Feas gárgolas espían desde tu bien iluminada ventana, el Palacio Gaetani exhala vahos de trementina y barniz, y Gino's donde era bueno el café y yo recogía mis llaves, ha desaparecido. En su lugar apareció una boutique; vende medias y corbatas, en verdad más necesarias que él o nosotros desde cualquier punto de vista. Y tú estás lejos en Túnez o en Libia, contemplando el dorso de las olas, cuyo encaje sigue adornando la costa italiana: ¿en homenaje a Séptimo Severo? Dudo si de todo esto debería echársele la culpa al dinero, al paso del tiempo o a mí. En cualquier caso, no es menos probable que el cosmos, fatigado de su famosa condición inánime y de su bastante malvada infinitud, busque para sí mismo una morada terrestre; y nosotros siempre estamos a la mano. Francamente, uno debería estar agradecido cuando el cosmos se confina sólo a un apartamento, alguna expresión facial, unas cuantas células cerebrales, y no nos somete directamente del modo en que lo hizo con nuestros padres, nuestro pequeño hermano o hermana, G.
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