Esta es la alocución leída en el salón de actos de la Universidad Iberoamericana en la ceremonia de recepción del Doctorado Honoris Causa en Humanidades, el 4 de octubre de 1991, en la Ciudad de México.

Más odiosa es la ingratitud
que cualquiera otra mácula de los vicios
que suelen enseñorearse de la fragilidad del alma.

I AGRADECIMIENTO

Cuando hace tiempo recibí una distinción de la misma índole a la que hoy recibo, tropecé —como ahora tropiezo— con la peculiar dificultad que hay en la grata obligación de expresar cumplidamente el agradecimiento. Hice mérito entonces, como ahora lo hago, de la penuria del lenguaje para transmitir tan entrañable sentimiento; y en prueba de ello aduje —como ahora aduzco— que para agradecer cualquier favor o leve servicio, aquella penuria nos induce a exagerar en potencia de millares la expresión de nuestra gratitud.

¿De qué manera, entonces, salir del aprieto cuando, como en el que ahora me hallo, debo transmitir al Senado de la Universidad y a toda ella el sentimiento que, por ser tan alto el honor que se me confiere, invade de gratitud mi conmovido octogenario corazón? Y ante semejante impotencia me atuve en aquella ocasión que dije, como me atendré en ésta, a simplemente dar las gracias, sí, pero con el reclamo de restituirle a esa hermosa palabra el inmarcesible significado que a nativitate le pertenece.

II PREÁMBULO

De prestarle oído a la prudencia debería dar por terminada mi intervención en esta ceremonia; pero es el caso de que el señor rector la estimó de oportunidad para escuchar, dice en su carta, mi lección doctoral, echando generosamente en olvido que el escepticismo —peregrino compañero de los muchos años de vida— más me pone en trance de recibir lección que no de darla.

Con esa cura en salud y para no dejar en limbo la optimista expectativa del rector, vaya una breve reflexión sobre los motivos que a mi parecer provocan la desazón en el ánimo de los jóvenes historiadores que, ante el desconcierto de la enorme y caótica producción historiográfica, claman por una nueva historia menos empaquetada y engreída de una supuesta erudita objetividad; un nuevo estudio del pasado que sea riguroso, sí, pero menos tedioso y aun divertido. He aludido al reclamo en el texto de la presentación de una pequeña y reciente revista —Epitafios, se llama—, audaz aventura de un reducido y preocupado grupo universitario de bisoños historiadores; y movido por tan justa demanda elegí, para tema de esta alocución, desenmascarar los tres más perniciosos e insistentes fantasmas que vician lo más de la narrativa historiográfica contemporánea entre nosotros.

III FANTASMAS

Fantasmas he dicho y fantasmas digo y lo digo en el sentido técnico que le conceden al vocablo los estudiosos de la evolución de los mitos, quienes así califican episodios o conceptos propios a estadios primitivos de un mito y que, sembrando confusión y desconcierto, aparecen como resabios en las versiones clásicas tardías.

Parecido fenómeno ocurre en la narrativa historiográfica contemporánea, y aludo principalmente a la trasnochada creencia en la posibilidad de una verdad histórica absoluta, la cual, según célebre fórmula de Leopoldo von Ranke (1795-1886), fuera la expresión inexpugnable de “lo que realmente pasó”, y cuya garantía se cifraba en la utopía de una aséptica imparcialidad y exhaustiva información testimonial.

Tan desaforada pretención persiste en el espíritu de lo más de la producción historiográfica a pesar de que, después de la batalla y triunfo en pro de la peculiaridad y autonomía del conocimiento histórico, es ya ineludible reconocer su relativismo subjetivo; admitir la vanidad en la búsqueda de leyes que gobiernen el acontecer humano, y abdicar al dorado sueño de un plan de alcance universal que —como los del positivismo y del marxismo— darían razón de las grandes transformaciones históricas para acabar anclando el curso de la historia en un paraíso de bienaventuranza social.

Ahora bien, la supervivencia en el anhelo de alcanzar una verdad histórica como la postulada por Ranke aflora en la terca persistencia de tres nociones que, verdaderos fantasmas en el sentido que expliqué, vician la autenticidad del relato histórico y eso me parece ser, en el fondo, el agente del desencanto que malogra tantas jóvenes y prometedoras vocaciones. El esencialismo en los entes históricos; el vínculo causal de los sucesos, y la desconfianza en las ocurrencias propias son las tres malignas sombras en que, por su orden, me ocuparé en seguida.

IV EL ESENCIALISMO

Los entes históricos, cualesquiera que sean, no son lo que son en virtud de una supuesta esencia o sustancia que haría que sean lo que son. Con otras palabras, su ser no les es inherente, no es sino el sentido que les concede el historiador en una circunstancia dada o más claramente dicho, en el contexto del sistema de ideas y creencias en que vive. Y así, al objetivar el ente cuya historia le interesa, es decir, al seleccionarlo como significativo, desecha, no como inexistente, pero sí como carente del sentido que le fue concedido en un diferente contexto cultural. El ser, pues, de un ente histórico es mudable y mudable será, correlativamente, su historia; mutaciones que, para decirlo de una vez, responden a la variable idea que en el curso de la historia el hombre va teniendo de sí mismo. Lo que cambia, por consiguiente, no es ni el Tiempo ni la Historia según es común pensar; lo que cambia es el hombre, extraña criatura que tiene la capacidad de inventarse diversos estilos de vida, es decir, diversas maneras de ser.

Sirva de ejemplo de esencialismo en la narrativa histórica el título México a través de los siglos de una obra envejecida, pero por otra parte no carente de mérito. Pues bien, es obvio que en ese enunciado el supuesto consiste en la idea de que lo acontecido durante el transcurso temporal —es, decir la historia— le acontece a un ente llamado México, pero le acontece como mero accidente, o lo que es lo mismo, se supone que, pese a las mudanzas históricas que registran los testimonios, es siempre el mismo México, un ente que permanece idéntico a sí mismo, encerrado en su fortaleza entitativa. Un México, pues, que sería lo que es en virtud de una misteriosa esencia que hace que sea para todos en todo tiempo y en cualquier lugar lo que ha sido, es y para siempre será. Resulta, entonces, que se establece un divorcio insalvable entre el ser del ente de que se trate y su historia, porque ésta se predica de quien, por definición y su naturaleza, es metafísicamente incapaz de tenerla. Tal el absurdo al que conduce el fantasma del esencialismo, absurdo que se desvanece con sólo pensar que la identidad del ser del ente de que se trate no es sino la que le imprime la historia que de él se predique.

V LA CAUSALIDAD

Paso a considerar en este apartado la habitual manera de establecer la conexión de los sucesos históricos como un encadenamiento de causa y efecto, claro legado o fantasma de la época en que el conocimiento histórico sucumbió al mimetismo de las ciencias de la naturaleza.

A ese respecto en otra parte traje a cuento la dificultad que le opuso el filósofo inglés David Hume (1711-1776) a la supuesta relación lógica de causa y efecto. No conoce, dice, idea más oscura que la necesaria liga que se establece entre dos fenómenos de una secuencia temporal que la postulada en aquel principio y es que, añade y cito sus palabras, no se ve por ninguna parte esa “fuerza misteriosa” que obligaría a postular, sólo por su antelación, que un fenómeno cause como efecto necesario el fenómeno subsiguiente.

Pero, además, en el caso de la narrativa historiográfica, si se pretende que un suceso es el efecto de otro anterior, se presupone la necesidad de ese vínculo, porque solamente así se trataría propiamente hablando de un efecto. Pero es de advertir que eso implica a su vez la predeterminación del proceso histórico en su integridad, ya que el suceso considerado como el causante tendría que ser, por su parte, el efecto de otro suceso anterior a él y así sucesivamente, tanto hacia atrás como hacia adelante.

Tomemos como ejemplo el de una tesis hoy muy traída y llevada, según la cual el hallazgo de una pequeña isla por Cristóbal Colón el día 12 de octubre de 1492 causó como efecto el “encuentro del Antiguo y el Nuevo mundos”. Pues bien, de haber sido así, no se ve la razón en detener en ese “encuentro” la secuencia causal, puesto que tendría que comprender en su totalidad la desde entonces acontecida historia de América y la por acontecer. Y si proyectamos el argumento hacia atrás y consideramos que aquel hallazgo de Colón también tendría que haber sido causado como el efecto de un suceso anterior y así sucesivamente, llegaríamos —según fuera mitológica o científica nuestra inclinación— o bien hasta la caída de nuestros primeros padres o bien hasta algún suceso trascendental acaecido en la época de las cavernas, y eso por quedarnos cortos, ya que podríamos remontarnos al momento de emergencia del mar de la ameba que generó la especie humana.

Tal la absurda y obligada consecuencia en la aplicación del principio causa-efecto como solución al problema de la trabazón de los sucesos históricos. Para evitar ese disparate que nos obligaría a afirmar que aquel hallazgo colombino tuvo por efecto, digamos, la reciente guerra del Golfo Pérsico, va siendo general radicar la vinculación del acontecer histórico en la correlación de un suceso con otros, misma que explica y permite comprender el suceso en cuestión.

VI DESCONFIANZA EN LA IMAGINACIÓN

La tercera sombra o fantasma en la búsqueda de la verdad histórica estriba en la pretensión de la necesidad de darle un fundamento empírico probatorio como el resultado de una investigación exhaustiva. A semejante enquistado empeño se le opone, por lo pronto, su imposibilidad fáctica: siempre habrá testimonios que eluden al todo por inexistentes, supuesto que no todo lo acontecido deja huella testimonial de sí mismo. Tal el caso de ocultos sentimientos que, sin embargo, fueron determinantes en la decisión que generó el suceso de que se trate. A este respecto me parece que el historiador debe considerar suficiente la información recogida cuando le llega el momento (si acaso le llega) en que percibe pues, una especie de revelación, o si se prefiere, la verdad histórica tiene un elemento apocalíptico que no sólo se nutre de la literalidad de los testimonios, sino de la experiencia vital del historiador, de su formación, su cultura, sus preferencias, sus filias y sus fobias. En esa revelación está la verdadera aventura y el goce de la dedicación a la historia.

Pero debe considerarse, además, que el desiderátum de Ranke de sólo atenerse a “lo que realmente pasó” tendría que incluir la no menos realidad de lo que no pasó pero pudo haber pasado. Y así caemos en la cuenta de que todo acontecimiento que el investigador selecciona por parecerle significativo, es decir, capaz de repercutir en el curso histórico, no ocurre por ser inevitable sino como opción o mera contingencia.

Advertimos, pues, que atenerse a la información utilizada, por exhaustiva que quiera suponerse, deja en la sombra zonas del acontecer que sólo puede iluminar la imaginación, esa cuasi divina facultad inventiva cuya contribución es elemento sustantivo de lo que puede y debe estimarse como la racionalidad peculiar a la tarea historiográfica. Las frecuentes declaraciones de historiadores que campanudamente notifican que nada de cuanto han consignado en su obra carece del apoyo de un testimonio, acusan su lamentable falta de imaginación o bien la radical desconfianza que les merecen sus personales ocurrencias, bajo el supuesto —verdadero fantasma de cepa positivista— de que lo imaginado es siempre falso o, en todo caso, indigno de la tremebunda seriedad de sus pujos historiográficos.

Esa actitud de falta de osadía y de desconfianza tan generalmente aplaudida y premiada, tiene, sin embargo, un altísimo precio, porque abdicar a la imaginación es en última instancia rehuir la interpretación personal, y sin ella, lo que se ofrece como verdad por impresionante que resulte la obra en volumen y en lo que pomposamente se califica de “aparato técnico”, se reduce a un mero repaso y ordenación de los jamás llamados “espirituales históricos” sino siempre “materiales históricos” almacenados durante la investigación, que ya, en esa manera de calificar los datos se revela la castración del soplo de vida que les dio existencia y su razón de ser.

VII LA HISTORIA COMO LA QUIERO

De cuanto he explicado y un poco despotricado, se destaca con nitidez lo verdaderamente indeseable en mucho del alud que hoy inunda la producción de obras de historia y de ponencias en congresos, coloquios, mesas redondas, encuentros el hoc genus omne, y no es de sorprender el desabrimiento y reclamo de jóvenes historiadores deseosos de una renovada manera de concebir y escribir la historia; y puesto que en esa inconformidad están, no me parece inoportuno concluir con la transcripción, con leves variantes, de un breve texto en el que expuse el perfil general de cómo quiero que se escriba la historia:

“Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable”.

 

Edmundo O’Gorman