En marzo pasado mis alumnos de la Universidad Iberoamericana y yo entrevistamos a trece adolescentes del Centro Meneses para un curso de movilidad social. Este centro, financiado por la Ibero, apoya a una orgullosa comunidad de clase trabajadora en Santa Fe, a unos cuantos kilómetros de la universidad y de centros comerciales, condominios y mansiones con vigilancia ubicados en calles arboladas.

Uno de esos adolescentes es Raúl, a quien le pedí que pensara por qué hay tanta pobreza y desigualdad en la ciudad y por qué, específicamente, la gente como él y su familia viven en el lado más abrupto de la colina —en lo que alguna vez fue un vertedero por donde cruzaba un río tóxico y donde las empresas aledañas todavía tiran basura—, mientras a unas paradas de autobús otros viven con privilegios. “No tengo una teoría”, respondió Raúl.
La respuesta de Raúl fue franca, pero yo quería saber más. Estábamos sentados en el área principal del centro: en la sala de junto sonaba música y en el piso de arriba se impartía un taller de salud mental para alumnos y su familia. Le pedí que profundizara en lo que él consideraba las principales diferencias entre la gente que vive en esta parte de Santa Fe y las partes más opulentas. Contestó que la gente es rica porque tiene sueldos fijos, acceso a servicios de salud y otras prestaciones, mientras que la gente es pobre porque no tiene un trabajo seguro ni acceso a servicios básicos. Así de sencillo.
Mis alumnos estaban por aquí y por allá platicando con otros adolescentes que participan en los diversos programas y actividades del centro: clases de música y baile, talleres de cocina y jardinería y seminarios de salud y bienestar. Hacían la misma pregunta sobre pobreza y desigualdad en México y obtenían respuestas similares. Esperaba que Raúl estuviera más resentido, dada la forma en que las élites dominan el panorama político y económico en la ciudad, pero no fue así. En realidad, Raúl no pensaba mucho en el otro lado de Santa Fe ni en la gente rica que vive, trabaja o hace ahí sus compras.
Las aspiraciones de Raúl atienden a la comunidad en que vive: quiere graduarse a través del programa de preparatoria abierta del centro en el transcurso de un año y después volverse aprendiz de eléctrico. No sabe cuánto ganará al mes cuando trabaje de tiempo completo; supone que entre $4000 o $5000 pesos mensuales. Lo que sí sabe es que quiere un sueldo fijo con prestaciones porque desea ayudar a su familia; piensa dar parte de su ingreso para arreglar la gotera del techo, derrumbar un muro y construir uno nuevo para ampliar la sala y la cocina. No desea mucho más que eso. Nunca mencionó coches ni ropa, y nunca mencionó querer dejar su vecindario para mudarse a una zona más opulenta o vivir en un lugar más bonito. Para él, éste es su hogar.
Los académicos preocupados por la movilidad social tienden a ver los efectos de la pobreza y desigualdad en términos mucho más claros de los que mis alumnos y yo encontramos en el centro. Después de todo, en México, una de las sociedades con mayor desigualdad en el mundo, es más común hablar de inmovilidad social que de la posibilidad de tener mejoras sociales y económicas.
Tal como menciona el Informe movilidad social en México 2019, 74 de cada 100 personas que nacen en familias pobres permanecerán en la pobreza, mientras que las nacidas en familias más ricas y privilegiadas mantendrán dicha posición. No cabe duda de que reportes como éste, que produce el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, son de gran utilidad e instructivos porque ayudan a sentar las bases de dónde y cómo la desigualdad permea la sociedad, junto con una serie de propuestas para hacer algo al respecto. Aun sin haber leído informes de este tipo, parece que Raúl y sus amigos reconocen que son casi nulas sus posibilidades de movilidad social. Como algunos sugieren, querer acabar la preparatoria para después encontrar un oficio y vivir cerca de casa —pero no ir a la universidad— es consecuencia de una “cultura de pobreza”. Sin embargo, estas aspiraciones reflejan un claro entendimiento de las realidades en este nivel de la sociedad, así como una serie de sólidas estrategias de ahorro para que con sus escasos recursos tengan mejores probabilidades de estabilidad.
En la actualidad, terminar la preparatoria es poco común en México: la tasa promedio de alumnos graduados es de 23 %, alrededor de la mitad del promedio (44 %) para países miembros de la OCDE. Un trabajo con un sueldo fijo y prestaciones sigue siendo el sueño de muchos en una sociedad donde hasta el 56 % de las personas trabajan en un sector informal sin protección laboral, salarios garantizados ni prestaciones.
Raúl y sus compañeros compartieron con nosotros otras formas de ver la movilidad social y de criticarla. Tienen un apodo para la parte de Santa Fe que atrae a la gente rica: “Santa Fake”. Según lo que nos platicaron, donde ellos viven es la verdadera Santa Fe y no sólo por su precedente histórico. Los primeros habitantes del área vivieron en esa misma colina a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando era una zona de minas de arena y, posteriormente, un basurero. Ésta también es la verdadera Santa Fe por la cultura y ética del lugar, donde la gente trabaja arduamente y la familia es lo más importante. En la verdadera Santa Fe, la gente no finge ni pretende ser algo que no es, cosa que mucha gente sí hace en “Santa Fake”.
Con esto no queremos decir que Raúl y sus compañeros tengan una idea romántica de lo que aquí se vive. Están muy conscientes de los problemas de la “verdadera” Santa Fe. Raúl, por ejemplo, describió que su casa, por las goteras, se inunda cuando llueve. Otro joven me platicó sobre la falta de empleos para el novio de su hermana y sobre las muchas jóvenes madres solteras. Otros reportaron acoso sistémico en primarias y secundarias, así como peleas físicas y verbales en la calle, dentro de sus círculos familiares y hogar. También se habló del consumo de drogas y problemas de adicción que tienen raíz en la pérdida de empleos, la escasez de trabajo y otros traumas físicos-psicológicos.
El centro opera como un lugar de refugio, tal como lo describen las personas participantes de nuestro estudio; sus muros marcan un claro límite entre el mundo exterior inmediato y el mundo interior, donde todos apoyan, son generosos, amables, y pueden ser niños sin tener de qué preocuparse. Pero esta distancia social, y no tanto la física, no les hace ilusiones. En realidad, no quieren irse y después regresar, lo que quieren es poner a trabajar sus conocimientos y sus habilidades para mejorar el área. No son las aspiraciones imaginadas por académicos, que hablan de progreso individual, títulos y grados universitarios, pero al final de cuentas son aspiraciones.
La página web del centro menciona al difunto pedagogo brasileño Paulo Freire, señalando su compromiso para apoyar todo tipo de aspiraciones sociales y comunitarias, que se reflejaron en los comentarios de adolescentes y jóvenes adultos con quienes hablamos. Freire siempre creyó que la liberación de las personas, y no sólo la movilidad social de los individuos, era la consecuencia de un diálogo crítico y de una praxis comprometida, y aquí en el centro hay muchas razones para creer que la administración seguirá ofreciendo actividades y programas para cumplir éstas y otras metas.
Puede parecer extraño que un centro comunitario tan joven —fundado hace once años— encuentre inspiración en un activista que hace más de medio siglo pensó en formas de impulsar la solidaridad y comunidad, en vez de enfocarse en los logros individuales, para preparar a las personas y que hagan prosperar sus comunidades. Escuchar a los adolescentes hizo que estas lecciones no sólo fueran aptas, sino también vitales.
Quizá, al final de cuentas, lo que tiene que evolucionar es el estudio de la movilidad social: explorar nuevas políticas y vías que permitan ayudar a más mexicanos a mejorar su lugar social y económico en la sociedad y hallar de manera más inmediata formas de respetar a aquellos que tienen en mente otras aspiraciones, así como diferentes formas de alcanzarlas, lo cual en gran medida elude a los estudios en ciencias sociales. En definitiva, y tal como aprendimos mis alumnos y yo, no es sólo la nula movilidad social lo que podemos monitorear, observar y reconocer en lugares como el Centro Meneses, sino también la comunidad y los esfuerzos por mejorarla.
Patrick Inglis
Investigador asociado externo del CEEY y profesor de Estudios Multidisciplinarios del CIDE