John Womack Jr. Historiador. Entre sus libros, Zapata y la Revolución Mexicana.

Para empezar por la pregunta de Stanley Ross: ¿ha muerto la Revolución Mexicana? ¿Cuál fue (o es) su sentido histórico? ¿Y cuál su legado: qué le dio a México?

La Revolución Mexicana murió en 1920 aunque nadie lo supo en ese momento, ya que nadie podía saber entonces que la revuelta de Agua Prieta sería el último intento exitoso de derrocar al gobierno. La mexicana no fue la primera revolución social del siglo. Fue una combinación de varios acontecimientos: un colapso político, señores de la guerra, gangsterismo, al menos unos cuantos movimientos campesinos auténticos (de los cuales el más significativo y diría casi el único fue el zapatismo), varios movimientos obreros importantes, etc. No fue un hecho coherente, ¿cómo podía serlo si tomó diez años en suceder? Nadie pensó que fuera coherente mientras sucedía. Muchos nunca se vieron como revolucionarios, a menos que necesitaran antecedentes adecuados para obtener trabajo o crédito. Quienes fueron revolucionarios se la pasaron peleando entre sí; todos peleaban su propia revolución.

Sólo desde la perspectiva de otros países o de los años posteriores en México pareció que había existido una Revolución Mexicana, cuando se consolidaron nuevas instituciones que dijeron tener su origen durante la guerra civil. La herencia de la Revolución fue la combinación de estas luchas y esas instituciones: un nuevo orden político (cuyos términos y bases han cambiado varias veces en los últimos setenta y cinco años), gangsterismo o corrupción política, ansiedad o temor a la rebelión rural, un movimiento obrero inusitadamente dividido y sometido a la negociación. Todo ello en medio de un renovado desarrollo capitalista en la región donde manda el dólar.

Dices que las bases del nuevo orden político surgido de la Revolución han sido cambiadas varias veces en los últimos setenta y cinco años. ¿Cuáles han sido esos cambios? ¿Podrías caracterizarlos?

El orden político que surgió en 1920 fue muy provisional. Fue hijo directo de la revuelta de Agua Prieta y los compromisos, inevitablemente confusos, con otros grupos políticos del ejército (en particular los elementos leales a Pablo González) y varias organizaciones políticas civiles (en particular el Partido Laborista). Cuando Obregón asumió la presidencia, desde luego intentó reformular los distintos pactos políticos mediante los que había alcanzado el poder, de modo que pudiera gobernar y tener control sobre el asunto central que se le presenta a todo presidente: la sucesión. (Todo esto era mucho más difícil porque el periodo presidencial tenía sólo cuatro años.) Creo que lo único que quería lograr era construir una base política suficiente para que su grupo de sonorenses pudiera dominar a sus adversarios en el futuro previsible.

Su apoyo principal estaba desde luego en el ejército, al menos entre aquellos comandantes que se habían comprometido con él atendiendo a sus propios intereses. Naturalmente, Obregón sabía muy bien lo que muchos otros generales pensaban: que tarde o temprano podrían reunir fuerzas para derribarlo, tal como él había derribado a Carranza. Como dije, nadie podía saber entonces que Agua Prieta sería el último golpe exitoso.

El ejército, sin embargo, no era apoyo suficiente. México era una república y tenía que haber ciertas instancias de elección, en el nivel federal como en el estatal y municipal. Obregón no quería depender de un solo partido que pudiera convertirlo eventualmente en su rehén o, al menos limitar su capacidad de maniobra política. Mantuvo entonces su trato con el Partido Laborista, promovió la formación del Partido Nacional Agrarista y entró en tratos también con el Partido Cooperatista (que representaba sobre todo a jóvenes profesionistas católicos). Las bases de apoyo de aquel primer orden político posrevolucionario fueron múltiples en este sentido: muchas facciones del ejército y al menos tres partidos políticos, de los que Obregón podía dirigir efectivamente sólo a uno (el PNA).

Estamos en el gobierno de Obregón a principios de los veintes, 1920-1924, para ser precisos. ¿Qué pasa después?

El orden obregonista sufrió un cambio sustancial debido a la rebelión de De la Huerta en 1923‑1924. Obregón pudo asegurar la sucesión de Calles, pero éste tuvo que desarrollar una base de apoyo político más concentrada para poder gobernar y controlar a su vez la sucesión en 1928. Siguió dependiendo de algunas facciones del ejército, pero tuvo un trato más cercano con el Partido Laborista que con el agrarista o cualquier otro. La gran huelga ferrocarrilera de 1926‑1927 le hizo perder el control de la sucesión. Morones y el Partido Laborista actuaron con mayor independencia de la que él hubiera querido con miras a las elecciones de 1928. La Cristiada de esos mismos años puso también a las fuerzas armadas más fuera de control de lo que habían estado bajo Obregón. Eso explica por qué permitió que Obregón buscara la reelección. Creo que no tuvo alternativa. Entonces Obregón fue asesinado, y Calles tuvo que improvisar todo un nuevo acuerdo político. La expresión más visible de éste es el Partido Nacional Revolucionario.

¿Cómo caracterizarias al PNP?

En mi opinión fue básicamente una coalición nacional de cacicazgos. Sus oficinas centrales no podían hacer casi nada en los estados sin negociar con los caciques que dominaban la provincia. En el mejor de los casos, el presidente podía tratar de dividirlos en cada estado, enfrentándolos unos a otros. Pero ni él ni el PNR como tal podían desarrollar ninguna organización dirigida centralmente en los estados. Desde luego podía seguir haciendo acuerdos, y los hizo con los elementos leales en el ejército y con los caciques en general, de modo que por momentos el PNR parecía tener el poder suficiente para establecer consensos y llevar a la práctica las decisiones del partido. Pero en mi opinión ésta no era la capacidad operativa del partido, sino de Calles. Alguna vez pensé que tendría sentido mirar el Maximato como un periodo de gobierno partidista, quizás el único en la historia de México. Pero lo esencial, creo, es comprender lo débil que era el poder central en relación con las fuerzas de provincia, militares, paramilitares o civiles.

El gran asunto de la sucesión quedó en el aire. Para Calles hubiera sido imposible negociar un consenso entre los caciques del PNR. Creo que ni siquiera lo intentó. Lo que hizo fue fomentar que la nueva generación de políticos, su hijo y otros, en el ejército y otras organizaciones, determinaran quién sería un candidato aceptable. Y eligieron a Cárdenas.

En 1934 la base del orden político estaba constituida aún por los cacicazgos que Calles había formado dentro del PNR. El aparato central de éste era más fuerte para ciertos propósitos, principalmente la consideración de soluciones para el asunto de la sucesión. Pero carecía de poder para otros efectos, por ejemplo el desarrollo de organizaciones centralizadas en los estados. También es importante recordar que el PNR prácticamente no existía en algunos de ellos: Veracruz, donde el Partido Veracruzano del Trabajo era la maquinaria esencial; Oaxaca y Yucatán, donde otras maquinarias controlaban la política.

¿Cuál es la aportación de Cárdenas ?

Entre 1935 y 1939 transformó el sistema político. Mediante la distribución de tierra para los ejidos (creo que once mil la recibieron durante su periodo) fundó una nueva base obrera, tanto en los nuevos sindicatos nacionales (STFRM, STMM, STPRM, etc.) como en las federaciones estatales del trabajo. Mediante otras maniobras fincó bases entre profesionistas y burócratas (SNTE, FSTSE). Como resultado de las operaciones políticas de Cárdenas, descritas brillantemente por Alicia Hernández en su libro La mecánica cardenista, el presidente mexicano tuvo por vez primera el control central para luchar contra los cacicazgos provincianos y locales y las maquinarias políticas, militares y gubernamentales.

(No debo dar la impresión, sin embargo? de que el presidente podía controlar a la CTM. En esos años, dirigida por Lombardo, y dada la fuerza independiente de los nuevos sindicatos industriales nacionales, la CTM no recibía órdenes. Como todo poder con bases propias, hacía tratos. Tenía su propia estrategia, su propia agenda, y en sus propios términos negociaba con el presidente, de quien por supuesto necesitaba apoyo pero a sabiendas de lo mucho que él también necesitaba el suyo. Esta era más parecida a la relación entre Calles y la CROM que a la sostenida entre vanos presidentes sucesivos y la CTM de Fidel Velázquez.)

Con estas bases Cárdenas pudo sobrevivir varias crisis y salir de cada una tan fuerte como había sido antes de Monterrey en 1936: el conflicto con las compañías petroleras y la pérdida de muchos ingresos, la avanzada anticomunista (Cedillo) y la resistencia de diversos caciques, quienes al igual que los dinosaurios y bebesaurios de hoy esperaban confiadamente que tarde o temprano Calles y Morones regresaran para desmantelar la maquinaria cardenista y negociar de nuevo con ellos.

La peor crisis que enfrentó fue como siempre la sucesión, cuando por costumbre todos los enemigos y rivales del presidente tienen una oportunidad especial de unirse contra él con la esperanza de deshacer su trabajo en el sexenio siguiente. Cárdenas salió indemne también de esta crisis, con la mayor parte de su maquinaria y muchos de sus partidarios aún en puestos de poder. Para lograr esto se decidió por Avila Camacho. Y gracias a la disciplina de la CTM, conseguida por Lombardo, y a la del ejército, garantizada por Avila Camacho, triunfó. Aun así, debido a la guerra, que inevitablemente sacó de la CTM a Lombardo en aras de deberes latinoamericanos más importantes, y que inevitablemente fortaleció al ejército (bajo las órdenes directas de Cárdenas como ministro de Guerra), las bases políticas del régimen cambiaron de modo considerable de 1940 a 1945.

¿En qué cambiaron ?

Mientras los sindicatos industriales nacionales tenían que contenerse, mientras Fidel Velázquez ganaba poder en la CTM al manipular a las federaciones estatales para que se aliaran con gobernadores y caciques, mientras las consideraciones militares prevalecían durante el estado de guerra de 1942 a 1945, reapareció, aunque bajo una nueva forma, algo del régimen de los años veinte: un resurgimiento del poder combinado de caciques y figuras militares -excepto que el presidente aun tenía auténticos privilegios de los que Calles había carecido, y las figuras militares eran más oficiales del Estado Mayor que capitanes de campo.

Según fuentes contemporáneas, y de acuerdo a los juicios de la época, la de Alemán fue una sucesión cardenista. Y creo que Cárdenas debió haber sido crucial en la decisión de transformar al PRM en el PRI, reducir la milicia (por su tendencia a dormir con los caciques) y fortalecer los movimientos civiles (especialmente los jóvenes profesionistas socialistas). Hay entonces otro cambio en la base, en parte circunstancial debido al fin de la guerra y al subsecuente boom económico, en parte deliberado como resultado de una o varias maniobras exitosas de los cardenistas en el régimen. Ahora, aquí en casa, olvido el nombre del general de Baja California encargado de reclutar para el nuevo PRI a todos esos jóvenes como Luis Echeverría y Mario Moya Palencia, pero apostaría que era un viejo cardenista cumpliendo con su deber cardenista.

La sucesión puede haber sido de estilo cardenista, pero no fueron cardenistas quienes llegaron al poder con Miguel Alemán.

En el contexto de la Guerra Fría, de la intensa presión económica y política de los Estados Unidos contra la izquierda comunista y del boom económico, los resultados de este cambio, sin embargo, no fueron del todo cardenistas. El cambio continuó para los civiles jóvenes. Lombardo fue marginado. Velázquez sólo se concentró en mantener el control del aparato político y burocrático de la CTM. La CNC se volvió fraude y prenda casi por completo. El ejército debió dividirse entre la mayoría de oportunistas ordinarios y la minoría de populistas indignados (Henríquez). Y en el proceso los jóvenes profesionistas civiles devinieron políticos profesionales. De hecho, para mediados de los cincuentas las bases del régimen eran vanos clanes burocráticos de aquéllos. Creo que éste es el origen del orden priísta. Antes no existía en realidad. Mediante la improvisación, sucesos circunstanciales e inconscientes y una deliberada acción política, las bases del régimen eran las diversas facciones que vivían de acuerdos cotidianos con el PRI.

Esta estructura de poder se prolongó quizá más que ninguna otra desde 1920, yo diría (al menos ahora) de 1955 a 1968. Parece ser lo que la mayoría de la gente que escribe sobre política cree que todavía existe. Pero esa estructura tenía una cohesión y una consolidación que nada ha vuelto a tener desde 1968. Como beneficiaria de los porcentajes de crecimiento económico (alrededor del 6%), sólo debía eliminar las amenazas para la acumulación capitalista. por ejemplo en 1958-1959. Su base, supongo que se podría argumentar, eran los trabajadores y campesinos (no todos como para asegurarlo) que disfrutaban las migajas de este desarrollo económico. Pero su fundamento real y efectivo, lo que la hacia funcionar y reproducirse, era el político priísta profesional.

Un momento. He perdido mi sentido dialéctico en una serie de estructuras positivistas. Lo pondré de este modo: como antes había siempre bases diferentes para el nuevo orden. por lo que éste cambiaba de carácter y dirección de tiempo en tiempo, en el periodo de 1945 a 1968 también las hubo -la CTM, la burocracia militar y la de la CNC (no tengo nada contra las burocracias mientras sean weberianas y no políticas), a las cuales el sector popular de profesionistas encabezado por éstos, demostró ser incapaz de controlar. Estas oposiciones diversas se rebelaron contra el orden en 1968, realmente de 1968 hasta mediados de los setentas. En efecto, la verdadera y eficaz base del orden de 1955 a 1968 fue el político priísta profesional, pero no podía hacer todo, y lo que pudo hacer le explotó en la cara en 1968.

¿Qué pasó después del 68 con el régimen priísta?

Me parece que Echeverría quería erigir nuevas bases en una forma semejante a la de Cárdenas. Por ello protegió (en menor grado) a La Organización y fomentó (en mayor grado) la Tendencia Democrática. Pero fracasó. El continuo crecimiento económico, aunque más lento, y la multiplicación populista de proyectos paraestatales y paraprivados, incrementaron la fuerza de los políticos profesionales, así que debe haber sido todo lo que el presidente pudo hacer para mantener la paz entre las facciones y convocar a una sucesión ordenada. El boom petrolero de 1973 hasta los ochentas sólo aumentó el poder y el número de aquéllos, así como el sectarismo. Cuando las nuevas bases que Echeverría intentó crear para el régimen decayeron y se desintegraron después de 1976, el orden se volvió políticamente débil, pero esto no importó en tanto préstamos, ingresos y ganancias siguieron fluyendo.

La de 1982 fue la segunda crisis más grave del régimen priísta. Al reducir drásticamente el flujo de dinero, la leche materna de la política en cualquier país, produjo profundas y sospechosas divisiones entre los grupos de políticos profesionales. Creo que por ello aceptaron, a mediados de los ochentas, la intervención supuestamente técnica del neutral e inofensivo secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari. Al ser sólo un escolar y un tecnócrata no se inclinaría por una facción, sino que estaría sujeto por igual a la presión de todas -lo cual, dadas las circunstancias, era su mejor oportunidad (y quizá su definición de democracia).

La crisis se agravó en 1985, cuando De la Madrid decidió meter a México en el GATT. Los grupos de políticos profesionales, antes más o menos al servicio del orden (a cambio de compensaciones y favores), deben haberse dividido al menos en tres direcciones: algunos creyendo que la nueva tendencia era un error estúpido que podía corregirse en el próximo sexenio; otros creyendo también que era un error y que tenía que ser el tema de la siguiente sucesión; otros creyendo que era a) la inevitable ola del futuro, b) una oportunidad de distinguir a uno de los suyos como candidato presidencial y c) de cualquier manera, a la larga, una ocasión para disminuir y segregar a sus rivales. En medio de estas divisiones, el grupo de Salinas emergió en 1985‑1986 como una fuerza capaz también de competir por la presidencia. Y en 1987, Salinas ganó la sucesión.

¿Cuál es la intención de Salinas en términos de los soportes que tendrá su gobierno dentro del régimen priísta debilitado y dividido?

Creo que como Cárdenas, como Alemán, como Echeverría, llegó a la oficina en circunstancias que le permitieron tratar de desarrollar nuevas bases; y estaba determinado a construirlas. En el nivel más alto -ésta es una metáfora pobre si hablamos de bases- planeó, creo, usar la privatización para diversificar la oligarquía financiera, de tal modo que no le resultara tan fácil verse al igual que en el pasado como un bloque unido. Esa es una de las razones por las que Forbes encontró veinticuatro milmillonarios en lugar de cuatro multimilmillonarios.

(Creo que debo corregir esta impresión. Me inclino por coincidir con el argumento de que en México los grandes negocios y la política no se fusionan del todo como en Estados Unidos. México ha sido predominantemente un país capitalista, al menos desde la década de 1890, y en términos crudos la clase imperante es la burguesía. Pero ella no se encarga de la política gubernamental. Esta es responsabilidad de gente que es menos y de un nivel inferior: los caciques y los políticos profesionales. Mi metáfora mixta señala mi error. La oligarquía financiera una condición previa, una circunstancia, una premisa del orden político, del sistema, del régimen: no una base. [Al menos hasta ahora no lo ha sido, a diferencia de lo que pasa en Norteamérica]. Lo que entonces planeó Salinas, creo, fue emplear la privatización para complicarle la vida a la oligarquía financiera, para hacer las premisas capitalistas del gobierno menos uniformes y más variadas, para permitir nuevas oportunidades políticas.)

En lo que respecta a las bases propiamente dichas, Salinas en efecto intentó acabar o al menos invalidar la forma sectorial de organización de la que dependían tantos rivales y enemigos, caciques y políticos profesionales. Esta fue la razón obvia de las reformas del PRI que él consideró y adoptó eventualmente. Ninguna, creo, llegó tan lejos como él quería llegar. Creo que intentaba una reforma radical de las bases -sustituir movimientos populares y territoriales por sectores- después de su reivindicación en las elecciones del Congreso de 1991, pero necesitaba la aprobación del NAFTA para garantizar el éxito de este rumbo.

Aguardó a que Estados Unidos aprobara el acuerdo. La economía norteamericana se debilitó. Bush perdió. Clinton ganó. NAFTA tardó un año más en aprobarse. Si esto hubiera ocurrido en 1992, creo que Salinas habría desmantelado al menos algunas de las partes más estratégicas de las antiguas bases del orden y legitimado y autorizado nuevas bases populares, leales a él y a su grupo. Ya que la aprobación norteamericana se dio hasta 1993, esta reforma política se pospuso para Colosio, el candidato mejor entrenado para cumplirla, con la idea que la llevara a cabo durante su sexenio. Y entonces vino Chiapas. asesinato en Tijuana, el desmadre.

Es una larga marcha. Hagamos un recuento etapa por etapa. ¿Caracteriza a las bases de este orden cambiante?

Permíteme contarlas:

1. Un orden precario al principio de los veintes. Las bases originales eran el ejército, un movimiento obrero independiente, un movimiento agrario dirigido por la presidencia y los jóvenes profesionistas católicos.

2. Un orden distinto aunque también precario a mediados de los veintes. Este orden pasó simplemente a manos del ejército (ciertas partes selectas y leales) y a una porción del movimiento obrero independiente (la CROM contra los sindicatos ferrocarrileros).

3. El PNR original, 1929‑1933. Sus bases eran elementos selectos del ejército más los cacicazgos provincianos.

4. El PNR reformado, 1933‑1935. Sus bases eran las mismas más una nueva generación de políticos que, de haber estado alerta, habría podido calificar anteriormente de profesional: el hijo de Calles, Manilo Fabio Altamirano y muchos otros que crecían en la política de los veintes y surgían en esta reforma.

5. El cardenismo, 1935‑1939. Las bases continúan, pero aparte ellas ahora había un nuevo movimiento obrero independiente, un nuevo movimiento agrario semindependiente y una nueva organización de profesionistas civiles y militares, controlada por la presidencia.

6. El cardenismo en tiempos de guerra, 1940‑1945. Persisten las viejas bases; las nuevas surgen bajo restricción presidencial.

7. La organización del PRI, 1945-1955. Sobreviven las bases en el ejército y los cacicazgos; continúan las de los movimientos obrero y agrario recién dependientes; la de una nueva generación de políticos civiles profesionales se consolida en varios minibandos rivales y contenciosos; una nueva facción, con tan sólo una base clandestina, emerge y (dadas las divisiones entre los otros grupos y partidos) llega a la presidencia.

8. El orden de los políticos profesionales, 1955-1968. Va teniendo distintos rostros en los años siguientes: la división de los políticos profesionales en facciones, 1968-1973; el fortalecimiento de las divisiones, consolidado por el boom petrolero, 1973-1982; la desintegración del PRI, 1982-1988. A lo largo de estas etapas las antiguas bases, fracturadas y organizadas en partes en el minipartido que rápidamente desarrolla la suya propia, cobran la fuerza suficiente para llevar el orden a la crisis.

9. El proyecto de Salinas y el colapso del sistema, 1988‑1994‑? Las viejas bases, en conflicto entre ellas y con la base del nuevo minipartido, forman unas pocas coaliciones para conservar lo más que se pueda del antiguo sistema y encabezar la génesis del nuevo, que se llamará democrático.

¿En suma?

Las bases del orden político mexicano desde 1920 han sido el ejército, los caciques, los trabajadores dependientes o independientes, los agraristas controlados por la presidencia y los políticos profesionales. El poder de cada base ha variado con el tiempo, al igual que la calidad y la dirección del orden. Los principales cambios ocurrieron en los treintas, cuando varios caciques perdieron mucho poder (aunque sobrevivieron), en los cuarentas, cuando el ejército fue vencido y los políticos civiles profesionales ganaron mucho poder, y en los ochentas, cuando los políticos civiles profesionales del PRI, en virtud de las profundas divisiones entre ellos, perdieron mucho poder, y el proyecto salinista emergió para subordinarlos. Creo que una de las características más significativas de estos sucesos es la estabilidad de la mayoría de las bases; una base con poder reducido o subordinada no es por lo general una base destruida o abolida. Las únicas que han desaparecido son los movimientos obreros independientes de los veintes y los treintas, así como los movimientos agrarios semindependientes del mismo periodo.

En los años ochenta de este siglo los gobiernos mexicanos emprendieron una modernización que desafió muchas tradiciones, creencias e instituciones. Como historiador, ¿cuál sería tu balance provisional del sentido de esa modernización, sus fracasos, sus logros y su futuro?

Creo que la “modernización” en el sentido empleado en los ochentas ya había ocurrido en los setentas, excepto en el plan económico y la política. Las tradiciones, creencias e instituciones que de pronto fueron tan valiosas en los ochentas y noventas estaban moribundas después de 1968, y muertas en 1982. Más que nada fueron los booms del petróleo los que las mataron.

¿Dices que los booms del petróleo de los setentas habían matado a las tradiciones, creencias e instituciones del México de los sesentas? ¿Cómo las hirieron de muerte?, ¿cuáles eran esas instituciones y creencias?

Las más significativas en el México de los sesentas eran aquellas que compartían la fe de que la Revolución Mexicana había sido una revuelta social, según se cree la primera del siglo XX. Los dos grandes desafíos a esta fe eran, entonces, la presión norteamericana para resistir el “comunismo” y el ejemplo cubano de una revolución social comunista que a la larga estaba haciendo más por los trabajadores y los pobres de lo que había hecho la Revolución Mexicana en su mejor momento.

Sin embargo, la fe que prevaleció de muchas formas distintas permitió dos certezas: la de que, ya que la Revolución había ocurrido en México, el rumbo correcto no era otra revuelta sino la continuidad institucional; y la de que, ya que la Revolución era una revuelta social, de algún modo podía producir cambios tan radicales como los de Cuba. De cualquier manera, los valores predominantes expresaron una invencible creencia de que la nación como un todo encontraría, en su historia revolucionaria, las fuentes para redimir al presente y al futuro.

Esta es la creencia que, en mi opinión, hirió de muerte el boom petrolero de los setentas y principios de los ochentas. No quiero decir que todos perdieron la fe: hay que tomar en cuenta a Germán y a Marcos. Quiero decir que el gran flujo de dinero a través de la economía y sus efectos de desintegración e individualización en la sociedad. que provocaron agitados reacomodos de la jerarquía social y una vasta movilidad geográfica, deshicieron en silencio la antigua fe, de tal suerte que entre 1973 y 1982. casi sin darse cuenta, la mayoría de los mexicanos se hicieron modernos (en el sentido burgués). Sin saberlo, redefinieron la Revolución como “la oportunidad óptima”, como un apoyo económico para los individuos, ignorando el hecho fundamental de la acumulación de capital, soñando y fanteando con sus propios planes para un mayor ingreso y, sobre todo, para obtener propiedades que generaran dicho ingreso. Creo que éste fue un cambio definitivo. Quiero decir que después de eso era imposible recuperar la antigua fe.

Volvamos a la modernización de los ochentas. ¿Qué balance puede hacerse de ella?

Creo que en conjunto las políticas de modernización fueron buenas para el país, al menos en un sentido negativo. Quiero decir que demolieron ciertas instituciones que en su tiempo merecieron todo el apoyo, pero que ya habían pasado de moda. Hay que recordar los ejidos, al menos la mayoría.

¿En qué sentido crees que los ejidos eran instituciones que habían pasado de moda o habían visto pasar sus mejores días?

La historia del ejido, o concretamente de los ejidos en general, aún no se escribe. Como institución tomada o inventada por la Constitución de 1917, era en principio una forma secundaria de tenencia de la tierra. No tenía nada que ver con los zapatistas. Era sólo una concesión carrancista al obvio problema del campo, especialmente en varios distritos de las provincias centrales. Y como muchas concesiones de ese tipo, entrañaba compromisos de subordinación con el gobierno. La tierra no pertenecería a la comunidad ni a los campesinos sino a la nación, para la que el gobierno actuaría como depositario y administrador del Estado.

En los veintes los ejidos fueron soluciones políticas, concedidas para resolver problemas locales. De 1935 a 1938 fueron importantes elementos de una gran estrategia: crear en el campo una nueva base política para el presidente. De pronto, debido a las cifras y recursos que manejaban, fueron también económicamente valiosos; y en un país sin la liquidez o en última instancia los medios para un sistema de beneficencia social o retiro, sirvieron asimismo para cumplir amplios propósito sociales. Dentro de las nuevas condiciones de relativa estabilidad y crecimiento económico posteriores a 1945, la institución debía funcionar en una realidad capitalista. Dependiendo de sus recursos, su orden interno y su habilidad política para valerse por sí solos, algunos ejidos ganaron más o menos bien de tiempo en tiempo, otros ganaron poco casi siempre y otros sobrevivieron, pero nunca pudieron escapar de la miseria. Conforme continuó la distribución de títulos, muchos otros existieron sólo en el papel.

El asunto entonces no es realmente de moda, sino de políticas locales. En este aspecto creo que el mejor estudio de la institución sigue siendo el de David Ronfeldt sobre Atencingo. Los ejidos funcionaban si, por afortunadas maniobras políticas o a todo trance, podían obtener los recursos y contratos necesarios para el éxito. Fracasaban si no podían hacerlo; en este caso sobrevivían sólo como víctimas y súbditos de algún político que los mantenía al menos en la semimiseria si cumplían su órdenes. Mientras más ejidos había, más encajaban en esta última categoría.

Yo diría que en los setentas el ejido era ya un engaño para el campesino en el 90% de los casos. Nótese que hablo de hace veinte o venticinco años. Desde el compromiso del régimen con el GATT en 1985, lo cual es fundamental, resulta imposible imaginar una economía capitalista moderna con 20 ó 25% de la fuerza obrera centrada en la agricultura. Den a los ejidos todo el crédito que demandan sus defensores. Denles toda la tierra que quieren. La realidad física de México es que, al igual que en la mayoría de los países, el 90 ó 95% de la fuerza obrera necesita trabajar en otras ramas de la producción. No hago aquí la pregunta de cómo mover a varios millones de personas de la destitución agrícola a un tolerable nivel de vida en la industria o los servicios. No logro imaginar cómo un economista burgués puede considerar que esta transición ocurría aceptablemente a través del mercado.

En pocas palabras, el ejido tal como aparece definido en la Constitución de 1917, a través de las reformas subsecuentes y en el Código Agrario, fue un fenómeno político. Fue un asunto de circunstancia material si tal ejido tenía algún sentido económico o si tal otro era un desastre.

Dices que la modernización de los ochentas fue buena en conjunto, aun cuando no fuese más que por lo que se proponía cancelar o hacer a un lado. Pero demoler instituciones sin cambiarlas por otras, ¿no es un acto de irresponsabilidad reformista? ¿No crees que las reformas de los ochentas fueron demasiado rápido sin tener muy claro a dónde se dirigían?

Sería un acto de irresponsabilidad reformista demoler instituciones sin intentar establecer otras mejores. En la superficie así parecen ser los cambios entre 1985 y 1994. Pero verlos de este modo es asumir que había (o hay ahora) un foro público ideal donde debatir estos asuntos, estos cambios. Es asumir una suerte de ciudad‑estado a la manera de Pericles, donde una ciudadanía ilustrada (dueña de esclavos) delibera sobre si son mejores las viejas instituciones o las reformas. No conozco hoy ningún país como éste. (¿Confiaré en Tucídides, en que alguna vez hubo un lugar así?). Estoy seguro que México no fue tal sitio en los ochentas o a principios de los noventas, y que tampoco fue tal sitio en los ochentas o a principios de los noventas, y que tampoco lo es actualmente. Por varias razones históricas y circunstanciales no existió, ni existe, tal público.

Creo que en el mundo real de la política mexicana hubo una responsabilidad reformista en los ochentas y a principios de los noventas. Creo que esto fue primordial para el proyecto salinista. Y no importa qué tan arruinado parezca o esté ahora, creo que tuvo sentido en su tiempo. Tomar la presidencia a la primera oportunidad. Destruir las bases del enemigo. Construir nuevas entretanto. Establecerlas (en el sentido en que la Iglesia o la religión se establece) y desarrollarlas en la siguiente presidencia. Pero evitar, en la primera, transmitir al mundo o a los mercados financieros las intenciones a la larga. Por necesidad debe improvisarse alguna práctica; así sucede en cualquier cambio seno. Pero para construir las nuevas instituciones hay que mantenerlas ocultas a medias. Hay que mantenerlas así hasta que posean la fuerza suficiente para brotar. De otro modo, los enemigos que sobreviven y luchan aún por predominar las deslegitimarán y destruirán.

En pocas palabras, creo que dadas las circunstancias hubo un plan reformista responsable. Ponderar un público mexicano (libre de Televisa y de la horrible mentira de la imagen) sanamente dispuesto a considerar alternativas es vivir en París o Cambridge. En el mundo mexicano real, antes y ahora, la lucha política por tales asuntos es feroz, violenta, moral, letal. En este mundo real el reformismo de los ochentas y principios de los noventas fue, a mi juicio, responsable. Si fracasó o no, fue responsable en sus intenciones.

En mi opinión, la falla principal de la “modernización” fue que su defensor más poderoso, el gobierno salinista, no tuvo la capacidad de reemplazar las instituciones antiguas e inválidas por otras nuevas, sólidas y populares. Si Colosio hubiera vivido, creo que al menos se habría dado un arranque en esta dirección. Creo que la “modernización” continuará porque nadie quiere verse como salido del pasado. Pero ya ha perdido su contenido popular, el que poseía en algunas versiones a finales de los ochentas y principios de los noventas. Ahora cualquier egoísmo burdo y gangsteril llevará la etiqueta de “modernización”.

¿Qué comentarios te sugiere la comparación histórica entre el zapatismo del estado de Morelos en 1910 y el zapatismo de la rebelión de Chiapas en 1994? ¿Está Zapata vivo en Chiapas? ¿El movimiento zapatista chiapaneco puede describirse también como la historia de unas comunidades indígenas “que no querían cambiar y por lo mismo hicieron una revolución”, según el inicio ya clásico de tu libro Zapata y la Revolución Mexicana?

Creo que el zapatismo de Morelos en 1912 (no hubo tal cosa allá en 1910) y el de Chiapas en 1994 tienen en realidad muy poco en común. Las provincias, los tiempos, la gente, los problemas, las circunstancias y las consecuencias son diferentes. Zapata murío en 1919, engañado por un oficial carrancista. No vive en Chiapas en 1994: es sólo una invención de la agitación política y la imaginación literaria. Por lo que he leído, la rebelión chiapaneca no es la historia de unas comunidades indígenas que no querían cambiar y por lo mismo hicieron una revolución. Los chiapanecos habían pasado por muchos cambios en los últimos veinticinco años y querían más, pero por la buena. Creo que eso los justifica, pero autodenominarse zapatistas no significa que lo sean. Fue algo obvio e inteligente, sobre todo para los media. Pero la realidad aparte de éstos es muy distinta.

La sociedad política mexicana vive un momento de optimismo democrático. Se depositan muchas esperanzas en la idea de que la democracia es la puerta de entrada o la premisa para resolver los grandes problemas de México. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Ahora no soy optimista en cuanto a la democracia en ninguna parte. Creo que es una fantasía o un engaño decir que es una solución para los grandes problemas. Sugiere que hay un manual de la democracia que, estoy seguro, proporcionaría con gusto el Departamento de Estado o quizá, dada la privatización, algún consejo de hombres de negocios norteamericanos. Este manual explicaría el american way desde el punto de vista de un boy scout; Newt Gingrich sería demasiado complejo y se requerirían computadoras. Dada tal ilustración, los recién ilustrados sólo seguirían las reglas. Habría dos partidos, presupuestos balanceados, etc. Pero únicamente un niño puede creer esto.

La democracia es una consecuencia, el resultado de una sociedad justa y decente. No genera soluciones, surge de ellas. El peor problema es que México (por no mencionar a mi país) tiene dificultades tan profundas que no hay soluciones que no sean terriblemente duras. Sin duda toda clase de modernizadores y políticos insistirán en que sus propuestas garantizan la democracia. Pero esto es engañar a la gente. Cuando la justicia, el respeto y la decencia social sean práctica común en México, todos notarán quizá que la vida es democrática.

Dices que para los problemas de México no hay soluciones que no sean terriblemente duras. ¿En qué soluciones estás pensando?

Ya que sólo soy un profesor y no un político, no puedo decir gran cosa que tenga sentido sobre ellas. Considerando que no soy responsable de sus consecuencias o condiciones, pienso en las siguientes reformas: 1) reducir drásticamente la mano de obra mediante un programa masivo de educación pública, que también incrementaría la fuerza de trabajo de la clase obrera; 2) al grado en que los capitalistas han sido liberados, liberar también al proletanado, permitiendo que el sindicalismo se expanda en cualquier dirección y respetando los resultados; 3) desarrollar planes para el empleo productivo de los ejidatarios y trabajadores rurales desplazados en México, Estados Unidos o Canadá, de ser necesario en términos que estos dos últimos países denuncien como ilegales, pero que en la práctica no puedan impedir salvo a un precio desorbitado. Estas soluciones reformistas, que en realidad no resuelven el problema fundamental, son sin duda difíciles, o lo serían si el gobierno mexicano intentara llevarlas a cabo pública o secretamente.

¿Hay algo que recoger, para el pensamiento de izquierda, en el derrumbe del socialismo real y el triunfo proclamado de la globalización  Capitalista del mundo? ¿Dónde buscarlos fundamentos de una izquierda moderna dentro de la generalización de las economías de mercado y frente a lo que en América Latina llamamos el “neoliberalismo” ¿Hay en la historia de México alguna tradición viva que pueda nutrir el florecimiento de una izquierda moderna?

Para la izquierda la principal obligación y oportunidad ahora es comprender qué significa socialismo” en el nuevo milenio, qué significaría institucionalmente. Y compartir la idea de muchos de que ya no puede significar sólo “el Estado”, “el gobierno” o “el sector público”. Esta es una antigua idea de la izquierda, y no me refiero al anarquismo. El hecho es que el capitalismo continúa creando conflictos dentro y fuera de su propio sistema. Otro hecho es que la gente, piense o no que pertenece a la izquierda, tarde o temprano actúa de un modo insolente o incluso violento cuando violan o desprecian su valor como seres humanos.

Si en algún lugar la izquierda puede descubrir o crear nuevas instituciones de protección y lucha que funcionen en el mundo real del próximo milenio, los movimientos populares para la justicia y la decencia cobrarán importancia. Y en caso de otra gran guerra en el mundo, algunos de estos movimientos podrían controlar un territorio considerable. No digo que ganarían poder y tomarían el Estado; quizá no lo ignorarían. Pero ya que en el capitalismo moderno el Estado importa menos que antes -es única o primordialmente una trampa-, tal vez sólo le arrancarían los colmillos y extenderían el control de otra forma. Creo que las mejores bases para una izquierda moderna están en los clásicos del socialismo (no del anarquismo), en los conflictos inevitables dentro del capitalismo y las diversas realidades del trabajo moderno. Creo que en México la tradición del liberalismo social merece en este aspecto un estudio especial, por sus errores y preocupaciones.

¿Qué encuentras en el liberalismo social que merezca estudio especial por parte de la izquierda mexicana ?

El liberalismo social en que creo amerita estudiarse. Ya he intentado describirlo en el ensayo publicado en Libertad y justicia en las sociedades modernas (México: Instituto Nacional de Solidaridad, 1994), “Luchas sindicales y liberalismo social” (pp. 331‑355), sin duda ampliamente desconocido. En este asunto quisiera enfatizar sobre todo el estudio de cómo hacer socialismo sin recurrir al Estado burgués. No tengo el tiempo ni el talento para pensar cómo lograrlo.

Traducción de Ulises C. Ríos.

Nexos entrevistó al historiador John Womack Jr., una especialista en temas laborales y autor de un libro clásico sobre Zapata (igualmente clásica es la frase con la que da inicio: las comunidades indígenas de principios de siglo XX “no querían cambiar y por eso hicieron una revolución”), para que trazara un mapa con el cual transitar por la historia del México de este siglo, con todo y sus duras lecciones.