Me fascina la ciencia médica. Me asusta la ciencia médica. Me fascina por lo que ofrece. Me asusta por lo que puede suceder si se aplica de manera inadecuada o si los experimentos rebasan linderos éticos. La línea divisoria entre ética y ciencia no siempre es nítida. Después de los tristemente célebres experimentos en humanos practicados por los alemanes nazis, se instalaron en hospitales comités de ética médica.

Los comités son instancias ad hoc cuya función es supervisar la marcha de los experimentos, sancionar los no permitidos e impedir maltrato a los sujetos de estudio, sean animales o seres humanos. En temas tan inquietantes y actuales como la edición genética es importante tomar en cuenta reflexiones como la de Neil Postman (1931-2003): “Siempre pagamos un precio por la tecnología. A mayor tecnología, mayor el precio”. Postman no se refiere a la inversión económica, su postura se inclina a cuestiones éticas. Agrego: la tecnología siempre es excluyente; la usufructúan los ricos, escuchan de ella los pobres. Los comités hospitalarios o universitarios encargados de ética médica no siempre funcionan: innumerables ejemplos, algunos viejos, otros recientes, de violaciones a los derechos humanos han sido documentados.
Admiro a algunos científicos y no desprecio a la ciencia; leer entre líneas es obligatorio. La aplico, vivo con ella y, en algunas facetas, gracias a ella. No la desprecio, pero no confío en el ser humano. Se necesita ser ingenuo para confiar en nuestra especie. Basta mirar el mundo. Los científicos no son mejores personas que el resto de la población: son humanos, tropiezan y, en ocasiones, actúan sin ética. Basta pensar en las bombas atómicas.
Los ejemplos viejos, en ética médica, nunca son viejos. En enero de 2016, la Autoridad en Embriología y Fertilidad Humana del Reino Unido aprobó usar la técnica denominada CRISPR (acrónimo de Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats)para llevar a cabo la modificación genética de embriones humanos. Admirable salto cobijado por el prestigioso Instituto Francis Crick de Londres. La técnica CRISPRpermite cortar y pegar fragmentos del ácido desoxirribonucleico. Editar el ADN —modificarlo— posibilita hacer cambios precisos y reescribir el código genético. Por medio de la edición es posible identificar, extraer y sustituir material genético defectuoso. La sustitución de aminoácidos enfermos podría prevenir o curar enfermedades. Inmenso logro de la ingeniería genética.
En la primera fase, los investigadores identifican cuáles son los genes determinantes para que el óvulo fecundado se desarrolle adecuadamente. Esa técnica podría evitar abortos espontáneos y mejorar las técnicas de fecundación. La suma de esos factores abre el camino para entender y modificar el desarrollo embrionario. A partir de esos experimentos surgen otras posibilidades. Es ahí donde la ética debe prevalecer sobre la ciencia.
“Editar” el material genético —suplir genes defectuosos con fines terapéuticos— no conlleva dilemas éticos: la finalidad es beneficiar a embriones enfermos y, por extensión, a los padres. Sin embargo, y aquí radica el problema, al alterar el material genético, la herencia genética también podría modificarse. El temor de los eticistas es comprensible: la distancia entre alterar el ADN con fines terapéuticos y el hambre científica para aplicar la técnica con el propósito de cambiar parámetros físicos puede ser pequeña. Tan pequeña o tan grande como los científicos y los eticistas lo permitan.
A nadie le gustaría revivir la idea, no muerta, de la eugenesia. El tema invita. Reflexionar es el reto.
Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.