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Alvaro Ruíz Abreu. Escritor. Su más reciente libro es Revueltas: Los muros de la utopía (Cal y arena).

Este es un homenaje, una nota de despedida al escritor veracruzano sin el cual las letras mexicanas sentirían la ausencia de por lo menos dos grandes libros, y algo más: una invitación a considerar la literatura como un acto que propicie el encuentro entre los interiores humanos y el mundo exterior.

Hay una imagen que guardo de Sergio Galindo y que a raíz de su muerte se atraviesa de nuevo en mi memoria. En diciembre de 1984 estuve con él platicando toda una tarde en su casa de Herschell. Me habló de una novela que había leído en la versión inglesa y que también tenía en una traducción reciente al español. Era La mujer del teniente francés de John Fowles. Se la pedí, me la prestó, con la clara advertencia de la devolución, y salí. Leí la novela, guiado un poco por el entusiasmo que había visto en los labios de Sergio Galindo y se la devolví. De nuevo el café, los cigarrillos en la tarde lluviosa en la Anzures. Le dije que los victorianos eran en parte los responsables de la historia que contaba Fowles, y él sonrió y en seguida habló del libro y de otros autores que le servían de soporte por espacio de dos horas.

Antes de despedirme me leyó un fragmento de esa obra que él consideraba crucial. “El río de la vida, nacido de Leyes misteriosas y de decisiones misteriosas, corre entre márgenes desiertas; y por aquella otra margen desierta Charles se echa a andar, como si delante de él fuera el armón de artillería que transporta su cadáver. ¿Camina hacia una muerte inminente, dada por su propia mano? Creo que no. Y es que al fin ha encontrado un átomo de fe en sí mismo, una cualidad única y distintiva sobre la cual edificar su vida”. Interrumpió la lectura para subrayar que el protagonista de Fowles creía que la vida no era un símbolo, sino algo concreto que es preciso aguantar.

Sergio Galindo, nacido en Xalapa en 1926 y muerto en esa misma ciudad en enero de 1993, estuvo seducido por esa idea que encontró en Fowles para vivir se necesita fe y la capacidad de aguantar los golpes tal vez los potros de bárbaros Atilas que diría Vallejo que impone la vida. Resulta asombrosa la discreción con que Galindo enfrentó su oficio de escritor. Como Rulfo, prefirió el trabajo en silencio a la grandilocuencia. Pero Galindo siguió en la brecha de las publicaciones; en una de sus novelas, Otilia Raudo (1986), volvía a aparecer el mismo escenario que habíamos visto en Polvos de arroz (1958): Xalapa y sus alrededores, su niebla y su llovizna incesantes, las colinas verdes, la exuberante vegetación de un verde eterno; un escenario que toma la forma de un mundo inacabado, en transición.

Lo que Galindo ha legado a nuestra literatura todavía está por delimitarse. Pero es innegable que en sus primeros relatos de los años cincuenta fue construyendo la novela de la clase media. Si aceptamos la idea de E.M. Forster, según la cual la lírica carece de objetivos y nunca ofrece al lector información veraz, mientras que el drama sí y más todavía cuando entramos al territorio de la novela, entonces la obra de Galindo es en varios sentidos un surtidor de información sobre la clase media.

En Polvos de arroz, El hombre de los hongos (1976), El bordo (1960) y otras novelas, Galindo refresca algunas verdades inquietantes de la naturaleza humana, la fragilidad del hombre, la violencia de las pasiones, el olvido como una forma de la convivencia conyugal. No sólo ha dado información, también ha creado atmósfera, en el sentido que Forster le da a este concepto. Es decir, delimita las costumbres de cierta clase social, sus hábitos y sus prejuicios, y busca en las profundidades de su conducta. Y simultáneamente crea con las palabras imágenes certeras, símbolos que no morirán con el autor.

Dice E.M. Forster que no importa quien firme un libro porque lo en verdad decisivo es el contenido de ese libro. Así, en nada ayuda saber que Samuel Taylor Coleridge escribió el Antiguo marinero y que fue soldado, se subió al caballo y tuvo que apearse definitivamente, se casó con la hermana de Southey, dio conferencias, se hizo religioso y deshonesto, cayó en el opio y murió. Importa sólo su poema, pues cuando lo Icemos desaparece el autor. “La novela, además de todo lo que pueda ser, es en gran parte una fuente de información. Y por esa razón muchas personas a quienes no les interesa la poesía, y ni siquiera el drama, disfrutan de la novela y están bien calificadas para criticarla”.

La empresa de ofrecer información y crear atmósfera. Galindo la trabajó con éxito durante casi medio siglo. En esto se encuentra uno de sus logros. Apostó a un horizonte temático, a un escenario donde se moverían sus seres, a una clase social a la que pertenecían por lo común esos seres, y el resultado es una obra que responde a la unidad. Y por unidad entiendo el comportamiento exacto que u,, el ra debe tener para llamarse artística. Es la manera de imponer un orden en el vasto mundo de las palabras, los asuntos, los tópicos literarios, los motivos y algo menos técnico dar una visión del mundo.

Galindo recorrió casi todos los caminos de la actividad literaria en México, pero lo hizo hacia adentro, es decir, por el placer y la necesidad de hacerlo y no para el prestigio el esa lucha por el éxito o las otras formas de publicidad.

Galindo es el autor de uno de lo relatos fantásticos más sólidos de nuestra literatura: El hombre de los hongos. En él se encuentra una fascinación por la naturaleza y su movimiento interno. En otros de sus cuentos y novelas cortas aparece igualmente la naturaleza feraz del trópico húmedo pero no estática sino envolvente. Los seres que pasan por esa feracidad no gozan de ningún paraíso sino que se precipitan, como en las profundidades del infiero, hacia el abismo. En este sentido, Galindo propicia que se establezca una extraña forma de comunicación entre el mundo exterior, lúcido y exuberante, y el alma humana. De esa comunicación brotan preguntas y respuestas que van ofreciendo las historias de sus relatos encarnadas en criaturas rotas por la espera, por el amor nunca alcanzado, por la fortuna económica en quiebra, por sus propias fantasías infantiles.

Hay una corriente crítica que sostiene que la literatura es un misterio difícil de revelar. A esta premisa obedece la obra de Sergio Galindo. Sus historias parecen envueltas en un velo que jamás cae para dejar al desnudo las acciones y los personajes que retrata. No usa el misterio al estilo de Poe o de E.T.A. Hoffman, una especie de diálogo con ultratumba. No, Galindo echa mano de un recurso literario que puso en circulación la novela del siglo XX: describir la realidad pero nunca descubrirla.

En 1959 José Emilio Pacheco reseñó La justicia de enero y vio una promesa en el lenguaje de Galindo. “Galindo es un magnífico prosista, sabe trabajar estéticamente un texto sin conferirle elementos morosos o párrafos estáticos”. Le auguraba a la colección letras Mexicanas “otro futuro gran escritor”. Y sobre todo veía que esa novela se había escrito honradamente, “lejos de la avidez de éxito y público que a menudo pervierte tantos libros”. Nada tan justo para la obra que a partir de esa fecha creó Sergio Galindo, como una respuesta a su generación (Juan Vicente Melo, Sergio Pitol, etc.), y como una confirmación de su talento narrativo y de su voluntad por dedicar su vida a la difícil, ingrata y solitaria actividad de escribir.