Conozco a una mujer que cuenta el cuento, como ninguna. Y cuando lo cierra, como si evitara la sentencia a muerte del más célebre de los sultanes, deja un cabo suelto. Cada cosa que nombra tiene tras ella otra y otra. Mucha gente no puede creer que en esa ciudad que fue pequeña, hayan pasado todas las locuras que ella recuerda. Menos aún que sigan pasando, ahora mismo, las que nombra en mitad de una conversación mezcla de sueños, disquisiciones políticas y tenacidad. Sin duda gusto por el bien hacer: lo que significa compromiso lo mismo con los árboles y el agua, con los perros, los pájaros, las tortugas, los conejos y toda la variedad posible de animales, entre ellos quienes la oímos.
Ella es amiga, con la misma intensidad, de la mujer que la ayuda a cuidar un jardín de agua, de sus compañeras del colegio, sus cómplices de filantropías varias (desde limpiar el río que baja del volcán hasta la aparición de un campo de futbol para ciegos), sus abuelas viejitas y sus primos envejeciendo. No sé cómo hace, pero siempre tiene algo que resolver. Y siempre un cuento nuevo.
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