El diamante es tan fuerte y tiene tanta energía que extingue la malignidad que pueda haber en determinados seres humanos en los que el silencio no presagia nada bueno. Dice Santa Hildegarda que algunas personas, malévolas por naturaleza o por influjo del diablo, prefieren permanecer en silencio pero cuando hablan miran ásperamente y a veces casi se les va la cabeza como si perdieran el juicio, aunque enseguida vuelven en sí.
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