Sendero en tinieblas

El 4 de septiembre de 1974, Alberto Ulloa Bornemann fue detenido por la Policía Judicial del estado de Morelos en el municipio de Tlaltizapán; a la mañana siguiente fue trasladado a la vigésimo cuarta zona militar, de donde saldría horas después rumbo a una cárcel clandestina ubicada en el Campo Militar No. 1. Incomunicado en una celda de dos por dos metros, el militante espartaquista, colaborador ocasional de Lucio Cabañas Barrientes, pasará dos meses y medio desaparecido a merced de las torturas e interrogatorios de sus captores, agentes de la Dirección General de Seguridad.

Su testimonio se encuentra reunido en el libro Sendero en tinieblas (Cal y Arena, 2004), del que recuperamos este fragmento.


“Afortunadamente, el copioso estilo de la realidad no es el único:
hay el recuerdo también, cuya esencia no es la ramificación de los hechos,
sino la perduración de rasgos aislados”.
—Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego

Me llevaban sentado entre dos personas, en el asiento posterior de un Volkswagen; los ojos tapados con cinta adhesiva y vendado de medio rostro; maniatado dolorosamente con cinta adhesiva ancha por delante de la cintura; disimulado por un gabán militar oloroso a tabaco corriente, pero reconfortado en mi desamparo por el calor que brindaba el paño grueso a mi helada superficie corporal. Lo más absurdo de toda la situación era que el automóvil iba fallando y yo no quería que nos fuera a dejar tirados a la orilla de la carretera de cuota Cuernavaca-D.F., a medio kilómetro o menos de “La Pera”, como si me urgiera llegar al lugar donde era seguro que me iban a tratar peor de cómo ya lo habían hecho. Sin embargo, la condición de soledad de un paraje carretero, en medio de la noche, me provocaba escalofríos, y lanzaba mi imaginación a conjeturar las más terribles de las situaciones, por las que me podrían hacer pasar los desconocidos que me trasladaban por carretera en completo silencio.

Apenas habrían transcurrido unos quince o veinte minutos desde que me habían sacado del último lugar donde estuve detenido algunas horas hasta el anochecer. Y a pesar del vendaje, yo podía ver algo si miraba para abajo con mi ojo derecho, pegando mi barbilla al pecho. Era una rendija muy estrecha, pero, aun así, pude ver con claridad las botas y los extremos inferiores de las piernas del pantalón verde olivo del soldado que me recibió en la Zona Militar de Cuernavaca; me ayudó a salir del auto de los judiciales y me condujo a un cuartucho en el que había un grueso edredón, donde estuve recostado, aguardando a que me fueran a buscar, en cualquier momento, para interrogarme una vez más.

Mientras estuve tirado ahí —escuchando el golpeteo de una pelota de basketbol en un tablero y sobre el piso de una cancha, oía claramente las voces, las carreras y las frenadas de los jugadores, invisibles para mí—, intentaba permanecer calmado y alejar lo más posible el miedo, que quería apoderarse completamente de mi estómago, corazón y mente. Al otro lado de la puerta, que daba acceso al cuartucho, oía marchar de un lado a otro al centinela que poco antes me había llevado una torta de huevo de comer y un poco de Coca Cola para ayudar a tragarla.

“Si me dan de comer… es porque no me van a torturar por ahora”, pensé al sentir, sin identificarla de primer intento, la punta del birote presionando mis labios cerrados contra los dientes. Tuve que engullir, apremiado por la voluntad imperativa del soldado, bocado tras bocado, sorbiendo con ansia y alivio el líquido ofrecido, en riguroso silencio, por mi custodio. Una vez hube terminado de comer y beber, me escuché —asombrado de mi audacia— pidiéndole un cigarrillo al soldado invisible que me había alimentado. Sin palabras, fortaleciendo mi creencia en la solidaridad humana, el soldado había atendido mi solicitud, colocando un cigarrillo encendido entre mis labios, antes de retirarse de mi lado. Me quedé disfrutando el humo, aunque eso sí, sorprendido de recibir en ese lugar un trato considerado, quizás solidario, de un supuesto “enemigo de clase”.

Eso había pasado unas cuantas horas antes. Ahora el ronroneo del auto compacto se iba haciendo normal; de modo que me puse a pensar que si bien me iba, estaría en prisión al menos unos diez años. Aunque es idiota pensar eso —me dije en medio de un estremecimiento—, pues lo más seguro es que me van a desaparecer en el Campo Militar No. 1. No sabía qué había pasado con “Jacobo”, el compañero del MAR (Movimiento de Acción Revolucionaria) con quien me habían detenido frente al Balneario “Las Estacas”, a bordo del Vocho de “Isauro”, al regresar de bañarnos en el río. Tampoco sabía nada de los demás compañeros, que se habían quedado arrancando el frijol que la Organización (la nuestra) tenía sembrado entre una milpa en el terreno arrendado para tal fin. Recordaba que en el momento en que los judiciales morelenses nos dieron un cerrón con el auto que conducían, “Javier” y yo íbamos escuchando en la radio el inicio de 24 Horas de la tarde. Jacobo Zabludowsky decía algo sobre el suegro del presidente Luis Echeverría Álvarez, que estaba secuestrado por un grupo guerrillero de Jalisco. Veníamos despreocupados, frescos, aseados y satisfechos, de haber nadado en una hermosa manga del río, bordeada de altas matas de bambú, que corría al lado del camino. Nos habíamos zambullido placenteramente dentro de las verdes y transparentes aguas, durante media hora. De regreso a la parcela, yo conducía el auto de “Isauro”, e íbamos a reintegrarnos a los demás compañeros.

Apenas una hora y media antes, muerto de calor, tuve el impulso de ir a zambullirme al río, sirviéndome de la presencia del norteño “Jacobo” como pretexto, al proponerles a los demás llevarlo a conocer el bello paraje tropical del río bajo el puente; un lugar en el que los compañeros y yo nos bañábamos con frecuencia al pasar por allí. También había sido iniciativa mía invitarlo a participar en aquella reunión con “Dionisio” e “Isauro” y los demás compañeros; en especial, los de Playa Vicente, Veracruz. “Jacobo” venía de Chihuahua y traía la encomienda de hacerles llegar algo de dinero, a través de un contacto nuestro, a algunos de los “presos políticos” del MAR, recluidos en la prisión de Lecumberri. “Jacobo” y yo, habíamos estado ya en relación, pues un mes antes le había ayudado a regresar a aquella entidad en un automóvil prestado por un simpatizante de la Organización (Ramón); quien además me ayudó a manejarlo hasta la ciudad de Chihuahua, a donde transportamos a “Jacobo”, que llevaba para allá una carabina .30 M1 con dos cargadores de quince tiros, más una dotación extra de cartuchos útiles, amarrado todo a los resortes del asiento trasero del Volkswagen; así como también una gran caja de cartón repleta de botas de montaña.

Los tres habíamos salido del D.F., muy temprano en la mañana y manejamos por la carretera Panamericana casi sin detenernos hasta la ciudad de Chihuahua, a la que llegamos pasada la media noche. Hubiera sido un viaje cansado, pero tranquilo, de no ser porque, en los límites estatales de Durango y Chihuahua, nos topamos con un retén de la Policía Judicial Federal. Cuando vimos a lo lejos en la recta al policía judicial haciéndonos señas de parar, con la metralleta en la mano del brazo derecho, alzado a todo lo alto, los tres sentimos que hasta allí habíamos llegado en nuestra aventura revolucionaria.

Los federales tenían detenido un automóvil con placas gringas; a sus ocupantes les habían abierto todas las maletas y revuelto sus pertenencias. Uno de los agentes federales, se acercó al Volkswagen por el lado izquierdo y se inclinó hacía mí estirando el cuello para ver mejor al interior del compacto y a sus tres ocupantes. Me pidió enseguida que abriera yo la guantera, a la que se asomó con rapidez. Luego nos ordenó salir del vehículo y procedió a preguntarnos hacia dónde nos dirigíamos y cuál era el motivo del viaje. “Jacobo” le contestó que él era comerciante de calzado y que los tres éramos amigos e íbamos a la ciudad de Chihuahua a visitar a unos parientes de él. “Ramón” se identificó con una credencial de profesor de la UNAM y yo lo hice con una del Programa Campesino del Centro Nacional de la Productividad, en donde había trabajado unos seis meses atrás, por un lapso de tres años. El judicial le pidió a “Jacobo” que abriera el cofre del Volkswagen y empezó a revisar los maletines de mano, en los que cada uno de nosotros llevaba un cambio de ropa. Yo estaba seguro de no traer algo comprometedor en el mío y también creía eso de “Ramón”, pero no sabía qué más podría traer “Jacobo” entre sus pertenencias. Al terminar el registro de los maletines, el policía se acercó a mí y me pidió un cigarrillo y lumbre para encenderlo. Lo hice y me di cuenta que me lo pedía para observar si el pulso me temblaba. La verdad no sé cómo lo hice, pero no tembló mi mano al acercarle lumbre al cigarrillo. Me sentí en un agudo estado de alerta, pero en extremo frágil de existencia. El judicial federal se acercó de nuevo al carro y poniéndose en cuclillas, alargó el brazo derecho y con la mano buscó debajo de los asientos delanteros. Al momento de hacerlo, “Javier” y yo cruzamos una mirada de condenados a muerte a punto de recibir una descarga de fusilería; mientras, “Ramón” balbucía algo ininteligible y se apartaba unos metros para fingir una meada. De reojo, a punto del infarto, vi cómo el agente metía ahora la mano por una descuidada e imprudente rendija en una de las tapas inferiores del asiento posterior del Volkswagen.

Media hora más tarde, todavía no dábamos crédito a lo que había pasado. Se nos hacía increíble que el agente no hubiera volteado y dirigido la mano hacia arriba para registrar si llevábamos algo entre los resortes del asiento trasero. Probablemente, el tedio y el esculque severo del auto anterior al nuestro nos habían salvado en esa ocasión.

Uno de los militares, el que iba sentado a mi derecha, con seguridad un hombre robusto, se encimaba sobre mí asfixiándome y no paraba de moverse en el insuficiente espacio que tenía para sí en la parte trasera del Volkswagen. El motor del compacto parecía haber encontrado su equilibrio dinámico y avanzábamos en medio de un ronroneo continuo que invitaba al sueño. Calculé que estaríamos cerca ya de Tres Marías, por lo que pronto terminaría la subida de las montañas y el auto descendería con mayor velocidad a la Ciudad de México. En tanto, mi mente iba de un pensamiento a otro; de la imaginación de un virtual suceso, al recuerdo de episodios del pasado reciente, que podían tener o no relación directa con lo que me estaba sucediendo desde el mediodía anterior. Había también en mí en esos momentos, una pesada angustia y una galopante ansia al pensar en Tere, mi esposa, y en mi hija, Teresita. A las dos les había impuesto mi dedicación de tiempo completo a la Organización; con ello, mi ausencia frecuente, además de la carga económica del sostenimiento de ambas, pues yo había abandonado mi empleo para “servir al pueblo”. La primera noche de nuestra detención, en las oficinas de la Judicial de Morelos, en Cuernavaca, había yo cometido la estupidez de declarar, aturdido por el miedo, mi estado civil, mi paternidad y mi domicilio familiar y, de inmediato, el agente me había amenazado con detenerlas a ambas y trasladarlas hasta ese cuartel de policía para torturarlas y violarlas delante de mí. Toda la noche me la pasé con el alma en vilo, dentro de un pequeño separo de concreto que albergaba innumerables chinches que irritaban la piel de mis brazos y piernas con sus constantes piquetes, maldiciendo mi estupidez y mi cobardía; comprendiendo con angustia que si de verdad las llevaban hasta allí, yo no iba a permitir que las lastimaran y de inmediato iba a decir todo lo que sabía. Fue entonces que supe lo iluso que había sido, imaginándome ser un tipo valiente, incapaz de hablar aún con tortura. Pero no solamente había yo metido la pata en eso. También me atormentaba haber cometido el error de traer en el auto unas grabaciones en audiocassettes realizadas personalmente por Lucio Cabañas (“Miguel”) en la sierra de Atoyac de Álvarez, con una pequeña grabadora que, por encargo de él, yo mismo le había comprado; además de enseñarle a usarla. Igual, a ratos, me insultaba yo mismo por haber llevado además en el auto unos folletos chinos ilustrados, traducidos al español, sobre “La Guerra de Túneles” y “La Guerra Popular Prolongada”. No era habitual en mí cometer ese tipo de descuidos; al contrario, buscaba siempre no traer cosas o papeles comprometedores en el auto o en mis ropas. Nunca cargábamos armas encima o en los autos, aunque sí habíamos acopiado unas cuantas, que seguramente guardaban con celo algunos de los compañeros campesinos de la Organización. Incluso, cuando le serví como chofer por primera vez a Lucio Cabañas (“Miguel”), le pregunté si él y “Gorgonio”, su acompañante, irían armados durante el viaje que íbamos a efectuar a la ciudad de Durango, para hacer yo lo mismo. Pero Lucio (“Miguel”) me contestó que no iría armado; que nunca lo hacía cuando viajaba; que era mejor hacerlo de esa manera para no brindar pretextos a la policía; que bien a bien, por ese tiempo, el gobierno no tenía fotografías recientes de él. A propósito, me relató que unos pocos días antes una patrulla de la policía preventiva del D.F. lo había detenido al circular, conduciendo él mismo un automóvil, en la Calzada Ignacio Zaragoza en la entrada oriente de la ciudad. Puso de testigo a “Gorgonio” del suceso y añadió que ambos habían salido del problema dándoles unos pesos a los patrulleros. O sea, quiero decir que en general éramos más bien cuidadosos; buscábamos no llamar mucho la atención sobre nosotros y nuestras actividades. Casi a diario viajábamos en pareja, grupo o solos del D.F., a Morelos o el sur de Puebla, y en los años 73 y 74 era bastante frecuente toparse en los caminos vecinales con retenes militares o policiacos. Normalmente regresábamos a la Ciudad de México ya bien entrada la noche, aunque no era raro que nos quedáramos a dormir en alguna de las casas de los compañeros campesinos, o a campo abierto, una o dos noches seguidas.

Para mi fortuna, nunca detuvieron ni llevaron ante mí a Tere y a la niña. Meses más tarde, pude saber que el compañero “Isauro” se había esforzado por avisarles esa misma noche de mi detención, aconsejándoles salir de inmediato de la pequeña casa que rentábamos en el pueblo de Contreras y no regresar nunca más a ella. El buen “Isauro”, que se había quedado sin su Vocho, al ser detenidos “Jacobo” y yo a bordo del mismo, habría viajado probablemente en autobuses desde la parcela, ubicada a las orillas de Tlaltizapán, Morelos, hasta una remota colonia cercana a la Cabeza de Juárez, en el noreste del D.F., para sacar a “Esperanza”, su propia esposa (maestra como él) y a su hijita, “Susana” (dos años y medio de edad), del apartamento en que vivían; para, luego, volver a cruzar pasada la medianoche toda la ciudad de oriente a poniente hasta Contreras, en el extremo suroeste de la mancha urbana.

El fuerte olor a tabaco corriente proveniente del gabán que me cubría de miradas indiscretas, al tiempo que me cobijaba y proporcionaba calor, me provocaba unas ganas terribles de fumar; pero, esta vez no hallé en mí el desplante suficiente como para atreverme a pedirles a aquellos militares callados un cigarrillo. No podía adivinar en esos momentos lo difícil que me iba resultar poder fumar uno de allí en adelante, durante varios meses.

El automóvil había dejado de jalonarse durante la última parte de la subida; y ahora que descendíamos, el motor ronroneaba con suavidad y sin saltos. Pronto llegaríamos a la caseta de cobro de la autopista, a la orilla sur de la ciudad de México, y no me iba a ser difícil saber si tomaban el Periférico rumbo al Campo militar Número 1. Pasaba yo tan seguido por allí, que conocía con precisión los semáforos, los topes, las curvas y las entradas y salidas del Periférico; además del apestoso e inconfundible olor agridulce (a chucrut, decía mi mamá), despedido por la Fábrica de Papel de Loreto y Peña Pobre en las cercanías de Copilco. A todas esas señales fui prestando atención concentrada, de modo que cuando el militar que estaba sentado junto al que conducía el Vocho (en este momento caigo en la cuenta, ¡lento que soy!, de que probablemente me trasladaban en uno de los dos autos que nos “aseguró” la policía judicial de Morelos al momento de nuestra detención) dijo, para que yo lo oyera, que me iban a llevar por Indios Verdes, cerca de la colonia Lindavista, por el rumbo de la Basílica de Guadalupe, yo ya estaba cierto que se dirigían por el Periférico rumbo a las Lomas de Sotelo.

Cuando el auto compacto paró, después de salir a la lateral de la vía rápida y efectuar una amplia vuelta a la izquierda, como si lo hiciera alrededor de una glorieta; avanzando después un trecho recto, para enseguida dar una vuelta en “U” a la izquierda y regresar por lo que debía ser (supuse) una avenida de dos sentidos, hasta girar de nuevo, ahora a la derecha, y detenerse enseguida de cruzar unos topes, escuché al conductor decir a alguien que se acercaba por su lado, que nos estaban esperando allá adentro. El Vocho dio un leve respingo al arrancar otra vez y circuló a velocidad moderada como buscando algo, hasta detenerse un poco más adelante. El conductor dijo: “Voy a preguntar dónde es”, y abriendo la portezuela descendió del vehículo y se escucharon sus pisadas rápidas, nerviosas, alejándose de nosotros. Los pasos sonaban como si el militar fuera pisando un sendero de grava fina. Nadie tenía que decirme dónde nos hallábamos. ¡Al fin había llegado al tristemente célebre Campo Militar No. 1! Nadie me podría negar que verdaderamente me había esforzado y había hecho mi tarea lo suficiente como para llegar allí. A su regreso, el conductor venía acompañado de quien los iba a guiar al sitio que buscaban. Nadie habló; debió dirigir al chofer a señas. No tardamos en llegar, unas cuantas vueltas y el compacto volvía a frenar. Al ser liberado del peso que me oprimía del lado derecho, sentí de inmediato un par de manos que con fuerza me extraían del auto. Simultáneamente, tomé conciencia de la música tropical que a muy alto volumen agredía mis oídos. Quien me recibió, registró rápidamente mis bolsillos, encontrando —¡suertudo él!— un billete de cincuenta pesos que traía yo en el bolsillo de la camisola, además de arrancarme la chamarra de mezclilla que llevaba yo aferrada con ambas manos. Rápidamente fui tomado de ambos brazos y en vilo me llevaron escaleras abajo entre murmullos de voces diversas. La música estridente trajo a mi asustada memoria escenas del film “La Batalla de Argel”, de Pontecorvo, en las que torturan a los combatientes revolucionarios argelinos, mientras un fonógrafo tocadiscos a todo volumen. Los murmullos se habían apagado cuando me introdujeron a lo que parecía ser una celda por el ruido metálico del cerrojo y de la puerta al abrirse y cerrarse corriendo por un riel. A tientas, me coloqué de espaldas a la pared y traté de explorar el lugar a través de la diminuta rendija que permitía a mi ojo derecho atisbar un poco. Era, sí, una celda muy estrecha y con sólo un excusado sin tapa como mobiliario. Me sentí súbitamente muy cansado, así que primero me senté en el piso; luego, me quité los huaraches que calzaba y colocándolos a modo de almohada me acosté sobre el piso. No alcancé a relajar el cuerpo cuando ya estaban corriendo de nuevo la puerta de la celda y ordenándome a gritos e insultos ponerme de pie. Me sacaron en vilo de nuevo y así ascendieron conmigo algunos escalones hasta depositarme en una silla escolar de paleta. Alguien ordenó que me quitaran la venda y los parches de tela adhesiva de mis ojos; al hacerlo se llevaron buena parte de mis cejas y pestañas. Cuando mis ojos pudieron enfocar, vi sentados frente a mí y detrás de una mesa a dos individuos. El mayor de ellos vestía un suéter gris de cuello alto y pantalón de lana de tono más oscuro; llevaba el pelo cano muy corto, era blanco y de aspecto distinguido. El otro era más joven y tenía toda la facha de ser gringo o israelí e iba cubierto con una gabardina cruzada de color caqui. No pude dejar de pensar que era un agente de la CIA, lo típico de suponer en esos días. Pero había además un tercero que fue quien me arrancó la venda y los parches. En cuanto apareció frente a mí, estuve seguro de haberlo visto antes. A diferencia de los otros dos, éste era muy moreno, de nariz agüileña, boca de labios finos y pelo negro abundante y crespo. Pasé mucho tiempo después tratando de recordar dónde lo había visto, hasta que un día —¿ casualidad o destino?— llegó a mis manos un ejemplar de una revista (¿Por Esto; Política; Mañana; Hoy?) conmemorativo del 10 de junio de 1971, en cuyas páginas venía impresa una fotografía en la que figuraban varios halcones armados con carabinas M1, todos ellos parapetados detrás de automóviles estacionados en la Calzada México-Tacuba, frente a la Normal de Maestros, y de pie, volteando hacia el lente de la cámara, en actitud de enojo y protesta, con una escuadra .45 en la mano derecha, estaba este individuo de unos treinta y cinco años de edad.

El hombre del suéter de cuello alto, comenzó el interrogatorio preguntándome qué sabía yo acerca del grupo que había secuestrado a José Guadalupe Zuno, suegro del presidente Echeverría. Ante tal pregunta, provocadora e inesperada, pensé que sería el colmo ser torturado por algo que yo ignoraba por completo. Le contesté que lo que se decía en los periódicos, la radio y la televisión: el FRAP. No me hizo más preguntas de ese tipo, únicamente le pidió al hombre moreno que midiera mi estatura y como, al parecer, no estaba conforme con la manera como éste lo hacía, el mismo procedió a verificarla. El hecho me desconcertó y hasta llegué a pensar que lo que sucedía era que tomaban las medidas para mi féretro. Terminada la medición, fui regresado a la celda, siendo allí liberado de las ataduras de mis manos. Al poco rato, regresó el joven guardia, güero, bajo de estatura y fornido, quien abrió la puerta corrediza para pasarme por el hueco abierto entre la pared y los barrotes de la celda, un plato de plástico con arroz y frijoles y dos tortillas transparentes y quebradizas. Me espetó: “Aquí Dios castiga, pero da de tragar”. La música estridente sonaba todo el tiempo abrumándome los tímpanos. Provenía de una radio colocada a un lado de la escalera y siempre estaba sintonizada en estaciones como “la Charrita del Cuadrante”, o “la guapachoza, cosquillante, jacarandosa, Radio AI, Canal Tropical”. Comenzaba el estruendo a las seis de la mañana y terminaba a las diez de la noche; los únicos silencios ocurrían durante unos pocos minutos, cuando las radiodifusoras transmitían informativos; en esos momentos, nuestros guardianes cortaban la corriente eléctrica, para no verse obligados a descender por la escalera al nivel de las celdas, a sintonizar el aparato en otra estación; así evitaban que los detenidos supiéramos qué sucedía en el mundo exterior. También eran aquellos los únicos momentos a oscuras y los disfrutábamos mucho, deseando que se alargaran lo más posible. Lo que entendimos de esta conducta era que los custodios debían impedir que escucháramos noticieros para mantenernos desconectados del exterior y en medio del estruendo, con el objetivo de minar nuestra salud mental, debilitar nuestras defensas psicológicas; y desde luego evitar que escucháramos e identificáramos los ruidos provenientes de la superficie y los alrededores de la prisión clandestina, dificultando así la ubicación del lugar, para el hipotético caso de que decidieran dejar salir a alguno de nosotros de allí.

Sin embargo, ocurría que los jóvenes que nos daban de comer y nos conducían al salón de interrogatorios, además de auxiliar a los de la DFS (Dirección Federal de Seguridad) o a los oficiales de la Policía Militar a sumergirnos en la pileta de agua colocada bajo la escalera para darnos “pocito”; o darnos de golpes o aplicarnos toques eléctricos; o sacarnos de la celda los días sábado a bañarnos a cubetazos con el agua helada de la pileta, así como efectuar rondas regulares frente a las celdas que ocupábamos, eran como muchos seres humanos y buscaban esforzarse lo menos posible, evitando descender al nivel del sótano donde tenían colocado el aparato de radio.

Al poco tiempo de haber llegado allí, estuve seguro que estos jóvenes eran halcones. Pero ninguno de los que nos interrogaron, torturaron o vigilaron durante el tiempo en que me mantuvieron en ese lugar, se presentaron frente a nosotros con uniforme militar. Quizás alguna vez, uno de ellos, que se comportaba como si fuera el jefe del lugar, se presentó ante mí, acompañado de otro más, uniformados ambos, pero sin insignias en las camisas, y envueltos en gruesas chamarras grises de nylon con capucha colgando abierta hacia atrás sobre los hombros.

A poco de mi llegada, pude darme cuenta que “Jacobo” se encontraba también ahí; pues lo alcancé a ver cuando lo llevaban a interrogar al cuarto que estaba frente a la pileta y la escalera. Mi angustia al verlo pasar por el pasillo frente a mi celda conducido por dos halcones se debía al temor de que fuera a mencionar a “Dionisio” o a los otros compañeros que recién había conocido él en la reunión de la parcela en Morelos, y que esto me obligara a mí a enfrentar preguntas y presiones que no estaba seguro de poder resistir. A su regreso del salón de interrogatorio, era tanta mi inquietud que, a sabiendas de que era un riesgo estúpido, sacando un brazo entre los barrotes y estirándome al máximo, llamé la atención del ocupante de la siguiente celda, al que no podía ver, y le pedí que pasara la voz y le dijeran a “Jacobo” que no mencionara a “Dionisio” ni a “Isauro”. Nunca pude saber si lo hizo, pero pude constatar que no me preguntaron por ellos dos en esos días.

Las celdas estaban ubicadas en dos pasillos paralelos, unidos por un tercero, que era en el que se ubicaba el cuarto de interrogatorio y tortura y la pileta de agua, además de desembocar ahí la escalera. En ese momento, las celdas de ambos pasillos parecían tener ocupantes todas. Yo ocupaba ese día la segunda celda del pasillo ubicado a la izquierda del pie de la escalera. En la primera habitación de este pasillo, que era un espacio para observar, a través de una ventanilla disimulada en la pared, a quien era interrogado en el otro cuarto, el ubicado frente a la pileta, estaba recluida una joven de acento costeño, a la que oía conversar con uno de los custodios que la frecuentaba, al parecer con ánimo de ligue. En la celda anterior a la mía, escuchaba yo además otra voz joven, también con acento costeño, al parecer de un hermano de ella. La iluminación de los pasillos la proporcionaban focos desnudos de luz amarillenta, colgados delante de cada celda. Desde el interior de las celdas, seis en el primer pasillo, cinco en el segundo (me parece recordar), la única y monótona vista era la pared enjalbegada, coronada por tres respiraderos protegidos por varilla gruesa. Como decía, al dar comienzo los informativos radiofónicos, los guardias cortaban la corriente eléctrica y durante unos minutos, si era de día, veíamos entrar la luz por los respiraderos y nos entreteníamos viendo la flotación de cientos de partículas de polvo, al tiempo que jugábamos a sacar las manos “al sol” por entre los barrotes pintados de color ocre, gozando solitaria y colectivamente del silencio y la relativa oscuridad.

No recuerdo los detalles de la primera noche que pasé allí. Es probable que haya dormido bien, dado que no lo había podido hacer la noche anterior. Con seguridad he de haber despertado sobresaltado por la violencia del volumen de la radio, encendida con fastidiosa puntualidad militar a las seis de la mañana. Uno de los halcones de turno, efectuaba una ronda por las celdas y, en seguida, barría y trapeaba los pasillos frente a ellas. A esa hora tan temprana, el otro custodio, pareja del barrendero-trapeador —alternaban tareas cada tercer día—, se encargaba de traernos el desayuno, desde una cocina ubicada, al parecer, no lejos de allí. Invariablemente, nuestros carceleros nos despertaban sintonizando un programa de complacencias musicales de las canciones de Pedro Infante.

No nos faltaba el alimento, ya que nos era entregado desde muy temprano en la mañana, cumpliendo horarios regulares —los mismos de la tropa, deducía yo— aunque era más bien escaso, propio para bajar los kilos de más que trajera uno consigo. Para beber se nos entregaba un vaso de plástico pequeño con agua de limón y el agua adicional para saciar nuestra sed debíamos sacarla del depósito sin tapa del escusado. También se nos entregaba un cepillo de dientes usado —quién sabe por cuántos antes—; a veces, después de la comida, un guardia pasaba con un tubo de pasta y nos ponía una poca en las cerdas para que nos cepilláramos la dentadura. La ordenanza profiláctica era —pienso yo— preventiva de crisis dentales de los detenidos-desaparecidos por las consecuentes molestias físicas para nosotros y las complicaciones prácticas para los carceleros, que algo tendrían que hacer para remediarlas o calmarlas.

Cerca de las diez de la mañana, vinieron por mí dos individuos. Uno de ellos, moreno claro, remilgado en el vestir y en su apariencia física —bigotillo recortado muy delgado; copete prominente—, era uno de los halcones que nos vigilaban, asumiendo todo el tiempo una actitud negativa, especialmente conmigo; aunque interesada y, en cierta forma complaciente, en relación a “Javier”. El otro, de tez más blanca, ojos café claro, de mayor estatura, daba las órdenes. Traía una férula de yeso cubriéndole la mano y el antebrazo derecho.

Sin decir palabra, abrieron la celda y me condujeron al cuarto localizado frente a la pileta. Allí me ordenaron desnudarme, amarraron juntas mis manos por detrás de mí cintura, vendaron mis ojos con unos trapos sucios y, de pie, me aplicaron electricidad en las tetillas con un cable simple pelado de las puntas, después de mojarme el torso, al tiempo que con insultos me conminaban a confesar en qué asaltos y secuestros había participado. Cuando, en medio del dolor, comenzaba a balbucear una respuesta negativa, recibí un tremendo golpe en mi costado izquierdo que me mandó fulminado al piso. No podía respirar y las piernas y brazos no me respondían.

—¡Párate, hijo de la chingada!, oía que me gritaban, mientras literalmente veía estrellitas.
—¡Espérate tantito!, gemí como pude sin poderme mover.
—¡A quién le hablas de tú, hijo de la chingada!- me contestó el que mandaba, al tiempo que comenzaba a patearme el cuerpo con fuerza.

No sé cómo me incorporé, pero comprendiendo que el tipo me había golpeado con la férula de yeso y que me iba a destrozar las costillas a golpes con ella, decidí aceptar mi participación en el traslado de unas pocas armas viejas al estado de Guerrero, que había realizado solo y que había entregado en un punto desierto de la carretera Acapulco-Ometepec, en la Costa Chica.

La declaración me salvó momentáneamente de mayores castigos. El militar se puso contento de haberme obligado a reconocer tan rápido mi participación en actividades subversivas y me envió de regreso a la celda. Una vez vuelto a encerrar, vi pasar a “Jacobo” conducido por el mismo halcón. “¡Ahora le toca a él!”, me dije con temor por ambos, mientras exploraba con cuidado mi adolorido y, quizás, fracturado costillar izquierdo. No me había ido tan mal, después de todo. Todo había sucedido con rapidez. Me preocupaba que más podría venir.

No tardaron mucho con “Jacobo”. Pronto lo vi pasar de regreso a su celda. No parecía haber sido muy maltratado. Cuando sacaban a alguien, uno podía cortar con un cuchillo el espeso silencio que se producía entre los ocupantes de las demás celdas. Los corazones latían acelerados, las bocas se secaban y las respiraciones se reducían al mínimo. Era práctica usual que, al interrogar a alguien, los halcones apagaran la radio, de modo que los demás prisioneros pudiéramos escuchar los gritos de dolor del desafortunado en turno. No recuerdo ahora en qué preciso momento fue, pero ocurrió en los primeros días de mi arribo al lugar, que llevaron a un joven educado (así lo delataba la voz) que nunca vi, pero que fue sumergido varias veces dentro de un tambo lleno de agua hasta la asfixia. ¿Cómo puedo asegurarlo, si no lo vi? Sólo puedo decir que ya no le oí más y que alguno de los torturadores dijo: “Este cabrón ya se nos fue”. Luego, con rabia y temor contenido, los escuché subir la escalera en marcado silencio, como si les pesara el ánimo por lo que acababan de hacer.

No se si he logrado describir el ambiente del lugar en ese primer periodo de mi detención-desaparición. Prácticamente había “casa llena”. Los halcones acostumbraban sacar de la celda a uno de nosotros para que les ayudara a repartir los alimentos, sosteniéndoles la charola en la que acarreaban los platos llenos, mientras uno de ellos los introducía por entre los barrotes a las celdas, para que nosotros pudiéramos tomarlos. Creo recordar que en esos primeros días sacaban al mismo siempre. Este compañero, supe más tarde ahí mismo, era el profesor Inocencio Castro, quien había hecho los contactos y arreglos para que Rubén Figueroa acudiera a entrevistarse con Lucio Cabañas (“Miguel”), en un lugar de la sierra guerrerense, donde sería sorpresiva y ventajosamente retenido por el atoyaquense.

Por momentos, se producía cierto bullicio y se alcanzaban a escuchar, a pesar del volumen de la radio, que arrojaba sobre nosotros sin misericordia las cumbias, boleros y baladas de éxito del momento, los murmullos de las conversaciones. Una de las primeras tardes (mi pésima memoria no me ayuda a precisar cuál), cuando intentábamos una siesta a pesar de la radio, con las orejas rellenas de migajón de pan para amortiguar el ruido, nos sorprendió el estrépito producido por gente al bajar en tropel las escaleras y avanzar por el pasillo frente a las celdas. Mientras algunos de ellos caminaban hasta el fondo, revisando a los ocupantes de éstas, otros dos, acompañados de un halcón, el güero fornido, reservista del equipo América (según comentó a uno de los detenidos), se detuvieron frente a mi celda, ordenándole a éste último abrir la reja.

Eran muchos agentes, cinco o seis, me rodeaban y me tenían sentado en la silla escolar de paleta, en el cuarto de interrogatorios. El jefe lucía típico, grandes lentes oscuros, bigote finamente recortado, enorme esclava de oro en la muñeca de la mano derecha, Rolex de oro en la muñeca de la izquierda, dos anillos, uno de oro con brillante, en el anular izquierdo, otro de platino con rubí, en el derecho. Habló el comandante: “Está usted en poder del Gobierno Federal. Para usted ya se acabó el anonimato, la clandestinidad. Recuerde que según sus propias reglas, usted estaba obligado a guardar silencio durante las primeras setenta y dos horas a partir de su detención y éstas ya pasaron. Debe entender que entre nosotros y usted hay un abismo infranqueable, que sólo podrá superar si coopera con el Gobierno Federal. Soy todo oídos… díganos su historia”.

Como no tenía nada elaborado de antemano, comencé a tejer una historia sobre la marcha. Inventé que me había metido en el activismo revolucionario a partir del reencuentro con un excompañero de secundaria, José Luis Díaz González (“Rubén”), con quien había coincidido en una conferencia sobre la guerra de Vietnam en la UNAM. Ambos estábamos interesados en el tema y al término de la lectura de unas proclamas y del debate posterior, fuimos a beber una taza de café al Sanborns de San Ángel Inn, a recordar viejos tiempos en la Escuela Secundaria de la Ciudad de México (The Mexico City School), de Campos Elíseos y Lamartine, en Polanco. Después de ese encuentro vinieron otros muchos más y así nos fuimos internando en los temas revolucionarios del momento, Cuba, Fidel Castro, el Che Guevara, Mao Tse Tung y la Revolución Cultural China, etc. Al poco tiempo, José Luis me propuso participar activamente en la transformación revolucionaria de México y me invitó a comprometerme con el movimiento revolucionario mexicano, hablándome por vez primera de la lucha del Partido de los Pobres, cuyo líder, Lucio Cabañas Barrientos (“Miguel”), dirigía desde las montañas de Guerrero (la verdad era otra: yo había ingresado a la Liga Comunista Espartaco a mi regreso de un viaje ingenuo y torpe a la isla de Cuba en el año de 1967, y mi primer contacto y posterior jefe de célula, “Luis”, con los años alcanzó un Premio Nacional de Medicina). Les conté que habiendo aceptado la invitación de José Luis (“Rubén”), fui cumpliendo diversas tareas, algunas sencillas y fáciles, otras, como el traslado de armas (una vez) o de compañeros a Guerrero (varias veces), llenas de riesgos. Mientras yo hablaba, uno de los agentes escribía notas. No pude percatarme si además traían con ellos una grabadora. Cuando detuve la narración, el comandante dijo en tono de sentencia: “Muy bien, ya escuchamos lo que usted nos quiso decir. Ahora vamos a ver qué es lo que no nos ha querido contar”. Ordenó tronante: “A ver, ¡quítenle la ropa! ¡Ustedes dos, amárrenle las manos por detrás y véndenle los ojos!”.Quise protestar, alcanzando sólo a balbucear incoherencias, mientras me arrancaban la ropa, me maniataban por la espalda y amarraban una sucia tela alrededor de mi cabeza y sobre los párpados de mis ojos. El comandante volvió a ordenar severo: “¡A la pileta! ¡Vamos a ver qué tanto no nos ha dicho este pendejo!”.

Me llevaron en vilo y antes de que pudiera inventar otra historia, varios agentes me habían sumergido de cabeza y de espaldas dentro del agua fría y turbia de la pileta. Entonces recordé cómo debía actuar y sacando fuerzas de la desesperación agité y levanté mi cuerpo lo más que pude, tratando de salir fuera del líquido. Un compañero que ya había pasado por la experiencia del “pocito” me instruyó que debía luchar con vigor apenas me sumergiesen en el agua, para que los torturadores no pudieran determinar en qué momento comenzaba realmente la asfixia. En mi cerebro, con gran angustia, buscaba una historia creíble que decirles por que no quería señalar a nadie. Entraba y salía del agua cada vez con mayor apuro. El corazón retumbaba dentro de mi pecho, mis pulmones, al punto del estallido, exigían imperiosamente su cuota de aire, en medio de las convulsiones de la tos, provocadas por el agua introducida en los bronquios. Como pude les prometí hablar. El comandante me agarró fuertemente del pelo y me eructó amenazante: “¡Donde salgas con una mamada, te rompo la madre, cabrón!”.

Opté por describirles mi participación, en calidad de invitado especial y como miembro de la delegación jaramillista en la Segunda Reunión del Partido de los Pobres, en plena sierra de Atoyac, durante el mes de mayo del año anterior (1973). Describí a grandes rasgos las tendencias ideológicas y políticas manifestadas en la misma; las distintas organizaciones invitadas ahí presentes (PCM, Unión del Pueblo, MAR, Liga Comunista 23 de Septiembre, y Jaramillistas-Espartaquistas); el número aproximado de los reunidos (cerca de doscientos; la mitad, invitados a la reunión); negando conocer identidades y procedencias individuales, dado que todos usábamos seudónimos y habíamos subido a los cerros por diferentes lugares, guiados por personas que no conocíamos. Aunque hubiera estado obligado a decir más, me era imposible hacerlo, pues había dependido de un contacto en Acapulco, al que únicamente podía localizar el compañero “Isaías”, miembro de la Dirección de la Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, a quien yo conocía por haberle ayudado a transportarse del Distrito Federal al puerto guerrerense y viceversa, en varias ocasiones. Describí también el debate desarrollado entre Lucio (“Miguel”) y el pequeño grupo de la Liga Comunista 23 de Septiembre (cinco personas: “Joel” y “Silvia”, “Renato”, “Roque” y “Julián”, inicialmente invitadas a pasar un mínimo de tres meses con el grupo de Cabañas), acerca de si era correcto redactar volantes incendiarios, provocadores e insensatos para repartirlos a los trabajadores empleados en la construcción de caminos rurales, invitándoles a armarse y bajar a Atoyac de Álvarez a expropiar alimentos, medicinas y ropas para ellos y sus familias; todo ello a espaldas de la dirección de la Brigada, contradiciendo sus directrices políticas y actuando de manera abiertamente saboteadora y divisionista en su seno, acusando en corrillos a Lucio de caudillo, populista y reaccionario. Pero, de manera principal, buscando matizar mi posición política frente a esas dos organizaciones guerrilleras, me esforcé por describirles lo que nuestro grupo, remanente del seccional campesino Ho Chi Min, de lo que fuera la Liga Comunista Espartaco, pensaba que debería ser la línea del movimiento popular, armado o no; que debía nutrirse del contacto estrecho con los campesinos y los obreros, de sus experiencias y sabiduría, teniendo en cuenta el contexto general del país y el mundo, tratando de no imponerles nuestras concepciones ideológicas ni forzarlos a hacer cosas de las que todavía no estaban convencidos. Les expliqué, en afán de deslinde ideológico y político, que en nuestra organización teníamos coincidencias con varios de los planteamientos y prácticas de Lucio, pero que discrepábamos en muchos otros, algunos de ellos fundamentales, como el desarrollo de la guerra de guerrillas al estilo “foquista”, en el que el guerrerense caía con frecuencia, olvidando su propia génesis. Esto era rigurosamente cierto, pero me abstuve de decirles a los federales que la colaboración solidaria de nuestra organización con el Partido de los Pobres y su Brigada de Ajusticiamiento venía de lejos; desde la decisión de Lucio de luchar en la sierra con las armas en la mano y se basaba en el conocimiento y la confianza generada en el cumplimiento de compromisos mutuos entre los cuadros dirigentes de ambas organizaciones; también, del origen guerrerense de “Dionisio” e “Isauro”, quienes habían estudiado como el propio Cabañas en la Normal Rural de Ayotzinapa. Me circunscribí en el interrogatorio a continuar la historia inventada por mí al principio de la sesión de ese día, sosteniéndome en que José Luis Díaz González (“Rubén”), era quien me había invitado a la reunión del Partido de los Pobres en las montañas.

El comandante mostró especial interés en el contenido de las cintas grabadas por Lucio (“Miguel”); quería saber más acerca de los planes de dividir en tres grupos relativamente autónomos a la Brigada (en esa época integrada por unos cien combatientes) y hacerlos operar en tres regiones distintas de la zona; le contesté que lo único que sabía era lo que Lucio decía en la grabación; me interrogó asimismo sobre cómo habían llegado a mi poder y qué destino pensaba darles. Le dije que José Luis (“Rubén”) me las había entregado para que las reprodujera, dado que yo tenía experiencia en eso (lo que era cierto), y que íbamos a distribuir las copias entre los distintos grupos con los que teníamos contacto, buscando influirlos para que abandonaran en la práctica revolucionaria el foquismo voluntarista en el que caía con frecuencia Cabañas.

La historia real era otra. Había sido “Gorgonio” quien me había entregado las cintas grabadas en propia mano, como Lucio (“Miguel”) le había indicado que hiciera. Esto ocurrió en Santa Clara, en la casa de “don Cata”, un compañero obrero, cuya familia simpatizaba con la organización. Fue la vez en que Lucio envió a Gorgonio a plantearnos la tarea de recibir el dinero pedido por el secuestro de Rubén Figueroa. En torno a esa acción de la Brigada de Ajusticiamiento, la mayoría de nosotros había externado su completo desacuerdo. Nos parecía que los revolucionarios no debían comportarse como la burguesía. Que nuestros tratos deberían ser confiables en toda situación. Que aunque se tratara de alguien como Figueroa, los revolucionarios deberíamos respetar nuestra palabra. Que, en general, las demandas exigidas por Lucio para liberarlo eran excesivas, y la de exigir la libertad de todos los presos comunes, errónea. Ya había conocido temprano la lista de demandas que Lucio tenía pensadas para cuando secuestrara a un pez gordo. Fue en ocasión del secuestro del cónsul norteamericano en Guadalajara, Terrance George Leonhardy; cuando el FRAP exigió a cambio de su vida, la libertad de un numeroso grupo de presos políticos de varios grupos y su traslado a Cuba. Lucio era entonces huésped mío. Veíamos la televisión en el comedor de la casa que yo rentaba en esos días en la colonia Jardín Balbuena (Retorno cuatro de Iglesias y Calderón). Zabludowsky daba la noticia y Lucio me comentaba lo que él exigiría por un personaje equivalente. Recuerdo haberle dicho que yo creía que iba a llegar el momento en que el gobierno burgués no cedería nada a cambio de nadie, como de hecho ya había pasado en Brasil y Uruguay. Lucio discrepó conmigo y me aseguró que él sabría arrancarle al gobierno todas sus demandas.

En cuanto a la tarea que Lucio nos proponía a través del compañero Gorgonio, en lo que a mí respecta, dije que no participaría en dicha acción y que estaba en desacuerdo en que la organización se involucrara en ella. Sentí temor, angustia y pena, todo a la vez, al decidirme a hablar en contra de la invitación. Era la primera vez que me oponía abierta y muy expresivamente a participar en algo, pero sentí claramente que no deberíamos involucrarnos, pues si lo hacíamos nos iban a partir la madre a todos, sin duda alguna; cosa aparte, el real desacuerdo ideológico y político que tenía yo frente a las acciones de secuestro. La lógica y, quizás, la instintividad del alegato, ayudaron a que “Dionisio”, “Isauro” y los demás compañeros que ahí estaban reunidos, coincidieran en rechazarla también. “Gorgonio” pareció comprenderlo; con sencillez dijo que no nos preocupáramos, que tenían otras opciones. Luego, más tarde, en corto, nos contó que “el viejo cabrón de Figueroa” se les había escapado dos o tres veces a sus vigilantes, vencidos estos por el sueño; ellos mismos, muy encabronados y asustados, lo habían encontrado y vuelto a capturar monte abajo. También nos contó, que la mayoría de los integrantes de la Brigada de Ajusticiamiento quería fusilar a Rubén Figueroa tan pronto recibieran los cincuenta millones exigidos por su rescate. La confidencia nos disgustó aún más. Era la prosecución lógica de la celada puesta al cacique guerrerense y era previsible el costo político que acarrearía a la credibilidad del movimiento popular, armado o no, tal medida. También me sorprendió el relato que nos hizo “Gorgonio” sobre el problema del consumo de mariguana entre varios de los integrantes de la Brigada. Nos contó que ante el problema de algunos jóvenes que se ausentaban del grupo, internándose en el monte para fumar la hierba, Lucio (“Miguel”) les había permitido consumirla en el campamento, lo que había traído como consecuencia que esos muchachos cargaran en sus mochilas montones de hierba y dejaran de lado otras cosas esenciales para sobrevivir en la sierra. Todo esto nos lo narró “Gorgonio” como si desaprobara esas decisiones de Lucio (“Miguel”). Agregó que varios de estos jóvenes habían sido reclutados en barrios de la sierra, donde era costumbre dedicarse al cultivo y comercio de la mariguana y la amapola. Quizás —reflexiono ahora—, estas situaciones eran, hasta cierto punto, “naturales”; producto del medio económico, social y político; de la historia local; de una cultura popular limitada y condicionada por la ausencia de educación formal; por el exceso de pobreza y por la brutalidad de la opresión caciquil, varias veces centenaria, perfeccionada en las últimas décadas por el PRI. La Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, al estar integrada principalmente por atoyaquenses, no podía ser ajena a las virtudes y defectos sociales de la región, del estado de Guerrero y, desde luego, del país. La práctica de la Brigada de permitir entrar y salir del grupo armado cada tres meses a campesinos que mostraban disposición, curiosidad o algún interés muy particular y concreto, muchas veces utilitario, criticada por el grupo expulsado de la 23 de Septiembre, tenía algún grado de razón, pero no completa. Porque la idea de Lucio se apoyaba en las experiencias históricas de las guerras de Independencia, Reforma (intervenciones francesa y norteamericana) y la Revolución de 1910 (Emiliano Zapata y el Ejército Libertador del Sur, fundamentalmente). En algunas jornadas labriegos, en otras combatientes guerrilleros. Como estrategia y táctica de guerra popular prolongada, el planteamiento parecía correcto, pero, en términos del capital humano real, condicionado por estructuras sociales precarias y reprimidas políticamente, la necesidad, siempre oportunista, empuja a la traición y ésta a la delación. Pienso ahora que en esta contradicción estuvo una parte de las razones del fracaso de Lucio Cabañas Barrientos y de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres. Contradicciones en el seno del pueblo —Mao dixit— que el enemigo de clase supo utilizar con eficiencia; además de la subestimación del enemigo y de la sobrevaloración de las condiciones objetivas y subjetivas del campesinado guerrerense y el del resto del país.

Digresiones aparte, el comandante se mostró asimismo intrigado por entender la motivación de alguien como yo, clasemediero, educado en una universidad privada católica, que hace a un lado las oportunidades que su origen familiar y su educación le ofrecen en la vida y decide meterse en una enorme bronca como esa, en la que nada tiene que ganar y sí mucho que perder. El interrogatorio duró unas tres horas y conforme los agentes se fueron sintiendo satisfechos de la información proporcionada por mí, la tensión fue desapareciendo y me ofrecieron refresco y cigarrillos. Al final, el comandante ordenó que me dejaran una cajetilla de Raleigh con boquilla (“Déjenselos todos, al fin que no va a volver a fumar en mucho tiempo”, dijo en tono de falsa conmiseración, que a mí me perturbó mucho); cigarrillos que compartí con “Jacobo” y alguien más que no recuerdo ahora. El comandante me dijo antes de irse que volverían al día siguiente con el Ministerio Público para hacer mi consignación. Me regresaron a la celda y me quedé oscilando entre la esperanza de que fuera cierto, a la que daba aliento mi corazón, y el escepticismo, que prevenía con lógica mi razón.

No puedo recordar ahora qué pasó esa vez con “Jacobo”; me falla la memoria acerca de si fue o no sacado de su celda para ser interrogado, aunque eso hubiera sido lo lógico. Me parece extraño no recordar algún tipo de violencia en el lugar con posterioridad a mi regreso a la celda. Esto no quiere sugerir nada negativo en relación a “Jacobo”, sino que si fue interrogado, la sesión fue más rápida que la mía y sin alguna violencia que yo hubiera podido registrar.

Al día siguiente no pasó nada, tampoco al tercero, ni al cuarto, ni al quinto, así que pronto comprendí que había sido un engaño del comandante anunciar mi consignación ante un juez. La idea de mi desaparición, sin dejar rastro ni vestigios a mi esposa, hija y padres, comenzó a angustiarme seriamente. Me pasaba las horas pensando cómo avisarles de mi detención-desaparición. Calculaba cómo reaccionaría alguno de los halcones si, prometiéndole alguna recompensa económica de parte de mi padre, le proponía llevarle un mensaje en el que le dijera que estaba vivo y dónde me tenían. Pero me daba miedo equivocarme y dudaba de arriesgarme con alguno de ellos. No paré de fantasear todo el tiempo sobre qué tendrían que hacer Tere o mi papá; a quiénes podrían acudir. Repasaba en la memoria a los amigos o conocidos de mi padre, quien era publicista de muchos años y conocía a mucha gente en los diarios principales del país. Intentaba comunicarme mentalmente con Tere —obviamente sin éxito—, para hacerle saber que estaba vivo y que me esperara, que no se fuera a olvidar de mí. Me imaginaba, con real angustia y temor, situaciones trágicas, como verme regresando años más tarde a la última dirección de nuestro hogar en Contreras, confirmando en medio de un gran dolor y desesperación que mis dos Teres ya no vivían allí. O a Tere viviendo con otra pareja, después de esperar en vano por mi regreso. O a Tere convencida de haber sido abandonada por mí a causa de otra mujer. En fin, las largas horas muertas de la reclusión no podían permanecer vacías; había que ocuparlas en alguna actividad o fantasía, en ejercitar los músculos o jugar ajedrés con el compañero de la celda de al lado; moviendo piezas elaboradas con migajón sobre un cartón cuadriculado en negros y blancos, como hacía Ignacio Salas Obregón (“Oseas”), líder de la Liga Comunista 23 de Septiembre, aprehendido herido durante una balacera en Tlalnepantla, quien llevaba detenido-desaparecido desde septiembre de 1974, cerca de cinco meses allí en el Campo Militar No. 1.

Un momento. El recuerdo de esto último me trajo a la memoria un pasaje de ese día. El comandante que me interrogó (muy probablemente lo hizo también a “Jacobo”, ahora estoy más seguro), pasó delante de las celdas y llegó al fondo del pasillo, deteniéndose durante veinte o treinta minutos frente a la reja de la celda ocupada por “Oseas”. A mí me pareció una eternidad. Nadie se movía en las celdas ni en el pasillo, nadie se atrevió a carraspear siquiera. Se escuchaba como un murmullo continuo la voz queda y apagada del comandante. No alcance a oír si Salas Obregón (“Oseas”) llegó a contestarle algo. Supuse que el comandante le  estaría amenazando u ofreciéndole algo a cambio de información. Luego me comentaron (uno de los más antiguos en el lugar) que “Oseas” se mantenía firme y duro, y que se había alegrado cuando supo que sus compañeros habían ejecutado en Guadalajara al industrial Ignacio Aranguren, a quien habían secuestrado y por quien pedían rescate. No muchos días después, una noche vinieron por él y por un grupo numeroso de compañeros, al parecer, de Guerrero; entre ellos, si no confundo la ocasión, iba el profesor Inocencio Castro, quien había exclamado unos días antes: “¡Ya me llevó la chingada! ¡Me van a matar!”, al enterarse en la radio, por un descuido de los halcones, que Rubén Figueroa había sido liberado de sus captores por el Ejército. Se los llevaron a todos ellos vendados de los ojos y maniatados, uno tras otro, en fila india. A los que permanecimos ahí, nos gritaban insultos y amenazas para que mantuviéramos la vista en la pared posterior de la celda, dando la espalda al pasillo. Al cesar el estrépito de los gritos y los movimientos de gentes, de vuelta a la normalidad, a la radio y la música “guapachosa y cascabeleante”; recobrado el ritmo cardiaco y respiratorio, pudimos percatarnos que habíamos quedado sólo tres de nosotros. Habían vaciado casi el lugar. Las celdas del pasillo de atrás estaban solas también. Durante un día o dos nos dejaron a “Jacobo”, a “Noé”, un desconocido que decía haber sido detenido-secuestrado en el estado de Hidalgo siete meses antes, y a mí, encerrados en las celdas centrales consecutivas del pasillo de enfrente; de modo que a ratos, en los silencios reglamentados de la radio, de los que he hablado antes, podíamos conversar un poco y, por las noches, especialmente aquellas en que le tocaba turno a la segunda pareja de guardia de los halcones que nos vigilaban, contar chistes colorados y desternillarnos de risa nerviosa durante horas hasta el amanecer. Uno de los integrantes de esta pareja, un individuo moreno con rasgos aindiados, pelo lacio, ágil de mente y cuerpo, de tanto en tanto nos regalaba en las noches tortillas duras tostadas con sal, lo que era un verdadero agasajo para nosotros. Este halcón decía que después de repartirnos las tostadas, iba a sentarse en un escalón en la parte superior de la escalera, para escucharnos masticar con fruición los pedazos de tortilla dura con sal que nos preparaba. Este mismo sujeto tenía gran interés en mis fuertes huaraches otomíes y cada vez que se topaba conmigo les dirigía miradas codiciosas. Además de las tortillas, era de los que, de vez en cuando, nos regalaba un cigarrillo o un fósforo para encender una colilla tirada por alguno de los otros halcones, que “Jacobo” o yo (“Fausto”) hubiéramos podido recoger del suelo del pasillo de acceso a las celdas. Para ambos, fumar se convirtió en una obsesión. Desde que abríamos los ojos al amanecer, empezaba nuestra lucha para conseguir una colilla o un cigarrillo completo. Desarrollábamos toda clase de estratagemas. El colmo fue que llegamos a liar briznas de tabaco en papel sanitario o de periódico, lo que nos producía irritación de garganta, toses y náuseas.

Como al mes de estar ahí, llevaron detenido a un joven que se identificó con nosotros como militar. Parecía un caso de deserción, pero de todas formas mantuvimos distancia con él, no fuera a ser un espía. Estuvo unos días recluido en una celda próxima a las nuestras y cuando se lo llevaban del lugar, alcanzó a ponerme en la mano un billete de veinte pesos. Nos quedamos intrigados por su comportamiento, sin poder asegurar de qué se había tratado. “Javier” propuso que le pidiéramos a uno de los custodios que nos comprara unas cajetillas de cigarrillos y unos fósforos. Yo tenía mis dudas, pero muchas ganas de fumar, así que se lo pedí al que nos daba tortillas tostadas; quien me preguntó de dónde había salido el dinero, contestándole yo que lo traía conmigo desde que había llegado allí. Horas después, fumábamos contentos; nos entregó una cajetilla de cigarrillos marca Faros, pero sin fósforos —él nos los encendería.

 

Alberto Ulloa Bornemann

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Publicado en: Sólo en línea