Briofita

“Somos un conjunto de células que pensamos otro conjunto de células”.
—Plantmen
@CesarRuleta

Un musgo empezó a crecer en mi ojo. Al principio tuve picazón y pensé que me había entrado una pestaña. La traté de sacar parpadeando mucho, poniéndome colirio y pasando el filo de un pañuelo limpio sobre el párpado inferior. Como la molestia persistía, decidí llamar a mi madre para pedirle consejo. Suponiendo que me dio mal aire por respirar el olor de los sifones, me recomendó ponerme un poco de trago en las sienes, en el cuello, en las muñecas y en el ombligo. Obedecí y hablé con ella durante horas esa tarde de sábado. La molestia no cedió, pero me enteré de que mi tío político pasó una semana con diarrea, que un primo se divorció y que una amiga del colegio y su novio estaban embarazados. El lunes y el martes apenas tuve tiempo de comer y de dormir, así que no reparé en mi ojo. Al amanecer del miércoles, brotaron briznas de ese verdor aterciopelado características de la planta en mi lagrimero izquierdo. Sin saber si alucinaba, bajé a la cocina y pedí a mi rumi, bogotano de nacimiento, seguidor de Messi, fiestero de viernes, futbolista de jueves, estudiante, oficinista de horario entreverado, cervecero diario, decente escritor de narrativa, académico domesticado por la academia francesa e iniciando en la gringa —donde, de hecho, nos conocimos— que revisara mi ojo.

Con la paciencia que tiene para escuchar mis quejas de salud, sobre todo la escoliosis y la fibromialgia que, de algún modo, le dan ciertos ademanes abuelísticos a mi persona, dejó de lado la tortilla de maíz destinada a ser su desayuno y me pidió que mirara a la derecha, arriba, abajo y a la izquierda. Seguí sus instrucciones mientras su expresión confusa se vislumbraba tras su barba espesa. Frunció el entrecejo, miró la hora y continuó mirándome el ojo, ya lagrimeando por no parpadear. Tras apuntarme con la luz de su teléfono, corroboró que sí. En efecto, algo de color verde asomaba en mi ojo. “Está bien raro eso. Debes hacerte ver.” “¿Será un musgo?”, pregunté de broma. Pese a mi carácter nervioso, no estaba asustada ni desconcertada. Mi reacción fue de franca morbosidad por saber qué aparecía en mi ojo.

Empecé a googlear objetos extraños en los ojos. Sólo encontré imágenes de primeros auxilios y gente que no se había sacado los lentes de contacto para dormir, incluso por años, en los casos más desafortunados. Busqué “brotes en los ojos”, “cosas verdes en los ojos” y hasta “plantas en los ojos”. Los resultados fueron una serie de remedios naturales, fotos de conjuntivitis muy agresivas, recomendaciones de maquillaje y algunos testimonios de gente diciendo que el color de los ojos se aclaraba al beber infusiones. Como quien no quiere la cosa, busqué información sobre musgos. En una página web lifeder.com/musgo/ y ecologiaverde.com, leí que son plantas briofitas, no vasculares y de pequeño tamaño. Fueron las primeras en colonizar el medio terrestre. Prefieren los bosques húmedos y crecen de forma rastrera. Me pregunté si era posible para una planta primitiva encontrar, en el ojo humano, las condiciones adecuadas para vivir. Luego me pregunté por qué se usaba la palabra “primitiva” para referirse a especies más antiguas y simples, me pregunté qué decía la RAE al respecto y busqué la palabra primitivo: y decía 1. adj. Primero en su línea, o que no tiene ni toma origen de otra cosa. Y me pregunté si había algo sin origen. 2. adj. Perteneciente o relativo a los orígenes o primeros tiempos de algo. Y me pregunté si había segundos tiempos. 3. adj. Dicho de un individuo o de un pueblo: De una civilización poco desarrollada. Y me pregunté cuán vigente era la antropología primigenia. 4. adj. Perteneciente o relativo a un pueblo primitivo. Y exclamé: ¡Otra vez la antropología! 5. adj. Rudimentario o elemental. 6. adj. Esc. y Pint. Dicho de un artista o de una obra artística: De una época anterior a la que se considera clásica dentro de una civilización o un ciclo, y en especial anterior al Renacimiento o a su influjo. 7. adj. Gram. Dicho de una palabra: Que no se deriva de otra de la misma lengua. Y me pregunté por qué no sabía eso.Hasta que dejé mis preguntas porque me estaba atrasando al trabajo.

Ilustración: Oldemar González

Me puse un abrigo calentito, di tres mordiscos a una manzana, tomé mi bicicleta y me fui a enseñar el pasado imperfecto a mis estudiantes de español. Llegué tardísimo. Tanta búsqueda en google me había hecho olvidar los arreglos viales en mi ruta usual. Llevaban unas semanas talando árboles a lo largo de una calle para expandirla y tuve que desviarme. Por suerte, mis alumnos no se quejaron por la demora. Expliqué la gramática y les mandé a hacer oraciones. Cuando corregí el trabajo de una estudiante, me miró a la cara con incomodidad. Me puse el flequillo hacia la izquierda cubriéndome el ojo. Me preocupó que pensara que tenía una lagaña y cuestionara la higiene de su profesora de español. Lo mismo me ocurrió al siguiente día ante mis compañeros y profesores.

Cuando empezó este tema del ojo, yo cursaba el segundo año de un PhD de español al sur de los Yunais. Poco menos de la mitad de doctorandos hacían trabajo de edición, Rumito, a quien ya mencioné, y unas colegas de mi cohorte entre ellos. Los demás dábamos clases de español a estudiantes de pregrado. Todos los de la concentración nos encontrábamos en la clase de narrativa y, con menos frecuencia, en los eventos de la primera mitad del semestre. En ellos se invitaba a escritores y académicos externos. En esa semana venía Lina Meruane, una consagrada escritora chilena y, unos días más tarde, una maravillosa paisana mía, Cristina Burneo, nacida en Quito, profesora de una renombrada universidad de posgrado ecuatoriana, estudiosa de género y regaladora de libros. Me interesaba hablar con ella para un futuro proyecto de escritura. Asistí a un taller suyo y a una lectura pública para luego hablarle de mi texto. Al día siguiente me visitaron un par de amigos de Nueva York y se quedaron por casi diez días. También debí entregar un par de ensayos para una clase de cine y tenía un cuento por terminar. Todo aquello me hizo desentenderme de mi molestia. De algún modo, me acostumbré a ver mi ojo enrojecido y ese pedacito de tapiz verde en la comisura. Hice del pelo hacia la izquierda parte de mi estilo, tomaba Tylenol para el dolorcillo que, desde el inicio del problema, irradiaba desde la parte interna del ojo hasta mi puente nasal y seguí con mi vida como si nada.

Por esa época también empecé a sentir presión por publicar. Saqué del cajón un poemario inconcluso y empecé a soltar versos en un cuaderno para terminarlo. Sólo volví a reparar en mi ojo semanas más tarde, mientras preparábamos el desayuno con Rumito. Él rompía unos huevos para hacer un omelet y yo derretía una cucharada de mantequilla en la sartén para verter la mezcla de hotcakes. Me enorgulleció poder voltear la masa sin usar la espátula y coloqué mi obra culinaria en un plato.  Rumito ahora se encargaba de picar culantro. Puse la mezcla para el siguiente hotcake. Mientras las burbujas se rompían con el calor, me rasqué el ojo. Esa mañana me molestaba bastante. Vi pequeños filamentos verdes cayendo sobre la superficie semi líquida de la masa. Saber que eso venía de mi ojo me dio un susto que a Rumito no le pasó desapercibido: “¿Todo bien, tú?”, preguntó. Más briznas cubrieron la masa. También las tenía en los dedos.

Miré a Rumito con el flequillo hacia atrás por primera vez en algún tiempo. Me topé con una expresión nada familiar en su cara. No supe si era escozor, asco o desconcierto. Hubo un silencio. El olor agradable del hotcake, ya listo para ser volteado, inundó la cocina. “Mírate la cara”, dijo finalmente y tomó la espátula de mi mano. Apenas entré al baño, el espejo me devolvió un rostro que sabía propio y era, a la vez, irreconocible. Tuve una sensación parecida a la de descubrir por primera vez el acné, la nariz chueca o la mandíbula fea heredada del padre, cuando, en la pubertad, una tropieza con su reflejo y ya no puede sentir propio el cuerpo de niña al que estaba acostumbrada. El musgo se había extendido hasta tapar el borde de mi iris y ahora sí que parecía un musgo. Me impedía cerrar el párpado por completo y los vasos sanguíneos de mi esclerótica parecían grietas rojas, brillantes sobre el fondo blanco. Junto a ese color cercano a la sangre, mi iris parecía un fragmento de cucaracha muerta. Era un marrón cobrizo sepultado por el tropismo vegetal.  Muchas personas no entienden cómo dejé que la situación avanzara tanto. Hasta ahora, yo misma no me lo explico. Después de todo, veía mi cara cada día después de bañarme, pero no sé; supongo que, a veces, una se ve sin verse y, así fue; pasé por alto el estado de mi ojo.

Tras la sorpresa del espejo, cancelé horas de oficina con una estudiante cuyo hermano había fallecido y fui al centro de salud de la universidad, donde un ala entera estaba destinada al cuidado ocular. Me acerqué a la recepcionista, quien ya me conocía de mis visitas recurrentes por el seguimiento de la miopía—quizá vale la pena acuñar que mis lentes para varias dioptrías también ocultaron el problema—. Me quejé del dolor en mi ojo y se lo mostré. Según informó, serían… no sé si 30 o 50 dólares por consulta de emergencia. Accedí. Ya luego le pediría a Rumito que nos ajustáramos un poco en la comida de esa semana. No esperé más de una hora. Me atendió una caucásica cincuentona.  Soltaba bufidos, en exceso sonoros, cuando yo pronunciaba alguna vocal en español o no recordaba un síntoma en inglés. Concluyó que debí haber contraído un parásito. Su expresión era la de quien diseca una pobre rana asfixiada en formol y lo disfruta. “Wait a sec!”,dijo, de pronto, frunciendo el ceño,y me dejó a oscuras en el cuarto pequeñísimo, donde, rompiendo la premisa de no tocar lo ajeno, encendí el interruptor y me puse a leer algunos panfletos sobre glaucoma, desprendimiento de retina y degeneración macular. Todos diagnósticos terribles. Agradecí no tenerlos.

La doctora volvió a entrar, acompañada de dos médicos: un gordo risueño de pasos ruidosos y un flaco con una manzana de Adán muy visible. La doctora echó una mirada tan breve como reprobatoria a mis manos. Pronto su gesto cambió al de una compasión impostada que me hizo sentir patética por ambas. Me presentó a sus dos colegas, cuyos apellidos no logro recordar y después empezó el chequeo. Me apuntaron tantas veces con ese foco incómodo que me quedé viendo manchas de colores por un buen rato. “Well!”, dijo el de la manzana de Adán y, tras meter las manos en los bolsillos, vio a los otros intermitentemente.  El gordo empezó a hablar. Lo hacía con una amabilidad entrenada, propia de algunos profesionales de la salud cuando buscan ganar confianza. Me preguntó si estudiaba en undergrad y respondí. Me preguntó cuál era mi programa y respondí. Me preguntó qué edad tenía y respondí. Me preguntó de qué parte de México era y eso no lo respondí. La doctora empezó a repetir el enunciado con exagerada articulación, como si yo no hubiera entendido el inglés. La interrumpí con un: “I am not from Mexico!”,con la mayor sorna posible. No sé por qué actuaba así. Supongo que la mala onda me hacía sentir algo empoderada. Los tres se vieron las caras. “Okay!”, bufó ella, como renegando. “Where from… all of those beautiful Spanish places are you?”  “From Quito”, dije igual que antes. “Is that in the Amazonas?”, preguntó el de la manzana de Adán. “You could have gotten a parasite there”, dijo la doctora sin esperar mi respuesta. “No. It ‘s in the Andes.” De nuevo silencio. El médico sentado, ya sin el supuesto interés, se acomodó en la silla y quedó más cerca de mí.  Me explicó que, honestamente, jamás había visto un caso como el mío. “We need to test further. There is a bunch of possibilities, maybe a parasite as Doctor Tuttle said, or…”. Los tres se vieron las caras. “We might be facing an aggressive cancer”, concluyó. Contesté que era un musgo. “It is normal to be confused, and scared. As we said before, we need further testing”, señaló el de la manzana de Adán. Agradecí la preocupación auténtica de su voz. “It is a moss”, repetí. Él tragó saliva y añadió: “That is not possible, honey”. Lo dijo de tal modo que, pese a saber cómo se veía un musgo, cómo era el tacto del musgo, cómo olía un musgo y que, por consiguiente, lo que habitaba mi globo ocular era un musgo, sucumbí ante mi tendencia a obedecer a la autoridad.

Bajé la cabeza con un tiovivo de ideas sobre la enfermedad catastrófica y sus complicaciones físicas, académicas y financieras. Salí del consultorio con algunas órdenes para resonancias, contrastes y, lo más importante, una biopsia. Me la querían hacer en ese momento pero, como no estaba segura de su precio y el porcentaje del pago del seguro, firmé una forma de Leave Against Medical Advice y me fui a casa. Al llegar me lancé a la cama en una lloradera ridícula que alertó a Rumito.y a cada pobre transeúnte que andaba por Hazard street a esa hora. Cuando ya no tuve ni lágrimas ni garganta, fui por un té para subsanar los nervios y la jaqueca. Rumito me dio alcance en la cocina. Sacó una cerveza, dio dos sorbos y levantó las cejas. “¿Cómo fue tu cita?” Le conté lo ocurrido. Me abrazó y pedí que me acompañara a algunos de los exámenes. Accedió. Su presencia fue de lo más grato durante este tiempo tan extraño; aunque, en esa ocasión, sólo pudo desembarazarse del trabajo para acompañarme a la biopsia, aprobada por el seguro de salud unos días más tarde.

Al final, el chistecito de las pruebas me significó un pago de coaseguro de 2700 dólares entre que me pinchaban, me coloreaban y me fotografiaban el interior del ojo. Por supuesto, no los tenía. Pagué con tarjeta de crédito. Vendí unos libros y le pedí prestado a una amiga. Con eso no llegué ni a 500 dólares. Le pedí algo a mi mamá, con alguna mentira que ni me acuerdo, y pudo conseguir otros 600 al hacer vaca entre sus hermanas. Ya pensaría en algo para cubrir el resto. Durante la espera por los resultados, traté de seguir la rutina con normalidad, pero estaba desconcertada. Le dije a una estudiante que el imperfecto del subjuntivo era lo mismo que el futuro, olvidé tomar una prueba de una unidad y equivoqué las notas del 70 % de los estudiantes. Las clases que tomaba tampoco iban mucho mejor. Me había atrasado dos semanas de tareas, no vi las películas de mi clase de cine, no revisé los cuentos de mis compañeros en mi taller de narrativa y no había ni empezado a escribir el borrador de mi propuesta de disertación, que debía haber presentado dos días antes del día de la biopsia. Simplemente no tenía cabeza para pensar en la estructura de una novela sobre la urbanización de Gualaquiza, en la Amazonía ecuatoriana, donde mi mamá había nacido.

¡Y qué decir de ella! Procuraba suavizar la situación lo más que podía y le oculté la mayoría de citas médicas. Como el aspecto de mi ojo empeoraba, empecé a mandarle fotos con gafas oscuras puestas y a apagar la cámara en las videollamadas argumentando que tenía una mala compañía de internet. Un poco no quería preocuparla. Un poco no quería que me viera como estaba: completamente repulsiva.

Después del llanto de aquella noche, el musgo había seguido la línea de mi párpado inferior. Con la pupila ya en parte cubierta, mi visión ya estaba afectada y mis posibilidades de bajar el párpado empeoraban. Una tarde observé el área afectada. Era eso: una conjugación de un órgano humano que moría y una especie vegetal, cada vez más robusta al alimentarse de él. Claro, también estaba la idea, según los médicos, de un posible cáncer rarísimo o de un parásito amazónico, que también se me había metido en el cuerpo (la idea, no el parásito). En todo caso, pasaría poco menos de una semana para saber qué hacer. Mientras tanto, lo más sensato era ponerme al día con mis trabajos. Por supuesto, de sensata no tengo un pelo y preferí la procrastinación.

Me puse a jugar The Last of Us y googleé cómo el cáncer podría verse como una planta. Encontré en la página los porquesdemetode/ que las plantas también podían tener cáncer. Le creí porque estaba firmada por una bióloga de apellido Sanz, pero no me sirvió de mucho. Busqué cáncer y encontré cuerpos humanos como esos de las láminas de primaria, tumores muy agresivos y avisos para donar dinero a algunos hospitales. Me entretuve siguiendo artículos y encontré que el cáncer se llama así porque en las primeras imágenes médicas tenía forma de cangrejo, que era la misma etimología que el signo zodiacal y que Mercurio estaría retrógrado la semana siguiente. Como la percepción distorsionada de mi ojo izquierdo hacía muy difícil la lectura, no leí mucho más al respecto ni del cáncer ni del horóscopo. Pensé en todas las personas cercanas que habían muerto debido a la enfermedad. Para no agitar más mis ánimos, decidí tomar seis pastillas de Gabapentin ese día. Dormí por 30 horas y hubieran sido más si Rumito, preocupado por no haberme visto todo el día, no se hubiera atrevido a entrar a mi cuarto a despertarme. Vio el frasco de pastillas en el suelo y dijo algo. Creo que estaba molesto, pero no presté atención. Yo seguía en el sopor más plácido que había tenido en años.

La doctora me llamó pocos días después para ir a su oficina a primera hora. Lo hice. Había ocurrido lo insospechable (para ellos): tenía un musgo en el ojo; por tanto, un caso más complicado de lo que creyeron. Después del diagnóstico (si acaso se le puede llamar diagnóstico), los tres médicos propusieron un tratamiento con una dosis de planticidas derretidas en un colirio. Expresé mi preocupación por el costo. Se miraron entre ellos. Dijeron que me ayudarían a conseguir funding de algún laboratorio. Era la primera persona con una planta en el ojo, así que de seguro alguien estaría interesado. Me recomendaron mandar emails con copia a ellos, a algunos laboratorios y universidades interesadas en la investigación. Así lo hice. Ni siquiera cuando buscaba trabajo en Nueva Jersey le había escrito a tantas personas. Por su parte, ellos hablaron con algunos profesores en la escuela de Ciencias Médicas y también mandaron unas solicitudes con copia a mí. Muy pocas personas respondieron. Las que lo hicieron se dividían en dos: “Sorry, we are not destining resources for researches of that sort. You can reach out to us in the future.” O, el que me molestaba más: “We deeply empathize with your situation. However, we cannot give funding for your research due to our limited resources.” ¡Por Dios! Cómo diablos podían empatizar con alguien que tenía un vegetal creciendo en su cuerpo. ¿Acaso a alguno le había pasado antes? No había conseguido fondos, pero aprendí que las farmacéuticas investigaban, en su mayor parte, enfermedades que padecían la mayoría de los mortales (humanos, digo), que producían tasas más altas de incapacidad y que tenían un gran impacto en la economía. Las enfermedades raras eran estudiadas, sobre todo, por gente con esas enfermedades raras o sus parientes. Como al parecer mi caso era único, no había forma de destinar dinero a ayudarme.

Mientras tanto, el musgo seguía creciendo, alcanzaba ya mi ceja y se veía la lucha contra mis vellos por la supervivencia. Los médicos aseguraban que, sin tratamiento, tendrían que quitarme el ojo. También quedaría calva en toda el área que el musgo alcanzaba a cubrir. Ya sin más opción, decidí apelar a la buena voluntad de las personas. Le confesé a mi mamá el lío en el que estaba metida. Abrí una cuenta en Facebook, Youtube, Twitter, Instagram, Tik Tok y todas las redes sociales que conocía. Hice un video explicando mi situación, con la documentación de las instituciones y los profesionales de salud que habían visto mi caso. Dije que necesitaba dinero para medicinas experimentales y que la situación había cambiado mi vida. Posteé el video una y otra vez, gané algunos suscriptores; en especial, muchos haters. Todos los días veía comentarios de gente que oraba por mí, de chismosos queriendo saber qué había pasado, de gente que explicaba, según no sé qué estudios, cómo había fingido la situación, de conspiranoicos que decían “esta mujer es reptiliana” y un sin fin de incoherencias más. Tras algunas apelaciones a la compasión, recibí un total de 1789 dólares en donaciones. Según los médicos, no era suficiente ni para empezar. Estuve por resignarme a quedarme así mientras el musgo subía cada día más hasta mi sien. Usé sombreros y pañuelos para cubrir mi apariencia. Una suscriptora, actriz ecuatoriana, me donó una máscara para verme menos monstruosa. Empecé a dar clases en línea y agradecí tener que ir a la universidad sólo una vez a la semana para asistir a una clase. Procuraba llegar tarde y salir temprano para no hablar con nadie. Sólo mantuve mi relación con Rumito, le contaba sobre los mensajes recurrentes de los haters y sobre el estado de mi ojo. Le costaba verme cuando me sacaba la máscara, pero tenía la delicadeza de ocultar su incomodidad.

Una noche, al revisar el email, encontré un asunto muy raro. Era el mensaje de un laboratorio agrícola que pedía confirmación y número telefónico de los profesionales que me atendieron. Se los envié sin problema. No tenía nada que perder. Días más tarde recibí una llamada de ese mismo laboratorio. Según entendí trabajaban con una rama de Monsanto. Estaban interesados en mi caso para hacer estudios genéticos. Pagarían todos mis gastos médicos si yo les permitía sustraer ADN tanto del musgo como mío. No di una respuesta. La doctora, que ya por fin ubicaba Ecuador en el mapa, me dijo que les interesaba hacer análisis genéticos para mejorar las producciones de monocultivos. Si descubrían qué tenía mi cuerpo para atraer al musgo podían usarlo en otras especies, lograr que productos como la soja proliferaran en árboles, sin necesidad de talarlos, o que las plantas para alimentar al ganado crecieran en el pelaje de las vacas. Imagine vacas verdes alimentándose de sí mismas.

Mis amigos veganos y ambientalistas intentaron convencerme de no aceptar el contrato. En principio, no quería firmarlo pese a que el musgo había cubierto ya mi iris y mi esclerótica y había llegado a mi sien. Ya no era capaz de ver gran cosa con ese ojo. Sólo distinguía unos colores que no sabría cómo describir. El dolor era insoportable. Por la noche gritaba hasta encontrar algo parecido al sueño y se me entumecía la cara entera. Eso era en los días buenos. En los malos ni siquiera podía pronunciar una palabra y creo que perdía la consciencia. Fue el dolor precisamente el que me hizo decidir. Perdí la amistad de todos mis amigos veganos y de más de la mitad de los estudiantes de mi Doctorado. Me había vendido.

Firmé el contrato con el laboratorio. Me puse una crema con planticidas, hecha por el laboratorio en un tiempo récord. Ayudó un poco con el cuero cabelludo, pero no con el ojo. Cuando la piel estuvo libre de musgo, me facilitaron un colirio, también auspiciado por Monsanto, cuyos técnicos especializados tomaban muestras del musgo y de mi tejido cada semana. Tomé más planticidas, esta vez vía oral y, como tuve una reacción alérgica, no pude continuar. Los del laboratorio, gracias a una genetista y un estudioso en botánica, descubrieron que una alteración en mi PH me convertía en hábitat deseable para la planta. Me ingresaron al hospital, sin dejarme beber por varios días, con una dieta estricta de carne de res y pollo frito. Me pusieron una intravenosa que ardía. Con el ojo izquierdo inútil, mi visión dominada por el otro ojo había mejorado. Le pedí a Rumito que me trajera mi computadora y lo hizo. No cuestionó mi decisión sobre Monsanto. La verdad, ni siquiera lo mencionó y yo tampoco saqué el tema a colación. Empecé a leer lo que ante mi ojo sano se atravesara sobre plantas (en sentido figurado, digo). Rumito creía que en ello había alguna perversión o un poco de masoquismo, pero aun así, no chistó al dejarme la compu. Supongo que tenía razón, pero quién sabe. Sólo quería distraerme, y qué mejor manera de hacerlo que procrastinando de nuevo mientras el goteo ingresaba a mi cuerpo.

Escuché el pasillo Ángel de Luz, cantado por el dúo Benitez y Valencia,  que luego Juan Fernando Velasco, mucho antes de hacerse asambleísta, volvió balada pop. Fue compuesto y escrito por Benigna Dávalos Villavicencio, de quien jamás me hablaron en el colegio o la Facultad de Artes. Reparé en la cantidad de flores de la canción: las flores de ambrosía, las de albor, las tan trilladas rosas marchitas y, por si fuera poco, estaba la “Reina de lirios en [las] rizadas trenzas”, y los pétalos muertos. Todo para describir la figura distante de la mujer amada. Con tantas plantas usadas para hablar de la ilusión, me pregunté qué sentía yo por el musgo en mi ojo. Aquella especie que acumulaba agua sin los colores de las flores que atraen a pájaros e insectos. ¡Definitivamente no era ilusión! ¡PLANTA DEL CARAJO! Yo que me las daba de ambientalista y hasta era vegetariana ahora estaba alimentando a Monsanto.

Ya acostumbrada al ardor de la intravenosa, di con un poema de Nancy Clarin Iglesias. Lo escribió en Este paisaje llamado día yno describía a la planta como figura de amor sino a su carencia como un mal presagio: “es el presentimiento extraño/ en el ojal sin dulce ni rosas”. Me pregunto qué hubiera pensado ella de tener la planta en el cuerpo. Ahí la planta no era un presagio, ni un símbolo, ni un mito. ERA UNA PLANTA. Había pasado la noche de un poemario a otro, con la aguja prendida en el brazo, y sólo había leído textos con plantas útiles para los sentimientos humanos. En ninguno era la planta un ser invasivo, de aparente voluntad, como la que me habitaba. El más molesto fue el verso de César Dávila, citado en las “Tendencias de la poesía ecuatoriana después de los 50” de Pasos Barrera:

¡Cuando oigas sonar los negros cañaverales de mi furia,
                                                esa es su tierra!

Ahí la planta no sólo fungía de imagen para asustar al “tú” de su furia. La hacía sonar con su furia, como si fuera un Dios griego. ¡Ya quisiera verlo con un musgo enraizado en su córnea! Me fastidió leer esa sobrehumanidad ante la especie vegetal porque yo no podía sacarme una planta real del ojo. Por ella estaba en ese hospital, con una quemazón que ahora invadía mis órganos abdominales.

Mi fastidio se hizo rabia, luego asco y hasta brote de llanto cuando, al tomar el poemario que tenía en borrador, noté que en mi escritura hacía lo mismo:

                                                                                          azar certeza azar
                                                                      si cucarda el corazón           
                                                                                brote pulsátil
                                                                      sonando                   
                                                            sus pétalos marchita

Decía mi yo del pasado y continuaba más adelante:

                                                                                orquídea
                                                            de la sombra el arete
                                                                      si azul
                                             es cielo disuelto
                                                                                si negra
                                   en la antera columpia la tarde

Traicionada por la poesía —¡la mía incluso!— me puse a leer cosas de ciencia. No será falsa humildad si digo que no entendí un carajo. Así que miré videos en Youtube. Aprendí que el musgo no era una planta sino un conjunto de ellas. Crecían una junto a la otra. No eran un sólo individuo, como yo los nombraba. Vi que se reproducían por esporas y había varias especies divididas en dos tipos: las que crecían en vertical y las que se extendían en forma horizontal, una junto a otra de forma más agresiva que sus parientes. Por sus características supe que esta, la más agresiva, era la que tenía en el ojo. Me enojé, ahora con los médicos, por no haberme dicho siquiera eso. Seguí mi búsqueda de material sobre las plantas. Hallé un título: Lo que las plantas saben de Daniel Chamovitz. Era un libro de divulgación científica para los simples mortales que no sabemos de botánica. Pese a no poder ahorrarse uno que otro comentario comparando plantas y mujeres, hacía un buen trabajo para comunicar la percepción de las plantas. Brinqué las páginas hasta la sección “Lo que las plantas ven”. No me tomé la molestia de leer el epígrafe y seguí con las parrafadas. Primera línea: “Piense en esto: las plantas ven”. ¿Acaso el musgo había visto todo lo ocurrido hasta ahora? ¿Me estaba viendo en ese momento? Salté de espanto. Tras corroborar que la aguja no se había salido de mi brazo, continué:

De hecho las plantas monitorizan su entorno visible en todo momento, ven si alguien se les acerca o se cierne sobre ellas. Incluso saben si lleva puesta una camisa azul o roja. Saben si pinta la casa o si ha trasladado sus macetas de una parte del salón a otra.

Obviamente, no “ven” imágenes, como hacemos nosotros, ni distinguen a un hombre de mediana edad con gafas o a una niñita sonriente con rizos castaños. Pero sí perciben la luz en modos y colores que solo podemos aventurarnos a imaginar.

Respiré en paz por un momento. El musgo, digo: los ¿o les? musgos, me veían, pero no de la forma en que yo entendía el ver. El momento de tranquilidad duró poco: ¿Acaso sabían a dónde iba? ¿Cuándo botaba la basura? ¿Los colores de mis calzones? ¿Cuando me estaba duchando tendrían conciencia de que estaba desnuda? ¿Y si los humanos sólo vemos determinado espectro de colores, no significaba acaso que no vemos otros espectros? Entonces, Chamovitz debió elegir la palabra “inimaginables” en lugar de “que sólo podemos aventurarnos a imaginar” porque no podemos imaginar un color que no vemos ¿verdad?

Me confundí tanto que estuve a punto de volver a la poesía. Dejé el libro al lado, me cubrí con la sábana hasta la cabeza y dormí muy mal por unas horas hasta que me cambiaron la intravenosa. Apenas los practicantes me tomaron la presión y terminaron las rondas, seguí con la lectura. Según el científico, las plantas no eran capaces de distinguir personas, pero sí tenían más células receptoras de luz que el ojo humano. Me intrigaba más todavía la sección “Lo que las plantas recuerdan”. Aseguraba que los sauces sabían cuando sus vecinos eran atacados. Anoté “p. 169” en mi diario. Entonces me pregunté: si las briofitas de mi ojo eran conscientes de que traté de deshacerme de ellas más de una vez, ¿sabían que aún lo estaba intentando?

La intravenosa acabó con buena parte de mi función renal y los musgos salieron bien librados. Tras los fracasos, y la discusión entre médicos, botánicos y hasta agrónomos en torno a mi caso, se decidió que la única manera de terminar con el problema era sacarme el ojo. Me pregunté qué sería del musgo si no estaba en mi cuerpo. Reparé en mi propia condición y pensé que el musgo, con o sin intención, estaba arruinando mi vida. No sabía cuáles serían las consecuencias médicas de todos estos tratamientos; quedaría ciega de un ojo y no podría conseguir trabajo con mi apariencia. De cualquier modo, todo eso era mejor que vivir con el dolor causado por el musgo. Agendamos la cirugía para dos días más tarde. Me hicieron algunos exámenes y tuve que firmar otros papeles.

El día antes de la cirugía le manifesté a Rumito mi deseo de despedirme de mi ojo. Le pedí que garabateara un “hasta la vista” en la piel de mi cachete. Así lo hizo. También pegó un post it bajo mi ceja. En él había dibujado un ojo. Me tomó una foto en la que hice una mueca y luego nos hicimos una selfie. Rumito me la mostró. El post it me hacía ver tan ridícula que nuestras risas aligeraron la despedida. Cuando Rumito se fue, a petición del enfermero, di una hojeada a mi diario. Había copiado algo que citaba Chamovitz:

¿Qué recuerda una planta?
Los robles, los pinos y sus hermanos en los bosques han visto tantas albas y crepúsculos, tantas estaciones pasar y tantas generaciones caer en el silencio que es fácil preguntarse qué nos contarían los árboles si tuvieran lenguas para hablar… o si nosotros tuviéramos oídos lo bastante agudos para entenderlos.
—MAUD VAN BUREN, Quotations for Special Occasions

Me pregunté cómo contaría la historia el musgo si tuviera lenguaje humano. Más abajo, en la misma página del diario, había escrito: “Matilde Suárez Troya, Primaveras de ensueño” sin anotar ni un verso. Después seguía el poema al musgo de Gabriela Mistral, donde le dice a un niño que se enamorará de esa planta, incapaz de subir como el pino, pero dueña del tronco. Al final, le di el diario al enfermero, quien lo guardó en una bolsa. Me ayudó a limpiarme la cara y me llevó a otra sala. Sin sacarme el poema de Mistral de la mente, respondí las preguntas de los médicos que, tras algunos preparativos, me pusieron la mascarilla para respirar la anestesia. Me iba a despertar sin el musgo.

Recordé los versos a de Suárez Troya que no había copiado:

¡Árbol!

El hombre ha escrito su historia sobre tu tronco humilde

Al escribirla, mató el musgo —pensé—.

Respiré. Preguntándome por qué lo hacía. Después de todo, me sacarían el ojo y necesitaría implantes en una parte del pelo. Aun así, mientras se apoderaba de mí la anestesia resonó en mi mente la voz de Violeta Parra:
           
Se va brotando, brotando

Como el musguito en la piedra
           
Como el musguito en la piedra

ay, sí, sí, sí.

Desperté con ese verso. Ahí estaba Rumito, sentado en una silla incómoda, con el entrecejo fruncido por la concentración en una novela, que seguro era para alguna clase. A mi mamá le habían negado la visa y mi papá pensó que todo era una mentira para sacarle plata, así que ninguno de los dos me pudo acompañar. Apenas desperté, dejó el libro a su lado y me dijo “¿Qué ondi, Rumita?”. Sonreí —o eso creo— y tanteé el área afectada. Habían colocado una prótesis de vidrio. “Se ve increíble”, dijo Rumito, antes de que pidiera un espejo para ver el resultado. Rumito no exageraba. El globo ocular se movía casi con la precisión de un ojo orgánico y tenía el patrón específico de mi iris. Eso lo recuerdo vagamente porque seguía anestesiada. Tras unos días de descanso, volví a la universidad con mi ojo de vidrio y me eché el pelo hacia atrás para dejar crecer los implantes, que me pusieron en una peluquería.  Salvo por el dolor postoperatorio y una sensación de que algo ya no pesaba igual en mi cara, todo fue menos extraño de lo que esperé. Ya sin el musgo y sin el globo ocular, pedí extensiones a mis profesores y presenté los trabajos que no había hecho, me puse al día con mis estudiantes, y volví a las videollamadas con mi madre. Tuve mucho trabajo porque había perdido clases, pero los profesores me apoyaron. Si me igualaba, me disculparían las ausencias. También hablé con mi asesora y decidí hacer una tesis sobre la experiencia; estuvo de acuerdo. De vez en cuando, volvía a la idea de que el musgo, digo los musgos, sabían que les ataqué y me preguntaba qué harían con ellos en el laboratorio. Luego pensaba que pronto vería vacas verdes en producción en masa y me arrepentía de mi inconsecuencia al no haber podido perder el ojo con dignidad.

De vez en cuando, cantaba los versos del musgo de Volver a los 17 o alteraba la letra de la canción de Julio Jaramillo: “Si me odias quedaré yo convencida, que me amaste [musgo] con insistencia”. Sólo paraba cuando me daba cuenta que Rumito me miraba con las cejas asimétricas. Así, sin pena ni gloria llegó el springbreak. Aproveché para avanzar en mi nueva tesis. Llevaba horas frente a la pantalla de la computadora y me dolía la cabeza. Ya eran las dos de la mañana y debía descansar para dar mi clase. Apagué la luz y no tardé en dormirme. Fue extraño. Esa noche soñé con vitrinas y cristalería. De pronto, un dolor agudo me penetró la órbita donde antes estaba mi ojo. Era incluso más intenso que el que me había causado el vegetal. Entre sueños escuché el ruido del cristal rompiéndose en mi cráneo. Sentí humedad en un lado de la cara. Era sangre. Gimiendo, metí los dedos en la cavidad donde había estado mi ojo.

Mi querido musgo había vuelto.

En la sala de emergencias, me dejaron pasar en seguida porque dejaba un rastro rojo a mi paso. Controlaron la hemorragia y sacaron los vidrios incrustados en la parte interna del párpado. El musgo creció de forma más veloz que antes. Cubrió todo el lado de la cara por donde cayó la sangré y, según la resonancia, había empezado a bajar por la parte interna de los huesos de la cara, la parte trasera del paladar y el nervio óptico hacia el cerebro. Me informaron que, cuando llegara hasta ahí, yo empezaría a perder la cordura, una noticia más dura para Rumito y para mi madre que para mí. Estuve una semana y media hospitalizada. Mejor ni digo los dígitos de la cuenta del hospital. Llamé al laboratorio contándoles lo ocurrido. Mencionaron que lamentablemente ya no podían pagar mis gastos médicos. Ya no los contemplaba el contrato que firmé en un inicio. Como ya tenían mi ADN, la muestra del musgo y, por si fuera poco, mi ojo original, yo ya no les importaba. Llamé al seguro de salud estudiantil y, como sólo cubría mi estancia, me quedó un saldo de más de veinte mil dólares. En el PhD volví a perder clases y a fallar en las entregas. Mis maestros propusieron posponer el programa por un año, pero la burocracia no lo hizo posible, así que no pasé el semestre. Eso significó perder mi visa de estudiante. Volví a Ecuador con los 1789 dólares de mis donantes de internet, que ya me habían olvidado porque no tuve movimiento alguno en redes sociales desde antes de la cirugía. Ahora paso los días en casa de mi madre, donde vivimos los musgos y yo. Venir aquí fue la mejor idea. Incluso adquirí lo que llamo una “prosa clorofílica” que me ha hecho escribir el tipo de poemas que siempre he deseado:

Poemas para las plantas:

          Poema I:

 

          Poema II:

 

          Poema III:

 

          Poema IV:

 

          Poema V:

 

Rumito, mamá, los médicos y todos los humanos a quienes les pregunto aseguran que sólo hay espacios en blanco en la numeración. No les creo, porque estoy muy consciente de haber escrito algo. Según un médico, que me visita cada dos semanas, mi fijación con esos poemas es consecuencia de que el musgo ya ha llegado a mi lóbulo temporal. Aunque no doy fe a sus palabras, el estado de mi anatomía es lamentable, desde el punto de vista de que ya mismo me muero. Desde otro, no sé si es tan grave. A partir de que la prótesis de ojo se rompió, las briofitas han crecido de una manera tan espléndida que han alcanzado mi cuello y mi pecho. Las esporas producidas por el musgo, según los estudios, se han dispersado por mi torrente sanguíneo hasta algunos de mis órganos internos: los pulmones, el hígado, los riñones, el cerebro y algunas vértebras. Eso ha afectado ya mi capacidad de desplazarme, de respirar, de digerir y de producir orina. Irónicamente, escribir no es tan difícil porque mi ojo derecho y mi mano no se han inmovilizado. Ya que el musgo es una planta no vascular y preserva muchísima humedad, el tema de los desechos no es un gran problema.

El médico no cree que dure hasta la siguiente visita. La idea no me hace sufrir.  Me he acostumbrado a ella y los cuidados de mi ser actual son bastante simples: debo quedarme a la sombra de un buen árbol y recibir agua suficiente para no sentirme seca. Aunque al principio ella no hallaba cabida a su sufrimiento, se ha hecho a la idea de a poco. Es ella quien me ha traído la computadora para mandar un mensaje de despedida y agradecimiento a Rumito y al equipo médico y para escribir, este, mi último texto humano. También es ella quien me riega, jugueteando con la manguera, cosa que disfruto mucho. Creo que siente algo de consuelo al saber que, pese a todo, moriré en paz junto al sauce en que me trepaba cuando era niña, sobre unas rocas de lo más cómodas para que el musgo se despliegue cuando yo me convierta en abono suyo. Entonces sí llegará el final de este cuento porque las plantas, el abono y los minerales no escriben.

O eso creo.

 

Salomé Benalcázar Astudillo
Escribe cuento, teatro y poesía.

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Publicado en: En la mesa