“Montaigne es el más franco y honesto de todos los escritores, su libertad francesa llega a la grosería, pero se anticipó a toda censura por la generosidad de sus confesiones. Sin embargo, con toda su franqueza verdaderamente superflua, en la mente de todos sus lectores se intensifica el convencimiento de su invencible probidad”. R. W. Emerson se expresaba así del escéptico Montaigne en una de las célebres conferencias que ofreció en 1847. A veces he llegado a pensar que la escritura tiene bastante en común con la albañilería, incluyo, claro, a los libros que han sido considerados notables e imprescindibles. Antes de comenzar siquiera a escribir la columna, comienzo ya con una digresión: no existen libros de ficción imprescindibles; es verdad que el mundo es más honrado con su presencia, pero es más bien la mitología, el accidente, la publicidad o el medio de las letras quienes hacen de un libro una obra “imprescindible”.
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