La conversación pública mexicana.
Presente y futuro

nexos cumple este mes de enero 45 años de participar en la vida pública del país. Nace en la estela de la primera reforma política de 1978, en un momento de apertura democrática, que legalizó las dos fuerzas políticas hasta entonces prohibidas: el Partido Comunista Mexicano y el sinarquismo, y que detonó otros cambios claves para el arribo de la democracia. El efecto de este viraje en la conversación pública mexicana fue una renovación sin precedentes de la prensa y de la reflexión independiente. Sobre todo, después de la clausura de Excélsior. Un diario de alcance nacional, centrado en el periodismo de investigación y en la opinión crítica. Su cierre es quizá la mayor pérdida de la historia del periodismo mexicano, desde el punto de vista de la vida democrática.

nexos, por supuesto, tuvo varios afluentes. Es deudor de los estilos y temas que cruzaron las páginas de los suplementos La cultura en México de la revista Siempre! y Diorama de la cultura de Excélsior; la revista Plural de Octavio Paz, editada por ese mismo diario, y su secuela, Vuelta, aparecida apenas un año antes que nexos; así como de una oleada de renovación del periodismo mexicano que trajo al Unomásuno y su suplemento Sábado. Los años setenta fueron escenario de una renovada pasión crítica por la cosa pública que vino del mundo académico, intelectual y literario. nexosfue una de las revistas donde se arraigó aquel movimiento difuso, de grandes consecuencias prácticas, porque era parte de un oleaje más profundo que habría de transformar al país en las siguientes décadas: el oleaje del cambio democrático.

nexos surgió con un propósito del todo coherente con la época de su alumbramiento: asumir el debate público; estimular la conversación crítica e informada de la realidad nacional e internacional; establecer puentes entre el conocimiento académico y el periodismo.

Fue una novedad en la cultura y en el periodismo de entonces que académicos, intelectuales, escritores, científicos, plantaran cara a los asuntos públicos. Mejor dicho: era una novedad que hubiera una revista, junto con otros esfuerzos, dedicada a ser un cruce de especialidades para mirar la vida pública del país, incluyendo en nuestra idea de vida pública las letras y las ciencias; la política y las políticas de Estado; la literatura y el arte; el presente, el pasado y el futuro.

nexos nació con una causa: erigirse como un espacio inteligente de la conversación pública. A otros les corresponde hacer el balance respecto de los logros alcanzados en esta causa; pero sin duda ésta ha sido la brújula de la revistaa lo largo de casi medio siglo.

Nuestro propósito sigue ahí, presente en cada número mensual y publicación en línea, pero apenas existe ya el mundo en que nacimos. Quien quiera darse una idea del tamaño de los cambios en estas cuatro décadas y media no tiene más que asomarse al texto vecino de Raúl Trejo Delarbre.

México y el mundo han cambiado radicalmente… Cayó el Muro de Berlín, apareció el mundo digital, el terrorismo sacudió al planeta y el cambio climático amenaza el futuro de todos. Han surgido movimientos populistas en distintos países de la mano de una crisis de regímenes democráticos; las redes sociales se han convertido en los nuevos foros de la discusión pública; la desigualdad entre hombre y mujer se ubicó por fin en el centro del debate occidental; generaciones de jóvenes defienden la cultura de la cancelación sin considerar el embate que ello implica para la libertad de expresión; el conocimiento científico y técnico ha logrado que la ingeniería genética y la inteligencia artificial, entre muchos otros avances, se adentren cada vez más en nuestra vida cotidiana; el mundo imaginario del cine se ha reinventado a través de nuevos lenguajes como las series de televisión; las narrativas latinoamericanas, africanas y asiáticas se volvieron voces cotidianas en el escenario literario occidental. En México, por mencionar sólo un asunto, el pluralismo democrático ha permitido tres alternancias en la Presidencia de la República y muchas más en un sinfín de otros cargos públicos.

Pero hay una pregunta que para nosotros sigue igual: ¿cuál es el presente y cuál es el futuro de la conversación pública mexicana donde queremos seguir nuestra causa original?

Observamos, incrédulos y estupefactos en muchos sentidos, el rumbo de esta conversación. Hoy, como ayer, más que respuestas, tenemos dudas y queremos compartirlas para iniciar en estas páginas una discusión sobre el momento de la vida pública que nos rodea, dentro y fuera de nuestras fronteras. No tenemos un diagnóstico, mucho menos, una receta. Simplemente extendemos una invitación a dudar, a reflexionar, a escuchar, a aprender… a conversar.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

 

Una conversación pública sólo es posible en países democráticos; un espacio adecuado para que circulen libremente razones, hechos e ideas heterodoxas exige que ninguno de los participantes en esta conversación tenga el poder suficiente para acallar al resto. Todo lo contrario de la metáfora de Elias Canetti sobre el poder concentrado del director de orquesta, quien controla de manera absoluta las voces de los instrumentos musicales en aras de alcanzar el equilibrio melódico perfecto.1

La conversación democrática es pluralidad y disonancia.

La organización del poder público es un aspecto básico para asegurar las condiciones de una conversación pública: entre más concentración del poder, menos debate y más propaganda. El pluralismo político es, por tanto, el sustrato mínimo de una arena deliberativa.

La transición democrática mexicana construyó gradualmente un espacio adecuado para una conversación pública; las publicaciones y las voces críticas previas a esta etapa corrieron riesgos ante los abusos del poder autoritario y, por ello, varias de éstas se abocaron a señalar que la ruta del país estaba en la caída del partido político hegemónico y en la apuesta democrática. Hoy, sin embargo, vale preguntarse si este espacio se está fortaleciendo o debilitando. ¿Cuál es hoy la fuerza de los gobernantes para controlar las voces disidentes? Desde luego es un riesgo para la conversación pública el enorme poder que han acumulado el actual presidente y su grupo político. ¿Cómo afecta el constante abuso del poder de la palabra presidencial que hemos presenciado en este sexenio, cuyo único propósito es descalificar y nulificar, más que razonar y discutir con sus interlocutores? ¿Qué consecuencias arroja que el jefe de un Estado dedique buena parte de su tiempo a atacar con mera rabia a la prensa de su sociedad? Hoy vemos el dominio de esta voz por la complicidad de no pocos de los medios de comunicación que reproducen sin un mínimo filtro periodístico estos insultos, ataques y balbuceos presidenciales. La ubicuidad de este potaje beligerante, carente de ideas y aderezado con el ingrediente de otros datos, claramente no abona a la pluralidad y representación de una democracia. Tampoco, por supuesto, la esterilidad intelectual de la oposición política, cuya voz, más que por su vacuidad que por su menguado poder, es casi inexistente.

Pero más allá de esta particular retórica y poder de palabra de López Obrador, es evidente que los actores políticos también presionan a los medios de comunicación: ya sea utilizando los recursos económicos que conlleva la propaganda gubernamental o, en su caso, ejerciendo como espada de Damocles los gravámenes fiscales u otros recursos coercitivos. El poder público en sus hábitos, prácticas y capacidad argumentativa sigue sin ser capaz de conversar genuinamente. O es un cortesano carente de ideas, capaz de vociferar cualquier cantaleta o disparate; o es un autoritario que, mediante la tribal lógica de zanahoria o garrote, busca limitar la libertad periodística. No siempre tienen éxito pero nunca dejan de intentarlo. Parafraseando a Octavio Paz: el camino de la consolidación democrática exige que nuestros gobernantes vayan a la escuela de la conversación pública.

La conversación pública, a su vez, se ha enriquecido en los últimos años con los avances democráticos que también se registran mediante un periodismo de investigación de altos vuelos. Sus reportajes de enorme solidez han cumplido con una tarea fundamental: escudriñar a los gobiernos a partir de casos de corrupción, varios de los cuales se volvieron representativos de las asignaturas pendientes de nuestro pluralismo y alternancia política. Vale subrayar que este esfuerzo no se podría entender sin la labor que realizan diversas organizaciones de la sociedad civil que, con un pie en la investigación empírica y académica y otro más en el periodismo y medios de comunicación, han puesto el foco en problemas del país que van desde la corrupción, la seguridad pública, el sistema de justicia hasta el cambio climático, la revolución tecnológica digital y la educación, entre muchas otras. Este maridaje entre distintas y complementarias especialidades y oficios es, sin duda, uno de los mejores saldos de la transición democrática para la conversación pública. No es algo generalizado en el ecosistema informativo, pero los pocos destellos han contribuido, de manera irrefutable, a una tarea no menor: ubicar en la conversación pública temas, argumentos y datos en abono al perenne proceso de consolidación democrática del país.

 

En este casi medio siglo de nexos, de manera muy desafortunada, se fortaleció un poder fáctico con enormes secuelas para prácticamente cada esfera social: la delincuencia. ¿Puede haber conversación pública ante un crimen organizado capaz de agredir y matar periodistas con rampante impunidad? ¿Es posible pensar en un debate público en una sociedad cuyo Estado se desfonda en ciertas regiones? Cada vez son más los territorios del país en donde las condiciones para ejercer el periodismo son prácticamente nulas, lo cual vuelve a este oficio una tarea de altísimo riesgo y con un compromiso inadmisible en un Estado de derecho democrático: el heroísmo.

El crimen organizado es partícipe de nuestra conversación pública. Presiona periodistas, envía mensajes, silencia y mata. La omisión de autoridades locales y federales ante la muerte de periodistas raya en la complicidad; más allá de entender el contexto de cada una de estas tragedias, cuyo número sólo ha ascendido dramáticamente en los últimos quince años, lo cierto es que nuestros gobiernos con enorme cinismo ni siquiera ofrecen una acción puntual y viable para combatir esta violencia en contra de periodistas. Vale subrayarlo: que el poder gubernamental sea omiso ante la muerte de varias voces críticas tiene enormes y perversas implicaciones en nuestra democracia y en su conversación pública.

Las tres principales fuerzas políticas, por otro lado, con una enorme irresponsabilidad, han permitido en los últimos tres lustros un ascenso del poder militar que puede afectar el carácter civil de espacios claves del país. Las más recientes vueltas a esta espiral de militarización ponen en riesgo, incluso, nuestro proceso civilizatorio democrático. ¿Es plausible, en este sentido, una discusión pública cuando las Fuerzas Armadas colonizan cada vez más ámbitos civiles? ¿Se puede mantener una conversación horizontal, abierta a la crítica y respetuosa de la diferencia con un interlocutor castrense? ¿Cómo deliberar con un gremio cuyo lenguaje son las armas, la opacidad y la obediencia debida? Éste es precisamente uno de los argumentos medulares para designar a un civil como jefe directo de las Fuerzas Armadas de nuestro país: que alguien, sin las limitaciones propias de la lógica militar, lleve la voz de este gremio al debate público democrático.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

 

Pero las relaciones de poder y las condiciones de libertad son apenas el punto de partida. Lo apuntamos líneas arriba: un sustrato mínimo para la conversación pública. Luego, es indispensable pensar tal espacio público a partir de un criterio fundamental: contribuir a hacer más inteligente a la sociedad. En ese ruido democrático, una discusión pública debe de curar la boruca para ofrecer insumos que permitan a la sociedad crecer intelectualmente. Que le permitan ver un mundo más complejo desde diferentes perspectivas y destacando el sinfín de sus matices. Una conversación pública debe de fortalecer la capacidad de una sociedad para reconocer su inteligencia, el conocimiento, y difundirlo. Procurar una sociedad más inteligente, mejor informada y cuya creatividad e imaginación estén siempre en expansión.

Nuestra premisa, acaso pasada de moda, es que los medios deben acompañar de muchas maneras la percepción que una sociedad tiene de sus problemas y de lo que pasa en el mundo. Los medios deben enriquecer la mirada de sus audiencias, no sólo entretenerlas o impactarlas. Deben hacer a sus sociedades más inteligentes, más capaces de tomar decisiones inteligentes y, por supuesto, más informadas en todos los órdenes: la política y el consumo; el arte y la moda; la dieta y la higiene; el civismo y la ley; la vida cotidiana y la vida en general. Ésta es, creemos, su tarea civilizatoria: mejorar a la sociedad, no guiarla sino darle los elementos necesarios para que decida con más recursos y más información a la mano. Creemos que esto sucede sólo en unas cuantas franjas de la inmensa conversación pública de nuestros días, también inmensamente insustancial, cuando no desviante, y estupidizante.

Quizá el rasgo fundamental de la conversación pública de nuestro momento es su falta de densidad cognoscitiva. Nos enteramos prácticamente de todo lo que pasa en nuestro país y en el mundo, pero sin entender casi nunca por qué realmente sucede. Quizá ha sido siempre así, quizá por primera vez en la historia de la humanidad todos pueden tener acceso de alguna forma a saber lo que pasa, lo entiendan o no, y en eso, a querer o no, hay una ganancia civilizatoria en conocimiento o, al menos, en los primeros escalones hacia éste.

Unos personajes clave en este contexto, en México y en el resto del mundo occidental, han sido los intelectuales, esos hombres y esas mujeres que aprovechan sus saberes para ofrecer a la sociedad unos lentes para entender mejor la realidad. Voces que socialmente se reconocen como guías del conocimiento y la curiosidad. La historia de las ideas del último medio siglo en México no se puede entender sin los debates entre varias generaciones de intelectuales públicos que, para bien y para mal, definieron no pocas de las diversas aristas de la conversación respecto a nuestra transición democrática, el papel de la economía mexicana frente la globalización, el protagonismo del canon literario latinoamericano y muchos otros tópicos más que esbozaron el rostro del México contemporáneo.

¿Es posible hablar hoy, en México, de intelectuales? ¿Se han transformado? ¿Gana la discusión pública con su eventual ausencia o irrelevancia? ¿Qué valor aporta el protagonismo, de los últimos años, de opinólogos y comentócratas en la reflexión pública? ¿Hacen más inteligente a la sociedad las estridencias la infinidad de mesas de opinión en los medios de comunicación? Hoy, en nuestro discurso público, la opinión es superior a la información. Los medios están sobrepoblados de especialistas, o de eso que algunos llaman líderes de opinión, que buscan hablarle al ciudadano común e influir en el curso de los hechos, dejando en la marginalidad a aquéllos cuyo oficio es precisamente retratar los hechos y reconstruir su contexto para entenderlos mejor.

 

Esta preeminencia por el opinólogo, en detrimento del  periodista, exige voltear a ver a otro actor clave en la conversación pública: los medios de comunicación. Cuando era el partido político hegemónico, el PRI logró que, salvo notables excepciones, los medios tuviesen una sola audiencia: el poder. Más que preocuparse por su público, durante décadas, los medios de comunicación mexicanos fueron un espacio al servicio del poder político y empresarial. El reto que tuvieron no pocos de ellos con la llegada del pluralismo político en el país fue volverse rentables. El aprendizaje no ha sido sencillo. Los hábitos son difíciles de modificar: el dinero de la propaganda gubernamental es demasiado apetitoso y, aunque a diferente escala que en otras partes del mundo, los medios mexicanos han tenido que lidiar con el surgimiento de las redes sociales y su participación en el mercado de la publicidad.

Durante la transición democrática, la radio, antes que la televisión, tomó el camino de la independencia, así como las páginas de opinión, antes que las primeras planas y los reportajes de los diarios. La alternancia democrática trajo una época de florecimiento a la libertad de expresión en los periódicos, potenció los tonos críticos en la radio y abrió espacios visibles en la televisión. Los intelectuales y los personajes de excepción cedieron su puesto a la rutina crítica, a veces estridente, de los medios impresos y electrónicos. La crítica se volvió obligatoria, pero sin que la investigación periodística fuese indispensable para diarios, radiodifusoras y estaciones de televisión. Los medios alcanzaron antes la prosperidad económica y la libertad crítica que el profesionalismo periodístico. Con la pluralidad de los partidos políticos los fondos públicos corrieron también a la pluralidad de los medios: hubo dinero para todos y corrupción equiparable.

Preguntas por responder:

¿Qué medios tenemos ahora? ¿Cuál es el perfil de la nueva generación de periodistas? ¿Qué se enseña hoy en las escuelas de periodismo? ¿Qué dificultades enfrentan las nuevas generaciones de reporteros? ¿Cuál es el impacto de las nuevas tecnologías en el modelo de negocios de los medios tradicionales y en la manera de hacer periodismo? ¿Cómo equilibrar el ritmo pausado de las investigaciones periodísticas con el frenesí de la dinámica informativa de las redes sociales? ¿Es viable una conversación pública con unos medios que privilegian económicamente al comentarista frente al reportero? ¿Qué dice de las empresas mediáticas mexicanas cuya prioridad no es apoyar a quienes construyen historias basadas en hechos?

 

Es un viejo debate, constitutivo de las repúblicas democráticas, cuál debe ser el rol de los expertos en la conversación pública. En principio, su aportación es ofrecer —a partir de credenciales obtenidas por rigurosos procesos de profesionalización y de métodos de verificación también exigentes— un ingrediente clave en cualquier discusión: hechos, conocimiento y contexto. Sin embargo, en tiempos recientes, esta élite ha perdido su otrora influencia en la conversación pública. Las pulsiones populistas, presentes también desde la fundación de las repúblicas democráticas, han propuesto siempre otra manera de construir las verdades de una sociedad, apostando a que los hechos verificados deben estar anclados no en una élite, sino en el pueblo. Hoy, esta vieja tensión se ha recrudecido en varios puntos del planeta, desinflando el rol de los expertos. Sucede en México, con sus respectivas particularidades, pero también en las democracias maduras europeas y en la estadunidense.

Vemos en estos días una conversación pública mexicana marcada por una ideologización de los hechos y la evidencia empírica. El fortalecimiento del fenómeno del opinismo; la espiral de cinismo de la clase política al mentir sin el menor pudor; así como la falta de inversión en el periodismo de buena parte de la industria de la información. Todo esto termina en una discusión pública huérfana de una de sus guías medulares: los datos verificables.

En cada eje clave para conocer y entender al país —seguridad, economía, educación, pobreza, salud y un largo etcétera— encontramos negación de los hechos e información más básica en torno a ellos, cuando lo que debería estar en disputa son argumentos, propuestas y soluciones respecto a sus problemas. La crítica, por supuesto, debe estar presente en la verificación de los hechos mismos. Pero esto es distinto. Desde el poder público se descalifican hechos o datos presentados sea por un medio de comunicación, universidad u organización de la sociedad civil; la tribu de comentócratas ofrece una espiral de lecturas que en cada vuelta en ocasiones se aleja más de la realidad; mientras que la lógica de las redes sociales impulsa dinámicas de expresiones basadas en sentimientos y emociones. ¿Es posible encontrar soluciones, en un pluralismo democrático, a los complejos problemas del país sin compartir un piso común para entenderlos? ¿Qué peso tienen los hechos y la información en nuestra conversación pública? ¿Cómo han impactado las redes sociales en la calidad de nuestro discurso público anclado en hechos y datos?

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

 

La conversación pública ha crecido exponencialmente en tamaño, alcance y diversidad y, al mismo tiempo, ha perdido exponencialmente foco, pertinencia e inteligencia. Internet es la imbecilidad organizada, dijo en algún momento Javier Marías, a quien puede acusársele de todo menos de falta de inteligencia y de falta de conexión con sus lectores. En un libro que conviene releer, Homo Videns, Giovanni Sartori sostuvo que la cultura audiovisual “destruye más saber y más entendimiento del que transmite” y se complace en citar a Baudrillard: “La información, en lugar de transformar la masa en energía, produce todavía más masa”. Produce en realidad, dice Sartori, un “video-niño”, un pospensamiento no racional, lo contrario de todo pensamiento digno de ese nombre. La ofensiva de Sartori es de los años noventa y en contra de la televisión. ¿Qué diría de las redes sociales?

Las redes sociales han cambiado de manera drástica el debate público del país y del mundo. Cada día más personas se informan y acercan a la realidad a través de ellas. Muchos medios tradicionales dependen de estos intermediarios en línea para difundir su contenido; hacer política exige estar presente en estos espacios; el arte y la ciencia pasan por su lógica algorítmica para divulgarse. Son el gran personaje disruptivo de la cosa pública contemporánea. La tecnología del siglo XXI ha permitido que la conversación se extienda con una rapidez y fuerza inusitadas; la comunicación instantánea del teléfono celular y de las redes sociales cambiaron por completo las coordenadas del espacio público.

La pregunta básica es: ¿qué realidad puede asirse ante máquinas tecnológicas alejadas del riguroso trabajo periodístico que permite informar en vez de ideologizar; investigar en vez de viralizar; verificar en vez de desinformar?

Es cierto: gracias a las plataformas de internet muchas voces, antes marginadas, tienen ahora la posibilidad de ser escuchadas y enriquecer la conversación pública, pero esto conlleva un costo no menor: que también personajes extremistas e incendiarios, meros provocadores, carentes de rigor alguno, se conviertan en referentes en la conversación pública.

El barullo de la era digital amplió exponencialmente la conversación, pero la hizo cada vez más caprichosa e insustancial desde el punto de vista de la curaduría de los hechos. El milagro de la globalización y la convergencia de todas las voces y todas las opciones de información en el mundo de las redes sociales corrió parejo con el ascenso de los mecanismos de la posverdad y las noticias falsas. Lo que hemos vivido en estos años ha sido, a la vez, un enriquecimiento y un empobrecimiento exponenciales.

Esto ha propiciado un ascenso de la cultura influencer en el debate público. Redes sociales, cuyo modelo de negocios incentiva narrativas polarizadas que desatan emociones, pero poco explican de la realidad; personajes exagerados que, gracias a la lógica algorítmica de internet, su histrionismo provocador les ha permitido salir de la marginalidad para volverse voces referentes para ciertas audiencias; expertos y gobernantes que se han ceñido a las limitaciones del lenguaje de las redes sociales para conectar con segmentos de la población alejados de los medios tradicionales.

¿Cómo impulsar una conversación pública inteligente ante estas herramientas informativas? ¿Qué aporta a la difusión de la justicia que un juez difunda videos de él acariciando perritos en su oficina? ¿Cómo se fortalece la democracia con políticos que, en su aspiración presidencial, lanzan contenidos digitales cuya contribución, además de ridiculizarse, es un efímero e insustancial entretenimiento? No hay que olvidar, como bien apunta el académico Tim Wu, precursor en el estudio del mundo en línea, que en el corazón de las redes sociales se encuentra “[…] la necesidad de capturar la atención de los demás con el espectáculo de uno mismo”.2

¿Ésta es, acaso, la nueva comunicación periodística y gubernamental? ¿Se trata de un fenómeno que es parte del proceso de democratización de la conversación pública? ¿Estamos siendo unos nostálgicos de los medios impresos y del mundo mediático de antaño? Tal vez, pero esto no descarta una reflexión pendiente: ¿cómo es reflejado el mundo, nuestro país, a través de las tecnologías de las redes sociales?

A finales del siglo XX, el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski planteó una pregunta provocadora, básica, pero fundamental: ¿es posible que los medios de comunicación cumplan con su tarea de problematizar la realidad y aportar elementos para entenderla, a través de las efímeras cápsulas del lenguaje de la radio y la televisión?3 Frente a unos amplificadores de la expresión inéditos, revolucionados enteramente en términos tecnológicos, veinte años después, la crítica literaria Michiko Kakutani actualizó esta interrogante: ¿el diseño tecnológico de metamedios de comunicación, como Google y TikTok, cuya labor editorial depende de un algoritmo alimentado por los datos personales de los usuarios, permite cumplir con ciertas responsabilidades informativas?4

 

En su fascinante historia de la lectura, Alberto Manguel apunta el viraje que implicó cuando la humanidad adoptó, por diversos motivos, el hábito de descifrar en soledad signos abstractos. Leer, en su acepción moderna, sacudió como pocas veces las fronteras epistémicas e imaginarias del ser humano. En esa actividad, silenciosa y solitaria, de traducir signos se detona una efervescencia del intelecto, esencia del gozo de aprender, que lleva a imaginar, reflexionar, dudar.

Pero también es cierto que los métodos con los que aprendemos a leer tales signos se rigen por convenciones sociales que dan forma a la escritura y a la lectura, como son la canalización de información, las jerarquías del poder y del conocimiento y, en este sentido, limitan las maneras en que utilizamos nuestra capacidad de leer.5

La revolución tecnológica precisamente ha quebrado varios de estos límites. Se siguen leyendo signos abstractos, por supuesto, pero la imagen y la voz han adquirido una dominancia incluso mayor a los mejores tiempos de la radio y la televisión. Los pódcast, por ejemplo, se han convertido en un formato con un enorme potencial creativo para llevar información, conocimiento e historias al lector del siglo XXI. Sin las ataduras de la comunicación de masas que exigía la radiodifusión, hoy hay programas de video y audio que ofrecen un contenido de enorme calidad en temas tan especializados y diversos como relecturas de la historia de Roma, las implicaciones de la inteligencia artificial en la política y la presencia de las matemáticas en la vida cotidiana de los niños.

Lo mejor del periodismo ha aprendido a utilizar de manera inteligente estos formatos, ha aprendido a hacerlos suyos, no para devaluar sus investigaciones, sino para reinventar la manera de conectar con un público con hábitos digitales e interesado en la discusión pública. Y, de esta manera, hacer llegar información de manufactura en no pocas ocasiones impecable. Asimismo, varios periodistas aprovechan la lógica de las redes sociales para acompañar y enriquecer sus textos, utilizando estos espacios digitales para realizar un enlace en vivo en el lugar de los hechos; para explicar el trabajo documental que exigió su investigación; para dar un mayor contexto a los datos que descubrieron.

Existen, por supuesto, en esta compleja madeja digital de videos, voces y textos, riesgos, contenidos extremistas, insustanciales y frívolos que poco abonan al discurso público democrático, pero también hay un amplio abanico de posibilidades para fortalecerlo. Las opciones tecnológicas y creativas del lector del siglo XXI para abrevar en la conversación pública son amplias y diversas como nunca. Y, en este sentido, vemos con entusiasmo los experimentos que se llevan a cabo en nuestro país en varios nichos informativos y periodísticos para utilizar estos nuevos lenguajes.

Pero no sólo hay redes sociales, pódcast, videos y demás plataformas digitales, sino también más canales de televisión, más periódicos, más editoriales y más revistas que, en conjunto, abarcan un arco amplio y heterogéneo de temáticas. En estos 45 años, las opciones para acceder a la información y a las discusiones públicas han aumentado de manera abrumadora. ¿Son suficientes? ¿Hay un genuino esfuerzo por entender los intereses de los ciudadanos de este país? ¿O estamos ante una conversación pública autorreferente que ha marginado o, peor aún, olvidado al lector? ¿Cuál es el perfil de los interesados en la cosa pública? ¿Cómo entender y transmitir conocimiento a los lectores del siglo XXI?

Nuestro destino y nuestra elección como revista fue hablar desde las élites y a las élites, pero no sobre los problemas de las élites, sino respecto a los problemas de las mayorías: la pobreza, la desigualdad, el autoritarismo, la ilegalidad, el fraude electoral, la educación, la justicia, los derechos. Aprendimos en el curso de estos años que todos los lugares comunes de la cultura popular, de las creencias y las convicciones de la mayoría, fueron nacidas invariablemente en el universo de las élites y bajaron luego a la plaza pública a hacerse lugar común, verdad indisputable en ella. De manera que asumimos el carácter elitista de muchos de nuestros contenidos, del espíritu mismo de la conversación que nos interesa, como un continuo ensayo y error sobre las cosas que habrán de volverse con el tiempo ideas, creencias, deseos, necesidades de la conciencia colectiva. Asumimos el elitismo como un rito de paso a las ideas y las convicciones de las mayorías.

De las élites a la plaza pública han bajado en estos años la idea de que había un fraude generalizado en nuestras elecciones, la noción de que era necesaria la maduración de una sociedad civil, la evidencia de que la corrupción era no sólo la correa de transmisión del sistema sino su materia misma. No hay nada que sea un lugar común hoy en el discurso público que no haya empezado en un espacio de élite, a contracorriente, a veces escandalosamente de las creencias o las resignaciones establecidas.

Tenemos 45 años navegando en estos espacios y volvemos a tener la impresión de cruzar aguas desconocidas, sobre las que no tenemos gobierno alguno, frente a las cuales sólo tenemos las armas del inicio: el esfuerzo de estudiar, entender y transmitir lo que sucede en la sociedad y en el arte, en la economía y en la ciencia, en el gobierno y en los gobernados. Entender y transmitir.

Desde ahí nos preguntamos, al tiempo que abrimos nuestras páginas a la reflexión de otros: ¿cuál es el presente y el futuro de nuestra conversación pública?

 


1 Canetti, E. Masa y poder, Alianza, Madrid, 2002 (primera edición en inglés, 1960).

2 Wu, T. The Attention Merchants: The Epic Scramble to Get Inside Our Heads, Knopf, Nueva York, 2016, p. 315.

3 Kapuscinski, R. “El mundo reflejado en los medios”, Claves de razón práctica, No. 92, Madrid, 1999, pp. 18-21.

4 Kakutani, M. The Death of Truth. Notes on Falsehood in the Age of Trump, Tim Duggan Books, Nueva York, 2018.

5 Manguel, A. Una historia de la lectura, Almadía, México, 2011.

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Publicado en: 2023 Enero, Ensayo