Los seres humanos tenemos la frecuencia cardiaca de los cerdos y la longevidad de los elefantes. Si tuviéramos la esperanza de vida que le corresponde a un mamífero con nuestras pulsaciones, casi nadie llegaría a los treinta años (el corazón septuagenario de los elefantes palpita treinta veces por minuto). Vivimos, desde tiempos prehistóricos, en un curioso desfase: nuestro cuerpo anda siempre de prisa aunque le sobre el tiempo. Esta dilatada premura es característica de la condición humana excepcional. Tardamos mucho en madurar, pero aprendemos muy rápido y cada vez más individuos alcanzamos a vivir lo suficiente para transmitir a los recién llegados saberes adquiridos durante mucho tiempo. Nuestra memoria colectiva “de elefante” nos ha permitido convertirnos en los animales más cultos e ingeniosos del planeta.
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