Mi abuelo era una persona sumamente supersticiosa. Mucha gente no lo sabe, o no tiene idea de hasta qué punto lo fue. Solía decir que un hombre sin religión debía, en su lugar, tener supersticiones, sólo para poder agarrarse de algo. Esa superstición fue una característica que heredó de su propia abuela, Tranquilina Iguarán, una mujer que trazaba sus orígenes hasta una etnia con fuertes creencias mágicas de la costa guajira de Colombia. En esa etnia existe una forma endémica de brujo que se dedica exclusivamente a tener y escuchar portentos en los sueños. Es gente cuya función principal en la tribu es soñar. De mi tatarabuela Tranquilina, Gabo mismo decía haber aprendido a relatar eventos fantásticos con la normalidad de cualquier suceso de la vida cotidiana. Sospecho que también heredó otros rasgos un tanto marginales de la personalidad, como la capacidad de sentir fantasmas, que desarrolló mi hermana; la tendencia a despertarse gritando de sueños perfectamente inocuos, que tenemos todos los varones del clan; o la peculiar forma de demencia senil que corre en la familia y que termina por sumirnos, ya entrados en años, en un mundo fantástico que oscila entre la vejez y la infancia, y entre el sueño y la realidad.
Las supersticiones de mi abuelo eran múltiples y variopintas. Giraban en torno al concepto de la pava, que se puede traducir por aproximación como “mala suerte” y se asemeja a lo que en otras partes del Caribe se llama bad juju o fukú. Existen, decía, cosas pavosas, como las perlas (que, por venir del agua salada, atraen a las lágrimas), los trajes de etiqueta (porque con ellos visten a los muertos), los pavorreales en los jardines y las conchas de mar en las casas (por razones inexplicables), así como (por razones obvias) fumar desnudo, sin otra ropa puesta más que la camiseta y los calcetines. Encontraba gente a tal grado pavosa que ni siquiera se atrevía a decir sus nombres (siendo su mayor exponente “el hombre que descubrió América”). Por otra parte, también existían remedios para la mala suerte, o antipavas, como las flores amarillas, o como una serie de amuletos que nos heredó al morir, tan poderosos que me da miedo decir lo que son, y que todavía hoy manejamos en la familia con una cautela semejante a la que se emplea para manipular material radiactivo. Había, asimismo, gente antipava, como sospecho que debía ser mi abuela Mercedes, a la cual él llamaba, por algún misterio totémico que sólo él entendía, “el cocodrilo sagrado”.
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