En San Miguel de Allende, en el Valle del Maíz, un barrio en la parte alta de la ciudad, los vecinos cuentan que en algún lugar de Los Picachos, los emblemáticos cerros que se levantan imponentes al sur de la región, hay una cueva encantada y que dentro de ella se encuentra otro San Miguel, suspendido en el tiempo. Dicen que en las calurosas noches de Cuaresma, particularmente en la del Jueves Santo, muy de madrugada se escuchan a lo lejos los sonidos de una celebración: música, cantos, tamborazos, gritos alegres de niños, chirimías, trompetas, violines y cohetes, además de una banda de viento que acompaña a un par de animados personajes que gritan: “¡Vivan los novios!”.
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