La risa, ante todo. Pero la mujer extravagante, la modelo superior a su rebeldía también aparecen en estas páginas dignas de quien se definió como “una llama devorada por si misma.

Irene Herner. Investigadora de la UNAM. Ha colaborado en nexos anteriores.

De Nahui Olin, una de las modelos de Diego Rivera, atrae, en primer lugar, el nombre nahua: “Cuatro movimiento”. Nació en México, siete años antes que Diego. Es la rubia de gigantes ojos de agua y expresión entre desolada y fúrica del primero de los murales del artista, La Creación, en el que representa a la musa de la poesía erótica.

Nahui Olin: Gatos

Era bien poco lo que se sabía sobre su vida y obra hasta diciembre de 1992 en que el CNCA y Bellas Artes presentaron la exposición “Nahui Olin. Una mujer de los tiempos modernos”, en el Museo Estudio Diego Rivera, que viajará a Monterrey, con un catálogo espléndido, no sólo por los textos y porque está profusamente ilustrado, sino por su diseño y cuidado.

Gracias a la estupenda investigación y curaduría del equipo del Museo Estudio Diego Rivera, especialmente a la pasión y gentileza de enamorado de Tomás Zurian, Nahui Olin reaparece como punta y cabo de la transición del porfiriato a la Revolución. Un personaje que da cuenta de su feminidad a través de un tejido íntimo, construido con sus pinturas y escritos, además de testimonios de quienes convivieron con ella. Mujer del rompecabezas del arte mexicano de las primeras cinco décadas posrevolucionarias; musa, escritora y modelo de los más sobresalientes fotógrafos y pintores. Además (educación de diletante) componía música y tocaba el piano.

Pero quizá su máximo consuelo y logro fue pintar.

Nahui Olin es el seudónimo de Carmen Mondragón, nacida en 1893, hija del general porfirista Manuel Mondragón, inventor del “fusil Mondragón” y de otros cañones y armas, miembro de la aristocracia mexicana de fin de siglo.

El destino lógico de Nahui Olin hubiera sido el de una dama de sociedad, agraciada, rubia y ojiverde, con cultura francesa, a la vez que provinciana. Pero, por el contrario, el signo fundamental de su vida fue, como su “nom de plume”, el movimiento y la rebeldía.

Su padre fue enviado por Díaz, con todo y su familia, para “ir a construir los modelos de sus armamentos a París” María del Carmen tenía entonces cuatro años de edad. Regresaron ocho años después Vivían en el lujo de Tacubaya, a un lado del Parque y del Castillo de Chapultepec. La niña fue inscrita en el Colegio Francés, para continuar con su educación ideal. Años después, la familia volvió a vivir en el extranjero en San Sebastián, España. El general se exilió después de compartir con Huerta los créditos de la “Decena trágica”.

Siempre fue precoz y extraña, de niña por su inteligencia y, más tarde, por su vida sexual. Sus aventuras y extravagancias resaltaron tanto como su extraordinaria belleza de diosa blanca y le costaron la soledad y el olvido. En su juventud, la Metro Goldwyn Meyer le ofreció convertirla en estrella (paralelismo con Tina Modotti) pero eso no era ni su destino, ni su deseo.

Nahui Olin: Nahui en una corrida de toros.

Nahui Olin es el nombre con el que, por influencia del Dr. Atl, se bautizó a sí misma: mi nombre, escribió, es “nombre cosmogónico, la fuerza, el poder de movimiento que irradian luz, vida y fuerza. En azteca, el poder que tiene el sol de mover el conjunto que abarca su sistema (…). Es la significación de una rebeldía y superioridad porque no es un nombre registrable en un acta numerada, que no significa nada, nada, en la terrible y maravillosa totalidad que amo como a mí misma porque es infinita”.

A los veinte años se casó con Manuel Rodríguez Lozano, el “cadete más guapo de todo el Colegio Militar”, por el que tiempo después también Antonieta Rivas Mercado perdería la cabeza, y uno de los más refinados pintores mexicanos. La homosexualidad de Rodríguez Lozano no obstó para que la hija obediente estuviera más de ocho años virginalmente casada con él (fue Rodríguez Lozano quien dejó correr la versión de que ambos, que se habían ido a vivir con la familia del general a San Sebastián, habían procreado un hijo que ella asfixió furiosa).

Tampoco Lupe Marín, la segunda esposa de Rivera, se liberó de infringir las reglas sexuales “prohibidas” por las buenas costumbres y la santa moral; mismo “pecado” que cometieron varias hijas rebeldes o “mujeres insatisfechas” del mundo de aquel entonces. Es el caso de la desafortunada liga de Lupe Marín con Jorge Cuesta que culminó con la literal castración de éste.

Y es el caso de Tina Modotti quien pagó sus años de musa y sujeto sexual al precio de irse convirtiendo de sex-bomb graciosa y delicada, en una especie de monja comunista y fanática. Frida Kahlo se suicidó antes de llegar a los cincuenta y conocemos o, acaso más bien fantaseamos, sobre su vida sexual torturada y ambivalente. Ni hablar del suicidio de Antonieta Rivas Mercado, otra de las damas bellas, histéricas y librepensadoras del México posrevolucionario.

El primer gran amor de Nahui Olin, y que además la inició en la búsqueda mesiánica de la identidad nacional revolucionaria y precolombina, fue el pintor e ideólogo de la Revolución Gerardo Murillo, el Dr. Atl, dieciocho años mayor que ella. Un tórrido romance por el que ella abandonó a Rodríguez Lozano y con éste asimismo los convencionalismos de su medio social. “Te amo, te amo, desesperadamente -le escribió-, lujuriosamente, misteriosamente, como la vida, como la muerte… Perfora con tu falo mi carne -perfora mis entrañas, desbarata todo mi ser, bebe toda mi sangre y con la última gota que me quede yo escribiré esta palabra: te amo… “.

Nahui Olin se describió a sí misma como “un ser incomprendido que se ahoga en el volcán de pasiones… Estoy destinada a morir de amor… Soy una llama devorada por sí misma que no se puede apagar… protesto por estar bajo la tutela de mis padres”, destinada como mujer a ser vendida como esclava a un hombre. “Las mujeres”, escribió, “son flores sin savia, flores para macetas”, ese es el “cáncer con que nacemos, estigma de mujer” aprisionada y reprimida por los poderes religiosos y paternos. Sin embargo, Nahui Olin pintó uno de sus mejores retratos en homenaje a su padre muerto, Apoteosis del General Mondragón, una imagen del esbelto y guapo general de largas pestañas negras, medallas en la solapa de su traje de gala y cañones en la fantasía.

Nahui Olin retó las reglas de la buena conducta y transgredió los límites establecidos para las mujeres decentes. Pero más que una mujer moderna en el sentido feminista, ella, con todo y su cultura, fue una “perdida”, una “aventurera”. Se dejó hacer múltiples retratos desnuda como los que le hizo Garduño, “en poses provocativas”, con el cuerpo brillante y la cara hermosa que son las imágenes que hoy día la ponen de moda. Se dejó pintar y acaso amar por Rivera, Montenegro, Ramos Martínez. Edward Weston la captó en fotos extraordinarias. Ella le devolvió la gracia mediante un retrato que le hizo, pintándolo brillante y chaplinesco. Su vida se amarra al mundo de arrabaleras de “quinto patio” y musas que, desde otros cabaretes, inspiraron a Agustín Lara. “Independiente… pudriéndome me renuevo -escribió-. La madre tierra me parirá y naceré de nuevo, para ya no morir”.

Como Frida en el autorretrato con el pelo recortado, Nahui Olin se cortó la trenza, el pelo largo de mujer, esas raíces con la tierra, identidad en la diferencia entre dos mujeres modernas:

“Mira que si te quise fue por el pelo / Ahora que estás pelona, ya no te quiero”. En algunas de las fotos de Weston, Nahui aparece con el pelo tusado, mal recortado. Atl la pinta pelona, como personaje sacado de la locura de Van Gogh.

Nahui Olin se pintó a sí misma de maneras y poses diversas: como gatita, con tonalidades de mujer fatal, como mujer elegante de formas femeninas y cintura de avispa. Sus ojos verdes siempre aparecen chispeantes, como cuando se pinta sentada junto a dos hombres, uno de ellos el viejo Atl, en la corrida de toros.

Seguramente a instancias del Dr. Atl y del ambiente pictórico posrevolucionario, realizó una curiosa obra costumbrista. Sus indios pintados de ojotes negros y bocas de sandía se mueven dentro de un ambiente gozoso lleno de flores, de flamboyanes y florifundios. La suya es una muy personal pintura naif que transmite sensaciones del Edén por los colores sabrosos, donde lo importante es la sensualidad del ambiente, la cachondería de un cacerío frente al mar con sus dos canoas esperando: Vente conmigo al puerto.

A pesar de la expresión torturada de Nahui en fotos, cuadros y descripciones, su intimidad plástica es gozosa, da cuenta de amores de piel, de una sensualidad abierta, especialmente los testimonios de su amor por el capitán Eugenio Agacino, que trabajaba para la Compañía Trasatlántica Española y a su manera lucía, como el padre de la artista, las elegancias del uniforme militar.

Nahui Olin: Nahui frente a la isla de Manhattan

Al lado de Agacino, ella se pintó frente al mar, o bailando ante las luces de Manhattan, vestida de rojo, él de azul y oro con sus enormes ojos moros. Ella delgada y pequeña, envuelta por la corpulencia protectora y viril del capitán. Amor de pieles comunicantes, que como en las pinturas egipcias pintan de color diferente al hombre y a la mujer. Se amaron en Cuba, en Veracruz, abrazados entre palmeras. El sonriente ante esos ojos aguamarina, ayuntados en el ritmo del embeleso con un entallado vestido de noche y sus luces verdes, frente el barco de Agacino: “todo el universo se ha concentrado en tu sexo”.

No pintó para vender, ni hizo trabajo alguno con la idea de ganarse la vida. Al fin y al cabo, como la pintó Montenegro, ella era una dama. Su arte e inteligencia formaban parte de su intimidad, hechuras de sensaciones que intentaban darle a su vida sentido de existencia. En 1936 escribió: “No hay voluntad, hay energía cósmica y la humanidad …se extraña de sus complicaciones morales, sexuales, físicas, sin tener siempre en cuenta que no se pertenece”.

Nahui Olin pagó su falta -su desobediencia y/o venganza paternas-, y dicen que acabó mal. Se volvió enigma y leyenda. Se decía que era el “fantasma del Correo Mayor”, prostituyéndose por la Alameda, gorda y con la cara embadurnada de blanco. Se dice que sólo hablaba con los gatos, que se sentaba en la Alameda y los alimentaba con trozos de carne que sacaba de su bolsa o se los llevaba a su casa y cuando morían los disecaba para convertirlos en colchas y adornos. Acaso, y lo trasluce el retrato gatuno que pintó de Manelik, ella misma era un gato negro y esbelto de ojos verdes.

Los gatos que pintó se hermanan con los de Cals, de T.S. Eliot. Nahui debió ser hermana de Grizabella.

Nahui inspiró también imágenes legendarias de “Lloronas”. El retrato que hizo en 1924 de Mercedes Valseca Mondragón, representa a una francesa de boca de corazón, que recorre las calles de noche, cubierta con una capa negra del tamaño de la oscuridad.

Después de cumplidos los cuarenta años de edad fue notoria la “caída”, ocaso o locura de Nahui Olin. Decidió no tener más nada que ver con los seres humanos, y menos con artistas e intelectuales. Pero Carmen Mondragón llegó a los ochenta y cinco años de edad y murió tranquila y solitaria en su “cueva alucinante” de Tacubaya.

Quizá cuando Nahui Olin dejó de ser musa, no quiso ser dama elegante, ni fue reconocida como intelectual entre los hombres, se encerró entre gatos y harapos, a masticar sus testimonios y acaso ensueños, dejando de nuevo abierta la pregunta: ¿Qué es ser mujer?

Como en la canción de Grizabella: “Las rosas se marchitan”. Pero “Ahora el viejo Deuteronomy justo antes del amanecer / A través de un silencio que se corta con cuchillo / Anuncia a la gata (cuyo nombre secreto ningún humano conoce) que ahora puede renacer / y regresar a una diferente vida de gato”.