La transición de una imagen presidencial tecnocrática a otra populista ocurrió al tiempo en que México se debatía entre dos modelos de desarrollo: uno asociado a las reformas neoliberales, aunque sus bases de apoyo no se restringían a esa postura que buscaba fortalecer la operación autorregulada de los mercados; y otro, que buscaba politizar los mercados, para reforzar a los grupos que habían quedado relativamente marginados del desarrollo económico. La estrategia de la primera alternativa recaía en una serie de acuerdos internacionales que obligaban al gobierno de México a ceñirse a varios principios; el más importante de estos acuerdos fue el TLCAN (implementado en 1994), un tratado que incluía mecanismos institucionales para que los gobiernos de Estados Unidos y Canadá tuviesen capacidades de monitoreo de una serie de factores relacionados con los negocios de exportación. De ese modo se fue creando un entramado institucional que protegiera los derechos de propiedad, vigilara el cumplimiento de regulaciones ambientales y derechos humanos, vigorizara la democracia sindical, garantizara la autonomía del banco central y una serie de otras condiciones.
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