Aunque haya acertado en su vaticinio, qué ajena nos resulta la seguridad con la que Ovidio juzga su oficio en los últimos versos de las Metamorfosis: “Mi nombre será imborrable. A lo largo de los siglos viviré”. Sus sentencias distan mucho de las razones por las cuales se decide llevar un texto a la imprenta hoy en día: antes de que el autor se arrepienta o antes de que el tema pase de moda son algunas que he escuchado. Quizá por eso una amiga asegura que en estos tiempos es más difícil no publicar que sí hacerlo; se ha convertido casi en un requisito, en un fin y no en un medio, algo automático.
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