ENSAYO

Roberto Pliego. Escritor.

Es editor de la revista nexos.

En una parte de este ensayo, Roberto Pliego escribe que ciertos hombres viajan hacia su secreto. ¿Cuál es el secreto de Jorge Campos? ¿Cuál ha sido la ruta de su viaje hacia él? Lo que sigue traza las líneas de ese destino que oscila entre la tierra y el agua y, por eso, confirma que el futbol es ya un asunto de anfibios.

Frente a un público silente y a expensas del frío, inmóvil y chabacano, de inmigrantes mexicanos, la figura aérea de Jorge Campos se alza por sí misma y luego con un impulso adicional, para unos momentos después caer con toda la descompostura incluida en un caballito sin alevosía pero con demasiados efectos de riesgo. Algo ocurrió también frente al televisor: un público de desvelados menos ruidoso se quedaba perplejo, perniabierto y boquiflojo mientras contemplaba al portero mexicano en su descenso sin tren de aterrizaje. Unos segundos antes, el centro delantero chino había ido en busca de un pase a profundidad, un balón saltarín que botó a dos metros del suelo, y diez metros fuera del área, pero se encontró con Miguel España y su cobertura extensible a todos los puntos del terreno. Jorge Campos también había anticipado la descolgada. Estaba, como cada vez que su equipo juega en la cancha contraria, convertido en el último defensa. Así que arrancó y, a pesar de los signos desfavorables, fue al encuentro de su compañero, del balón y del delantero. Llegó apenas con tiempo. Dio un brinco, cabeceó a la buena de dios, y en esas volaba cuando una de sus rodillas se impacto de improviso contra el cuerpo sorprendido de Miguel España que había quedado fuera de balance a causa de un empujón por detrás.

No fue sólo que entre el portero y la superficie del campo mediara hombro-cuello-clavícula indefenso, ni que a esas alturas de su destino futbolero, México debiera recurrir a un suplente, a la cirugía o las veladoras; no era sólo que, ante semejante caída, llegara a cada espectador la imagen de los únicos sobrevivientes a ese tipo de catástrofes deportivas: los gatos, las manzanas y los receptores abiertos. No. Es que sin Jorge Campos el futbol mismo habría comprado boleto de regreso hacia la edad dulzona de los porteros-que-saben- jugar-bajo-los-tres-palos. No era, por supuesto, la selección mexicana ni su participación en la Copa del Mundo. Era el futbol y su existencia para después y la oportunidad de contar desde ahora con un héroe de sus tiempos nuevos.

LA FÁBULA DEL PESCADOR

Mientras todo ocurre al otro lado, a noventa metros de su portería y sin amenaza a la vista, Campos agranda su zona de influencia. El medio campo de los Pumas es suyo, tanto que se dirige con pasos cortos hasta donde vigila Juan de Dios Ramírez Perales. A la altura del semicírculo central, Campos parece tomársela muy en serio. Entre categórico y saltarín, señala con la mano extendida una u otra zona del campo, luego sugiere pasar a otra cosa, que despacha también rápido, para quedarse con los brazos en jarras mirando hacia ese otro lado sin él.

Esa vasta zona de influencia que Campos ha creado antes que ningún portero, produce una falsa impresión entre los delanteros rivales. Parecería que concede mucha ventaja, parecería que su propia portería le tiene sin cuidado, parecería dado a encajarle demasiado el diente a la suerte. Pero el delantero cree y Campos ríe.

Antes de la resolución, del amague definitivo hacia gol, antes incluso de que el delantero eliga entre cachetear, cucharear o empeinar el balón, o entre la finta previa al dribling o el dribling sin contratiempos o la potencia empeñada en el pie; mucho antes de encararse solo y de frente a la portería, Jorge Campos ha resuelto su inconcebible opción defensiva. Sabe que el delantero procede con un instinto convencional, es decir, sabe que el delantero lleva cosida al pie la idea decimonónica de que el portero es una pieza del juego a su merced. El delantero ignora lo que sabe Jorge Campos: que nadie como aquel, poco acostumbrado a regatear o luchar por el balón, esta expuesto a tragarse una finta. Por eso, un instante antes de que tome una decisión, Jorge Campos pone en práctica lo que se tardó en ejecutar el delantero: fintarlo hacia un lado, engañarlo haciéndole creer que se venció antes de tiempo, sólo para anular su acción de inmediato y salirse con la suya. ¿Cómo actúa un delantero cuando el portero se vence a la derecha? Por supuesto, lanza su disparo a la izquierda; pero para entonces Jorge Campos ya esta ahí.

Eso no le ocurre a cualquiera. Uno de los primeros ensayos con público de esa puesta en juego ocurrió en un partido América-Pumas, en la temporada 91-92. Frente al micrófono, el comentarista de televisión Jorge “Che” Ventura calificó entonces a Campos de “porterito”. El también comentarista Enrique Bermúdez dijo algo así como “payaso”. El caso es que en mitad de un cero-cero sin beneficio para la tribuna, Antonio Carlos Santos recibió un pase con todas las ventajas de Gonzalo Farfán y se vio de pronto ante el dilema del futbolista contra el portero: ¿cachetear?, ¿cucharear?, ¿puntear?, ¿amagar?, ¿driblar? ¿Qué hizo? Trató a Campos como un delantero pre-Campos. O sea que se abandonó a la inercia del jugador cuya posición le concede cierto derecho exclusivo sobre la finta. Porque apenas previó el mano a mano, y por espacio de unos segundos, los suficientes para ponerse a tiro, condujo el balón a su modo, con la izquierda y sin dejar de balancearse sobre la cintura, confiriéndole a su cuerpo un ritmo entre retador y desenfadado. Campos lo recibió a la entrada del área casi en cuclillas y le anunció con todo el cuerpo su decisión de arrojarse a su derecha. Antonio Carlos Santos hizo lo indebido: punteó el balón a la izquierda de Campos, que ya sabía lo que aquel ignoraba: que pasaría eso y sólo eso, de modo que tuvo el tiempo justo para corregir el paso y quedarse a una mano con el balón.

El recurso no parece venir de ninguna parte. Gordon Banks le detuvo un cabezazo fulminante a Pele en la línea de meta, Dino Zoff se plantó siempre bajo los postes con suficiencia escolástica, Mazurkiewikz parecía pato espinado cuando lo sacaban de su elemento, Sept Meier detenía todo con la condición de que lo agarraran en su zona. El recurso de Campos no parece de origen futbolístico; si acaso, marino.

Cuando el delantero se descubre con ventaja frente a la portería, ¿qué papel desempeña Campos si no el del cebo en la caña del pescador? En una jugada ofensiva con el anuncio anticipado de gol, cuando hasta el último defensa detiene su carrera persuadido por la evidencia, Campos sale a pescar. Se reconoce en la actitud de su cuerpo: a veces le basta con amagar un paso hacia adelante, como quien pretende achicar el ángulo de disparo; a veces permanece inmóvil, las manos a los costados, las piernas muy juntas; otras veces levanta los brazos, en la postura de quien se estira para alcanzar algo; otras, en verdad muchas, adelanta bruscamente un hombro a la espera de una decisión apresurada que ataja su clarividencia casi implacable.

Puede que porterear sea igual que pescar. El pescador sale cada mañana con su lote de cebos y la confianza en su poder de atracción. Campos actúa con la misma prestancia. Pero en su caso distintivo, el cebo y el pescador son dos instancias en uno. A menudo, su actitud frente al peligro se hace pasar por pifia. Su cuerpo comunica que ha elegido la opción equivocada, sin dejar rastro de dolo, como quien asegura una trampa cubriéndola con el encanto de lo menos engañoso. Así se actúa de cebo. Entonces, cuando el delantero se siente a sus anchas, confiado y fortalecido porque el portero se ha quedado inerme, Campos tira de la cuerda en un breve segundo y saca el balón atónito de las profundidades. Por eso nunca se ve mejor que como cuando se las arregla para administrar falsas dosis de error, en las debidas cantidades, y se alarga o se levanta o se tiende hasta transformar eso en crispadura espectacular, en atléticas contorsiones. Sí: los resbalones, el yerro, la parsimonia no son lo que parecen ser. Son, ciertamente, recubridores del anzuelo que jala una mano enguantada.

ANTIGUOS Y MODERNOS

La temporada 89-90 anunciaba para los Pumas la consolidación de Adolfo Ríos, una suerte de portero a la manera tradicional, vigilante siempre de su espacio con prontitud y limpieza; un portero que hacia lo necesario: seguir siéndolo mientras hubiera tiempo para eso. Sus cualidades: reflejos aceitados, piernas elásticas y un anejo sentido de la ubicación. Aprobó los exámenes, y nada mas, hasta el partido de ida de la penúltima ronda de la liguilla por el título entre los Pumas y el Puebla. Bajo la portería norte del estadio de Ciudad Universitaria, Ríos actuó el papel de pelícano en tierra firme al comerse dos goles por un ataque repentino de pies de plomo. Tropezaba, trastabillaba, rendía el instinto cada vez que el balón le sacaba la lengua o se movía sin brillo. Los Pumas no pudieron superar la desventaja inicial y se quedaron con las ganas de otra final.

Pero ésta llegó al año siguiente (Pumas-América, de nuevo) y se firmó cuando Jorge Campos atajó un remate de Alejandro Domínguez a ras de pasto. Tres años atrás, Campos observó desde la banca cómo Adolfo Ríos se comía dos goles de Adrián Camacho y Gonzalo Farfán. El futbol era entonces un juego sabedor de que el sol sale por el oriente y de que a los porteros les pasan las peores desgracias. Como dejar escapar un balón franco, tirarse a destiempo, acusar perdidas del equilibrio y sobrevalorar la importancia de ser el único al que se le permite emplear las manos.

La novedad de Campos en la portería se ha medido desde sus comienzos por su oportuno sentido de la transgresión. Mientras que un portero matriculado en la más tradicional escuela de futbol, hubiera respondido a un tiro raso a 6 metros de la portería echando el pecho hacia adelante e hincando una rodilla para espantar la vergüenza de un puente trágico, Campos controló ese disparo de Alejandro Domínguez contraviniendo toda regla. Se dejó ir horizontalmente, casi a la manera de un nadador tomando la salida, con el tronco sirviéndole de parapeto, las piernas dentro de la portería, y manos y codos a un metro de la línea de gol. La profundidad de ese riesgo inédito podría medirse en razón de las veces que ha decidido correrlo: sólo aquel 23 de junio de 1991.

Esa es quizá una de sus mejores bromas. Cuando ya el delantero aprendió algo de Campos, éste sale con un truco nuevo. Esperar, por ejemplo; un viejo truco renovado cuando se trata de quien aparentemente desconoce las reglas de jugar su área. Contra Italia, y jugando para la selección mexicana que así iniciaba su segunda etapa de preparación hacia la Copa del Mundo, la novedad de Campos consistió en su determinación para ir en contra de su primer impulso: detuvo dos, tres, cuatro disparos a bocajarro poniendo en práctica un casi inédito sentido de la paciencia. Cuando ya todo parecía dicho, cuando ya creíamos conocerle todas sus mañas, Campos mostró esa noche que también sabe guardar la portería como los antiguos, plantando firmemente los pies a dos metros del área chica, manteniendo la mirada fija en los ojos del delantero, aguantando el lance hasta el último. El mismo suele reconocer en Héctor Miguel Zelada al modelo de esta virtud de saber quedarse quieto a pesar de las amenazas. Hasta que ella se hizo presente, no había aún suficientes elementos para determinar quién era Jorge Campos. ¿Qué clase de portero es este, con un notable talento para jugar el balón con los pies, para recortar a sus adversarios al filo de la navaja e incluso para intentar a veces, y luego de un grito ahogado en la tribuna, un pase, sí, un pase largo, y que, además, juega la portería lo mismo como un heredero de la tradición que como su más brillante impugnador?

EL MUNDO ES DE LOS ANFIBIOS

Jorge Campos es un anfibio, una figura extrañamente dotada para vivir en dos mundos: el de la tierra y el agua, el de la Ciudad de México y Acapulco, el de su portería y el área rival, el de la espera y la iniciativa. Durante las largas estaciones de su infancia y adolescencia, Campos aprendió a deslizarse sobre una tabla de surf. Pero, tan pronto llegó a la ciudad y se instaló en la casa club del Universidad, encontró el sustituto terrestre a sus tumbos acuáticos: una patineta. Un acercamiento lo muestra en la cancha con un balanceo continuo, como sólo cabría esperarse de quien ha tomado lecciones de equilibrio. Campos sorfea, patina, pasa del agua -del movimiento sin pausa- a la calma pareja de tierra firme, aunque en verdad ambas actitudes conviven en el a la vez. Cuando aguanta, es terrestre; cuando finta o amaga al delantero, marino.

El primero de los dos momentos que podemos elegir para ilustrar la naturaleza anfibia de Jorge Campos ocurrió en el México-Honduras de vuelta, uno de los más trepidantes e imborrables. Todo Campos esta en él: la seguridad vertiginosa, el arrojo súbito, el muchacho extrovertido y enérgico dentro de la cancha, el portero que lleva a cabo la tarea de evitar la desazón, la herida mortal, el fracaso… La defensa mexicana no abandonó entonces su estilo, en batería, con Ramírez Perales cantando a gritos el achique. De pronto, un pase profundo la dejo con los brazos en alto y la sorpresa de hallarse a destiempo. Nada se escuchaba en el Estadio Azteca, nada tenía signos de vida porque Melendes enfilaba sobradamente hacia la portería, el balón con la izquierda, el porte que derrochaba pericia. Campos estaba a veinte metros y no hizo mucho por ir a su encuentro. Aguantó. Esperó en el manchón penal, midiendo con tiento al jugador hondureño que no parecía tener intenciones de cambiar el rumbo, y que avanzó en línea recta bajo un sol a las doce y cuarto del día y, como se suponía, le quedaba bien claro que un gol no sólo era cuestión de esfuerzo. Según se acercaba, Jorge Campos iba corrigiendo paso a paso su zona de influencia, de modo que, cuando todo parecía inevitable, ya estaba en el pico derecho del área grande observando el último balanceo del delantero. Pocos amagues han sido tan impalpablemente tramposos, tan rendidamente cínicos, como ese con el que despojó a Melendes del balón. íLe hizo creer que iba a fintarlo y no hizo nada. Lo fintó haciéndole tragar que venía la finta! Y nada. Sólo un lance natural: el cuerpo dejándose ir sobre su lado derecho, las palmas extendidas jalando un balón prácticamente cosido al pie. En Campos su perspicacia es casi su naturaleza. Pero en aquella peligrosa circunstancia, la perspicacia fue el argumento del hombre de tierra, que confía en que el suelo este parejo.

En un partido contra Colombia, en el que México se estrenaba en la Copa América, Jorge Campos nos propuso otra versión de su naturaleza anfibia esencialmente distinta. En este segundo momento, lo que brilló no fue la solidez terrestre sino una agitada personalidad marina. La tarea del portero revistió ahí características de penetración en un mundo paralelo, el de la solvencia con el balón junto al pie. Mundo paralelo, reflejo cualitativamente invertido de la superficie sólida que habita un portero, ya se sabe, tomar el balón con las manos, mandar un punterazo cuando no hay de otra, y todo eso. Pintaba diferente. O sea: Campos recibió un pase retrasado y, ante la llegada de Fredy Rincón, puso en práctica sus dotes para el dribling sobre la cresta de una ola. La portería no es ya la casa de los desterrados. Los que la eligen, deben conocer el secreto que ostentan las líneas de los pies.

Pase lo que pase, y mientras la elasticidad de su cuerpo y sus puntos de apoyo rezuman impostura y alegría, Campos permanece fiel a su naturaleza anfibia. Contra el Morelia, en dos ocasiones distintas -en las temporadas 89-90 y 90-91-, su doble constitución se desplegó en todo lo que futbolísticamente tiene sentido. La primera vez, anotando un gol al que nada le faltó para ser conservado en la memoria. Las cosas ocurrieron al principio a un ritmo semilento, con la pausa metódica que Manuel Negrete le imprimía a sus jugadas, es decir, con un quiebre limpio al que siguió el desborde y un centro retrasado, y se precipitaron al momento en que Campos resolvió tendiéndose con los tachones hacia arriba, su cuerpo horizontal sobre el aire recién nacido de Ciudad Universitaria, y conectando el balón con el taco para hacerlo viajar al ángulo izquierdo de la portería sur. La segunda vez, durante un juego de liguilla, deteniendo desde lodos los ángulos el repertorio ofensivo que incluía casi todas las posibilidades de gol.

Martín Amis ha escrito alguna vez que ciertos hombres viajan hacia su secreto. Campos inició hace muchos años ese viaje de lo ininteligible hacia la certeza, del caos a la forma, de los antiguos a los tiempos por venir. Viéndolo tan preparado para habitar dos mundos distintos a la vez, hoy sabemos una cosa acerca de ese secreto: el futbol ya es un asunto de anfibios.

EL VIAJE HACIA SU SECRETO

Un muchacho abandonó Acapulco, viajo 350 kilómetros, llegó a la ciudad de México y después de tres temporadas se ganó a la fortuna. La parquedad de estas palabras tiene mucho de tránsito y travesía. Del mar a la capital: no la historia decimonónica que habría deseado escribir Jose Tomás de Cuéllar ni el relato crepuscular que hubiera querido Fernando Gamboa. De la carrera de Campos no es posible extraer la fábula del ascenso social a costa de sacrificios ni levantar ese tinglado de jóvenes migrantes rompiéndose el lomo para obtener un poco de dinero. De sus hechos y atrevimientos, que pueden certificarse en las revistas deportivas y en los campos de entrenamiento, puede obtenerse, en cambio, un modelo naciente de portero, que corre sobre el campo hacia los límites del terreno contrario y abruma a los rivales con sus fuegos de artificio. Un modelo de portero, es decir, un modelo de riesgo y paciencia.

El hecho es la travesía y sus consecuencias. La carrera de Campos dio inicio un 11 de diciembre de 1988, cuando el portero titular Adolfo Ríos abandonó en la segunda mitad por lesión. En aquel 1-1 entre Pumas y Santos, sólo fue posible descubrir en el debutante que podía recibir un gol y sonreir por eso. Antes, mucho antes de sus meses en la banca y, más atrás, de sus años en la reserva profesional, Campos cascareaba en las playas de Acapulco y, por no dejar, con el equipo Interjap. Algo desconocido tuvo que concurrir para que Luis “El Chino” Estrada lo invitara a un partido de práctica entre los Delfines y los Pumas, algo entre profano y celeste. Sus hermanos y amigos dicen que, por entonces, Campos ya prefiguraba al jugador anfibio de ahora. De modo que Miguel Mejía Barón lo invitó a probarse. La estrella de Campos brilló por unos días: fue rechazado y volvió a Acapulco. Era el año 83. Dos años más tarde, Mejía Barón regresó para proponerle una segunda oportunidad y convencer a sus padres de que le permitieran probar suerte otra vez en el futbol profesional. Así rigen las estrellas: en 1984, Campos se probó con el Cruz Azul. El diagnóstico: descartado en razón de su 1.75 de altura.

Así que el portero se hizo presente en aquel 11 de diciembre de 1988, con todo y su primer gol en contra. Aunque calificado ese día como “aceptable” por el periódico El Heraldo, y a pesar de verse parco y uniformado a la usanza antigua, con 69 kilos de peso y una figura todavía imprecisa, Campos pisó el pedal del acelerador, dando inició a una carrera que aun no rebasaba los límites de velocidad. Su primera temporada lo demuestra: 6 partidos jugados, 4 de los cuales fueron completos.

Miguel Mejía Barón se encargaría de lanzarlo a un destino que de una a otra temporada metió el pie a fondo hasta convertirse en una fulgurante sucesión de acelerones y estrépito. El 20 de agosto de 1989, en un partido bueno para el Torneo de Campeones y Subcampeones de Concacaf, Campos debutó adelante, acompañando a Luis García, y ahora con el balón de su lado. La reacción periodística: estupor, movimiento de ojos de derecha a izquierda, intercambio de gestos curiosos, una nota aclaratoria en el periódico Esto: “Jorge Campos, autor del tercer gol, es el portero suplente de Adolfo Ríos. En esta ocasión, Miguel Mejía Barón lo utilizó como delantero, pues Campos se desempeña bien en esa posición”. ¿Por qué tendría que haber sido de otra manera cuando sus hechos en la portería tenían la edad de su estancia en los Pumas?

La singularidad en la delantera trajo consigo una expansión del papel de Campos en los Pumas de la UNAM. ¿Qué estaba pasando? ¿Tras pasar tantos partidos en la banca sin el sol de allá afuera, tras tantos ejercicios de espera, después de adaptarse a la portería y aspirar a ella, Campos torcía el rumbo en sentido contrario? No había motivos para tomársela por la tremenda. Juan Carlos Vera y David Patiño se encargaban de surtirlo hasta cansarse. Campos relevaba a Luis García, o le hacia compañía y, mientras el tiempo obraba una de sus más centelleantes metamorfosis, metía goles como si no hubiera otro asunto para después. ¿Cuánto valen 24 goles en el año de quien según Menotti es, “sin duda, el mejor portero de América y, seguramente, de muchos países europeos”? Veinticuatro goles repartidos entre la temporada 89-90, Concacaf y Copa México, y eso es todo. Lo que vendría después tuvo que ver con la forma en busca de sí misma y de su pronta resolución. A dos años de haber debutado en primera división, Campos descubría, por fin, su secreto.

CASCARITA DE PLAYA

A principios de abril, un reportaje por televisión mostró a Campos enfrentando a su más cercano elemento. Sobre un fondo de olas y viento, su figura chapoteaba, corría venciendo la resistencia del agua y, por un segundo, quedaba suspendida en el aire mientras iba tras el balón. Mucho del futbol a la Campos había en esas imágenes: la audacia victoriosa, la sutil complejidad del mar, la aventura absoluta. Entrenaba. En mar y tierra, es decir, en esa zona playera en el que mar y tierra son uno solo. Entrenaba en esa estrecha y azarosa franja en la que todo es principio y fin a la vez. ¿Ahí comienza o termina el mar?

También lo hacía sobre la arena, improvisando un par de cocos a manera de postes de portería. Iba de un lado a otro, afinando sin cesar su capacidad inventiva, y a cada disparo de su hermano Miguel respondía como si tratara de un enfrentamiento definitivo. Cada lance entregaba esta certeza: que Campos es el portero químicamente puro, no a pesar de sus revestimientos de atacante sino justamente por eso. Su mensaje era claro: entre las glorias de antes y su alegre aventura individual que se complace en su propio riesgo se interpone la ligereza de los balones de hoy y la evidencia sin regreso de que un equipo ya no se compone de 10 jugadores y un portero, sino de once jugadores y uno que sabe hacer la tarea de portero.

Frente a la tenue realidad televisiva, uno no podía dejar de desear que ciertos hechos fueran posibles. Campos y Pelé, por ejemplo. Es decir: que fuera posible trasladar a Campos hasta el partido Brasil-Uruguay en aquel Mundial del 70, en lugar de Mazurkiewicz, a un mundo de posibilidades paralelas como el que sonó Einstein. Entonces, sin perder detalle de cada acción simultánea, sería posible mirar a Rivelino servir un pase a ras de pasto desde la media cancha, un pase diagonal que busca el semicírculo del área y adonde Pelé se dirige. Una v perfecta. Y veríamos a Mazurkiewicz corriendo hacia el vértice, y luego vencido ante esa finta impune, esa genialidad de adelantar el pie izquierdo para crear un puente bajo el cual pasa el balón, y gracias al cual Pelé puede resolver el dilema del delantero frente al portero. Y veríamos también a Rivelino servir un pase a ras de pasto desde la media cancha, un pase diagonal que busca el semicírculo del área y adonde Pelé se dirige. Una v perfecta. Y sería posible mirar a Jorge Campos corriendo hacia el vértice. ¿Cómo resolvería el dilema del portero contra el delantero? ¿Qué haría frente a Pelé y toda su potencia imaginativa? Cierto: fintarlo.