La fábula de La cigarra y la hormiga exhibe el comportamiento musical como un desperdicio completo de energía, sin ningún valor aparente para la supervivencia. Quizás otra sería la historia si Esopo, La Fontaine o Samaniego hubieran tenido oportunidad de leer a Darwin en El origen del hombre. Los fabulistas habrían tenido que coincidir en que la cigarra y otras especies de insectos, anfibios, aves y mamíferos (entre estos últimos: gibones, ballenas y, por supuesto, humanos) producen “incesantemente notas musicales o meros sonidos rítmicos” porque “las hembras son capaces de apreciarlos y, por tanto, sentirse emocionadas o seducidas”. O sea que, aunque el canto de la cigarra fabulada nos parezca una pérdida de tiempo, lo cierto es que la musicalidad animal —la capacidad de producir y disfrutar de la música en sus diversas formas— está íntimamente asociada a la selección sexual: dime qué tal cantas y te diré qué tanto deseo tener hijos contigo.
Las habilidades motoras y cognitivas necesarias para generar sonidos musicales de quien corteja a una posible pareja sexual le indican a ésta que la condición biológica del cortejante musical es buena o, en otras palabras, que puede aportar genes deseables para heredar a su descendencia.
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