El siguiente pasaje proviene de Una grieta en la noche (Páginas de Espuma, 2022) el libro de relatos más reciente de la escritora mexicana Laura Baeza. Su libro nos precipita a un mundo de fracturas, violencia y caos, reflejo del México actual con su carga de desapariciones, pobreza, periferias hostiles y familias deshechas.

Abandoné una costa, la curva por donde México saluda al Atlántico, para llegar al epicentro de las tragedias, de la mía. Para mí la Ciudad de México era una mole de concreto, sucia, ruidosa, a la que fui algunas veces cuando era joven y había cosas en las que creía, esas causas que el tiempo y la realidad fueron diluyendo para hacerlas quejas silenciosas. Faltaban días para que comenzara el otoño pero el frío hostil llegó antes, como había dicho mi compañera de asiento en el autobús que nos dejó en la terminal Tapo. No tardarían en agrietárseme los labios, dejaría extinguirse la película de sudor fina y transparente que tengo en la piel desde hace décadas, cuando hice de una playa mi hogar, el de mi hija, quien también tuvo el brillo aperlado del calor en su rostro infantil, en su rostro de mujer, un ligero brillo que llevaría a todas partes, y yo continuaba viendo en sueños.
A través de la ventana del taxi observé una ciudad que no recordaba, una de arquitecturas imposibles y toldos cubriendo calles, personas que avanzaban en hordas, autómatas.
—¿De dónde nos visita? —preguntó el taxista.
—Tuxpan.
—Tuxpan. Bonito, Tuxpan. Ahí pasé mi luna de miel, hace, ¿qué le digo? Veintiséis años. —No tenía nada que responderle, pero él continuó—. ¿Y baila danzón? En Tuxpan se baila mucho danzón.
—No. No bailo.
—Bueno, pues me dijo que la lleve por el metro Balderas, y si no es mucha indiscreción, veo que trae maleta. Si se va a quedar varios días por acá, dese la vuelta a la explanada ahí afuera del metro, los sábados bailan danzón, se pone muy bien. A lo mejor ve a las parejas y se anima.
—Gracias, voy a recordarlo.
—Por cierto, le dejo mi tarjeta para que me llame si necesita taxista local. Soy de confianza, trabajo para la Tapo pero también particular, hasta tengo referencias, si quiere verlas —dijo, y sacó de la guantera algunas hojas a modo de currículum mientras esperábamos el cambio de luz en el semáforo.
—Gracias, yo le llamo.
Pensé que faltaba mucho más camino para llegar, pero él comenzó a ir más lento, enfocando los números de las viviendas hasta que se estacionó y me ayudó a bajar mi pequeña maleta antes de pagarle. El edificio frente al que estaba era igual a como me lo imaginé, una construcción que vio sus mejores años hacía medio siglo, y ahora se alquilaba por partes, como un animal desmembrado al que se le saca provecho desde lo básico hasta lo inusual; el otrora color blanco de sus paredes ya era una la base sobre la que se acumulaban la suciedad del ambiente, afiches de bailes populares y eventos de la colonia, publicidad de casas de empeño. El tipo de edificios que fascinaban a Paulina por mostrar altivos su decadencia sentimental. El anuncio de Rento habitaciones amuebladas. Informes aquí era un rótulo viejo que la dueña mantenía desde quién sabe cuándo, y no me quedó duda de que estaba en el lugar correcto. Toqué el timbre, dije quién era, y la puerta metálica de la entrada principal se abrió. Debía ir al tercer piso.
La escalera de hierro en forma de espiral era la columna vertebral de la construcción, un edificio enorme que estaba dividido en dos por cada piso: de un lado los aposentos de un dueño, y enfrente, los aposentos de otro. Cinco pisos funcionales y una planta baja, fragmentada en una farmacia, una casa de empeño y cambio, una tienda de celulares y una de periódicos y revistas.
Reconocer la puerta que debía tocar fue sencillo: número 301. Del otro lado de la escalera había cuatro puertas pequeñas con identificadores, supuse que eran despachos o consultorios. El hemisferio derecho de ese piso había sido alcanzado por la modernidad y dio paso a oficinas y lugares de trabajo, en el izquierdo solo estaba el departamento 301. Dejé mi maleta pequeña en el suelo y me asomé hacia arriba y abajo por la espiral de la escalera antes de tocar. El desgaste del pasamanos de hierro me reveló que la estructura seguía siendo la misma desde que fue concebida.
Presioné el timbre dos veces, tras el sonido a modo de chicharra me abrió una mujer mayor que yo por unos veinte años. Me invitó a pasar, y aunque la casa olía a café y la salsa de alguna comida recién hervida, por dentro era igual de fría que toda la ciudad.
—Gracias por recibirme —le dije apenas me senté.
—Ni un número de teléfono tuyo, ya nadie apunta esas cosas, la policía tampoco quiso dármelo, a los amigos no los volví a ver, pero Paulina, en cambio, enviaba cartas. Aquí el milagro fue que recibieras la mía y estuvieras dispuesta a venir. Lo más cómodo hubiera sido que te enviara las cosas.
—Siempre recibí las de ella, pero no quise venir a buscarla o insistirle. Ahora estoy aquí.
Nos interrumpió el silbido de una tetera justo cuando Isabel asintió. Se levantó y fue a la cocina, volvió con una taza de café y una de té de limón. Tomé la de café.
—Tu habitación, donde estuvo Paulina, está lista, por si deseas instalarte de una vez.
—¿Cuántas personas hay ahora en la casa?
—Dos. Otra chica y yo. A ella no la verás mucho, trabaja todo el día bastante lejos de aquí, se va muy temprano y regresa por la noche. Hay cinco cuartos y el mío, pero los demás están desocupados.
Mi maleta no pesaba, aun así Isabel insistió en ayudarme a llevarla a la habitación. Mientras me mostraba el interior, me habló del edificio: su papá había sido comerciante toda su vida, hizo una pequeña fortuna que malgastó, pero antes de eso construyó ese inmueble que dejaría como herencia a sus dos hijos, el hermano de Isabel, que falleció hacía más de diez años, y ella. Un edificio gemelo con igual cantidad de metros cuadrados en cada hemisferio; el único hijo de su hermano había fragmentado los cinco pisos de su hemisferio para vivir de rentas.
—Yo también vivo de rentas, como puedes ver, pero mis ingresos son menos. Lo bueno es que nada de eso me preocupa.
La habitación era grande, con baño, la cama, un escritorio y un ropero de madera. La ventana daba hacia una calle que tal vez tendría tráfico todo el tiempo. Reconocí algunos edificios y el color de las construcciones de afuera por las fotografías que Paulina me envió a modo de postales. Esa era la ciudad que ella miró desde el mismo espacio donde yo estaba ahora. Esa fue la vista de mi hija antes de desaparecer.
[…]
• Laura Baeza. Una grieta en la noche. Madrid: Páginas de Espuma, 2022, 136 p.
Laura Baeza
Narradora. Es autora de: Ensayo de orquesta y Niebla ardiente, entre otros libros.