El futbol para entender Medio Oriente

Por mucho que se busque seguir sintetizando la configuración de Medio Oriente a partir de la lucha de poder entre Irán, la gran potencia chiita, y Arabia Saudita, el faro sunita, por la supremacía de la región, la lectura se ha vuelto mucho más compleja a últimas fechas. En ese sentido, hay un factor fundamental a la hora de explicar cómo han evolucionado las dinámicas de poder en la zona: el futbol.

Pero, primero, un poco de contexto. Desde hace casi medio siglo, Irán y Arabia Saudita han protagonizado su propia versión de guerra fría en el tablero geopolítico: utilizan territorios satélite como campo de batalla ideológico entre las dos ramas predominantes del islam, distanciadas a partir de la sucesión del profeta Mahoma. La Guardia Revolucionaria iraní mantiene su influencia sobre milicias chiitas en Irak, Afganistán y Pakistán; sobre grupos insurgentes, como Hizbulá en Líbano y los hutíes en Yemen, y regímenes afines como el de Bashar Háfez al-Ássad en Siria. Por su parte, la monarquía saudita, cuya doctrina oficial es el wahabismo —una variante ultraconservadora del sunismo—, se sostiene con la ayuda de sus vecinos del golfo: Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, también los reinos de Jordania y Marruecos; así como la república de Egipto y las dos grandes potencias occidentales, Estados Unidos y el Reino Unido. Israel, el país bisagra en términos de multipolaridad, es enemigo acérrimo del llamado Eje de la Resistencia —una alianza abiertamente antiestadunidense y antiisraelí—, pero no necesariamente es cercano a los sauditas, con quienes nunca ha podido establecer una relación más o menos cordial. Si se repara lo suficiente en ello, en todo este entramado hay un país de mayoría sunita con una posición geográfica privilegiada que no se ha definido en lo absoluto: Qatar.

El emirato ha trabajado a marchas forzadas para limpiar su imagen como financiador y valedor de grupos terroristas con sus vecinos del golfo y, al mismo tiempo, para mantenerse como un potencial aliado económico de Irán y Turquía, los dos grandes antagonistas de Arabia Saudita. No olvidemos que de 2017 a 2019 Qatar fue aislado por un embargo económico y diplomático promovido por los sauditas, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Yemen y Libia, después de que se filtraran algunas grabaciones que delataban la cercanía del emir qatarí con grupos terroristas como Hamás, la bandera del islamismo radical en los territorios palestinos ocupados por Israel, y la Hermandad Musulmana, una amenaza constante para la estabilidad de las monarquías árabes.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

 

Precisamente hace unos días comenzó el primer mundial de futbol en Medio Oriente, con sede en Qatar, un lugar que ha pasado de ser una zona de pesca y recolección de perlas a convertirse en la nación con la renta per cápita más alta de todo el mundo. Esta bonanza económica se debe, como buena parte de los países que lo rodean, a la explotación de yacimientos de petróleo y gas. Su consolidación como potencia exportadora le ha permitido aspirar a convertirse en el sustituto natural de Rusia —enfrascada en una cruenta guerra con Ucrania— como principal proveedor de gas en Europa, un aspecto clave a la hora de entender la manera en la que se están relacionando con su propia región y el mundo.

Pensemos que la candidatura que le permitió albergar este torneo tiene que ver con una estrategia más profunda. El futbol lleva tiempo siendo idealizado como una de las grandes armas de política exterior por las monarquías árabes del golfo, incluida Qatar. Las inversiones que destinan para ser sedes de eventos deportivos internacionales y tener presencia como patrocinadores en mercados extranjeros pueden ser interpretadas como un lavado de cara para mejorar su imagen y reputación global. Tanto Qatar —con el Mundial— como Arabia Saudita —con los acuerdos multimillonarios con la Real Federación Española de Fútbol— y los Emiratos Árabes Unidos —con la importación de estrellas mundiales— han abanderado en paralelo una campaña de blanqueamiento a través del deporte.

Al mismo tiempo, en Irán la revolución del velo se ha convertido en una señal de alarma que atenta contra la estabilidad del régimen teocrático que tomó por asalto el poder en 1979. Dicho estallido social es parte de una lucha abanderada por las mujeres iraníes que buscan conquistar libertades que la república islámica les ha negado, incluida la asistencia a los estadios de futbol. Por su parte, la causa palestina ha utilizado el juego como uno de los grandes emblemas de resistencia para la preservación de los valores culturales y sociales árabes en Israel.

Por todo esto, también es posible hablar del futbol como una poderosa herramienta de política interior, que puede servir para paliar las crisis de legitimad inherentes a los regímenes autocráticos, en especial con el antecedente de lo que ocurrió en Egipto, con la caída del coronel Hosni Mubarak. Tal colapso no se entendería sin la presencia de las facciones más radicales de aficionados que jugaron un rol determinante en las famosas revueltas de la plaza Tahrir a principios de 2011, en los albores de la Primavera Árabe. En un país con más del 60 % de la población menor de 30 años, la mal llamada revolución de las redes sociales fue orquestada por grupos de incipientes activistas que proliferaban en la ciudad y que no habían visto en toda su vida nada más allá de Mubarak; entre ellos se erigían los líderes de las barras más antagónicas de Medio Oriente: la del Al Ahly, el club más laureado de Egipto y tradicional opositor del sistema, y el Zamalek, de la clase acomodada, intelectuales e ingleses de segunda y tercera generación.

Situaciones más o menos similares se vivieron en Argelia y Túnez, dentro de la zona adyacente del Magreb. En el país bereber, las movilizaciones sociales que surgieron en contra de la continuidad de Abdelaziz Buteflika al frente del gobierno en 2019 fueron, en buena medida, protagonizadas por los seguidores de los principales equipos de la liga local: el Union Sportive de la Médina d’Alger, el USM Alger y el Union Sportive Madinet El Harrach, todos estrechamente vinculados con las protestas que denunciaban la corrupción estatal, la falta de oportunidades y los vicios del sistema judicial. En Túnez, los partidarios del Club Africain y el Espérance Sportive de Tunis, teóricos enemigos irreconciliables, abonaron, inconscientemente, al derrocamiento del régimen autoritario de Zine el Abidine Ben Alí, quien había gobernado con puño de hierro durante dos décadas.

 

Qatar, a diferencia de Egipto, Argelia y Túnez, es un país poblado mayoritariamente por migrantes y gente en perpetuo tránsito —por cada qatarí hay siete inmigrantes—, por lo que se antoja más difícil que surja un esbozo de revolución genuino desde las clases populares, pero eso no ha impedido que la monarquía abrace el futbol como un instrumento estabilizador. De hecho, durante el bloqueo económico del que fue sujeto, se erigió como el único camino posible para estrechar lazos con el resto del mundo, sobre todo con la figura del empresario Nasser Al-Khelaïfi, dueño del Paris Saint-Germain de Francia y alegoría del milagro económico qatarí. Que como hijo de un pescador de Doha amasara una cuantiosa fortuna como brazo derecho del entonces príncipe heredero —hoy emir—, a través del fondo de inversión Qatar Sports Investments, lo convirtió en el mejor embajador posible. Por todo esto, Al-Khelaïfi ha sido la pieza clave en la vertiginosa occidentalización de Qatar. Su grado de influencia en organismos rectores como la FIFA y la UEFA ha permitido que los países de la élite adopten posturas permisivas respecto a las prácticas que atentan contra los derechos humanos perpetradas desde la monarquía. El mejor ejemplo de esto es el kafala, el sistema de patrocinio semiesclavista bajo el que se emplearon buena parte de los migrantes provenientes de Bangladesh, Pakistán, Nepal y Sri Lanka que construyeron los estadios mundialistas en las peores condiciones. La indiferencia de los grupos de poder respecto a los no pocos reportes periodísticos de trabajadores que murieron explotados, hacinados y expuestos a temperaturas demenciales supuso una gran derrota moral para el futbol moderno. Sin hablar de lo que representa que la fiesta por antonomasia del deporte más popular del mundo se lleve a cabo en un lugar que libra una cruzada abierta contra las personas homosexuales y prohíbe, parcial o totalmente, la entrada de mujeres a los estadios.

El deporte que nació en los muros de las universidades británicas y que luego fue adoptado por los obreros hoy, paradójicamente, es uno de los eslabones más sólidos del poder político y económico. En realidad, el futbol tiene un largo historial de perversiones, desde Benito Mussolini hasta Jorge Videla, pero nunca antes se había distanciado tanto del grupo social que lo democratizó y le confirió el estatus de fenómeno global: las clases populares.

 

Ricardo López Si
Escritor y editor. Es autor de El viaje romántico.

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Publicado en: 2022 Diciembre, Ensayo