En el sueño las voces se entremezclan: escucha dos o más lenguas, al comienzo cordiales, luego bruscas. Apenas las puede entender. Las figuras que hablan en el sueño cambian de forma y color. Algunas llevan sombreros y trajes de gala, otras van semidesnudas luciendo collares con piedras preciosas, ropas que apenas les cubren el sexo. El hombre da vueltas en la cama; no sabe distinguir lo real y lo imaginario. Está bañado en sudor. “Este periodo es crucial”, le ha dicho el médico. “Aquí se define si vives o mueres”. La tos va y viene, lo saca por momentos del delirio. Afuera, la noche de invierno cae sobre El Cairo. Es un cuarto mal aislado; el frío se cuela por una grieta junto al marco de la ventana. Es lo único que se ha podido pagar. En su valija, debajo de dos libretas tituladas “Congo”, George Washington Williams guarda los últimos billetes que le quedan después del viaje: catorce libras esterlinas. Todo ello será documentado casi cien años después por su biógrafo, John Hope Franklin.
La tos vuelve y el hombre abre los ojos. Se pregunta dónde está, luego se desvanece otra vez. Las alucinaciones mutan cada noche. Quizá se imagina otra vez en Matamoros, o tal vez en Querétaro, peleando contra las tropas de Maximiliano, o en su defecto de pie en el congreso de Ohio o en Washington. No hay orden en lo que llega a su memoria. A menudo está de regreso en el monte, preparando una emboscada contra los confederados.
Es la noche del 2 de febrero de 1891. En seis meses y a más de 6400 kilómetros de la cama donde el hombre sueña y suda, su cuerpo amanecerá frío. Morirá de tuberculosis en el Reino Unido a los 41 años. Cuatro décadas: múltiples vidas.
Una alucinación regresa más que otras. En un salón con espejos, un hombre barbado y vestido con un traje militar lo observa. Le Roi des Belges, le susurra una voz en el sueño. La barba del otro es densa y de un blanco impoluto. El rey no parpadea: lo observa como un juez. Williams se revuelve en la cama. El rey no deja de observarlo. De pronto se suelta a reír. Coronel, dice, y la risa se convierte en carcajada. La imagen del rey crece, se agiganta. Williams no puede responder; algo le aprieta la garganta. Colonel noir, dice el rey y las venas del cuello se le hinchan. Lo repite en el salón vacío, parece gritarlo: colonel noir, colonel noir. Williams no puede respirar.
De pronto las imágenes en los espejos se borran una por una. El rey ya no se ríe. Ahora parece jorobado, se encoge. Williams se llena los pulmones y respira sin toser. Todas esas muertes fueron en tu nombre, le dice al rey. Fueron crímenes contra la humanidad.
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