Cuántos muertos ha tenido este año, cuántas malas cuentas estamos entregándole a noviembre.
Los vemos pasar como quien ve fantasmas y jura que no cree en ellos. Hablamos de los muertos sin nombrarlos. Porque ya no da tiempo ni de llorar a cada uno por separado. Ya ni siquiera sumamos. Avergüenza decirlo, pero muchas veces al día, me propongo no mirar. Leo, escucho, me asusto, me entristezco y querría poner mi cabeza entera en otro mundo.
Sólo tengo el silencio. Y en alguien que a escribir se dedica, el silencio es cobardía.
Sin embargo, no bien lo digo y pienso que estoy cometiendo una injusticia. Hay más que el silencio. Sé de muchas personas empeñadas en la difícil costumbre de negarse a la tristeza. Gente que no se deja vencer, que ni tiempo se da para la decepción y la queja, que se empeña del diario en hacer el bien. Personas puestas a trabajar con sencillez y tenacidad todos los días, para que el día de otros mejore y, muchas veces, para que la vida les cambie para bien. ¿Cómo el silencio? Si hay tantos que merecen la palabra.
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