Aquellos a quienes admiramos nos definen
tanto como nuestras propias acciones
La figura del héroe en la historia oficial mexicana ha estado muy ligada a la idea de fuerza bruta y capacidad para imponer su voluntad sobre otros. Hombres que lideraron conquistas militares se encumbran como próceres nacionales, no obstante sus crímenes contra la población civil. La exaltación de estos caudillos violentos influye al formar valores; para las nuevas generaciones el uso de la fuerza es una forma aceptable de resolver conflictos e imponer voluntades.
El mejor ejemplo es sin duda Francisco Villa, uno de los personajes más brutales de la Revolución. Rescatado por los presidentes Díaz Ordaz y Echeverría Álvarez, quienes lo elevaron al “altar de la Patria”, y colocaron su nombre en el muro de honor del Congreso y sus restos en el Monumento a la Revolución. Fue el último personaje revolucionario en integrarse oficialmente al panteón de “héroes nacionales”; cientos de corridos, películas, libros lo han vuelto uno de los íconos culturales más populares. Incluso lo han ”santificado”.
López Obrador designó 2023 “Año de Francisco Villa. El revolucionario del pueblo” en el centenario de la muerte del caudillo duranguense, cuyo verdadero nombre era José Doroteo Arango. Francisco Villa fue un violento forajido zacatecano que fungió como mentor y figura del joven proscrito. Uno de los crímenes más escandalosos cometidos por Villa, “el Zacatecano”, fue el asesinato a machetazos de Guillermo Möller, propietario de la hacienda La Estanzuela, Durango. Al huir a Chihuahua, perseguido por la Acordada por sus múltiples delitos, Doroteo Arango se hizo llamar “Francisco Villa”, adoptando no sólo el nombre del feroz bandido sino también su reputación de hombre terrible cuyo recuerdo seguía infundiendo miedo entre campesinos y propietarios a principios del siglo XX.
Una larga tradición criminal
La violencia de Villa, o mejor dicho de Arango, se remonta a sus primeros años. Entre 1892 y 1910 se dedicó al robo y al abigeato luego de abandonar a su familia; se integró a las bandas de los salteadores más sanguinarios que operaban a sus anchas en un vasto territorio del norte de la República, hoy conocido como el “Triángulo Dorado” donde confluyen los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua. Zona donde Heraclio Bernal forjó la leyenda del “Rayo de Sinaloa” durante los primeros años del porfiriato. Aquí también uno de sus cómplices, Ignacio Parra, junto con su socio, el brutal salteador Refugio Alvarado, encabezó una de las bandas más peligrosas del estado de Durango. Y aquí también el joven José Doroteo se formó bajo la tutela de Villa y Parra antes de convertirse en “Pancho Villa” y superar a sus “maestros del crimen”.
Años después, por esa misma región, Doroteo Arango arreó recuas de mulas robadas desde Chihuahua hasta Sinaloa y atravesó la sierra Madre Occidental al mando de una numerosa banda. Fue también en esa misma zona, durante la Revolución, que Tomás Urbina escondió sus tesoros valuados en millones de pesos, producto del saqueo, la extorsión y el secuestro, hasta que Arango, su temible compadre, lo ejecutó en 1915.
Este antiguo escondrijo de forajidos es también refugio y zona de operaciones de narcotraficantes; el más conocido: el infame Chapo Guzmán. Una característica de la zona es, según Ricardo Raphael, la relación o, mejor dicho, la ausencia de relación que las poblaciones sostienen con la ley: el robo, la estafa y la violencia impregnan la vida cotidiana. Esta comarca de difícil acceso, mitad boscosa, mitad planicie, está enclavada en la sierra Madre Occidental y se distingue por ser un territorio aislado, tradicionalmente expulsor de pobladores, debido a la pobreza y marginación.
La extorsión era —y sigue siendo— otra práctica habitual de los delincuentes norteños. Ignacio Parra y Refugio Alvarado exigían pagos de entre 100 y 250 pesos a los rancheros duranguenses. Cuando no se cubría el pago, los dueños eran colgados y sus propiedades quemadas. En la región de Ocampo, Durango, Doroteo Arango y el Charro Beltrán empleaban tácticas similares, torturando a los propietarios que no cubrían su “cuota”. Una de sus víctimas, Gabino Amaya, dueño del rancho del Espíritu Santo, fue salvajemente torturado y dos de sus vaqueros degollados cuando se negó a pagar 10 000 pesos.
Generalmente, estos individuos no delinquían con la intención de desafiar el orden establecido o vengar afrentas familiares, sino como una forma de mejorar su calidad de vida y obtener recursos adicionales para satisfacer sus deseos más frívolos. Limitaban sus incursiones a las cercanías de sus lugares de origen; los blancos de sus ataques eran rancherías y haciendas que conocían perfectamente. Esto les facilitaba mantener vínculos familiares o amistosos que les protegían y encubrían a cambio de una parte del botín.
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