La fuga hacia la muerte de Bernardo Couto

El siguiente es un pasaje de La ciudad oculta, grandioso libro de crónica histórica de Héctor de Mauleón que llega a librerías de la mano de editorial Planeta.


En los últimos años del siglo pasado —y qué extraño es contarlo de este modo—, un grupo de escritores bajábamos cada viernes a las penumbras del Salón Bach, en la esquina de Bolívar y 5 de Mayo. Se trataba de un antro viejo y oscuro, instalado en un sótano maloliente, repleto de humo de cigarro y del perfume de las ficheras que bailaban con los clientes a cambio de unos pesos.

El Bach estaba abierto hasta las seis de la mañana y era el mejor lugar donde aterrizar cuando los otros sitios del Centro habían cerrado. Íbamos los viernes a beber tequila y cerveza, y a perseguir, entre el bramido de la rocola, los fantasmas de los escritores del Modernismo que un siglo antes se habían emborrachado en esas mismas mesas o acodado, algunas veces, en la barra de madera sólida, espléndidamente tallada.

Porque el Salón Bach había cambiado de ubicación (su primer domicilio estuvo en la calle de Plateros, hoy Madero), pero el mobiliario, según la leyenda, era el mismo que había adquirido en los años finales del siglo XIX el sonrosado alemán Karl Bach.

En algún momento de la madrugada invocábamos el espíritu de aquellos jóvenes irreverentes y recordábamos a Bernardo Couto.

Couto murió en una modesta vivienda de la calle Verde (que ahora se llama Izazaga) el 3 de mayo de 1901, a las 3:45 de la mañana. Tenía 22 años de edad y había dejado un libro de cuentos que era como un jardín repleto de flores del mal: Asfódelos.

Como se usaba entonces entre las familias acomodadas, desde muy joven sus padres lo enviaron a educarse a París. Allá se hizo amigo de los artistas de la época y se dejó contagiar por la melancolía, el hastío, el spleen que caracterizó aquel fin de siglo.

José Juan Tablada recuerda en sus memorias que los jóvenes artistas de aquel tiempo intentaron, “desastrosamente”, normar no sólo su vida literaria, sino también la íntima, siguiendo las “máximas disolventes” de Baudelaire que sacudieron a una generación entera:

Es necesario embriagarse constantemente. ¿Pero de qué? De vino, de poesía, de virtud, de lo que queráis, pero embriagaos.

El opio, los burdeles, el hada verde del ajenjo: al volver a México en 1897, Couto venía imbuido de ese espíritu de ruptura. Era un habitante consumado de la noche. Se encontró con un grupo de artistas que ardían en la atmósfera luciferina del cambio de siglo y buscaban en lo limítrofe la salida a la rancia moralidad sin epopeyas que deparaba la vida en el porfiriato: José Juan Tablada, Rubén M. Campos, Ciro B. Ceballos, Balvino Dávalos, Jesús Valenzuela…

Couto fue tal vez el producto más acabado de la mitología maldita que hizo de la transgresión una forma de vivir y ser poeta. Aquel grupo se amontonaba en torno a las mesas del Bach. Tal vez ahí germinó la idea de crear la Revista Moderna, la legendaria publicación en que se congregó el clima artístico y cultural de ese tiempo.

En esos días, los primeros bares abiertos en la ciudad vivían un periodo de esplendor. “Cantinas a la manera americana”, en las que flotaba un aire cosmopolita, habían convertido en espectros del pasado las vinaterías que existían desde el viejo periodo virreinal: pocilgas sucias, olorosas a sebo, garnachas y orines, según las describe en Panorama de México uno de los miembros del grupo: Ciro B. Ceballos.

Los parroquianos encontraban ahí un ambiente elegante, limpio “como cubierta de barco”. Una variedad de nuevas bebidas les permitía la sensación de sentirse modernos. Batir las puertas de estos establecimientos era como hallarse de pronto en un pub de Londres o en un salón acogedor de madera y mármol, a la manera de los que triunfaban en San Francisco o Nueva York.

Los bartender preparaban aromáticos y agradables mint juleps, helados high balls, tersos gin fizz traídos en bandejas por fragantes camareros vestidos de negro, que hacían parecer cavernícolas a los taberneros del pasado, una tribu tramposa y pendenciera, capaz de vender alcohol adulterado y de circular moneda falsa entre los clientes más ebrios.

Rubén M. Campos, otro miembro de la estirpe maldita, relata que pronto hubo bares en todos los rincones de la urbe, “de tal suerte que en cada calle había uno”, y a veces cuatro, “uno por cada esquina”.

En contradicción con los antros sórdidos del tiempo de Lizardi, a aquellos bares los alumbraba la bombilla eléctrica, “la luminosa lágrima de Thomas Alva Edison”: por primera vez era posible atravesar la noche entre arañas de cristal.

Quien empujara la vidriera suelta y giratoria de un bar —escribe Ciro B. Ceballos— quedaba asombrado al primer golpe de vista, que le presentaba una multitud sedienta y alegre, apiñada en el muelle, como se llamaba al mostrador en que los cantineros preparaban y servían constantemente las bebidas heladas, cocktails deliciosos […] A poca distancia del muelle empezaba una larga fila de mesitas portátiles en torno de las cuales tres o cuatro amigos bebían y discutían apasionadamente, en medio de grandes carcajadas o de libres exclamaciones, o de comentarios picantes y agresivos sobre la nota política del día […] Si un desconocido no podía saldar la cuenta de lo que había bebido, el cantinero se apresuraba a decirle que no pasara cuidado, que pagara otro día, y ante aquella amabilidad nadie dejaba de ir a pagar lo que había quedado a deber […] Desde el primer vaso de cerveza preguntaba solícito el mozo qué bocado gustaba el señor que le fuera servido, y hecha la elección por el bebedor, volvía el criado con un platillo de ternera al horno, o de pescado huachinango a la veracruzana, o de pavo también al horno, bocados que le eran obsequiados sin cobrarle nada por ellos, y a los que el bebedor correspondía con una espléndida propina […] Aunque a las damas estuviérales vedado sentarse a beber en un bar, no les estaba vedado entrar y atravesarlo para ir a instalarse con los caballeros que las acompañaban en otro salón interior dispuesto y servido como restaurante; y al entrar o salir las damas acompañadas de un caballero descubierto, la parroquia bajaba la voz si sostenía una conversación libre, los parroquianos descubríanse o poníanse de pie si una dama les era conocida; y una vez que las damas franqueaban la puerta, la parroquia volvía a estallar en exclamaciones, en risas, en palmadas para llamar a los mozos de servicio.

El Bach se convirtió en el sitio favorito de Couto y sus amigos. Era atendido por el obeso Karl Bach, silencioso “como si la lengua humana no se hubiese hecho para él”. Portaba siempre el gorro de cocinero metido hasta las orejas y con un cuchillo filoso cortaba metódicamente “el pan, la galantina, el jamón, las lonjas de roast beef, los quesos magníficos, las sardinas plateadas, las suculentas pechugas de pavo” con que componía los mejores sándwiches que se comían en la ciudad.

En el Bach se ofrecían salchichas vienesas y bocks de cerveza oscura. Era uno de los bares más solicitados de México. Cada tarde sus mesas se veían colmadas de alemanes, españoles y franceses, dueños o empleados de las ferreterías, las mercerías, las casas de cambio, las camiserías y los bancos cercanos.

Cuenta Ciro B. Ceballos que los escritores del modernismo lo frecuentaban “noche a noche y día a día”. Todos ellos recalaban en alguno de los reservados después de entregar en periódicos y revistas sus artículos del día. “Desde el momento de la obscuración hasta la medianoche, no pocas veces desfilaba ocupando los asientos del fondo del salón, la caravana lírica”, relata Ceballos.

José Juan Tablada recordó años después las conversaciones, las bromas, las discusiones literarias, incluso las peleas a puñetazos en que se trenzaban los miembros del grupo. En 1893 él había publicado un poema erótico, “Misa negra», que escandalizó por su estilo inmoral a la esposa de don Porfirio, Carmen Romero Rubio.

Los versos finales rezan:

Quiero en las gradas de tu lecho
doblar temblando la rodilla…
y hacer el ara de tu pecho
y de tu alcoba la capilla.
Y celebrar ferviente y mudo,
sobre tu cuerpo seductor
¡lleno de esencias y desnudo,
la Misa Negra de mi amor!

Tablada fue censurado por los directores del diario en que escribía y decidió renunciar por medio de una carta pública, en la que prometió la creación de una revista “intransigente con cuanto interés no fuera el estético” y en la que nada estuviera vedado. Aunque no pudo reunir el dinero para lanzar la publicación, la idea se fue sazonando a través del tiempo.

De pronto, Bernardo Couto —entonces de solo 17 años “y con un talento que maduró en la adolescencia”, según afirma Tablada— regresó de Europa. Traía en la cabeza un mundo alucinante, fabricado bajo la inspiración de Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Edmundo de Goncourt, Paul Verlaine y Charles Baudelaire. Su arrojo y su espíritu transgresor hechizaron a los artistas del grupo.

Traía también una abultada cuenta bancaria que permitió el surgimiento de la anhelada revista prometida por Tablada: la Revista Moderna. Con el dinero de Couto, la reducida “caravana lírica” del Bach debutó en el primer número de la revista, buceando en aguas que acercaran a sus miembros a la “hora universal” del arte: el decadentismo y el parnasianismo.

Después de la aparición del primer número, Bernardo Couto se esfumó. No se supo de él en varios días. Sus amigos emprendieron una peregrinación por las cantinas de México: lo hallaron al fin, sucio, maloliente y en un estado lamentable. Tablada expresaría después sus remordimientos por no haber impedido que aquel muchacho, el más joven del clan, se arrojara a la bohemia con tan febril y destructivo entusiasmo. Pero Couto “era desconcertante por autoritario” y “con su aplomo y desembarazo” forzaba a los otros “a aceptar
su precocidad”.

En la cantina en la que lo hallaron les dijo que no pensaba seguir sosteniendo la revista.

—¿Estoy autorizado para hacer lo que me parezca? —le preguntó Jesús Valenzuela.

—Sí —dijo Couto, y se empujó otro trago.

Valenzuela tomó en sus manos la revista y organizó varias veladas que tenían como fin atraer a los artistas más destacados del país. Relata Campos que al finalizar las reuniones en que se congregaban músicos, pintores, poetas, escritores, traductores y críticos, todos se trasladaban en tropel al iluminado Salón Bach, en donde se unían las mesas, se entonaban canciones y se brindaba por el éxito de la revista.

Mientras tanto, Couto seguía su propia ruta hacia la destrucción. A su padre le preocupaban las cosas que escribía. Suicidios y homicidios ocurridos en universos macabros. Atmósferas asfixiantes, habitadas por alcohólicos, prostitutas y opiómanos. “Le van a decomisar sus libros y lo van a procesar”, se lamentaba.

Sus amigos, en cambio, veían la germinación de un escritor único que sólo habría necesitado tiempo. Un poco de tiempo. Las noticias sobre la vida de Bernardo Couto son desconsoladoramente vagas. Aparecen dispersas en los libros de memorias de sus contemporáneos. Uno de estos cuenta que el joven se enamoró de una prostituta llamada Amparo, con la que aparecía a las altas horas de la noche en los cabarets repletos de noctívagos, de cómicos, toreros y cantantes de zarzuela, que iban a buscar la fiesta al salir de los teatros: el “hampa de los trasnochadores elegantes” y de los “vividores que bebían al acaso”.

Aquellas orgías terminaban al amanecer. Amparo sacaba a su amante hecho un bulto y lo llevaba a cuestas hasta una habitación del Hotel del Moro, en donde Couto despertaba al mediodía, cuando ella se había ido a cumplir el ritual “de las sacerdotisas de Venus”: tomar un baño turco, darse un masaje y una ducha helada, nadar en la piscina, “a fin de estar apta para el combate de Eros”.

Tembloroso y febril, con las encías agrietadas y un sabor abominable, la joven promesa de la literatura inclinaba la cabeza en una jofaina de peltre para mal lavarse con agua fría. Bajaba tambaleante por la escalera y, con el sol lacerante de la tarde, se echaba a andar por la ciudad en pos de sus amigos.

Rubén M. Campos:

Cuando lo veíamos asomar a la puerta como un espectro envenenado de alcohol, Valenzuela pedía al mozo una copa de coñac y una botella de gingerale, la que vaciaba en un vaso con hielo, volcaba el coñac y ofrecía el enfermo el único remedio que hay —similia similibus curantur— para volver a la vida a un intoxicado de alcohol. Jesús Urueta veía aterrado al pobre niño que llevaba el vaso a la boca con manos temblorosas, el primer síntoma del delirium tremens, y bebía ávidamente hasta agotar el brebaje salvador y clamaba con voz sorda —¡Esto no es posible! ¡Esto no es posible!—, mientras pasaba su mano piadosamente por los cabellos de la víctima, la cual empezaba a reaccionar con una risa nerviosa, con la mirada acuosa, la boca hinchada y desgarrada, hasta que por el prodigio de la juventud volvía la sangre a circular y a vigorizar generosamente el corazón, ¡y el etilismo volvía a empezar!

Los escritores de la Revista Moderna habían ido al Bach para tomar la copa de la una, cuando llegó la infausta noticia. Bernardo Couto agonizaba en una vivienda de la calle Verde, a la que se había ido a vivir con Amparo después de pagarle a la dueña del burdel su “rescate”.

Aquel día le había sido imposible levantarse para proseguir su fuga. Ciro B. Ceballos y Rubén M. Campos salieron a la calle a buscar un coche de alquiler. Según la guía de Adolfo Prantz y José L. Groso, ese año había en la ciudad 88 sitios destinados a este tipo de carruajes. Los más cercanos al Bach estaban en 5 de Mayo y la calle de Gante. Era el 3 de mayo de 1901. Ese día, El Imparcial publicaba un anuncio que señalaba:

Los borrachos se pueden curar fácilmente.

La señorita Edith Williams desea que toda señora lectora de este periódico sepa de qué modo se valió para salvar a su padre. Usó un remedio sin olor ni sabor y lo puso entre sus comidas, curándolo sin que él lo supiera.

Había que escribir a algún lugar de Cincinnati, Ohio, para recibir “una muestra gratis”. Pero a Couto ni aquel remedio milagroso hubiera logrado salvarlo. Cuando sus amigos llegaron a la calle Verde, lo encontraron muerto. El diagnóstico fue: pulmonía fulminante. Amparo lloraba de manera apagada al lado de dos mujeres enlutadas. Se escuchó el ruido de un carruaje que se detuvo frente a la vivienda. Cuatro hombres elegantes entraron al cuartucho en el que estaba tendido Bernardo Couto. Eran un tío, un hermano y dos de sus primos. Se empeñaron en ver el cuerpo, aunque el médico lo había prohibido. Fue abierto el ataúd. Los familiares depositaron una corona al lado de este y desaparecieron.

El féretro fue llevado al Panteón Francés. El periodista Julio Sesto incluyó a Bernardo Couto en el libro La bohemia de la muerte, donde se refirió con dureza a sus vicios y celebró que la época de “las grandes borracheras” fuera quedando atrás.

A Amparo se la tragó la Ciudad de México. Aparece sólo como un fantasma en un libro de memorias y no queda siquiera una imagen de ella.

Los escritores del jardín modernista se siguieron agrupando en torno de las mesas del Bach. Los lunes comían goulash; los martes, “bisteque hamburgués”. Ahí buscaban construir una sensibilidad, una forma de ser poeta.

Algunos de ellos lo lograron. Los espejos del bar siguieron reflejando sus figuras, hasta que ellos mismos comenzaron a irse. Murió Jesús Valenzuela, murió Julio Ruelas, falleció Alberto Leduc. Se extinguieron también Jesús F. Contreras y Raúl Clebodet. Ceballos dijo que todos habían sido “víctimas del bar».

El propietario del célebre establecimiento vendió el salón y sus nuevos propietarios lo acorrientaron: solo lograron ahuyentar a los poetas.

Un siglo después íbamos a perseguir sus fantasmas. A fe mía que hubo noches en las que los encontramos.

 

Héctor de Mauleón
Periodista y escritor

Fragmento del libro La ciudad oculta 3 (Planeta), © 2022, Héctor de Mauleón. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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Publicado en: Sólo en línea