Iconografías científicas de la Natividad

La Vacuna, uno de los murales del Instituto de Artes de Detroit pintado por Diego Rivera en los años treinta, es una de las representaciones más iconoclastas del nacimiento de Jesús. No se requiere ser experto en iconografía cristiana para reconocer, aunque metamorfoseados médicamente, los elementos típicos de la Natividad.

En lo que es un alumbramiento artístico de la vacunación como salvación de la humanidad hay un bebé de pie en un pedestal, con una corona de pelo rubio que asemeja a una aureola (el Niño Dios). Hay una enfermera (la Virgen María) que lo sujeta mientras un médico (san José) lo vacuna. Hay, al fondo, un trío de investigadores (los Reyes Magos), demasiado ocupados con el microscopio, la mesa de disección y los instrumentos de laboratorio como para voltear a ver —no digamos adorar— al beneficiario de sus descubrimientos. A falta de burro, hay un caballo, y no hay pastores, pero sí ovejas y un buey. La presencia de estos anima-les es entendible, sin que aquí medie un establo, por su uso en la producción de vacunas para enfermedades como el sarampión y el tétanos (en los años en que Rivera pintó el mural, la farmacéutica Parke-Davis tenía una granja con cientos de individuos de estas tres especies).

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