Este mes, como estará regido por un presente incierto, quiero escribir del pasado. Sin melancolía, sólo por el gusto de ceder un rato las trifulcas diarias, el final de las elecciones, los libros pendientes, la vida de los hijos que debemos acompañar con prudencia. Difícil tarea no preguntarles, imposible darse cuenta de en qué momento se cruza la raya de la intacta cercanía y nos convertimos en intrusos.
A propósito del presente me pregunto casi siempre en mitad de la noche: ¿El país que nos concierne, nos necesita? ¿Hay que pensar en su destino como cuando teníamos 20 años y nada parecía irremediable?
Mejor, este mes, en esta página, esquivar las preguntas con un vuelo al pasado. El agua entonces bajaba de los volcanes y aún era transparente. Otros tiempos, no éste en que votamos desde la incertidumbre, no éste que ya dependió, pero sigue dependiendo, de nosotros. Porque nadie se jubila de mexicano.
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