En las novelas de Ayn Rand hay un tono que remeda al realismo socialista. Sus fábulas del capitalismo desatado son réplicas de la otra utopía. Héroes con una misión histórica, hombres con una verdad que han de mostrarle a un mundo de ciegos. Sus personajes, decía Jonathan Chait en un artículo en The New Republic, son muñecos de trapo que sirven para encender la antorcha. El libertarianismo tiene, desde su origen, vehemencia de secta. La evangelizadora del egoísmo cultivó una adoración fanática. Un diminuto estado soviético se construyó alrededor suyo, dice Chait. Sus palabras eran escuchadas como revelaciones, sus gustos eran interpretados como una orden. Si a Rand le fastidiaba la música de Beethoven, sus devotos dejaban de escucharlo. Si decía que le disgustaban los bigotes, se afeitaban de inmediato.
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