Desde noviembre de 2023, la Comisión Nacional del Agua (Conagua) anunció que el agua del Sistema Cutzamala, crucial para la vida de Ciudad de México y sus habitantes, se agotaría el 26 de junio de 2024. El fatídico pronóstico es una nueva alarma en una situación que, si bien es histórica, se agudizó en los últimos meses. Una larga sequía, acompañada de la creciente demanda de agua en Ciudad de México y las zonas aledañas al Cutzamala, y múltiples problemas con las infraestructuras hidráulicas de la capital resultaron en abastecimiento intermitente, aun en zonas que no enfrentaban esos problemas. Esto ha puesto en duda la posibilidad misma de habitar la ciudad en el futuro cercano.
Es comprensible que esta sequía y la crisis del Cutzamala sean el centro de la cobertura periodística y el discurso público sobre tal problema. Su urgencia y visibilidad lo explican. Sin embargo, pensarlo en clave de una crisis repentina, al minimizar o excluir sus raíces históricas, puede llevar a diagnósticos incompletos y soluciones que no lo atiendan de raíz.
Aquí esbozo otra explicación.
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