Los últimos norteamericanos

Llamarle póster sería un exceso: era una triste hoja de papel bond que claramente había salido de la impresora que algún Joven Profesional Urbano de la Muy Joven y Muy Profesional y Muy Urbana Colonia Roma se había comprado en los meses terribles cuando la casa se convirtió en oficina. Prometo que esta inferencia no es prejuicio o caricatura, sino el producto de la más elemental deducción periodística: era obvio que se trataba del trabajo de un amateur, alguien que nunca había tapizado con panfletos los pasillos de la Facultad de Ciencias Políticas, mucho menos sudado como sueco en sauna para pegar mil carteles con la cara de algún político sin mucha ciencia y con dudosas facultades. No, la experiencia en las artes de la propaganda callejera de la persona responsable de la hoja se extendía, a lo mucho, a repartir fotocopias de la cara adorable de un perrito extraviado. En lugar de una gruesa capa de pegamento aplicada como si fuera barniz o, en el peor de los casos una embarrada del más humilde engrudo, el libelo colgaba de un poste de luz sostenido por cuatro patéticas grapas.

Hasta allí los detalles que quedaron en mi memoria. No recuerdo, por ejemplo, la tipografía; aunque estoy casi seguro de que era banal (Times New Roman) o en su defecto ridícula (Comic Sans). De hecho, el honor de reportero demanda que confiese que ni siquiera recuerdo con precisión qué, exactamente, rezaba el mensaje. Estaba en inglés, eso sí, y para efectos de nuestra discusión diremos que estaba en el buen inglés que en México delata a quienes disfrutaron o padecieron de una educación privada que inició años antes de la primaria: idiomático, casi perfecto, pero plagado de diminutos errores.

Lo que sigue es no ficción sólo en el sentido de Montaigne, quien declaró —o pudo haber declarado— que su materia no eran las cosas sucedidas, sino las que podrían haber sucedido. Digamos (es decir: hagamos de cuenta) que la hoja engrapada a ese poste de luz en alguna calle de la colonia Roma decía:

GO HOME YOU FUCKING GRINGO!!!
EVERYONE HATES YOU HERE!!!
YOUR [sic] RUINING CDMX FOR THE REST OF US!!!
DIGITAL NOMADS ARE A PLAGUE!!!

Ése, al menos, era el espíritu del asunto: un intento de violencia lingüística que no conseguía otra cosa que hacer el ridículo. No dudo que algún gringo lo haya visto y se haya sentido víctima de un crimen de odio, pero ese gringo sería, él también, ridículo. Esto no era activismo o una protesta política, menos aún evidencia de una naciente xenofobia protofascista entre los mexicanos angloparlantes de uno de los códigos postales más caros del país. No, esto era un mensaje iracundo en el grupo de WhatsApp quejándose de que uno de los condóminos había puesto su unidad en Airbnb y ahora cada fin de semana el edificio era sede de escandalosas orgías de güeros empericados; una reseña de Yelp maldiciendo a los meseros del Contramar por haberse atrevido a ofrecerle un menú en inglés a un orgulloso miembro de la raza cósmica; un hilo de Twitter (ahora llamado X) declarando, con la vehemencia santurrona de un predicador de garage, que todos los gringos que se mudan a México because oh my god it’s so cheap deberían de vivir oprimidos por una culpa casi metafísica.

La hoja maldiciendo a los gringos de la Roma, en fin, era poco más que un berrinche. Pero era también algo más triste y más profundo y más revelador: el lamento de un amante despechado. Trust me, I would know: el hilo de Twitter sobre la culpa metafísica lo escribí yo.

 

Ha pasado un año, quizá dos, desde que me topé con el libelo antigringo. En meses recientes, sin embargo, me he acordado mucho de la hojita. La razón me parece intuitiva, pero sospecho que quizá no lo sea para nadie más: en el curso de preparar este número de nexos, mis colegas María Guillén, Valeria Villalobos, Julio González y yo conversamos largamente con muchos de los arquitectos mexicanos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Estas entrevistas me forzaron a cuestionar toda suerte de ideas recibidas que había aceptado acríticamente. Por ejemplo: el lugar común izquierdista que afirma como un dogma de fe que los llamados “tecnócratas neoliberales” eran en el mejor de los casos pragmatistas y en el peor de los casos cínicos, cuando la realidad es que eran algo mucho más raro, más bello y mucho más peligroso: un puñado de utopistas, una banda de apóstoles, un partido de vanguardia. La revelación que más me sorprendió, sin embargo, fue descubrir que los autores de la integración económica de la región aún creían sinceramente en lo que podríamos llamar “la idea de América del Norte”, un concepto hermoso que, a mis ojos, dista tanto de la realidad como el comunismo con el que soñaba Lenin.

Pero ¿cuál es —o mejor: cuál era— esa idea? Pasé siete años escribiendo una novela (en inglés, obviamente) titulada América del Norte (en español, obviamente), y por ello no tengo la más remota idea de cómo responder a esa pregunta. Pero supongo que, si alguien me encañonara y exigiera que definiera esa nebulosa de asociaciones contradictorias en menos de 280 caracteres, probablemente diría algo así:

La idea de América del Norte es que México y Estados Unidos han dejado atrás su enemistad histórica y, a través del poder ecualizador de los contratos, han dejado de ser centro y periferia para convertirse en socios e iguales.

Ilustración: Kathia Recio

Se trata de una idea que ha marcado el curso de mi vida: mi novela está llena de mentiras, pero algo tiene de autobiográfica. Y es que mi generación —y aquí me refiero a un grupo mucho más específico que aquellos nacidos circa 1990: mis pares de la alta burguesía mexicana— fue educada desde la cuna para heredar esta Nueva América que reemplazaría a la vetusta Nuestra América. No es casual que el graduado treintañero promedio de cualquier preparatoria privada del poniente de Ciudad de México sea incapaz de glosar el Primero sueño (o, para el caso, pegar un cartel) pero siempre, sin excepción, hable buen inglés.

Mi caso es especialmente grave. A los 18 años, insatisfecho con mi educación bilingüe y desesperado por poner kilómetros entre la carrera política de mi padre y mi alma de adolescente atormentado, me fui a Estados Unidos. A Yale, más precisamente, cosa nada casual. Junto con Boston y Chicago (pero no, curiosamente, Los Ángeles o Nueva York), New Haven es uno de los epicentros donde nació la idea de América del Norte. Pongámoslo así: uno de los primeros compañeros de clase que conocí cuando llegué a la universidad es un tipazo llamado Sebastián Serra. Su padre, Jaime Serra, también estudió en Yale, lo mismo que un profesor de Economía que era famoso entre los estudiantes de licenciatura menos por su antiguo empleo que por su rumorada tendencia a asignar ochocientas páginas de lectura cada semana en su seminario sobre globalización: Ernesto Zedillo.

¿Por qué, entonces, me sorprendí tanto al descubrir que los arquitectos del TLCAN creían sinceramente en esta idea nacida en los corredores de las universidades de élite de Estados Unidos? ¿No resultaba natural que una generación que pasó por la misma experiencia que yo —una experiencia abrumadoramente positiva: pocos lugares más paradisíacos para un mozalbete mexicano de buena familia e inquietudes intelectuales que el Harvard Yard o el Old Campus— creyera en la buena voluntad del país que los había acogido con tanta calidez? Sin duda. Salvo que la palabra clave en mi última pregunta retórica no es natural, sino generación. A diferencia de nuestros mayores, los mexicanos que llegamos a New Haven o Hyde Park en el nuevo milenio atestiguamos el ascenso de Donald Trump y su camarilla kakistocrática. De pronto, todos los mexicanos que vivíamos en Estados Unidos, incluso los más privilegiados, nos vimos forzados a confrontar una verdad que nuestra posición de clase nos había permitido ignorar: buena parte de la gente de nuestro país adoptivo nos veía no como socios o amigos, sino como inferiores despreciables y peligrosos.

Fue una lección amarga: el país que admiramos —cuyo idioma habíamos estudiado antes de dominar el propio, cuya cultura conocíamos mejor que la nuestra, a cuya gente amábamos tanto o más que a nosotros mismos— nos odiaba. Como el narrador de mi novela se dice a sí mismo al inicio de su descenso a los infiernos: The problem at hand was not one of facts but of translation. América del Norte did not mean the same thing as North America.

 

De allí la furia patética del berrinche engrapado al poste. No tengo manera de saber si su autor vivió alguna vez en Estados Unidos, pero no me sorprendería en lo absoluto. Trust me, I would know: todo esto es una transparente proyección de mi propio psicodrama. Pocas cosas más humillantes que volver a México tras vivir en Estados Unidos por diez años —y no por elección, sino porque una pandilla de supremacistas blancos le negó a uno la green card— sólo para descubrir que el hometown al que uno hizo hasta lo imposible por no regresar está lleno de gringos. Tal es la tragedia de América del Norte: en realidad los mexicanos y los estadunidenses no somos iguales. ¿A cuántos nos encantaría mudarnos a Brooklyn nada más porque sí, sin tener que hacer maromas de circo para conseguir una visa o un trabajo bien remunerado, pues el salario que ganamos a la distancia vale veinte veces más en nuestra ciudad adoptiva que en casa? En realidad la cosa es aún más triste: ¿a cuántos no nos encantaría mudarnos a Ciudad de México como los gringos se mudan a ella, no como una confrontación con demonios, sino como una aventura, un interludio, una larga vacación?

Las reacciones negativas a mi hilo de Twitter o la hoja de papel bond se explican en buena medida por la percepción —acertada en muchos casos— de que quienes se quejan de los gringos de la Roma son por lo general gente privilegiada. Hay mucho de válido en esto: ¿quiénes somos los Jóvenes Profesionistas Urbanos, gentrificadores por excelencia, para andar por la vida denunciando la gentrificación? Incluso si asumimos que son mucho más numerosos de lo que sugieren las estadísticas del Instituto Nacional de Migración, los expatriados gringos representan una gota en el mar de una zona metropolitana cuya población equivale a casi la mitad de los habitantes de California. Achacarles la crisis de vivienda en la capital es evidencia de una preocupante ceguera de clase: pensar que Ciudad de México se reduce a un puñado de colonias céntricas sólo es posible si uno —como este corresponsal— sólo se sube al Metro en el curso de un reportaje de investigación.

Dicho todo esto: es innegable que los antiguos romanos, desplazados por los bárbaros del norte, desplazan a su vez a capitalinos menos afortunados que ellos. Pero, si dejamos de lado el costo de un departamento en la Roma, la semilla de lucidez política que se esconde en las quejas de los mexicanos privilegiados se nos revela con claridad. Resulta que, en los hechos y en las leyes, incluso los mexicanos que disfrutamos de ventajas injustas tenemos menos derechos que un grupo de estadunidenses que, en el contexto de su país, con frecuencia goza de menos privilegios que nosotros en el nuestro (y quienes, hay que decirlo, muchas veces logran convencerse a sí mismos de que la existencia de mexicanos adinerados excusa su posición privilegiada en este país).1 No importa qué tan rico o qué tan blanco sea uno, no importa si uno estudió en Yale o en Harvard: a la hora de la verdad los gringos siguen siendo gringos y los mexicanos, mexicanos.

No pido la solidaridad de nadie: mis quejas y las de mis pares son tan poco importantes que no merecen más atención pública de la que les he dado en este ensayo. Lo que quiero sugerir, más bien, es que el libelo antigringo es un síntoma superficial de una realidad profunda: América del Norte como una comunidad de iguales nunca existió más que en las mentes de los arquitectos del TLCAN. Los gringos que se mudan a la Roma no suelen ser trumpistas —más bien al contrario: muchos de ellos me han dicho que su salida de Estados Unidos tuvo mucho que ver con la elección de aquel bufón anaranjado— pero su presencia en la Roma demuestra que la asimetría que el tratado pretendía resolver sigue viva. A treinta años del TLCAN, el mexicano más privilegiado de México sigue teniendo menos libertad de movimiento que el estadunidense promedio. Si América del Norte existe, yo y mis pares somos ciudadanos de segunda clase de la nueva Patria Grande. Sobra decir que la inmensa mayoría de los mexicanos que viven en Estados Unidos —o en México, para el caso— ni siquiera son ciudadanos de esa región imaginaria.

 

Con todo, sigue habiendo algo desagradable —o, para citar a uno de los tuiteros que respondieron a mi desafortunado hilo, algo “de mal gusto”— en las quejas de los Jóvenes Profesionales Urbanos. Si el resentimiento, tan parecido al odio, resulta siempre odioso, el resentimiento de aquellos a quienes la mayoría justamente resiente lo es dos veces. Pienso, por ejemplo, en ese lamentable incidente, poco después de mi repatriación, cuando dos antiguos compañeros de la licenciatura que pasaban por Ciudad de México vinieron a visitarme. A poco de que se apersonaran en mi casa, estaba preguntándoles si sabían en qué año Estados Unidos había invadido a México. No supieron decirme, por supuesto, pero el año que les espeté después de que reprobaran el estúpido examen al que los había sometido tampoco era el correcto.

Cuento todo esto para explicar la empatía que siento por el autor de un documento tan poco simpático como la hoja de papel bond. Pocas cosas me avergüenzan más que la manera en la que traté a incontables amigos (algunos de ellos ahora examigos) estadunidenses en los meses de depresión (es decir: de berrinche) que siguieron a mi regreso. Ninguno de ellos —en especial una de ellas, quien si alguna vez lee este ensayo sabrá que todo esto es en el fondo una carta de disculpa para ella— merecía convertirse en el chivo expiatorio del dolor que el colapso de la utopía norteamericana infligió en mi corazón de whitexican. ¿Eran ignorantes respecto a México? Sin duda: mucho más que la mayoría de los mexicanos respecto a Estados Unidos. ¿Eran inconscientes de las ventajas injustas de su pasaporte color azul? En efecto: casi tanto como yo y mis pares somos inconscientes de las ventajas injustas de nuestros apellidos. ¿Eran responsables por el imperialismo estadunidense? Sí, pero no eran culpables de sus causas o consecuencias.

Ilustración: Kathia Recio

A diferencia de lo que escribí en ese lamentable hilo de Twitter, el hecho de que uno se haya beneficiado de los crímenes que otros cometieron en su nombre significa que uno tiene la obligación de rendir cuentas, pero no que uno merece castigo. Mis amigos estadunidenses me deben respuestas, como todos los estadunidenses se las deben a todos los mexicanos, pero pretender que una persona querida debería cargar con la culpa de todo lo que ha sucedido desde 1847 es, además de patológico, ridículo. Los gringos de la Roma serán ingenuos, inconscientes de sus privilegios, incluso malos vecinos. Pero no son, en modo alguno, una plaga.

Este último punto es, en mi caso, una novedad. Durante los primeros años después de mi regreso a México no podía cruzarme con un gringo sin empezar a temblar de furia. ¿Cómo se atrevían a poner un pie en mi ciudad al mismo tiempo que su gobierno arrancaba a niños —¡niños!— de los brazos de sus padres para internarlos en campos de concentración? La cosa llegó al grado que un amigo artista y yo empezamos a esbozar un performance en el que recorreríamos las calles de la Roma vestidos con un uniforme azul que tendría la palabra HIELO bordada en blanco en la espalda. Cada vez que viéramos a un gringo, nos acercaríamos gritando, en un inglés artificialmente acentuado: Show me your papers! Si el gringo en cuestión traía consigo a un gringo-niño, el guion cambiaría: Is that person in situation of infancy your person in situation of infancy? Prove it with papers or we’ll take them away from this situation of vulnerability!

El proyecto nunca se concretó, pero no por la razón que en retrospectiva me hubiera gustado —¿qué clase de psicópata piensa que está bien someter a un padre o una madre a una broma tan pesada, tan de mal gusto?—, sino porque mi amigo y yo caímos en cuenta de que hacerse pasar por un oficial de policía es un delito grave que se castiga con años de prisión. En todo caso, y para mi vergüenza, el fallido performance es un emblema perfecto de mis sentimientos en ese momento: el enojo, la rabia y los celos de un exnovio al que le urge ir a terapia, porque su amor despechado arriesga convertirse en odio.

 

De allí, quizá, la enorme sorpresa que sentí hace un par de semanas, cuando The Nation, una revista para la que a veces escribo, me pidió que participara en un pánel sobre política mexicana al que asistiría un grupo de suscriptores que la publicación había traído a México en el marco de los recorridos de “turismo cultural” con los que solventa sus gastos operativos. En el curso de responder a una pregunta de la audiencia sobre la percepción mexicana de la segunda candidatura de Trump, me descubrí a mí mismo diciendo algo que dos años antes nunca hubiera salido de mis labios: I have faith in the American people.

En los días que siguieron, como mi psicoanalista puede constatar, le di mil vueltas a la frase, tratando de decidir si se trataba de una mentira motivada por el deseo del colonizado de sentirse aceptado por sus mejores o de un lapsus de sinceridad involuntaria. Al final terminé por inclinarme por la segunda opción: en efecto, tengo fe en que los estadunidenses no eligirán a Trump una segunda vez. Por supuesto, “tener fe” no es sinónimo de tener certeza, sino todo lo contrario: uno sólo puede tener fe frente a la incertidumbre. No me sorprendería en lo absoluto si el payaso anaranjado regresa a la Oficina Oval —trust me, I would know— pero ahora que los raspones que saqué en el curso de mi desencuentro con la más imaginaria de las comunidades imaginadas comienzan a sanar, puedo decir por fin que mi resentimiento de amante despechado ha desaparecido.

Nunca volveré a confiar en ella —fool me once, shame on you; fool me twice, shame on me— pero hoy, a treinta años de su nacimiento y treinta y tres del mío, he logrado por fin perdonar a mi exnovia, América del Norte: esa idea tan bella y tan falsa, esa utopía irrealizada y quizá irrealizable, esa colección de contrafactuales, ese manojo de contradicciones. Sólo me queda esperar que ella, también, encuentre razones para perdonarnos a mí y a sus muchos amantes despechados. El saber que nuestro amor se ha ido para nunca volver me deja cierta paz; ojalá que la certeza de que nuestra separación es irreparable también le traiga paz a ella. Y es que mi generación —los mexicanos privilegiados que nacimos al mismo tiempo que el TLCAN, incluyendo al autor imaginario de esa hoja nada imaginaria— fuimos al mismo tiempo los primeros y los últimos norteamericanos.

 

Nicolás Medina Mora
Novelista y editor sénior de la redacción de nexos. Su primer libro, América del Norte, será publicado en la primavera de este año bajo el sello de SoHo Press.


1 Aquí cabe recordar que el salario medio en Ciudad de México es de menos de 4000 pesos mensuales: unos 2800 dólares al año. En contraste, el gobierno de Estados Unidos considera que una persona que gana 14 000 dólares al año (cinco veces más que el asalariado promedio en Ciudad de México) vive en la pobreza.

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Publicado en: 2024 Enero