Mi boca será el Parlamento

El personaje de Shakespeare John Cade (Enrique VI) empieza hablando vagamente de “reformarlo todo”, pero a lo que en realidad llama es a la destrucción total. Insta al populacho a que asalte y desmantele las escuelas de Derecho de Londres, las Inns of Court, y esto no es más que el principio. “Tengo una proposición para vuestra señoría —clama uno de sus principales seguidores—. Se trata solamente de que las leyes de Inglaterra emanen de vuestra boca”. “He pensado en ello —responde Cade—. Así será. Andad, quemad todos los registros del reino. Mi boca será el Parlamento de Inglaterra”.

Poco importa que con toda esa destrucción el pueblo llano pierda incluso el limitado poder que posee, el poder expresado cuando vota en las elecciones al Parlamento. Para los ardientes seguidores de Cade, el inveterado sistema institucional de representación no vale nada. En su opinión, nunca los ha representado a ellos. Su deseo todavía no formulado es romper todos los acuerdos, cancelar todas las deudas y desmantelar todas las instituciones existentes. Es preferible que la ley salga de la boca de un dictador, que tal vez pretenda ser un Plantagenet, pero al que ellos reconocen como uno de los suyos. El populacho es perfectamente consciente de que Cade es un mentiroso pero, por venal, cruel y egoísta que sea, es capaz de articular lo que sueñan las masas: “Y desde ahora todas las cosas serán comunes”.

La palabrería de Cade viene a sustituir cualquier transparencia en torno a su pasado o a cualquier compromiso serio con el cumplimiento de esta promesa en concreto, de aquella o de la de más allá. Lejos de exigir que mantenga su palabra, sus seguidores se sienten satisfechos con que vitupere todos los contratos. “¿No es una cosa lamentable que la piel de un inocente cordero se convierta en pergamino, y que el pergamino, una vez lleno de escritura, pueda arruinar a un hombre?”. El comentario sobre lo de “una vez lleno de escritura” es a la vez ridículo —¿cómo, si no, iba a ser un documento legal?— y taimado. Los pobres cuyas pasiones solivianta Cade se sienten excluidos, despreciados y vagamente avergonzados. Los han dejado al margen de una economía que cada vez en mayor medida exige la posesión de una tecnología otrora esotérica: el conocimiento de la lectura y de la escritura. No se imaginan que puedan llegar a dominar este nuevo arte, y su líder no propone en ningún momento que se preparen para recibir cualquier tipo de educación. No le convendría, desde luego, que lo hicieran. Por el contrario, lo que hace es manipular el resentimiento que abrigan contra la gente culta.

Fuente: Stephen Greenblatt, El tirano. Shakespeare y la política. Traducción de Juan Rabasseda, Madrid, 2019.

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Publicado en: 2023 Junio, Cabos sueltos