Volví a escuchar las entrevistas que grabé en 2011 en Sonora y Baja California con familiares de personas desaparecidas. Lo que más me sorprendió fue notar que en ese momento era todavía común que los hombres participaran en acciones de búsqueda e incluso las lideraran. Me encontré con padres, hermanos y amigos que salieron a buscar a sus seres queridos. Algunos, como Nepomuceno Moreno, fueron asesinados por eso; otros, como Fernando Ocegueda de Tijuana, siguen encabezando esfuerzos. Pero lo que resulta claro es que en el curso de esta década, la búsqueda de las personas desaparecidas se convirtió en una tarea predominantemente femenina.

En las entrevistas que hice ese año en Sonora, se repite una expresión que hoy suena casi antigua: “Salieron los hombres a buscarlo a caballo”. En la región del desierto siempre se valoró mucho la habilidad para rastrear, que se usaba sobre todo para localizar animales extraviados en tierras vastísimas. Que los hombres salieran a caballo a buscar a una persona desaparecida era también una especie de homenaje, significaba que se había perdido alguien de estima y arraigo. Que ya no salgan, por el contrario, contribuye a la devaluación social de las víctimas de desaparición.
La explicación más plausible es que los hombres dejaron de participar en las búsquedas porque “a ellos sí los matan” e incluso podrían poner en riesgo al grupo. Las madres, en cambio, gozan de un frágil salvoconducto que les permite ingresar en territorios controlados por mafias rivales. Un hombre, de quien se espera que intente vengar la muerte de su familiar, difícilmente podría utilizar la estrategia de renunciar a saber quiénes son los culpables a cambio de recibir información anónima como han hecho las madres. Lo que este argumento no contempla, sin embargo, es que cada vez más las madres también son blanco de amenazas y agresiones por parte del crimen organizado y del propio Estado.
La respuesta que ellas dan sobre la escasa participación de los hombres en las búsquedas es de otro tipo: “Las mujeres somos más entronas; los hombres, aunque en apariencia sean fuertes, tienen miedo de lo que van a encontrar en una fosa”. Esta idea de la fortaleza femenina es un arma de doble filo, porque si bien les da soporte como líderes indiscutibles del movimiento social por los desaparecidos, también significa que la mayor parte del costo físico, psicológico y económico de las búsquedas ha recaído sobre ellas. En muchos de los casos que he observado recientemente, los padres estaban ausentes desde un principio: muertos, en la cárcel o perdidos en las drogas y el alcohol. Incluso he escuchado a buscadoras culpar precisamente al padre de la desaparición de su hijo porque “él lo llevó a trabajar mal”. Mientras que el sufrimiento de la búsqueda tiende a sacralizar el amor materno, el vínculo paternal parece desdibujarse cada vez más.
Una de las entrevistas que hice en 2011 fue con un hermano del entonces recién asesinado Nepomuceno Moreno. Cheno había recibido amenazas y aunque su familia le pidió que desistiera, él siempre se negó a “abandonar a su hijo”, que había sido secuestrado por un comando de policías municipales y estatales en 2009. A la distancia, me llama la atención la forma en que su hermano se expresa de él: “Yo me siento muy orgulloso de mi hermano porque fue muy hombre en no desistir”. Esta frase habla de una estructura moral que, aunque claramente tradicional, contenía un espacio para luchar y resistir en nombre del amor de padre.
Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.