Oscar Vera

Gabriel Székely. Consultor de empresas, autor de Teléfonos de México: Una empresa privada.

Oscar Vera. Economista del sector privado.

La orientación del desarrollo nacional depende como nunca de consideraciones estratégicas económicas e internacionales que logren paliar la vulnerabilidad de nuestro sistema ante problemas internos y externos y aprovechar la importancia creciente de nuestra economía a la hora de la globalización.

La reciente crisis financiera mexicana ha puesto de manifiesto dos factores trascendentales de la estrategia de desarrollo del país: a) la elevada vulnerabilidad de nuestro país ante “choques” internos (incertidumbre política y social, errores de política económica) y externos (tasas de interés, mercados financieros internacionales, etc.); y, b) la importancia que tiene la situación económica de México para la estabilidad de la comunidad económica internacional.

Lo anterior tiene importantes implicaciones estratégicas tanto en materia de política económica como de política internacional.

En relación a las primeras, se encuentra la insuficiencia crónica de capital de la economía mexicana, que hace indispensables los flujos de ahorro externo para lograr tasas sostenidas de crecimiento. Esta insuficiencia, más que aliviarse, se agravó en el periodo 1988-1994 y, en cierta forma, se volvió más determinante en la medida en que ahora más que nunca el aparato productivo depende de insumos, capital y tecnología extranjeros para su funcionamiento diario. Muchas de esas cadenas productivas nacionales se desarticularon con la apertura comercial y no existen posibilidades, en el corto plazo, de sustituir productos importados con producción domestica.

Otra implicación se refiere, ante las nuevas realidades, a la necesidad aún mayor de inversión extranjera directa como fuente del crecimiento futuro de la economía. La administración del presidente Zedillo ha señalado explícitamente que el excesivo déficit en cuenta corriente, financiado con capital de corlo plazo, fueron las razones de la crisis experimentada a fines de 1994. En consecuencia, tasas mayores de crecimiento (que necesariamente implicarían mayores déficits) sólo podrán sustentarse en flujos crecientes de inversión extranjera directa.

Por otra parte, es importante destacar que sólo una cuarta parte del déficit comercial de México en 1994 fue con los Estados Unidos y Canadá, correspondiendo el resto a Europa y Asia. Por tanto, es previsible que la mayor parte del ajuste -reducción- en las importaciones mexicanas afecte a los productos de dichas regiones.

Esto, junto con el hecho de que Estados Unidos haya encabezado prácticamente en forma unilateral el paquete de rescate financiero a México (a pesar de que involucra también dinero europeo y asiático), hace prever que las posibilidades de diversificar el comercio e inversión para nuestro país serán aún menores en los próximos años. Al igual que en la renegociación de la deuda externa entre 1989 y 1991, es muy probable que la participación europea y japonesa en esta ocasión genere escepticismo y desconfianza (reticencia para invertir) de esos países hacia México.

En consecuencia, la necesidad de una estrategia internacional clara y activa para México es ahora más importante que nunca para fortalecer la posición internacional de nuestro país.

Seis eventos han transformado radicalmente el entorno internacional en el que se desenvuelve México, varios de ellos producto de acciones del gobierno mexicano en el periodo 1985-1994: la liberalización unilateral de nuestros regímenes de comercio e inversión; los compromisos adquiridos al negociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC); la membresía en organizaciones internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, y el Foro para la Cooperación Económica del Asia-Pacífico, APEC; la conclusión de la Ronda Uruguay del GATT; la participación en la Organización Mundial de Comercio, OMC, y la candidatura de Carlos Salinas para dirigirla; y los tratados de libre comercio suscritos con Chile, Costa Rica, Venezuela, Colombia y Bolivia.

Sin embargo, no tenemos una estrategia internacional efectiva y sofisticada, con la participación de diversos actores sociales y el gobierno, que defina de manera sencilla, precisa y coherente cuáles son los objetivos de México y las políticas para alcanzarlos. En las principales economías del mundo existe una visión clara de sus intereses a mediano y largo plazos en la esfera internacional, visión que es el producto de la extensión de las prioridades nacionales en cada país al ámbito internacional; esto se refleja en políticas internas especificas en las áreas industrial, comercial, regional y financiera, entre otras, ausentes en gran medida en el caso mexicano. Estamos en un vació que, de no confrontarlo de manera inmediata y exitosa, representa una seria omisión y acarreará problemas donde debieron haberse encontrado nuevas oportunidades para el país.

En este ensayo analizamos las recientes acciones internacionales de México y los escasos elementos estratégicos que es posible identificar, presentamos también una propuesta respecto de la agenda que debiera existir atendiendo a las recientes acciones de política, y a otros temas que presentan nuevos retos que deberá enfrentar el país para orientar exitosamente su desarrollo.

¿Qué es lo que ha hecho México?

Las negociaciones para establecer el libre comercio en América del Norte resolvieron una de las paradojas fundamentales de la política exterior mexicana: el objetivo de varias décadas de diversificar las relaciones económicas del país sólo se podría alcanzar a partir de la definición de reglas claras y estables en el largo plazo respecto de las relaciones con Estados Unidos. Sólo así le interesaría a los inversionistas asiáticos y europeos explorar con mayor interés y tenacidad las oportunidades que se derivan de ampliar sus operaciones en el mercado mexicano.

La firma del TLC y la estabilidad relativa de la economía que prevaleció hasta el final del gobierno de Salinas, produjeron algunos de los efectos esperados. Se ampliaron en niveles sin precedente el comercio y las inversiones con Estados Unidos, y existía la perspectiva de que con ciertas correcciones de política ocurriría algo similar con otros países industrializados.

Lo que esperaban los inversionistas de otros países era un giro en la posición de México que se había limitado a apoyar de manera irrestricta la estrategia económica internacional estadunidense. Dos ejemplos bastan para ilustrar sus preocupaciones. Debilitada su posición en foros multilaterales como el GATT, Estados Unidos se dedicó a promover tratados de libre comercio en la región de Asia Pacífico (el Summit de Indonesia) y en las Américas (el Summit de Miami) donde el TLC de América del Norte serviría como modelo. Sin embargo, el TLC incluye clausulas como las reglas de origen que restringen las importaciones de terceros países y que, de acuerdo a los asiáticos, no se ajustan a los compromisos de quienes firmaron la Ronda Uruguay del GATT; México también adoptó varios principios como la prohibición de requisitos sobre el uso de insumos nacionales y sobre niveles de exportación con los que debieran cumplir los inversionistas extranjeros, que otros países no estaban dispuestos a suscribir. Al mismo tiempo, México guardó una posición cautelosa frente al reclamo de los países asiáticos en APEC y de los europeos en la OCDE para que Estados Unidos acabe con medidas unilaterales de su Ley de Comercio como la cláusula “Super 301”, con la que sanciona a quienes considera que han afectado sus intereses económicos nacionales (paradójicamente, México aparece en la lista de países susceptibles de ser afectados por la “Super 301”).

La política mexicana se sustentaba en el supuesto de que para obtener la ratificación del TLC en el Congreso estadunidense, debería apoyar las acciones internacionales de ese país, donde destacaban las crecientes tensiones con Japón; pero la continuidad observada una vez ratificado el TLC resultó una política miope para un país que tendrá que lidiar, ahora muy de cerca, con Japón y otros países asiáticos y europeos en múltiples organizaciones y foros donde se decide el destino de enormes flujos de comercio e inversión. Tal es el caso de la OCDE, la OMC, y APEC. Esta situación hace ineludible la siguiente pregunta.

¿En qué se sustentan las acciones de México?

La consulta de diversos documentos oficiales entre los que destaca el Plan Nacional de Desarrollo sugiere que el gobierno de Salinas privilegió los temas económicos sobre los políticos, y consideró que conformar nuevas alianzas estratégicas internacionales respondía al interés nacional. Todos los esfuerzos se encaminaron a expander el comercio y a atraer capitales e inversiones de los principales centros financieros del mundo. Esto explica probablemente el activismo internacional del país descrito al principio de este ensayo. El problema con esta política general es que al no ser selectiva se diluyen muchas de las ventajas que pudieran obtenerse. Esto se ilustra de manera más dramática en el hecho de que al apoyar el objetivo del libre comercio que impulsó Estados Unidos en Indonesia y Miami, se sentaron las bases para que en unos cuantos años se cancelen las ventajas que tanto trabajo costó alcanzar al firmarse el TLC. Mientras que este último estará en plena vigencia en el año 2004, los países avanzados de APEC habrán instrumentado el libre comercio a más tardar seis años más tarde; Chile y otros países latinoamericanos gozarían de sus beneficios incluso en la presente década.

Otro problema con las acciones internacionales de México que ya ha sido esbozado, es el que existen intereses encontrados respecto de las metas que persiguen los distintos foros en que ahora participa México. Es el caso referido de las reglas de origen en el TLC y las críticas respectivas dentro del GATT, en la OCDE y APEC. Destaca también el tema de los estándares en materia laboral y del medio ambiente, los cuales son mucho más estrictos en la OCDE que los compromisos para el ajuste gradual que Estados Unidos y Canadá decidieron aceptar de parte de México; o que lo que los países asiáticos estarían dispuestos a suscribir en las condiciones actuales. Una situación tan compleja como la aquí descrita nos lleva a explorar la siguiente pregunta.

¿Cuáles son las estrategias en otros países?

Un elemento característico de las estrategias de los países más activos y exitosos en la esfera internacional ha sido el hecho de que dichas estrategias parten de una definición clara y explícita de sus prioridades internas. Así fue como Japón y Corea del Sur se transformaron en potencias exportadoras, o como la Unión Europea se ha conformado como el bloque comercial y económico más homogéneo en el mundo, a pesar de la diversidad de estructuras económicas de las naciones que la integran.

Para la definición de estas prioridades nacionales y regionales internas, estos países han desarrollado prioridades y estrategias en la esfera internacional que permiten apoyar y reforzar las primeras. Un excelente ejemplo ha sido Corea del Sur, quien ha declinado sistemáticamente pertenecer al “Club de los Ricos”, la OCDE, por considerar que así conviene a sus intereses nacionales. China comunista, por su parte, ha explotado al máximo su no membresía al GATT. 

México, por su parte, parece haberse limitado hasta ahora, a adherirse (“inscribirse”) a todos estos organismos internacionales, pero sin objetivos específicos (APEC), o sin explotar aquellos que su propia membresía le concede (niveles arancelarios del GATT). En muchos casos, tal parecería que las prioridades externas son las que definen y condicionan a las internas.

Esto es particularmente relevante porque, como hemos señalado, con frecuencia existen intereses contrapuestos en estos foros. La firma del TLC de América del Norte, por ejemplo, provocó un serio conflicto para México en el seno de la ALADI, así como la consolidación acelerada del MERCOSUR. Más recientemente, se han puesto en entredicho los beneficios del Sistema Generalizado de Preferencias de la Unión Europea para nuestro país.

La agenda futura para México

No podemos mirar al futuro sin considerar la formidable posición competitiva que ha alcanzado recientemente Brasil. No sólo tiene una economía casi 50% más grande a la mexicana, sino que ha iniciado un proceso de transformación muy similar al de nuestro país, pero desde una posición más diversificada en términos comerciales y de inversiones. Mientras que sólo el 20.7% de sus exportaciones se dirigen a los Estados Unidos, el 28.7% se destina a Japón y la Unión Europea (en contraste con más del 80% y únicamente 6.8% de México, respectivamente). Más importante aún, al igual que muchos países desarrollados, ha llevado a cabo una exitosa penetración de mercados internacionales a partir de sus prioridades internas (por ejemplo, del calzado en los Estados Unidos y de la industria militar para países en desarrollo).

En los próximos años, podemos anticipar que Brasil tendrá un atractivo similar, o incluso mayor, para la inversión extranjera al que tuvo México en los últimos cuatro años, justo cuando nuestro país requerirá mantener y elevar su atractivo para los inversionistas internacionales y consolidar su estrategia de desarrollo. De ahí que no es fortuita la postura brasileña en la reciente Cumbre de Miami, tratando de explotar dicho potencial.

Así pues, México ya no es el único ni el principal país en América Latina en quien tienen fijada su atención las grandes economías de Asia y Europa. Las decisiones mexicanas en diversos foros internacionales y respecto de otros temas que debieran privilegiarse en la agenda internacional del país serán por tanto de la mayor importancia. Dos son nuestras recomendaciones específicas en cuanto al comercio y las inversiones.

1) Conviene a nuestro país que se retrasen las negociaciones y los plazos para poner en práctica un acuerdo de libre comercio en el Asia Pacífico y para incluir a otros países latinoamericanos dentro del TLC, con objeto de evitar la pérdida inmediata de las ventajas adquiridas respecto del acceso al mercado estadunidense (y canadiense); para dar el tiempo suficiente a las empresas mexicanas para consolidar su posición competitiva en el mercado estadunidense, y para mantener el incentivo para empresas de Asia y Europa que buscan su expansión dentro del mercado de América del Norte de invertir en México y establecer alianzas estratégicas con empresas mexicanas.

2) Con objeto de fomentar las inversiones y las relaciones con las empresas europeas y asiáticas, mismas que frecuentemente cuentan con mejores recursos tecnológicos y financieros que las propias empresas estadunidenses, habrá que responder a sus preocupaciones principales expresadas respecto del TLC: adoptar el programa del GATT para la armonización y simplificación de las reglas de origen; apoyar la creación de una comisión en APEC que evite el abuso de medidas antidumping con objetivos proteccionistas (la “Super 301”); y reducir unilateralmente las tarifas de importación en sectores como la electrónica, para mantener y fortalecer la posición competitiva de empresas asiáticas y europeas. A su vez, México deberá estar pendiente de barreras que obstaculicen las inversiones de empresas mexicanas en otros países, y que contravengan el principio de reciprocidad sobre el cual las concesiones que ha dado debieron otorgarse.

Un segundo tema fundamental en la agenda de México es de carácter eminentemente político, si bien veremos que tiene connotaciones económicas de gran importancia, y es el producto de los resultados de las elecciones de noviembre de 1994 en Estados Unidos. Lo que resulta verdaderamente nuevo y significativo no es el control de ambas cámaras del Congreso por el Partido Republicano, sino cuáles republicanos son los nuevos líderes políticos de ese país. Políticos como Newt Gringich, líder de la Casa de Representantes y Jesse Helms, líder del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, son poco conocidos en nuestro país a pesar de los escándalos que ha provocado el segundo en el pasado. Llevarán adelante una agenda agresiva de reformas ultraconservadoras que harán ver a la Resolución 187 de California como un juego de niños. El Ejecutivo no tendrá opción sino de seguir sus designios, por lo que como nunca antes los políticos en la Ciudad de México no contarán con el Jefe del Ejecutivo, ni con un embajador simpatizante para apoyarlos. Clinton es un presidente sin poderes reales, además de estar plenamente desprestigiado por su ineficacia.

Son tres los dilemas que enfrentará el gobierno de Zedillo. Primero, las diferencias en la concepción de diversas políticas se agudizarán y los estadunidenses buscarán que los mexicanos las adopten con poco margen para ajustes sugeridos por nosotros. Esto fortalecerá la tendencia hacia la supranacionalidad de diversas instituciones, que es la consecuencia lógica de todo proceso de integración económica acelerada como el que vivimos con Estados Unidos a partir del TLC. Estados Unidos vigilará y exigirá en particular la aplicación de leyes y normas de manera transparente y sin tolerar la corrupción; también presionará para que terminen las prácticas monopólicas en diversos sectores de la economía mexicana como el financiero y las telecomunicaciones que afectan los intereses de empresas estadunidenses.

El segundo dilema surgirá cuando los republicanos ultranacionalistas tomen medidas aún más agresivas con Japón, China y Europa so pretexto de reducir su déficit comercial. Esto hará aún más difícil para México seguir una estrategia internacional balanceada en aras de una diversificación efectiva de sus relaciones económicas internacionales.

Tercero, las tensiones asociadas con el tema de la migración se recrudecerán haciendo cada vez más difícil para el gobierno mexicano sostener una creciente integración económica con un país donde sus ciudadanos son sujeto de vejaciones constantes.

Por último, resurge el tema de la política industrial. Este cobrará de nuevo importancia en México y tiene también importantes ramificaciones internacionales. A las políticas que debieran buscar un mayor acercamiento con empresas de Asia y Europa deberá corresponder una actitud firme de nuestro país respecto a los problemas del dumping y de los subsidios, los cuales inciden de manera negativa en la capacidad de las empresas mexicanas para sobrevivir la competencia ante la apertura. La situación de dichas empresas se ha hecho aún más insostenible porque el costo del dinero y la disponibilidad de crédito en el mercado interno han probado ser un obstáculo para su sano desarrollo. En particular, los esfuerzos para fomentar las inversiones, la producción, y la creación de nuevos empleos seguirán atrofiados en tanto las empresas mexicanas tengan que pagar entre cuatro y seis veces más que las estadunidenses y otros competidores por los créditos que contratan. Hay muchos ajustes que quedan por realizar para alcanzar una de las metas sobre la cual existe consenso en México: apoyar de diversas formas a las empresas medianas y pequeñas que fueron brutalmente expuestas a la competencia, y que podrían todavía sobrevivir si reciben nuevos incentivos. Esta visión es recogida y bien recibida en APEC, pero es sujeto de grandes debates en la OCDE y en otros foros, todo lo cual indica de nueva cuenta la importancia de que México defina cuanto antes sus políticas internas y la expresión que éstas deberán tener en la esfera internacional.