En febrero, el árbol frente a mi ventana empieza a recuperar las hojas que perdió, lentamente, desde octubre hasta principios de año. Es un árbol inmenso que está al cruzar la calle, pero desde lo alto hay días en que parece a mi alcance y me impresiona su impávida belleza. Las hojas se le caen, le vuelven a salir nuevas, se pone todo verde anticipando la primavera.
Su rara desnudez del invierno acompañó los momentos en que sin previo aviso me caí. ¿Cómo? Pues igual que si obedeciera el verso de la Comedia de Dante que Borges citaba con reverencia: “E caddi come corpo morto cade”. Sí, igual que cae un cuerpo muerto, sin darme cuenta cómo, pegando contra el suelo y antes con una silla o un pretil, me caí con todo y mi desmemoria.
Aun no sé la causa, en principio lo más que hemos conseguido es que se crea que puede ser algo que ahora se llama disautonomía y antes síndrome cardiovascular y antes aún, cuando amenazaba a los personajes de Austen, síncope. Ese algo que parece sucederles a las personas cuando están afligidas, cansadas, desorientadas o necias. A esta última razón me suscribo. Sólo una necia se levanta rápido en mitad de la noche, no prende la luz y camina hacia donde sea sin más destino que el de caerse.
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