vocación. Para 1944 lo vemos dar una calada a su cigarrillo en la cafetería a desnivel de la vieja Facultad de Filosofía y Letras: la Casa de los Mascarones.

Corazonadas ontológicas

Emilio Uranga llegaba puntual a las clases del exiliado español José Gaos. Se sentaba en la segunda fila, flanqueado por Jorge Portilla (su pareja par), por Luis Villoro (un joven alto y apuesto que siempre le pareció a Uranga “sospechoso de ascetismo”) y por Ricardo Guerra (varios años menor). El doctor Gaos hablaba con una voz hipnotizante sobre el “moderno inmanentismo”, es decir, sobre el existencialismo de Martin Heidegger, “la única filosofía vigente”. Gaos acometía por entonces la fatigosa hazaña de traducir al español Ser y tiempo. Para sus estudiantes representaba el arquetipo mismo del rigor y la disciplina. Pero este hechizo gaosiano fue en realidad breve. Un buen día de febrero de 1947 Emilio Uranga franqueó el umbral de la Librería Francesa (ubicada en Reforma 12) y se dio de bruces con los libros de Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Gabriel Marcel, Maurice Merleau-Ponty y Simone de Beauvoir. De esta manera dio inicio una rebelión en contra de la ortodoxia heideggeriana y del magisterio de Gaos, quien consideraba peyorativamente a Sartre como una sabrosa tarta de crema sin el más mínimo valor nutricio.

Los discípulos disidentes de José Gaos adoptaron para sí el nombre grandilocuente de Grupo Hiperión (Hiperión es en la mitología griega un titán que nació de Gea y de Urano). A Uranga, Portilla, Villoro y Guerra se sumaron otros estudiantes, algunos de Derecho: Joaquín Sánchez Macgrégor, Salvador Reyes Nevárez y Fausto Vega. Este grupo de “buenos y malos amigos” contó desde su origen con dos patrocinadores clave: Samuel Ramos (el autor del polémico libro El perfil del hombre y la cultura en México y director por esas fechas de la Facultad de Filosofía y Letras) y Leopoldo Zea (el joven tímido y taciturno que en poco tiempo se había destapado como la máxima promesa de la filosofía mexicana gracias a su tesis sobre el positivismo). La pregunta por el ser del mexicano flotaba en el aire. Era el régimen de Miguel Alemán: una época ambivalente de nacionalismo folclórico y modernización febril. Emilio Uranga hizo suya esta pregunta por la esencia de “lo mexicano”, pero le imprimió un giro fenomenológico y existencialista. En otras palabras, hizo de “lo mexicano” un hecho de conciencia y un quehacer colectivo. Dos eran los principales enemigos a vencer: 1) el nacionalismo ramplón de banderines de colores, charros y chinas poblanas, y 2) el hombre mecanizado, homogeneizado y embrutecido, tal y como lo representa Charles Chaplin en Tiempos modernos.

La fama del Grupo Hiperión se desbordó de la Casa de los Mascarones y se extendió como un incendio voraz por los bares y las calles del centro. Las tesis de Emilio Uranga sobre la accidentalidad de la existencia, la mendicidad de la condición humana, la insuficiencia del ser, encendían rubores entre la sociedad biempensante y encolerizaban a neoescolásticos, neokantianos y marxistas. José Vasconcelos llegó a decir desde su oficina en la Biblioteca de México que estábamos ante la cepa mexicana de un sarampión parisino. Algunos otros (como el filósofo Adolfo Menéndez Samará) criticaron el vedetismo y el ansia de reflectores de estos jóvenes patéticos. Nunca estuvo entre las motivaciones de Uranga abrir una sucursal azteca de Sartre (fue, de hecho, un punzante crítico del individualismo sartreano). No se concebía a sí mismo como un comentarista dócil ni como un profesor. Su interés estaba en otra parte. Él quería aprehender la realidad mexicana con una malla categorial auténtica. Necesitaba, para ese propósito, darle la espalda a la metafísica occidental binaria y acuñar términos “originales y originarios” (como le gustaba decir). Uranga echó mano de la poesía de Ramón López Velarde, poblada de “corazonadas ontológicas”. Uranga estaba convencido de que la frontera entre la filosofía y la literatura es en realidad una frontera movediza y porosa. De este modo la “zozobra” lopezvelardeana (recordemos que su poemario de 1919 se titula justamente así: Zozobra) se convirtió en emblema de la filosofía de Uranga y en una de las palabras más socorridas por los hiperiones. La zozobra designa el clima afectivo de México y la sensación constante de estar abiertos a un hecho imprevisto y azaroso.

Equiparar el fenómeno de los hiperiones con un incendio o con una epidemia no es ninguna exageración. Hubo conferencias (decenas de conferencias), artículos de periódico (gracias en buena medida a la complicidad de Fernando Benítez, director de El Nacional y más tarde de Novedades), entrevistas radiofónicas, encuestas, congresos… Hacia 1952 Emilio Uranga experimentó la urgencia de escribir un libro que coronara sus esfuerzos y que fuese como un escollo que resistiera los vendavales del tiempo y de las modas. La tarea no fue nada sencilla. Un divorcio había dejado a nuestro filósofo sin ánimos y sin las condiciones materiales suficientes para sentarse a escribir reposadamente su texto. Por fortuna el libro sí vio la luz bajo el título endecasílabo de Análisis del ser del mexicano.

Ilustración: Izak Peón

El manuscrito perdido sobre Goethe

Emilio Uranga se embarcó rumbo a Europa en diciembre de 1953. Era el paso siguiente y casi obligado para cualquier intelectual de la época: superar con éxito la ordalía de publicar un libro y de irse al extranjero. En Friburgo asistió a las conferencias de Martin Heidegger. La decepción fue total. Heidegger era a sus ojos un hombre desgarbado, monótono y desagradable. No sólo se desencantó del abstruso existencialismo heideggeriano sino, en general, de la filosofía, cuando menos de la filosofía académica. Goethe fue su tabla de salvación. Goethe y París, que era por entonces una gran fiesta latinoamericana (allí se reencontró a Ricardo Guerra y allí se hizo amigo de Gabriel Zaid y de Porfirio Muñoz Ledo). Emilio Uranga adquirió y leyó cientos de libros sobre Goethe. Anunciaba en voz alta que estaba escribiendo un libro muy sesudo y muy exhaustivo sobre la relación de Goethe con los filósofos de su época. No sabemos a ciencia cierta qué pasó con ese ensayo. Uranga llega a culpar a Ricardo Guerra de extraviar el manuscrito. Sea como fuere, buena parte de sus ideas puede rastrearse en las kilométricas cartas que Uranga le escribía a Villoro y que fueron recopiladas en Años de Alemania (edición de Adolfo Castañón, Bonilla Artigas, UNAM, Universidad de Guanajuato, 2022).

La filosofía como expresión literaria

Emilio Uranga volvió a México en 1957, a una facultad que ya no se ubicaba en la Ribera de San Cosme sino en los pedregales del sur, una facultad de arquitectura funcionalista (en abierto contraste con la fachada churrigueresca de Mascarones), una facultad que renegaba con ademanes despectivos de su pasado fenomenológico-existencialista y que prefería la “paz batallona” de los seminarios al contacto con el ser humano de a pie. Uranga no se cansó de denunciar la nueva tendencia anglófila y descastada de la filosofía. Leyó a Russell (se entusiasmó con su teoría de las descripciones) y leyó a Wittgenstein (decía en tono tragicómico que por lo menos el alemán le había servido de algo). Pero no sucumbió completamente al embeleso de ninguno de estos dos autores. No abandonó la docencia (llegó a dar cinco clases en 1957) pero a todas luces tenía la mirada puesta en la literatura. Obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores de 1957 a 1959, teniendo como compañeros de generación a Juan García Ponce, Tomás Mojarro, Héctor Azar, Emma Dolujanoff y Elena Poniatowska. Al final de las sesiones, Uranga se deslizaba hacia Poniatowska y le susurraba malicioso al oído que mejor se dedicara a otra cosa, que Dios no la había llamado por el camino de la literatura. “Elena sufría pero yo [Héctor Azar] le decía que no le hiciera caso. Que Emilio, una persona inteligente y lúcida, seguramente la estaba cotorreando”.7

Su preocupación de juventud seguía en pie: ¿el orden de las ideas se corresponde con el orden de las palabras?, ¿o sucede más bien que el acto de pensar implica por fuerza un apartamiento del lenguaje de la cotidianidad y una corrupción violenta del lenguaje? ¿La filosofía es, en el fondo, una cuestión de estilo, una cuestión literaria?

El paso de Uranga por el CME no tuvo un feliz desenlace. Casi a modo de despedida publicó el artículo “¿Qué ha pasado Juan José Arreola?”, en que arremete con fiereza en contra de su viejo amigo y, de paso, en contra de una gloria nacional: Juan Rulfo. Los acusa de vivir de sus rentas y de tener su “estilo creador” estropeado o en una especie de estado de hibernación. Ambos, Arreola y Rulfo, formaban parte del consejo del CME.

Claridades más bien confusas

En ese mismo año de 1959 Emilio Uranga se desempeñó como director de Claridades literarias, el nuevo suplemento cultural del periódico Claridades. Hubo un banquete para festejar su lanzamiento al que acudieron Octavio Paz, Leonora Carrington y Juan García Ponce, entre otras personalidades. Pero la existencia de este suplemento fue atropellada y breve. Duró escasos nueve números. Tomás Segovia, el jefe de redacción, adjudicó el fracaso a Emilio Uranga: “Yo hacía toda la talacha y Emilio se paseaba por ahí diciendo ideas. Había regresado con la idea de que los intelectuales debían apoderarse de los medios de comunicación para dirigir la sociedad”.8

Los intereses de Emilio Uranga no estaban depositados ni en la facultad ni el CME ni en sus “Claridades más bien confusas”.9 Gracias a sus copains en el nuevo gabinete, Emilio Uranga obtuvo trabajo como asesor de Adolfo López Mateos. No se crea que con este puesto Emilio Uranga podía ejercer algún tipo de potestad sobre las decisiones presidenciales. El título de asesor era bastante laxo y podía dar cabida tanto a filósofos temperamentales como a toreros caídos en desgracia (me refiero a Joaquín Rodríguez Ortega, Cagancho). En 1960 (es decir, en pleno cincuentenario de la Revolución mexicana), López Mateos soltó a los periodistas un enigma digno de la esfinge: “Mi gobierno es de extrema izquierda dentro de la Constitución”. Emilio Uranga se apresuró a comentar las declaraciones presidenciales en las revistas Política y Siempre! Defendió una concepción ontologizante de la Revolución mexicana (frente a aquellos que la declaraban extinta). Llegó a comparar la Revolución con la sinfonía inconclusa de Franz Schubert: las dos son a su modo una fuente inagotable de inspiración. La Revolución no era, a su parecer, un suceso anclado en el pasado sino el norte y la brújula del México por venir.10

Emilio Uranga escribió para Tiempo de México y El Mundo de Tampico. En La Prensa (que era por entonces el periódico de mayor tiraje) tuvo una columna con el inclemente nombre de “Examen”. Por esa columna-cadalso desfiló medio mundo desde 1962 hasta el año coyuntural de 1968. Emilio Uranga se afianzó de esta manera una reputación de periodista cáustico y vil. Uranga, desde luego, tenía otra opinión de sí mismo. Aseguraba que era un consejero mas no un aconsejado del presidente. Utilizaba el cinismo menos como adorno retórico que como una estrategia de develación de la verdad. Era un desenmascarador, a lo Nietzsche. Encontraba fastidioso el culto a los intelectuales mandarines y no soportaba la autocomplacencia de los círculos académicos. Estamos hablando de un periodista que llegó a publicar más de 200 artículos en un solo año. Quien se haya expuesto a la prosa de Emilio Uranga se habrá dado cuenta de que no era manso ni con poder ni con sus amigos más allegados y mucho menos consigo mismo. Sus burlas más hirientes iban a menudo envueltas en el papel celofán de una lisonja. Emilio Uranga nunca gozó, ni remotamente, del peculio o del halo de respetabilidad de un Carlos Denegri, por ejemplo. “Con toda honradez declaro que primero está mi patria y luego, pero muy después, azorar a funcionarios timoratos, o lo que sería peor, ser un prestapluma al servicio de otros”.11

Astucias literarias

Emilio Uranga solía estar en la comitiva de intelectuales —junto con Ricardo Garibay, Ermilo Abreu Gómez, Elena Poniatowska…— que acompañaba a Norberto Aguirre Palancares, jefe del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, en sus giras a lo largo y ancho de la República Mexicana. “Eran los últimos años de lucidez de Uranga, ya sólidamente desprestigiado. Se la mermaba el alcohol varias veces al día, pero en la noche, extrañamente, lo dejaba discurrir, y se armaban en el cuarto estupendas griterías”.12 Ermilo Abreu Gómez le preguntó a Ricardo Garibay, en un hotel de Yucatán: “Dime, tú que estás más cerca, tú que eres más inteligente, ¿cómo se puede derrumbar así esa inteligencia?”.13

En enero de 1969 Uranga comenzó a colaborar en la Revista de América, bajo la dirección de Gregorio Ortega Hernández. Su nueva columna se llamaba “Inventario”. Desde ese pódium libraría su pleito más encarnizado con Octavio Paz (“La poca paz de Octavio”, “El ideal de Octavio es Paz” y “¿Octavio no quiere la Paz de México?”).

México estaba en vísperas de un cambio de gobierno, y eso significaba “la destrucción de un mundo y el esperado nacimiento de otro en que nos hagan un ‘huequito’. Estos partos cósmicos sexenales ocasionan tal interrupción en el tránsito de las almas y de los cuerpos que se anda como a tientas y como enfantasmado; corre uno de aquí para allá y en cualquier sitio hay interferencias desagradables, desaliento, anuncios nefastos de que se acabó o se secó una fuente de ingresos, y otras cosas por el estilo”.14

La zozobra de Uranga concluyó el 1 de diciembre: “En México no repartimos la vida por años, o por siglos, sino por sexenios presidenciales… Para mí, hoy, 1.º de diciembre de 1970… se abre un sexenio feliz… Conozco el gabinete del nuevo presidente, nuestro culto amigo LEA, y entre sus miembros todopoderosos hay varios –¡muchos!– amigos míos, pues ha de saber usted que México es la tierra de la amistad y que con contar en los ministerios con algún ‘cuate’ (copain), todo marcha sobre ruedas”.15

Todos los augurios parecían buenos. El 20 de febrero de 1971 salió de la imprenta Astucias literarias.16 No se trataba del sistema filosófico clásico con el que Uranga alguna vez soñó, pero sí de un libro —al fin un libro— que se sustraía a las pasiones caedizas de una columna de periódico. “En ningún otro libro como en éste —afirmó José Joaquín Blanco— me he aproximado más peligrosamente al infausto destino del escritor, a su infierno vital: ‘palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros’. Así, la mayor astucia de don Emilio Uranga reside en su misión de hacer suya esa ingrata mole de siglos, de gentes, de palabras y sufrir, él solo, todas las angustias de todos los autores. Dudo que otro libro se acerque más a la visión borgiana”.17

Emilio Uranga aparecía entonces —estamos hablando ya del segundo semestre de 1972— en el programa televisivo Correo Internacional, que se transmitía por el Canal 13. Pero los problemas de salud estrechaban el cerco. “Me ocurre que, cada vez que tengo que internarme por enfermedad algunos días en una clínica o en un sanatorio, la única lectura que soporto —o que me soporta— es la de los clásicos castellanos”.18

En esta época (que va de 1969 a 1972, o sea, su época de “Inventario” y de Astucias literarias), Uranga se hizo acompañar, además de por los clásicos castellanos, por sus autores de siempre: Goethe, Proust, Sartre, Russell, y por otras muchas figuras nacionales como Fernando del Paso (“¡abrir paso a Del Paso!”), Elena Poniatowska (“Jesusita Poniatowska”), Gabriel Zaid, Ermilo Abreu Gómez, Rafael Solana, Salvador Elizondo, Ricardo Garibay, Edmundo Valadés, Jaime García Terrés…

En octubre de 1972 interrumpió de manera abrupta su “Inventario” y dio inicio a la que sería su última columna, “El tablero de enfrente”, en Novedades (el mismo periódico que tantos años atrás, a finales de los cuarenta, dio cobijo a los hiperiones).

Ilustración: Izak Peón

Herir en lo sensible

Emilio Uranga aún publicó tres libros, ¿De quién es la filosofía? (1977, un libro que durmió en el cajón un largo sueño de diecisiete años) y El tablero de enfrente, I y II (1978, 1981, compilaciones de su última columna en Novedades), pero el relumbre de su estrella iba en declive. “La marginación social es cada día peor —escribió en su diario de 1978—. De hecho no se me cuenta ya entre los vivos. Y no hay modo de desvanecer melancolía tan negra”. En esta etapa última de “contracción” obtuvo su “aliento cultural y sapiencial” del Walden de Henry David Thoreau.

Se entregó a la redacción de unas Astucias filosóficas que no llegaron a buen puerto. La ontología del accidente no sólo nunca la retomó (nunca hubo una reedición en vida del Análisis), sino que la consideró una moda efímera, “un buen amor que pasó y ya”.19

“Sólo había libros en… su última casa… libros en la sala, en el comedor libros, en el pasillo libros, libros en la recámara, libros en el baño, sobre el brasero y la estufa libros, sobre los sillones y sillas libros, libros en el suelo, libros en las repisas, libros en los alféizares y en la cama y libros en los burós. Era la tercera o cuarta biblioteca que formaba. ‘Leo y leo y leo —le dijo a Ricardo Garibay en noviembre de 83—, y para qué, para qué, para qué’”.20

Herir en lo sensible (edición de José Manuel Cuéllar, Bonilla Artigas, 2023) pretende ofrecer una respuesta póstuma a ese “para qué”. El volumen contiene una selección de 130 artículos de crítica literaria en que reluce la erudición pasmosa de su autor. Los artículos abarcan un extenso periodo que va de 1958 a 1984 y proceden la mayoría de Tiempo de México, El Mundo (Tampico, Tamps.), La Prensa, Revista de América y Novedades. La selección es inevitablemente subjetiva. La línea divisoria entre reflexión filosófica, análisis político y crítica literaria es con frecuencia borrosa.

El legado vivo de Emilio Uranga

No es exacto afirmar que la filosofía de Emilio Uranga quedó en agraz o trunca. Podemos considerar el pensamiento de Uranga un pensamiento acabado, que consta de una ontología del mexicano, una ontología del accidente, un proyecto humanista anticolonial, una moral de corte cínico (una moral liberadora, pero no salvífica, aclara Uranga) y una erótica de la intersubjetividad. Su filosofía del azar y de la incertidumbre describen con estremecedora exactitud la situación precaria del ser humano en el siglo XXI. “Zozobra” es un término que captura la sensación constante de que somos cuerpos atravesados por la inseguridad, la sensación de que no sabemos a qué acogernos, la sensación de que un imprevisto terrible nos aguarda a la vuelta de la esquina. La sensación, para muchos insoportable, de que nada está escrito de antemano ni para toda la eternidad. Nuestros valores más sólidos reposan sobre arenas movedizas. Pero este término también entraña un mensaje esperanzador. La zozobra es una herida amorosa, un “desmembramiento”, dice Uranga, que, paradójicamente, nos hace sentir el dolor del otro en carne propia.

“Nepantla” es otro término que introdujo Uranga y que sigue resultando iluminador para pensar las identidades fronterizas o cualquier situación que escape a los esquemas binarios de verdad-falsedad, bueno-malo, mujer-hombre. La filosofía de Uranga es, en última instancia, una arremetida en contra de las narrativas sustancializantes y un elogio de la libertad. Su filosofía es también una exhortación a acuñar una fraseología propia y adecuada para aprehender nuestra realidad, una realidad que —valga la perogrullada— no puede equivaler a la realidad de otros países.

 

José Manuel Cuéllar Moreno
Doctor en Filosofía. Autor, entre otros libros, de La Revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI. Editó el libro La exquisita dolencia. Ensayos de Emilio Uranga sobre Ramón López Velarde y el diario alemán de Emilio Uranga incluido en Años de Alemania.

Este texto es la introducción a Herir en lo sensible. Ensayos y artículos de crítica literaria.


1 Uranga, E. “El tablero de enfrente: Mis preferencias”, Novedades, 26 de mayo de 1977, p. 4.

2 Gómez Villalpando, A. El Nacional de Guanajuato, 7 de marzo de 1991.

3 Uranga, E. “El tablero de enfrente: La novela policiaca”, Novedades, 9 de octubre de 1980, p. 4.

4 Entrevista de Adolfo Castañón a Rubén Bonifaz Nuño, Maestros detrás de las ideas, TV UNAM, 12 de marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=FpY18aYHiJA (consultado el 18 de junio de 2018). Vid. Campos, M. A. “Los gustos poéticos de Rubén Bonifaz Nuño”, Periódico de poesía, núm. 14. Vid. también De otro modo el hombre. Retrato hablado de Rubén Bonifaz Nuño, El Colegio Nacional, México, 2008, 98 pp.

5 Sergio Avilés Parra, El tiempo muerto en el tiempo, México, Editorial Latina, 1950, p. 94.

6 Emilio Uranga, “Con don Alfonso Reyes I”, El mundo (Tampico, Tamps.), 9 de enero de 1960, pp. 2 y 4.

7 Testimonio de Héctor Azar, en “El Centro Mexicano de Escritores cumple 40 años”, Proceso, 27 de julio de 1991.

8 Entrevista con Tomás Segovia: “Al final de la vida de Octavio Paz, tuvimos divergencias políticas, por los zapatistas”, Milenio, 12 de noviembre de 2011.

9 Paz, O. El tráfago del mundo. Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés (1952-1986), compilación, prólogo y notas de Rafael Vargas, México, FCE, 2017, p. 52.

10 Véase Cuéllar Moreno, J. M. La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI, Ariel, México, 2018.

11 Uranga, E. “La reforma educativa: Revolver más el río”, Revista de América, núm. 1311, 6 de febrero de 1971, p. 8.

12 Garibay, R. “Con Aguirre Palancares”, Proceso, 23 de noviembre de 1991. Vid. Uranga, E. “Inventario: Ermilo Abreu Gómez”, Revista de América, núm. 1253, 27 de diciembre de 1969, p. 46. “Un día que viajábamos por Yucatán [Ermilo] se volvió de repente hacia mí y entre preguntando y exclamado me espetó: ‘¡Qué inteligente es Sartre!’ Leía una traducción argentina del libro Sartre, ¿Qué es la literatura? En cuanto a Dante, Shakespeare y a Goethe los veía desde una desdeñosa lejanía, ‘¿qué eran, qué fueron?’, me preguntaba, obviamente no por ignorancia, sino por auténtica sorpresa”.

13 Garibay, R. “Nostalgia de Emilio Uranga”, en El instante de Emilio Uranga, Gob. del Edo., Guanajuato, Gto., 1991 (Serie Obras de Emilio Uranga), p. 48.

14 Carta de Emilio Uranga a Alina Ezcurra del 22 de noviembre de 1970 (Fondo Emilio Uranga de la Biblioteca Eduardo García Máynez de la UNAM, caja 2, expediente 10).

15 Carta de Emilio Uranga a Alina Ezcurra del 1.º de diciembre de 1970.

16 Emilio Uranga, Astucias literarias, FEM, México, 1971 (Pensamiento Actual); otra ed., Gobierno del Estado de Guanajuato, Guanajuato, 1990 (Serie Obras de Emilio Uranga).

17 Blanco, J. J. “Las astucias de don Emilio”, Revista de América, núm. 1326, 22 de mayo de 1971, p. 27. Vid. también Cuéllar Moreno, J. M. “Un encuentro entre Uranga y Borges”, Confabulario, El Universal, 26 de noviembre de 2022, https://confabulario.eluniversal.com.mx/un-encuentro-entre-uranga-y-borges/

18 Uranga, E. “Inventario: El sabor de la forma”, Revista de América, núm. 1362, 29 de enero de 1972, p. 52.

19 “La filosofía del mexicano ya no tiene sentido: Emilio Uranga”, entrevista de Armando Ponce, Proceso, núm. 627, 7 de noviembre de 1988, p. 48.

20 Garibay, R. “Emilio Uranga”, Proceso, 14 de noviembre de 1988.

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Publicado en: 2024 Julio, Ensayo