En tres momentos de La zona de interés, Jonathan Glazer simula el efecto de un largo parpadeo. Satura la pantalla de color vibrante. Después, de forma violenta, aparece un plano soleado, cegador en su belleza cotidiana, una primera imagen bucólica: una suerte de Déjeuner sur l’herbe en un hermoso día. Este efecto de deslumbramiento se repite en toda la película con un fundido a negros, blancos y otro a rojos. Parpadeamos, con dificultad, una y otra vez, para entrar en el universo de esos tres colores, aquí evocativos de la bandera nacionalsocialista.
Nos acostumbramos a mirar un solo lado de Auschwitz en las representaciones del Holocausto. Rara vez vemos los vaivenes cotidianos de los verdugos que habitaban sus alrededores. En La zona de interés las víctimas son un contexto, irónicamente el fuera de campo, la presencia de lo ausente. Cuando abrimos los ojos, estamos de lleno en el universo físico de los victimarios, dentro del círculo estrecho de su realidad delirante.
¿Pero por qué volver así a Auschwitz? ¿Qué aprendemos despertando en esta pesadilla?
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