El artículo de Carl Bernstein que publicamos a continuación será revelador para nuestros lectores, no sólo de la situación en que están actualmente la prensa y, en general, los medios informativos en Estados Unidos, sino de nuestro propio entorno. Varias de las cosas que dice Bernstein sobre los medios estadunidenses resultan claramente aplicables a los medios mexicanos. O, para enunciarlo con Bernstein, “el tema de la prensa es uno de los grandes temas que la prensa no cubre”, y debiéramos empezar por preguntarnos “al servicio de quién está, qué estándares tiene, qué intereses la mueven y cómo ha eclipsado el interés público y el interés por la verdad”.

Hace casi una generación del drama que comenzó con la toma de Watergate y terminó con la renuncia de Richard Nixon, veinte años enteros en los que la prensa estadunidense se ha dejado llevar por un extraño arrebato de autocongratulación y vindicación de su desempeño en ese asunto y después de él. La autocongratulación no está justificada; la vindicación, por desgracia, sí lo está. Porque cada vez más el país que ofrecen hoy los medios de comunicación estadunidenses es un país ilusorio y embaucador —desfigurado, irreal, desconectado del verdadero contexto de nuestras vidas—. Cuando cubren la vida real, los medios —semanalmente, cada día y cada hora— abren nuevo terreno a la mal información. La cobertura está alterada por la celebridad y el culto a la celebridad; por la reducción de las noticias en beneficio del chismorreo, que es la forma más baja de la noticia; por el sensacionalismo, que es siempre un alejamiento del estado verdadero de una sociedad; y por un discurso político y social que nosotros —la prensa, los medios, los políticos y la gente— estamos convirtiendo en una cloaca.

Volvamos a Watergate. Hay ahí una lección, sobre todo en lo que respecta a la prensa. Hace veinte años, el 17 de junio de 1972, Bob Woodward y yo empezamos a cubrir la historia de Watergate para The Washington Post. Al inicio del caso Watergate había en Washington D.C. unos 2,000 reporteros profesionales en activo, según un estudio de la Columbia University School of Journalism. Después, en los seis primeros meses, los medios informativos de Estados Unidos encargaron a sólo 14 de esos 2,000 hombres y mujeres que cubrieran de tiempo completo la historia de Watergate. Y de esos 14, sólo 6 tenían el encargo de cubrir la historia como una “investigación”, es decir, ir más allá del registro de las obvias declaraciones diarias y de las actas de los tribunales, y tratar de averiguar exactamente qué había pasado.

A pesar de la mitología que ha llegado a rodear al periodismo de “investigación”, es importante recordar qué hicimos y qué no hicimos en Watergate. Porque lo que hicimos no fue, a decir verdad, nada del otro mundo. Nuestro trabajo de poner al descubierto la historia de Watergate se basaba en la forma más elemental de un informe de fuente policiaca. Confiamos más en el sentido común y el respeto a la verdad que en otra cosa —en los principios que me habían reiterado una y otra vez en el viejo y maravilloso Washington Star—. Woodward y yo éramos dos redactores de la sección dedicada a la ciudad con el encargo de cubrir lo que en el fondo no dejaba de ser un timo, de modo que aplicamos las únicas técnicas de reportaje que sabíamos. Tocamos a muchas puertas, hicimos muchas preguntas, pasamos mucho tiempo escuchando: lo mismo que los buenos reporteros —desde Ben Hecht, Mike Berger y Joe Liebling hasta el joven Tom Wolfe— escucharon durante años. Como reporteros locales, no teníamos ningún acceso a las fuentes más altas, ni gastos ilimitados de representación con los cuales cortejar a los poderosos en elegantes restaurantes franceses. Hicimos nuestro trabajo lejos del encantador mundo de los ricos, los famosos y los poderosos. Eramos de mediopelo.

De modo que nos abrimos paso entrevistando a oficinistas, secretarias y ayudantes administrativos. Los vimos fuera de sus oficinas y en sus casas, por la noche y los fines de semana. Los fiscales y el FBI entrevistaron a las mismas personas que nosotros, pero siempre en sus oficinas, siempre en presencia de abogados del gobierno, nunca en casa, nunca por la noche, nunca los de sus trabajos ni libres de la intimidación y las presiones. No es de sorprender que el FBI y el Departamento de Justicia llegaran a conclusiones opuestas a las nuestras y optaran por no triangular piezas clave de información porque decidieron “suponer regularidad”, como lo denominó el entonces director en funciones del FBI, L. Patrick Gray III, en los hombres que rodeaban al presidente de los Estados Unidos.

Ni siquiera los colegas de la prensa tomaron en serio la manera en que trabajábamos hasta que nuestra llana metodología sacó a flote una información extraordinaria (e incontrovertible): una historia de espionaje y sabotaje político sistemático e ilegal dirigido desde la Casa Blanca, de fondos secretos, de líneas telefónicas interceptadas, de un equipo de “plomeros” -ladrones- que trabajaban para el presidente de los Estados Unidos. Y además del encubrimiento, una obstrucción de la justicia que se extendía al propio presidente.

Es importante recordar también la respuesta de la administración Nixon: hacer del comportamiento de la prensa el tema de Watergate, en vez de que el tema fuera el comportamiento del presidente y de sus hombres. Día tras día, la Casa Blanca de Nixon emitió lo que nosotros acabamos por llamar la “no negación”: cuando se les pidió que comentaran nuestros informes, el Secretario de Prensa Ron Ziegler, el dirigente de la minoría en el Congreso Jerry Ford y el dirigente republicano del Senado Bob Dole nos acusaron de difundir rumores, de asesinar reputaciones y de ser meros insinuadores, sin responder nunca a lo específico de nuestros reportes. “Las fuentes del Washington Post son un foco de desinformación”, respondió la Casa Blanca cuando publicamos que los ayudantes más cercanos al presidente controlaban los fondos secretos con los que se había pagado la toma de Watergate y un extenso encubrimiento (para no mencionar las inspiradas palabras que me dijo John Mitchell: “Si ustedes publican esto, le van a prensar los pechos a Katie Graham en un enorme exprimidor…”).

En vez de desaparecer luego de Watergate, la técnica nixoniana de convenir a la prensa en tema alcanzó nuevas alturas de ingenio y cinismo durante la administración Reagan y hoy está en su apogeo. De ahí la reveladora declaración de Reagan sobre los tristes y pesarosos acontecimientos que asolaron su presidencia en el caso Irán-contra: “Lo que me enerva es que este asunto no fracasó hasta que la prensa obtuvo algo de información de ese periodicucho en Beirut y empezó a inflarla. Todo se reduce a una gran irresponsabilidad por parte de la prensa”.

Y ahora una vez más tenemos en George Bush a otro presidente obsesionado con fugas de información y el secretismo, un presidente que no pudo comprender por qué la prensa consideró que era noticia que sus hombres montaran una falsa narco-redada en Lafayette Square, enfrente de la Casa Blanca. “¿De qué lado están ustedes?”, preguntó. Era una pregunta verdaderamente nixoniana. Tal vez este desprecio por la prensa, transmitido a cientos de funcionarios que detentan cargos públicos en la actualidad, incluido Bush, sea el legado más importante y perdurable de la administración Nixon.

En retrospectiva, la extraordinaria campaña de la administración Nixon para socavar la credibilidad de la prensa triunfó en gran medida a pesar de todas las posturas postWatergate que se tomaron en nuestra profesión. Triunfó en gran medida debido a nuestras propias y obvias fallas. El hecho escueto y desnudo es que nuestro periodismo no ha sido lo bueno que debiera. No fue lo bastante bueno en los años de Nixon, empeoró en los años de Reagan y hoy no es mejor. Somos arrogantes. En los medios, no hemos logrado abrir nuestras propias instituciones a la misma clase de escrutinio que exigimos de otras instituciones poderosas en la sociedad. No estamos más dispuestos ni más abiertos a reconocer errores o juicios equivocados que los malandrines y los burócratas felones a los que durante tanto tiempo escudriñamos.

Hoy, el mayor crimen periodístico (como hace poco lo hizo notar Woodward) consiste en ir a la zaga o perder una historia importante; o para ser más precisos, aparentar que se está a la zaga o aparentar que se corre el peligro de perder una historia importante. Así que la rapidez y la cantidad sustituyen a la escrupulosidad y la calidad, a la precisión y al contexto. La presión por competir, el temor a que alguien se adelante, crea un entorno frenético en el que se ofrece un aluvión de información y es probable que no se planteen preguntas serias; e incluso en aquellos casos afortunados en los que se plantean esas preguntas (como sucedió después de algunas de las historias escandalosas sobre la familia Clinton), nadie ha invertido las semanas y los meses de trabajo necesarios para clasificarlas y responderlas adecuadamente.

Informar no es hacer estenografía. Es la mejor versión de la verdad que se puede obtener las tendencias realmente significativas en el periodismo no se han dirigido a un compromiso con la mejor y más compleja versión de la verdad que se pueda obtener, ni a la construcción de un nuevo periodismo basado en una información seria y consciente. No son éstas las prioridades que salían a la vista del lector o del que hojea de la página uno a la “página seis” de la mayoría de nuestros periódicos; y tampoco lo que se le da a un televidente cuando sintoniza las noticias locales de las once horas o, con demasiada frecuencia, incluso las noticias producidas por las grandes cadenas.

“Muy bien, ¿fue ésta realmente su mejor experiencia sexual?”. Esto fue lo que dijo Diane Sawyer en una entrevista de Marla Maples en “Prime Time Live”, un programa de ABC News (del que “más norteamericanos obtienen sus noticias…que cualquier otra fuente”). Esas palabras marcaron un nuevo bajón (del que la propia Sawyer ha salido con mucho esfuerzo). Durante más de quince años nos hemos apartado del periodismo verdadero rumbo a la creación de una cultura banal, de la información como entretenimiento, en la que los deslindes entre Oprah, Phil, Geraldo, Diane y hasta Ted, entre el New York Post y el Newsday, son con demasiada frecuencia indistinguibles. En esta nueva cultura de marquesina periodística, enseñamos a nuestros lectores y a nuestros televidentes que lo trivial es lo importante, que lo sensacionalista y lo alarmante son más importantes que las noticias reales. No estamos al servicio de nuestros lectores y televidentes, somos sus alcahuetes. Y condescendemos, dándoles lo que pensamos que quieren y lo que calculamos que se venderá y que aumentará ratings y número de lectores. Lamentablemente, al parecer muchos de ellos justifican nuestra condescendencia y aceptan la masquiña. Aun así, el papel de los periodistas es espabilar a la gente y no simplemente divertirla.

Estamos en vías de crear, en suma, lo que merece bautizarse como la cultura idiota. No una subcultura idiota, que bulle bajo la superficie de todas las sociedades y que proporciona una diversión inofensiva, sino la cultura misma. Por primera vez en nuestra historia, lo desaforado, lo estúpido y lo vulgar se están convirtiendo en nuestra norma cultural, incluso en nuestro ideal de cultura. Hace unos meses, en Nueva York presenciamos una elección preliminar en la que “Donahue”, “Imus in the Morning” y la oprobiosa cobertura del New York Daily News y del New York Post eclipsaron al New York Times, a The Washington Post, a las cadenas de noticias y a los reporteros políticos serios y expertos. Hasta The New York Times se ha visto obligado a dar el nombre de la víctima de la violación en el caso Willie Smith; a poner a Kitty Kelley en la primera plana como una noticia importante; a ocuparse de las urnas como si fueran premios de lotería.

No es mi intención atacar a la cultura popular. El buen periodismo es cultura popular, pero cultura popular que amplía el horizonte informativo de sus frecuentadores y no una cultura que busca dirigirse al denominador común cada vez más bajo. Si por cultura popular nos referimos a expresiones de pensamiento o de sentimiento que no exigen ningún esfuerzo por parte de sus consumidores, entonces el periodismo popular decente está acabado. Lo que sucede hoy, por desgracia, es que una forma íntima de cultura popular —falta de información, desinformación, malinformación y un desprecio por la verdad o la realidad de las vidas de mucha gente— ha infestado el verdadero periodismo.

Hoy se atiborra de basura al estadunidense común: con los programas de personajes estrafalarios del tipo Donahue- Geraldo-Oprah (travestismo en el mercado; cabezas rapadas en el merendero de la esquina; psicólogos pop que hablan con entusiasmo sobre las mentes de asesinos de serie televisiva y delincuentes sexuales); con las noticias a la Maury Povich; con el “Hard Copy”; con Howard Stern; con noticieros locales que tienen secciones especiales dedicadas al exotismo. Hace unos meses, en el Nueva York supuestamente sofisticado, el mercado de medios de comunicación más grande del país, en el noticiero de las once horas pasó una deleznable serie de cinco partes titulada “¿De dónde sacan a esa gente…?”, un reportaje especial sobre dónde consiguen a sus estrafalarios personajes Geraldo, Oprah y Donahue (el anuncio de la serie presentaba a Donahue entrevistando a un hombre con pañales y un chupón en la boca).

El hecho no es sólo que se trata de periodismo de basurero. Eso es obvio. También es esencial destacar que este programa pasó en una estación propiedad de la NBC y operada por ella. ¿Y quién distribuye a Geraldo? La Tribune Company de Chicago. ¿De quién son las estaciones en las que esos travestis y transexuales, esas cabezas rapadas y esos abogados de asesinos de serie televisiva consiguen cartel para sus rollos? Las grandes cadenas, la Washington Post Company, docenas de periódicos importantes que también son propietarios de estaciones de televisión, el TimesMirror y la New York Times Company, entre otros. Y hace unos meses Ivana Trump, tal vez la única gran creación de la cultura idiota, un artefacto tabloide si alguno hay, apareció en la portada de Vanity Fair. O sea, en la portada de la revista que comanda las publicaciones de Condé Nast, el mismo Condé Nast / Newhouse / Random House cuyos ejecutivos defenderían ante cualquiera la solemnidad de su profesión, los que le dirían a uno hasta muy entrada la noche cuan seriamente están en contacto con la cultura estadunidense, cuán seriamente están con la verdad.

Véase también lo que hay estos días en la lista de los libros más vendidos de The New York Times. Double Cross: The Explosive Inside Story of the Mobster Who Controlled America, de Sam y Chuck Giancana, Warner Books, 22.95 dólares. (No olvidar que cuesta 22.95 dólares.) Este libro es una fantasía casi de principio a fin. Está repleto de invenciones y mentiras, de conspiraciones que nunca sucedieron, de malinformación y desinformación, toda ella diseñada para forrar los bolsillos de alguien y satisfacer los egos retorcidos de ciertos parientes de un gángster hambrientos de fama. Pero este libro lo publicó Warner Books, filial de Time Warner, una compañía con la que yo estuve asociado mucho tiempo. (All the President’s Men es una película de la Warner Bros., la edición de bolsillo de All the President’s Men también la publicó Warner Books, y acabo de pasar dos años como corresponsal y colaborador del Time.) No cabe duda de que el editor del Time no gana nada con la publicación de un libro que sus ejecutivos y sus editores saben que es una burla histórica, sin más valor atendible que el monetario.

A estas alturas, los defensores de las instituciones a las que estoy atacando esgrimirán la Primera Enmienda. Pero aquí no se trata ni de la Primera Enmienda ni de la libertad de expresión. En un país libre, también la basura tiene libertad para circular. Pero el hecho de que la basura encuentre siempre una salida no significa que tengamos que proporcionarle siempre una salida. Y las grandes compañías de información en este país están ahora en el negocio de la basura. Todos sabemos lo que es la pornografía, y por supuesto que la pornografía tiene derecho a existir, pero no todos tenemos que ser editores de pornografía; y en Estados Unidos casi no hay en los últimos años una sola compañía importante de medios de comunicación que no haya metido el dedo del pie en el equivalente social y político de la pornografía.

Ahora hay muchos que están metidos hasta la cintura en el lodazal. Por ejemplo Donahue. Hace dieciocho años, Woodward y yo fuimos a Ohio a presentar nuestro libro porque nos dijeron que había un tipo que tenía un programa sindicalizado de conversación y que hacía las entrevistas más sustanciales. Y así era. Donahue había leído nuestro libro. Tenía mapas, conocía las pruebas, condujo una discusión seria sobre las implicaciones de Watergate para el país y para los medios de comunicación. Pero hace unos meses, Donahue invitó a Bill Clinton a su programa y durante media hora se dedicó a un espectáculo de lucha en el lodo que resultó excesivo incluso para el público del estudio. Donahue fue uno de los entrevistados para ese reportaje especial de la NBC sobre “¿De dónde sacan a esa gente…?”, y en ese programa salió con el infame “atenuante” de que como Oprah y los otros iban más lejos en este terreno, él también tenía que hacerlo.

Sí, siempre hemos tenido una prensa tabloide sensacionalista, populachera, amarillista; y siempre hemos tenido columnas de chismes, algunas incluso poderosas como la de Hedda Hopper y la de Walter Winchell. Pero hasta ahora nunca se había dado una situación parecida a la de hoy, en la que personas supuestamente serias —me refiero a las élites intelectuales y sociales de este país— viven y mueren por esas columnas y esos programas (¡y de veras creen en ellos!), y otros millones confían en ellos como fuente primaria de información. Liz Smith, columnista de chismes del Newsday y la mejor de lo peor, ha admitido jovialmente en varias ocasiones que no se esfuerza gran cosa por corroborar la exactitud de muchos de sus temas o que ni siquiera da a los sujetos de su columna la oportunidad de que comenten lo que se está diciendo de ellos.

Durante los ocho años de la presidencia de Reagan, la prensa no alcanzó a comprender que Reagan era un verdadero dirigente, por más dormido que pareciera, por más superficial que fuera su intelecto. Ningún dirigente desde F.D. Roosevelt cambió tanto el panorama estadunidense ni logró que su visión del país y del mundo se implantara tan profundamente. Pero en los años de Reagan, los que trabajamos en la prensa rara vez quitamos los ojos de Washington para contemplar la relación entre la política, la legislación y los nombramientos judiciales y ver cómo las políticas de la administración afectaban a la gente —los niños, los adultos y las instituciones de Estados Unidos: en la educación, en el lugar de trabajo, en los tribunales, en la comunidad negra, en el cheque con el salario familiar—. Al ridiculizar la retórica de Reagan sobre el “imperio del mal”, no logramos hacer la conexión entre las políticas de Reagan y la buena disposición de Gorbachov para aflojar el tornillo del comunismo. Ahora el hecho aflora lentamente. En realidad nos hemos perdido muchas de las grandes historias de nuestra generación, desde el caso Irán-contra hasta la debacle de los préstamos y el ahorro.

Las fallas de la prensa han contribuido inmensamente al surgimiento de una nación de show dialogado en la que el discurso público se limita al desvarío, al delirio y a la pose. Tenemos ya una importante corriente de prensa cuya agenda noticiosa está cada vez más influida por ese mundo inferior. El día que Nelson Mandela regresó a Soweto y los aliados de la Segunda Guerra mundial estuvieron de acuerdo con la unificación de Alemania, las primeras planas de muchos periódicos “serios” estaban dedicadas al divorcio de Donald e Ivana Trump.

Luego tuvimos ante nosotros la apoteosis de esa cultura de show dialogado. Me refiero a Ross Perot, un candidato creado y sostenido por la televisión, lanzado en “Larry King Live”, cuya proclividad al fanfarroneo y a la pose tenía mucho menos que ver con los afanes de la democracia liberal que con los supremos eruditos de “The McLaughlin Group”; un candidato cuyo propósito esencial era sustituir la democracia representativa por un show en vivo para todo el país. Y este candidato, que desvió a su gana cualquier escrutinio de los medios de comunicación con afirmaciones desvergonzadas de su propia ignorancia, llegó a encabezar las encuestas frente a los candidatos de ambos partidos en varios estados importantes.

En materia informativa, hoy el tema más apremiante del mundo es la condición en que se encuentra Estados Unidos. Nuestro sistema político está en una profunda crisis; presenciamos una caída de la convivencia y del sentido de comunidad que en el pasado permitieron la construcción y el avance de la democracia estadunidense. No cabe duda de que el advenimiento del show es parte de esta ruptura. Todavía se hace algo de buen periodismo, por supuesto, pero es la excepción. En el clima actual, el buen periodismo requiere una buena dosis de valor, una calidad que ahora escasea en nuestros medios de comunicación. Muchas de las cosas que se dan por hecho en Estados Unidos —referidas a la raza, a la economía, al destino de nuestras ciudades— necesitan ponerse en tela de juicio, y podríamos empezar con los medios de comunicación. Porque, junto con la cuestión racial, la historia de los medios de comunicación estadunidenses contemporáneos es la gran historia que está sin cubrir hoy en Estados Unidos. Es necesario hacer ya las mismas preguntas fundamentales sobre la prensa que nos hacemos sobre otras instituciones poderosas de esta sociedad: preguntarnos al servicio de quién está, qué estándares tiene, qué intereses la mueven y cómo ha eclipsado el interés público y el interés por la verdad. Porque la realidad es que hoy los medios de comunicación son probablemente la más poderosa de todas nuestras instituciones; y están dilapidando su poder y haciendo a un lado su obligación. Ellos —o más exactamente: nosotros— hemos abdicado de nuestra responsabilidad y la consecuencia de nuestra abdicación es el espectáculo, y el triunfo, de la cultura idiota.

 

Carl Bernstein
Escribió hace años, junto con Bob Woodward, All the President’s Men, sobre el modo en que llegaron al descubrimiento del caso Watergate. Su último libro es Loyalties: A Son’s Memoir (Simon and Schuster), nexos ha obtenido los derechos para publicar este artículo, que apareció originalmente en la revista The New Republic (junio de 1992).

Traducción de Isabel Vericat