En A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958, la investigadora emérita del Colmex, Soledad Loaeza, entrega un estudio minucioso del presidencialismo mexicano surgido en los años de la posguerra. Presentamos un fragmento.
México entró a la posguerra con un sistema político cuyas formas democráticas esperaban la confirmación de la práctica. La sucesión presidencial pondría a prueba los cambios que había introducido el presidente Ávila Camacho. Las elecciones federales estaban programadas para el 7 de julio de 1946, pero con anticipación los contendientes ocuparon sus lugares, formaron alianzas, identificaron a sus adversarios, diseñaron estrategias y calcularon riesgos y oportunidades.
El jefe del Ejecutivo dio el banderazo de salida a principios de mayo de 1945 aunque hubiera preferido posponer el proceso, pero el canciller Ezequiel Padilla aprovechaba cada minuto de las grandes reuniones internacionales, la Conferencia de Chapultepec y la de San Francisco, para promoverse como estadista. El presidente no podía permitir que siguiera acumulando ventajas frente a su propio candidato.
El primer proceso electoral de la posguerra fue distinto a todos los anteriores, entre otras razones, porque el contexto internacional incidió en la disposición de las fuerzas políticas, en sus estrategias y en la definición de sus objetivos. Más todavía, se organizó en buena medida en beneficio del exterior, y con el propósito de afianzar la pertenencia de México a la alianza de las democracias occidentales. Tanto así que puede decirse que los candidatos y el gobierno hicieron la campaña mirando hacia afuera, con los ojos puestos en las reacciones de Washington, por momentos más atentos a éstas que a las que suscitaban en México.
Así ocurrió porque el acrecentado poder de Estados Unidos había ampliado las asimetrías entre los dos países, la relación bilateral se había enriquecido y era más compleja que seis años antes. La capacidad de influencia y de presión de Washington sobre México también había aumentado. Era imposible darle la espalda a la realidad.
Aun cuando en 1945 el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética no se hubiera declarado todavía, muchas eran las señales de que la alianza de la guerra había llegado a su fin con la derrota de Alemania. Así, desde los primeros meses de la posguerra, al igual que en muchos otros países, en México las fuerzas políticas se reacomodaron a partir de la reproducción de ese conflicto ideológico en el ámbito interno. por consiguiente, la campaña política de 1945-1946 fue como una caja de resonancia del antagonismo soviético-americano, en la que los candidatos se definían primero en relación a la oposición capitalismo/socialismo, y luego en relación con las decisiones del gobierno avilacamachista. En la base de esta definición subyacía la fractura cardenismo/anticardenismo. Así, la izquierda cardenista se identificó con el socialismo, mientras que el mundo heterogéneo del anticardenismo quedaba alineado a la noción genérica de las democracias occidentales.
El contexto internacional en sí mismo hubiera tenido un significado limitado en México, pero se ancló en referentes locales como el cardenismo, en instituciones como el partido oficial o la Iglesia católica. Así que, por lejano que a muchos pareciera, el antagonismo entre Estados Unidos y la Unión Soviética impactó el desarrollo institucional del sistema político mexicano. La presidencia recibió esta influencia porque la amenaza de la guerra nuclear reforzó la tendencia a la centralización del poder. La fragilidad del equilibrio internacional demandaba respuestas rápidas a situaciones de emergencia sin necesidad de movilizar el apoyo de otras instancias.
La importancia excepcional del contexto internacional en el proceso sucesorio de 1945-1946 se manifestó en la creencia que compartían todos los contendientes de que Washington intervendría en el proceso; y pese a las repetidas protestas en contra de los funcionarios estadunidenses, esa convicción fue el punto de partida de todos los actores políticos mexicanos, aunque tuviera más que ver con la imagen del poder que con la realidad.
En este caso, la influencia de Estados Unidos debe verse no tanto como una voluntad deliberada de intervención sino como una consecuencia de su novedosa condición de superpotencia. Spruille Braden planteó el cambio en los siguientes términos: “Nuestro problema no es saber cómo evitamos usar nuestro poder. No podemos evitar usarlo porque en la balanza pesa lo mismo ejercer ese poder que no hacerlo deliberadamente. No usar nuestro poder puede significar hacer mal uso de ese poder…”.1 Estados Unidos, por su simple peso, ejercía sobre el gobierno mexicano una presión casi palpable que en cualquier momento podía materializarse en medidas concretas.
Por último, esta campaña electoral fue la primera que se organizó en México con técnicas modernas de promoción, y según el modelo estadunidense, con el apoyo de fondos privados y el respaldo de distinguidos intelectuales y artistas de cine; por ejemplo, en manifestaciones públicas de apoyo a Miguel Alemán, Jorge Negrete cantaba el himno alemanista. El resultado fue un triunfo contundente del candidato del presidente, en apariencia impecable desde el punto de vista de las formas democráticas, en el que los incidentes violentos fueron excepcionales.
El desarrollo pacífico del proceso, en fuerte contraste con lo ocurrido en 1940, fortaleció la oposición de Ávila Camacho y, por ende, la de su sucesor, que recibió un legado de buena voluntad y optimismo en relación con el futuro del país. La capacidad de mantener los procesos políticos internos al abrigo de la interferencia de Estados Unidos, es considerada uno de los grandes logros de la élite posrevolucionaria. Aquí se cuestiona esta interpretación porque todo sugiere que esos límites no fueron resultado de la defensa que hiciera el gobierno mexicano de la autodeterminación; tampoco producto de una negociación bilateral. En realidad, México participó poco en la definición del alcance de la influencia de Estados Unidos en su política interna. El Departamento de Estado fijó esa frontera después de evaluar sus propios intereses y luego de calcular el margen de tolerancia que necesitaba el gobierno mexicano para atenderlos sin comprometer su propia estabilidad. Es decir, Washington definió la frontera de su influencia a partir de la debilidad mexicana, pero su objetivo no era aniquilar su autonomía —que hubiera podido hacerlo—, sino fortalecerla para tener el interlocutor que requería la promoción de sus intereses. Ese fue el eje de la estabilidad en la asimetría en que se sostuvo la relación bilateral hasta los años ochenta.
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La elección presidencial de 1946 tuvo lugar en un sistema político en apariencia estable, cuyos equilibrios normalmente se asocian con el éxito de la política de unidad nacional. No obstante, más que reconciliar a las fuerzas políticas adversarias que el cardenismo había sacudido, el presidente Ávila Camacho administró sus diferencias, les restó estridencia y las desactivó con un sencillo discurso democrático.
La estabilidad política se logró gracias también al monopolio que ejercía el PRM sobre los cargos de elección. En 1945-1946 el proceso sucesorio puso en riesgo estos logros y los acuerdos mínimos sobre los que descansaba dicha estabilidad; sin embargo, era ineludible, por lo menos, en virtud del compromiso que había adquirido México con la democracia en los foros internacionales.
Desde finales de 1944 se manifestaba el nerviosismo por la sucesión presidencial. Se barajaban varios nombres como posibles candidatos. Sin embargo, gradualmente la atención de la prensa se concentró en el secretario de Gobernación, Miguel Alemán, en Miguel Henríquez Guzmán, jefe de la zona militar de Jalisco, y en el canciller Ezequiel Padilla.
Seis años después de la violenta elección de 1940, muchos eran los elementos que por primera vez intervenían en el proceso y no se sabía cuál sería su eficacia o el consentimiento que encontrarían en la población, desde la ley electoral hasta el PRI. Tampoco se sabía si el nuevo partido podía cumplir con los objetivos de movilizar y controlar la participación. Algunos dudaban de la capacidad del presidente Ávila Camacho para contener los efectos disruptivos de la elección. Por último, la actitud de Washington hacia el nuevo gobierno también era una incógnita. El presidente Roosevelt había fallecido en abril de 1945, y se sabía muy poco de su sucesor. Esta falta de certezas se añadía a los temores que provocaba la fragilidad de la paz.
La incertidumbre que generaba la elección no se limitaba al candidato ganador, sino que era más amplia. En noviembre de 1945, el embajador de Estados Unidos en México, George S. Messersmith, recibió un reporte del primer secretario, Guy W. Ray, acerca de las tensiones en el interior de la élite política mexicana, tal y como lo había escuchado de un “amigo íntimo” del candidato del gobierno. Esta información llevó al diplomático a la conclusión de que “cualquier cosa puede todavía pasar. Hasta ahora nada se ha definido”.2
La reforma política del presidente Ávila Camacho no tuvo el efecto democratizador que él esperaba. Por una parte, implantó la legitimidad democrática del voto en el corazón de la estabilidad de la institución presidencial, pero, por la otra, también hizo del voto la justificación central del ejercicio autoritario del poder. El presidente sería siempre aplaudido como representante de grandes e incontestables mayorías que se reproducirían cada seis años; pero estaba libre de las demandas ciudadanas porque el voto no era el origen de su autoridad, sino que emanaba del poder mismo.
Desde una perspectiva más puntual, la evolución del presidencialismo en esta etapa fue el resultado de la nueva ley electoral, del PRI y del contexto de la posguerra. La combinación de estos tres factores dio lugar a la articulación de un sistema político distinto del anterior, pues ya no se fundaba en el caciquismo y en el pactismo, sino en un poder Ejecutivo federal que centralizaba facultades administrativas y políticas, que subordinó el partido hegemónico a su autoridad y aumentó su capacidad de control sobre el personal político. Era un sistema autoritario, pero más acorde con las exigencias de una sociedad crecientemente urbanizada, con la transformación de la economía mexicana y con las demandas de participación de clases medias en expansión.
Como si hubiera querido protestar por la liquidación del sistema político que fundó con la creación del PNR, el general Calles falleció el 19 de octubre de 1945. No obstante, si hubiera tenido un poco más de paciencia habría comprobado que el marco institucional que se diseñó ese año no negaba su origen callista, pues su objetivo prioritario era la modernización y no la construcción de la democracia.
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La convicción democrática que había expresado el presidente Ávila Camacho al impulsar la reforma política que no incluía la renuncia al privilegio de designar al candidato del PRM, que equivalía a nombrar a su sucesor en la presidencia de la República. Así, ejerció con toda naturalidad esa prerrogativa presidencial única,3 y se inclinó por el secretario de Gobernación, Miguel Alemán.
El hecho de que el ejército, la burocracia y las organizaciones de masas asociadas al partido hubieran aceptado su decisión a pesar de que se habían manifestado corrientes favorables a otros aspirantes como el jefe del Departamento del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez y el general Henríquez Guzmán,4 habla del poder que había alcanzado Ávila Camacho y de la capacidad de control político que había desarrollado la presidencia de la República. Asimismo, revela la posición secundaria a que había sido relegado el PRM, que no intervino ni siquiera marginalmente en la designación. No sólo eso, sino que la asamblea en la que debía cumplirse el requisito de elegir al candidato tampoco podía llevarse a cabo porque los desacuerdos en el interior del partido no se habían resuelto.
El presidente Ávila Camacho confió a Lombardo Toledano y a la CTM organizar la movilización popular de apoyo a Alemán. Este respaldo lanzó señales equívocas en relación con la continuidad ideológica de la élite política, porque hizo creer a muchos que nada había cambiado. No obstante, el fin del cardenismo se había llevado consigo buena parte del radicalismo y de la capacidad de influencia de Lombardo y del PRM, pero la unidad nacional avilacamachista permitió disimular ese descarte. Desde 1941 se hablaba de la necesidad de desmantelar el partido del cardenismo, pero el desacuerdo reinaba cuando se trataba de discutir el nuevo partido: mientras la izquierda oficial planeaba la creación de “un verdadero partido de los trabajadores”, la derecha —por llamarla de alguna manera— aspiraba a la fundación de un partido de corte liberal que superara los compromisos y las restricciones del corporativismo cardenista.
Mientras se resolvían las diferencias, el partido existente era el único mecanismo del que disponía el presidente para encuadrar a las grandes organizaciones sociales en el proceso sucesorio, así como Lombardo Toledano era el único líder capaz de llevar a cabo la incorporación de sindicatos y ligas agrarias al PRM. Durante la guerra, el fundador de la CTM se había concentrado en construir la Central de Trabajadores de América Latina (CTAL); este compromiso limitó su presencia en México. Ahora sabemos que su participación en la fundación del PRI y en la candidatura de Alemán fue su canto del cisne.
El 24 de mayo de 1945, en respuesta a una invitación de Lombardo Toledano “en acuerdo con el presidente Ávila Camacho”,5 se reunieron en la biblioteca de la Universidad Obrera los dirigentes de las centrales sindicales, la CTAL, la CTM, la CNOP y la FSTSE, la CNC y el Partido Comunista Mexicano.6
El objetivo era unificar a esos grupos en torno a la candidatura de Miguel Alemán.7
Concluido lo que la prensa llamó el "Pacto de las Centrales", el 7 de junio Lombardo Toledano presentó a Miguel Alemán a los trabajadores de la CTM en una asamblea magna en el Teatro Iris. De ese discurso se ha citado mucho la frase que dedicó a Alemán como el "cachorro de la Revolución", como si hubiera sido un elogio. Sin embargo, la lectura del documento completo indica que Lombardo fue más allá de una introducción del precandidato y que la metáfora del cachorro no era un halago.
El tono condescendiente de la intervención sugiere que Lombardo veía en Alemán a un político bisoño que tenía que aprender mucho de sus mayores. Esta intención es notable sobre todo cuando se refiere a él en estos términos: “Usted es un cachorro de Lázaro Cárdenas y de Manuel Ávila Camacho; no hay necesidad siquiera de inventar actitudes. El pueblo organizado anuncia un programa; usted lo acepta. Tiene usted el ejemplo vivo de Lázaro Cárdenas y de Manuel Ávila Camacho. La tarea aunque ardua, no es insuperable”.8
Según el reportaje de la revista Mañana, al término de su discurso “Lombardo fumaba en pipa satisfecho de su obra”.9 La insolencia del líder habrá sorprendido a pocos, pues semanas antes había expresado en público su desdén por el candidato. Eliminados Rojo Gómez y Henríquez Guzmán, Lombardo concluyó: “Sólo queda un hombre: el licenciado Miguel Alemán. Si yo mismo lo he señalado en San Francisco como el menos capaz de los tres, creo, en cambio, que es quien ofrece mejores garantías”.10
En su respuesta al discurso de introducción de Lombardo Toledano, Miguel Alemán pasó por alto al líder sindical para dirigirse a la asamblea, describir su programa de gobierno, y anunciar que iba a incorporar a las “fuerzas populares organizadas” presentes; pero, añadió que también estarían con él “elementos sociales progresistas”, por ejemplo, los empresarios, justo aquéllos de los que desconfiaban los sindicalistas, y a los que se negaban a admitir en el PRM. Pese al desacuerdo, Alemán fue aclamado, sin votación, precandidato de la CTM a la candidatura presidencial del PRM. Era reconocido como hijo de la experiencia fundadora de la Revolución, heredero legítimo de sus tradiciones y propósitos; pero era aceptado nada más como un intérprete. no se pensaba que pudiera hacer ninguna aportación.
En las semanas siguientes, el respaldo a Alemán se fue ampliando; los apoyos llegaban en cascada; las calles de la Ciudad de México aparecieron tapizadas con propaganda a su favor; proliferaron los grupos organizados de simpatizantes, desde estudiantes universitarios hasta campesinos. Sin embargo, Lombardo toledano fue quien dio el empujón decisivo a la candidatura de Miguel Alemán, suspendió temporalmente sus actividades en el Workers Trade Regional Conference y al frente de la CTAL, y se concentró en la ofensiva contra el candidato Padilla.
Lo único que explica la cooperación de Lombardo Toledano con los planes presidenciales y la campaña de Alemán es su obsesión con la unidad nacional; la terquedad que lo ataba a la estrategia del frente popular y a la autoridad presidencial; y su determinación de impedir la llegada de Padilla al poder.11
El fin del cardenismo había cimbrado la identidad del PRM, y su evolución había sido decepcionante. Tanto así que, el 10 de septiembre de 1944, Lombardo anunció, junto con Narciso Bassols y Dionisio Encina, la formación de la Liga Socialista Mexicana, que era el germen de un amplio frente de izquierdas.12 Paradójicamente, el lanzamiento del primer candidato presidencial del PRI estuvo en manos de un líder que planteaba la fundación de otro partido.
Lombardo Toledano estuvo dispuesto a apoyar a Alemán por lealtad al presidente, su amigo,; pero también vio la oportunidad de promover su propio proyecto de creación de un partido de los trabajadores, que representara al cardenismo como opción de gobierno; sobre todo lo impulsaba la profunda animadversión que le inspiraba el secretario Padilla. La lectura de los discursos de Lombardo Toledano en esta campaña sugiere que hubiera hecho cualquier cosa para impedir que el canciller llegara a la presidencia de la República, en quien veía a un agente de Estados Unidos.
No obstante la movilización de las organizaciones de masas, para nadie era un secreto que la designación de Alemán había sido una decisión del presidente, entre otras razones porque hasta mayo de 1945 el PRM ni siquiera había sacado la cabeza. Su ausencia de las primeras etapas del proceso sucesorio es una medida de su irrelevancia que, por lo demás, a nadie sorprendió porque así había sido durante la presidencia avilacamachista. En esos meses, el partido vivía una larga agonía que se había iniciado con el fin del gobierno de Cárdenas, su único hogar verdadero, porque nunca encontró una posición cómoda ven el gobierno de la unidad nacional que, como hemos visto, se contraponía a la unidad revolucionaria que pretendía representar el partido.
Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.
1 Spruille Braden, “Congratulatory Address”, Science, New Series, 103 (1946), núm. 2672, p. 325.
2 BLHU, “From Guy W. Ray to the H. Secretary of State”. Dispatch nr. 27225. Mexico City, November 3rd, 1945. Reel 2/00501. U.S. State Department Central Files, Mexico Internal Affairs, 1945-1949.
3 Como afirma Rogelio Hernández: “En rigor, la mayor prueba del control presidencial y del carácter instrumental del partido, radicó siempre la facultad del Ejecutivo para seleccionar e imponerle al PRI su sucesor”. Rogelio Hernández Rodríguez, “La historia moderna del PRI. Entre la autonomía y el sometimiento”, Foro Internacional, 40, 2000, pp. 178-306, especialmente p. 303.
4 Luis Javier Garrido, “El partido del Estado ante la sucesión presidencial en México (1929-1987)”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 49, núm. 3, 1987, pp. 59-82.
5 Citado en James y Edna Wilkie, México visto en el siglo XX. Entrevistas de historia oral, vol. 2, Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas, México, 1969, p. 367.
6 En dicha reunión Lombardo toledano había anunciado: “Mi proyecto es que cada uno de ustedes, al frente de los sindicatos que representan, lancen en el curso de la próxima semana la candidatura del licenciado Alemán. Con ello se hará una demostración de fuerza tan aplastante, que ningún otro individuo será capaz de lanzarse a la lucha, sabedor de que la tiene perdida”. Citado en “Futurismo”, Mañana, núm. 92, 2 de junio de 1945, p. 6.
7 Lombardo Toledano dijo a James y Edna Wilkie: “Ayudé a que Miguel Alemán fuera presidente de la República. Aquí, en esta casa, le comuniqué que él sería el presidente de la República. Porque en la Universidad Obrera se reunieron durante una semana todos los elementos representativos de la vida política del país y los unifiqué, de acuerdo con el presidente Manuel Ávila Camacho, a favor de Miguel Alemán”. James y Edna Wilkie, México visto en el siglo XX, op. cit., vol. 2, p. 367.
8 “Discurso de Lombardo Toledano en el mítin de apoyo a la candidatura de Miguel Alemán a la presidencia de la República. 7 de junio de 1945”, en ICAP, Historia documental del partido de la revolución, t. V: PRM-PRM, 1945-1950, México, Partido Revolucionario Institucional / Instituto de Capacitación Política, 1982, p. 44. Esta actitud corresponde a la poca simpatía que le inspiraba Alemán.
9 “Cachorro”, Mañana, núm. 96, 16 de junio de 1945, p. 5. El semanario Time fue mucho más agresivo: “El homenaje al exsecretario de Gobernación, el conservador Alemán, fue una pieza sobresaliente de hipocresía. No son amigos: Alemán había deseado deshacerse de Lombardo, pero como a Lombardo toledano le gusta estar con el ganador, y como Alemán necesitaba el apoyo del ala radical, seguirá la hipocresía. Alemán será el jefe y continuará la deriva del partido hacia la derecha”. “MEXICO. Lombardo for Aleman”, Time, 28 de enero de 1946; en: http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,6855320,00.html, consultado el 7 de agosto de 2015.
10 “Futurismo. I.- Maffia”, Mañana, núm. 92, 2 de junio de 1945, p. 6.
11 Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, trad. Paloma Villegas, México, Era, 1996, pp. 117-150. Véase también Daniela Spenser, En combate: la vida de Lombardo Toledano, México, Debate, 2018, pp. 268-269.
12 Luis Javier Garrido, El partido de la Revolución institucionalizada (Medio siglo de poder político en México). La formación del nuevo Estado, México, Siglo XXI Editores, 1982, p. 346.