Mi padre

Ofrecemos un relato de Madres y camioneros (Sexto Piso, 2021), ahora en librerías mexicanas. Las narradoras del libro presentan sus relaciones familiares tortuosas, a ratos traumáticas y aplastantes, no sin un rayo de compasión y cruda ironía. Madres y camioneros obtuvo el Premio de Literatura de la Unión Europea. Es la primera vez que se difunde al ámbito internacional la obra de la escritora y traductora eslovaca Ivana Dobrakovová (Bratislava, 1982).


Voy a quedarme con una escena. No quiero decir que sea representativa de nada. Tampoco es una escena que yo recuerde: si la conozco es porque me la contaron. Estoy sentada junto a mi hermana en un sofá en la sala de estar, viendo los dibujos animados. Mi hermana es cuatro años mayor que yo, en aquel momento tendría unos seis, yo seguramente algo menos de dos años. Mi padre está en la cocina. Vivimos en la colina del castillo, al lado de la calle Mudronova, en el barrio más selecto de Bratislava. Tenemos un Ford estupendo en el garaje, una chimenea en el salón y vistas a Austria desde el balcón. Hace un año que voy a la guardería, porque tanto mi padre como mi madre trabajan.

Llega mi madre, reventada de trabajar, cargada con bolsas de la compra, y nos encuentra de esta guisa: mi hermana con los mocos colgando hasta las rodillas, gracias a lo cual al menos no huele que su hermanita pequeña Svetlana está con el pañal desbordado, embadurnada de mierda hasta las orejas. Mi padre, sí, en la cocina, pero dormido, con la cabeza sobre el mantel, junto a una botella. Puedes imaginarte de qué. No hace falta precisar, cualquiera lo ve claro.

Sin embargo, me gustaría precisar una cosa. Mi padre no vivía con nosotras. Venía a vernos a menudo entre semana, y solía quedarse a dormir, pero en realidad vivía en otra parte, en una aldea húngara, junto a los lagos a los que íbamos a bañarnos en verano. Cuando mis padres se casaron mi madre incluso tenía en mente irse a vivir con su marido, dado que estaba ya embarazada de mi hermana, pero vivía en una buena zona de Bratislava, con su chimenea, sus vistas, etcétera, así que en el último momento decidió que no, que no iba a irse con los húngaros. Puede que mi tía tuviera algo que ver en ello. No hacía más que malmeter. Que si nunca la aceptarían como una de los suyos, que si allí siempre sería una forastera. Y encima a casa de la suegra. Que le hiciera caso. Y mi madre se lo hizo. Solo que después se obstinó también mi padre. Su hogar estaba allí. Y punto. En resumidas cuentas, vivían separados. Al menos los primeros años. Antes de que la salud de mi padre empeorara.

En realidad, no sé qué decir de mi padre, de aquellos primeros años. Era calvo. Aquello me fascinaba. Llamaba a su calva el corro de la patata. Yo también quería tener un corro así en la cabeza. Un día —lo recuerdo como si fuera ayer— saqué de la caja de costura unas tijeras y me corté una calva en el pelo. Toda orgullosa, fui a enseñársela a mi madre. No me acuerdo de su reacción, pero sí de que luego se lo contaba a todo bicho viviente. Una trillada anécdota familiar.

También recuerdo la aldea húngara. En Bratislava, mi padre trabajaba en la Universidad Técnica, pero en su casa era un labrador, un agricultor, siempre descamisado y con una laya, una azada, un rastrillo o una manguera en la mano. De niña su huerto me parecía enorme, todo un reino donde una podía trepar a los árboles, caerse a un pozo o resudar en un invernadero. Me quedé estupefacta cuando más tarde me enteré de que el huerto de mi padre no era más que una fracción de la propiedad original que los comunistas le nacionalizaron a mi nagyapa, mi abuelo húngaro. Dicen que llegaba hasta los lagos. Eso sí que habría sido la monda: zambullirse en el agua desde el mismo huerto, tener hasta caballos y no solo esas gallinas y esos conejos que criaba mi nagymama, mi abuela húngara.

Solíamos ir de visita los fines de semana y además pasábamos veranos enteros allí, junto a los lagos. Mi nagymama aún vivía y prácticamente solo hablaba en húngaro. Llamaba a voces a los chuchos del lugar gritándoles kiskutya, “cachorro”. Nos hacía a mi hermana y a mí crepes que me gustaría proclamar como las mejores del mundo, pero a decir verdad ya no sé qué tal estaban. Ella y su hijo se ocupaban del huerto, sacaban adelante aquella pequeña hacienda. En el invernadero cultivaba cogollos que después vendía en el mercado. Al principio mi madre se esforzaba por ser de utilidad y aprender algo de su suegra, por echar una mano, pero pronto comprendió que su hermana tenía razón. Sus esfuerzos caían en saco roto. Todo lo hacía mal y istenem, hagyd, ne segíts, ¡Dios, no me ayudes!. Nagymama la ahuyentaba de los cogollos casi como a un chucho que se hubiera colado por un agujero de la valla. Hasta que mamá al fin dijo: “Pues vale, yo también me he hartado”. Y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a las flores del jardín de la entrada y a los árboles ornamentales. Más tarde incluso llegó a amenazar con divorciarse si tenía que ir a vender al mercado con un carromato cargado de cogollos.

Mi padre viajaba mucho y le gustaba fotografiar los lugares que visitaba. En el dormitorio tenía una caja llena de sobres amarillos con fotos reveladas en la que yo hurgaba a menudo. Mi padre era capaz de disparar veinte veces a la misma roca a través de la ventanilla del autobús. Mi padre era capaz de gastar tres carretes en borrosas capturas de las cataratas del Niágara. Mi padre no tenía ningún talento para la fotografía. También encontré fotos de mi padre en compañía de mujeres extravagantes que lucían vestidos y maquillajes chillones. Años después logré encontrar la palabra precisa: chabacanas. Las fotos en las que abrazaba a desconocidas chabacanas en antros de mala muerte son las únicas en las que se le veía también a él. Pero el resto eran solo paisajes.

En sus viajes mi padre conocía a un montón de extranjeros a los que luego invitaba a su casa, un caserón de dos plantas que construyó poco después de la caída del comunismo, justo al lado de la clásica casa rústica de nagymama. En vacaciones mi padre le alquilaba habitaciones a los veraneantes que querían darse un chapuzón en los lagos y, a veces, también a sus conocidos del extranjero. Una vez fui con uno de ellos, un tal Pancho de Perú, a un partido de fútbol. O sea, en principio íbamos al tiovivo en la otra orilla del lago, pero nos arrastró la multitud que, justo en aquel momento, se precipitaba al estadio de fútbol. Él no hablaba eslovaco y yo no hablaba inglés. Nos entendíamos con gestos. En realidad, a lo largo de aquel partido de fútbol que nos aburrió a los dos, no nos dijimos más que una cosa. Pancho señaló mis zapatos y me dijo que eran pretty, nice. Yo hasta ahí llegaba. Luego en casa resultó difícil explicar por qué habíamos ido al fútbol.

Mi hermana no hacía más que tomarme el pelo. Una vez me dijo que nuestros lagos se habían formado a base de escupitajos. Hace mucho tiempo excavaron un hoyo tan horroroso que todo el que pasaba por delante escupía del asco. Y poco a poco, con los años, aquello se fue acumulando. Las babas. No me lo creí, pero la idea era repugnante. Sin embargo, debo decir que fue mi hermana quien me enseñó a tirarme de cabeza desde el trampolín. Y a dar volteretas bajo el agua. Nadábamos juntas hasta la isla. También con mi padre. Mamá recuerda que una vez me perdí en los lagos. Por aquel entonces tenía cuatro años. Ni mi padre ni mi hermana me veían por ningún lado y ya era hora de marcharse. Así que se marcharon. Al llegar a casa mi padre le dijo a mamá: “Ya vendrá por su propio pie”. Y tenía razón. Llegué antes de que a mamá le diera tiempo de desmayarse.

Mi padre era, claramente, un patriarca. Nagyapa se había casado con nagymama solo porque era la mejor trabajadora de su hacienda y siendo su esposa ya no tenía que pagarle un sueldo. Mi padre había heredado ese tipo de ideas. Le encantaba decir que una mujer debía trabajar en el campo y que, si estaba cansada, debía relajarse con las tareas domésticas. Pero, como he dicho, mamá pronto se plantó a cuenta de los cogollos y ante la avalancha de críticas y aspavientos de nagymama. Después solo se relajaba con las tareas en el caserón.

De vez en cuando hacía mermelada de fresa. Mi padre la elogiaba mucho. A su manera. Decía que era casi tan buena como la comprada.

También estaba orgulloso de haber pasado una infancia tan difícil, de haber podido procurarse una educación gracias únicamente a su inteligencia. Cuando nació, nagyapa y nagymama vivían en una choza de madera en medio del huerto, cerca del pozo, sin electricidad, sin agua corriente y con el suelo de tierra. Mi padre, en verano, por iniciativa propia, solucionaba todos los problemas matemáticos del libro de texto del siguiente año escolar y luego se aburría como una ostra en clase. Más adelante estudió en la universidad en Praga. Para entonces ya tenía un problema importante con el alcohol. Una vez se pilló tal cogorza que era incapaz de marcharse de la tasca y llegar por su propio pie al colegio mayor. Sin embargo, logró solucionar el problema de forma lógica. Como la tasca estaba en lo alto de una colina y el colegio mayor al pie, se tumbó en el suelo y bajó rodando hasta la puerta de su residencia.

Cuando terminó la carrera, nagyapa le enseñó un cuaderno en el que había ido anotando todo el dinero que se había gastado en sus estudios. No le pedía que devolviera nada. Simplemente se lo mostró para que mi padre supiera cuánto había costado la broma, cuánto le había costado a nagyapa su formación. Mamá dice que mi padre nunca se lo perdonó.

¿Qué sé de la relación entre mis padres? ¿Tal vez sea mejor no saber nada? ¿Es eso menos malo? Mamá tuvo que ver algo en él. Pero ¿qué?

Al parecer, una vez le dijo en público que no solo era inteligente, sino que además era hermosa. Para que mi madre lo recuerde con tanta nitidez y me lo haya confiado, debió de tratarse de una aseveración única, de un elogio excepcional, que se le quedó grabado de forma imborrable en la memoria.

El alcoholismo de mi padre siempre estuvo presente en nuestras vidas, por eso yo, desde pequeña, lo percibía como parte consustancial de su personalidad, como un rasgo más de su carácter. Algo inevitable. Como una enfermedad. Es inútil intentar adivinar qué fue antes, el huevo o la gallina, qué ocasionó qué: una constitución psíquica lábil, una propensión ancestral a la bebida, predisposiciones genéticas a lo uno y lo otro… Ambas cosas se entrelazaron, se reforzaron hasta conformar su naturaleza.

Con todo, destacan ciertos episodios.

Una noche mamá nos sacó de la cama. Al borde de un ataque de nervios. “Niñas, levantaos. Niñas, venid a decirle a apuka que vivimos un piso más arriba”. Mi hermana y yo salimos tambaleándonos, en pijama, al descansillo. Medio dormidas. No entendíamos nada. En la segunda planta mi padre no paraba de llamar al timbre del vecino, que estaba allí plantado con la puerta abierta intentando impedírselo. Luego las tres, aunando fuerzas, arrastramos a papá a casa escaleras arriba. No sé exactamente cuándo sucedió aquello. Cuántos años tenía. Tanto mi hermana como yo aún íbamos al colegio, así que debía de estar en tercer curso. Uno de los primeros incidentes de este tipo. Me pareció extraño. Como un sueño. Como una aventura nocturna que auguraba una juventud azarosa.

Esa mancha permanece allí. En nuestro hermoso bloque, en nuestro garaje, en nuestra chimenea, en nuestras vistas a Austria. También la otra mancha. En el ascensor. El ascensor tendrá ya quizá unos cuarenta años. No tiene portezuela interior y puedes ver pasar los pisos. Una noche que volvía a casa borracho como una cuba, mi padre creyó apoyarse en la pared, pero en realidad lo hizo en el hueco entre pisos. Se rompió la crisma y se hizo sangre en la frente. Una mancha alargada de color marrón oscuro entre el primer y el segundo piso.

Se quedaba a pasar la noche en nuestro piso de Bratislava cada vez más a menudo. Iba al bar Albrecht. Pasaba allí tardes enteras. Justo frente a la ventana de mi clase. A veces lo avistaba. Lo observaba, apoyada en el alféizar, dirigiéndose a la tasca. Naturalmente, no le decía a nadie: “Ah, mira, ahí va mi padre”. Ni siquiera a mi hermana. Ella estaba en la segunda planta del edificio, pero las ventanas de su clase daban a otro lado. Por el contrario, un par de veces me sucedió que, yendo por la calle, no me percaté de haberme cruzado con mi padre. Caminaba en dirección opuesta a mí y yo iba como un burro con orejeras, con la mirada perdida. Hasta tuvo que agarrarme fuerte por los hombros y girarme hacia él. Luego, en casa, lo entreoí hablando en la cocina con mi madre, quejándose de que hacía como si no lo conociera, de que me avergonzaba de él. Por aquel entonces aún no era verdad.

Más o menos por aquella época se le unió mi hermana. Bueno, más bien fue cuando estaba en secundaria. Y no es que lo acompañara directamente: siguió sus pasos. Aunque de cuando en cuando también acababa echando anclas en el Albrecht, la mayoría de las veces salía por ahí con sus amigos. Unos albaneses. Fue entonces cuando mamá empezó a desquiciarse. Primero su marido y ahora también su hija. Una vez mi hermana regresó de madrugada, pintada como una puerta, los ojos y los morros morados. Mamá se puso a golpearla y a gritarle que no volviera a hacerlo, que no podía volver a hacerlo nunca más, pero mi hermana se defendía con tanta habilidad, levantaba con tanta agilidad los codos doblados, que al final no quedó claro a quién le dolió más la paliza. Yo, mientras tanto, lloraba. Apuka ni se despertó.

Mi hermana fue a peor. Empezó a escaparse de casa. No decía nada: simplemente cogía sus bártulos y se largaba. Luego mamá y yo íbamos a la policía a denunciar su desaparición. Lo raro es que recuerdo con nitidez aquellas peregrinaciones a comisaría, cómo iba brincando por la calle Hlboká abajo, pero sin ningún sentimiento de angustia. Y, sin embargo, no era tan pequeña como para no darme cuenta de la gravedad de la situación. Mi hermana a veces no daba señales de vida en cuatro días. Una vez hasta se fue a Praga. La policía no era de ninguna ayuda. Mi hermana al final siempre aparecía por su propio pie.

Creo que el asunto empezó con una cabra. Un día de verano, al regresar del lago, mi padre anunció que iba a comprar una cabra. Esto fue ya después de que muriera nagymama. Y como mi hermana tenía dieciséis años y otros intereses y preocupaciones, la única que se alegró por lo de la cabra fui yo. Yo, una niña. Mamá no comprendía nada. ¿Cómo que una cabra? ¿Para qué quieres una cabra? Mi padre tenía una justificación lógica, cómo no. No quería tener que segar más la hierba. Clavaría una estaca, ataría a la cabra con un cordel, la cabra pacería toda la hierba a su alcance. A mamá se le llenaron los ojos de lágrimas mientras yo pegaba saltos de alegría por la cocina. Antes de salir dando un portazo, chilló: “¡La cabra o yo!”.

Y se acabó la cabra.

Pero un tiempo después fue un poni. Eso también me entusiasmó, pero solo hasta que mi padre me reveló su proyecto empresarial. Daría vueltas por el huerto con niños a lomos del poni. Íbamos a forrarnos. Lo miré decepcionada. Pensaba que el poni sería solo mío, que quería comprármelo a mí porque sabía que me gustaban los caballos. Me negué en redondo a la idea de ganarme un dinero extra de esa manera. Creo que fue la primera vez que le llevé la contraria.

Mi padre, por aquel entonces, parecía de veras obsesionado con el dinero. No hacía más que echar cuentas de cuánto ganaría con tal cosa, cuánto se ahorraría con tal otra, qué había que hacer, en qué había que invertir, cuáles serían las ganancias. Se le daban bien las matemáticas, no nos cabía la menor duda; sin embargo, el asunto nunca salía bien. Mi padre, en vez de ganar dinero, gastaba cada vez más, sufría pérdidas, se quedaba sin blanca con más frecuencia, pedía préstamos, no le llegaba el sueldo, no aportaba ni una corona a la economía doméstica.

Aunque siempre hubo algo más. Algo de lo que solo entonces empecé a percatarme con más claridad.

La tacañería de mi padre.

Más tarde la idea me torturaba. Me horrorizaba la posibilidad de llegar a ser tan tacaña como mi padre. Y es que la tacañería se hereda. Existe predisposición genética. De eso estoy segura. Uno no decide ser tacaño. Eres tacaño si aceleras la marcha de forma automática en un túnel subterráneo al pasar delante de un sin techo que vende la revista Nota bene. Eres tacaño si te planteas qué necesidad hay de hacer regalos a todos tus amigos y familiares en Navidad. Y no lo puedes evitar. De vez en cuando tienes un gesto de magnanimidad. Le regalas algo a alguien de forma inesperada. Porque sí. Porque te apeteció, simple y llanamente. Pero no es más que un intento de engañarte a ti mismo. Para poder decir para tus adentros: “¿Tacaño yo? ¡Qué va! Pero si una vez le regalé una vosa a fulano y a mengano”. Y mientras tanto, haces una lista en la que tachas a fulano y a mengano porque ya no tienes que regalarles nada durante un buen tiempo. Con eso basta. ¡Qué más quieren!

El tema se remontaba a tiempo atrás. “No hacéis más que cagar y gastáis todo el papel higiénico”. Esta frase fue el leitmotiv de nuestra infancia. Nuestro padre siempre estaba echándonos en cara que no paraba de comprar papel higiénico. Como si no bastara con un rollo a la semana. Echaba pestes. Había que ahorrar, añadía. Mi hermana y yo estábamos convencidas de que lo hacía adrede. De que elegía el papel higiénico solo para humillarnos. En casa también se gastaban otras cosas. Jabón. Detergente. Pañuelos. Desodorante. Pero a mi padre todo el importaba un bledo. Su obsesión era el papel higiénico. ¡Solo estaba pendiente de eso, para andar comprando siempre más paquetes!

La paga era otra odisea. En principio, el trato eran veinte coronas a la semana, pero mi padre nunca se acordaba. Era yo quien tenía que recordárselo. Dejarlo caer el lunes por la noche. Que si no podía. Por favor. Y luego tener que contemplar a mi padre buscando la cartera en el abrigo con manos temblorosas y sacando de muy mala gana un billete de veinte coronas. Y dándomelo a cámara lenta, como si esperara que yo cambiara de opinión. Que me apiadara. Desviando la mirada. La situación le resultaba, a ojos vista, insoportable. Este riutal semanal me hastiaba tanto que después de un tiempo empecé a coger las veinte coronas de su cartera yo misma. Mientras mi padre dormía. La mona. Nunca se dio cuenta.

Y, sin embargo, hacía cálculos con total exactitud. Echaba la cuenta de si era más ventajoso recorrer a pie la ciudad o coger el autobús. Se vas a pie a todas partes, te ahorras los billetes. Eso estaba claro. Pero ¡se te gastan las suelas de los zapatas! Y los zapatos también cuestan lo suyo. Mi padre tenía un cuaderno de notas. La investigación duró dos años. Ya no recuerdo a qué revolucionaria conclusión llegó. Solo recuerdo que durante un tiempo nos arrastraba a mí y a mi hermana a pie por toda la ciudad, haciendo caso omiso de nuestras quejas y lloriqueos porque nos dolían los pies.

Lo de rebuscar en la basura comenzó cuando aún vivía a la orilla de los lagos. Él no lo habría dicho de este modo, claro está. ¿Cómo que basura? Pero si eran cosas estupendas, en perfecto estado. Un teclado de ordenador partido. Un lavabo mellado. Un trozo de tobogán. Etcétera. Los trastos se iban amontonando en el jardín. A la espera de que los arreglara. Y no los sacaba solo de contenedores. Algunos se los regalaban o, más bien, se los vendían a precio de ganga sus amigos, los parroquianos de la tasca. Los que lo habían apodado Molécula. Se entiende que por se profesor, científico. Hacer negocios con Molécula era un chollo. Su tacañería iba acompañada de cierta codicia. Cuando veía una oferta, una rebaja, no había quien lo parara. Y así sucedió que apareció cos docsientas postales idénticas de una aldea húngara, tres bidés (seguramente para que mi hermana y yo dejáramaos de usar papel higiénico de una vez) y veinte carretes de fotos caducados. Salieron una preciosas fotos vintage.

Y luego ocurrió. La apoteosis. Utilizó los carretes para otra cosa. Una mañana agarró y se marchó a la ciudad de Prievidza. Quien sabe por qué precisamente allí. Ahora ya no hay forma de averiguarlo. En definitiva, destino Prievidza. Mi padre no tenía dinero, pero tenía aquellos carretes caducados. Logró convencer al conductor del autobús para que se los cambiara por un billete. Llegó a Prievidza, a la estación. Nos enteramos de lo que ocurrió por el informe policial. Por el galimatías de mi padre. En realidad, se enteró mi madre. Yo algo después cuando ella me lo contó. Mi padre se plantó en el centro de la ciudad, compró en el supermercado unos panecillos y una ensalada, probablemente de bacalao. Se sentó junto a una fuente a comer. Entonces se percató de que alguien le hacía señas. La estanquera. Abrió la ventanilla del quiosco y, con el reflejo del sol, le hizo señales, a él, a mi padre, a Molécula. Estaba seguro. Quería decirle algo. Algo crucial. Se acabó el panecillo. Rebañó con él las migajas de bacalao del envase, se levantó y se dirigió al quiosco. Y cuando la vio, sucedió. Comprendió que también ella lo amaba. Eso es lo que intentaba darle a entender con los reflejos. De repente todo tenía sentido. Es decir, para mi padre. Podía sentir la energía, la dicha. Y catapum. Le dijo a la estanquera: “Yo también me alegro de que nos hayamos encontrado. Sal”. La estanquera no entendía nada. Para ella no tenía ningún sentido, pero eso no disuadió a mi padre. Quizá lo que ocurría es que la estanquera era tímida. Y, para demostrarle que no tenía por qué avergonzarse de nada, y que él por su parte ya hacía tiempo que había dejado de lado todo pudor, mi padre dejó también de lado la ropa y saltó a la fuente. A esas alturas la estanquera ya empezaba a verle el sentido al asunto. Llamó a la policía, que se lo llevó directamente al manicomio. Y asú fue como hospitalizaron por primera vez a mi padre.

El segundo ingreso lo recuerdo mejor. Tenía quince años. La adolescencia no fue para mí la edad del pavo. Iba al instituto, me gustaba el cine —Hitchcock, Truffaut—, leía ciencia ficción, intentaba aprobar las clases de Física y Química, en la medida de lo posible, sin demasiados contratiempos. Mi hermana ya se había marchado de casa. Mi padre pasaba más tiempo en nuestra casa que en la aldea húngara. Iba superando poco a poco su depresión, en una eterna baja laboral. Cuando, de repente, se le metió en la cabeza que yo tenía que hacer la confirmación. Él mismo empezó a ir a misa. Anunció que siempre había sido creyente, igual que nagymama, y que menuda vergüenza: su hija de quince años no había hecho ni la primera comunión ni la confirmación. Insistí en que no tenía intenció ni de lo uno ni de lo otro. A mi padre, naturalmente, le daba igual. Fue a la iglesia a apuntarme a catequesis con el párroco y a informarse de cómo se podía arreglar todo lo antes posible. Por suerte no llegó a suceder. En efecto, en mitad de la misa el párroco tuvo que expulsar a mi padre de la iglesia, porque no paraba de sacarle fotos desde el pasillo. Luego, en casa, se justificó diciendo que no hacía más que documentar la vida religiosa en la iglesia de la Trinidad.

Eso no fue todo. Mi padre empezó a tener la impresión de que podía comunicarse con Dios. Me lo dijo a mí, no a mamá. No supe qué hacer con semejante información. Si contarlo. Si chivarme. Por las noches, en la cocina, mi padre me revelaba planes divinos. Empezó a denominarse “el dedo meñique de Dios”. Al pronunciar esas palabras siempre levantaba el meñique, como si se dispusiera a dar unsobro de una taza de té. Nunca llegúe a comprender del todo aquellos planes divinos. A qué respondían. Puede que tampoco mi padre. No obstante, parecía estar bien informado de muchas cosas. Una vez, por ejemplo, me predijo cuántos años iba a vivir. Con la ayuda de Dios, calculó con toda exactitud cuándo moriría. Después me reveló cuánto tiempo estaría entre nosotros mi hermana. Y, por último, mamá. De sí mismo no dijo ni mú. Descubrí que volvía a empinar el codo. Pero de forma menos evidente. Se escondía más. Ya no frecuentaba el Albrecht. Bebía en casa, casi como una mujer, como un ama de casa alcohólica. Luego empezó a garabatear en sus cuadernos. Y al final desapareció.

Lo encontramos en su caserón de la aldea húngara. Tenía un brillo extraño en los ojos. Casi como un iluminado. Nos desveló sus grandes planes. Todos anotados y dibujados al detalle en sus cuadernos. Iba a convertir su espacioso caserón en un gran centro. Un centro para el pueblo. Así lo llamaba. Vendría todo el mundo. Hasta del extranjero. Pero no por los lagos, como hasta ahora. Detrás, en el huerto, construiría un parque acuático. Donde estaba el invernadero habría un parque infantil. Ya había comprado unos toboganes y unas redes de escalada, estaban bajo el nogal. En el caserón habría tiendas. Y lo más importante: montaría una playa nudista en el tejado, en la azotea de su casa. Los ojos le hacían chiribitas.

Nunca olvidaré a los técnicos de emergencias persiguiéndolo por el huerto.

Y, al fin, su muerte, qué si no. Rememoro ese mes muy esporádicamente. Espero poder recordarlo con precisión. Tenía dieciocho año. Era mi primer año en la universidad, y, en realidad, también el último. Estudiaba francés. Mi padre vivía en nuestra casa. El caserón y el huerto en la aldea húngara estaban abandonados, ya nadie iba allí. Mi padre se quedaba en el dormitorio, tirado en la cama, sumido en una profunda depresión. Solo se levantaba cuando tenía sed e iba a beber agua. También comía algo, claro. Llenaba de agua el vaso que sacaba del armario con manos temblorosas y se la bebía. Mientras yo, sentada frente a la mesa de la cocina, estudiaba vocabulario. A veces se giraba en el umbral para mirarme. Aquella costumbre suya me ponía de los nervios. Me observaba un buen rato. Y luego empezaba a soltarme el rollo. Me insistía: “Svetlana, nunca fumes, ni bebas, ni tomes drogas. ¿Entiendes? Es importante. No alcancé a decírselo a tu hermana, que ya es como yo. Bueno, no del todo. Yo me voy a morir. Me voy a morir pronto. Estoy seguro”. Al mirarlo, se me agolpaban las frases en la cabeza. “Pero ¿qué dices?”. “No me asustes”. “Pero, por favor, si vas a llegar a los cien años”. Sin embargo, no lograba pronunciarlas. Ni una. Porque sabía que tenía razón. Iba a morirse. Bastaba con echarle un vistazo. Iba a morirse. Ya estaba muriéndose. Volvió a repetirlo muchas veces. Durante cosa de un mes, noche tras noche, con pequeñas variaciones, me sermoneaba y me decía que no me desviara del buen camino, que no sucumbiera a la tentación, como si no estuviera claro que, incluso sin cigarrillos, aclohol y drogas, habría de quedar ya inútil de por vida. Al final no pudo soportarlo más. Ingresó de forma voluntaria. Llamó a los servicios de emergencias. Esta vez no tuvieron que perseguirlo por el jardín. La última vez que lo vi lo estaban metiendo en la ambulancia, iba en una silla de ruedas. Murió una semana después. De un infarto. Una tarde le dio un infarto y, en lugar de atenderlo, lo dejaron agonizando en el manicomio toda la noche. Solo por la mañana temprano intentaron trasladarlo al hospital de la calle Mickiewiczova, pero falleció en la ambulancia. Nos lo comunicaron de forma curiosa: recibimos una carta que nos emplazaba a recoger su ropa. ¿Cómo? ¿No la va a necesitar más? ¿Es que va a ir desnudo? Solo se hacía referencia a la ropa, no se mencionaba ni una palabra sobre mi padre.

Pasaron exactamente seis meses antes de que me viniera abajo. Aguanté todo el invierno, en una especie de hibernación o, más bien, de inercia. Pero me derrumbé en la primavera, al final del semestre. Tenía que ir a la universidad a hacer un examen, y simplemente decidí no presentarme. No volví a ir. Me quedé tumbada en la cama.

 

• Ivana Dobrakovová. Madres y camioneros. Traducción de: Patricia Gonzalo de Jesús. México, Sexto Piso, 2021, 204 p.

© Reproducido con autorización de Sexto Piso.

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Publicado en: En la mesa