Es conocido que Rossini tenía pavor a los trenes. Aunque no siempre había sido así. En su primer viaje en tren, entre Amberes y Bruselas, en 1836, se había maravillado de la velocidad de la máquina y le había dicho a su amante, Olympe Pélissier, que no tenía ningún miedo. Pero algo debió pasar después, quizás un accidente, porque a partir de la década de 1840 no se volvió a subir a un tren y viajó a todas partes en coches de caballos.
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