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Antes de ingresar a la Liga Comunista Internacionalista, la llamada Sección Mexicana de la IV Internacional, Diego Rivera formó parte de una Asociación de Estudios y Divulgación del Marxismo-Leninismo que, por ejemplo, invitaba a conferencias sobre los progresos industriales de la entonces Unión Soviética impartidas por el “compañero ruso Jack Lavitch, quien viene realizando la proeza de darle la vuelta al mundo a pie”, como lo especificaba la invitación.

La militancia política de Rivera en los círculos trotskistas fue menos superficial de lo que él mismo admitiría más tarde. De hecho su influencia en el periódico oficial de la LCI, IV Internacional, se advierte inmediatamente. Sin duda Rivera aportó relaciones políticas, financieras y artísticas que no fueron nada desdeñables para la pequeña organización trotskista atrapada en la red de sus tan múltiples como mezquinas disputas internas. Sin duda, también, las gestiones de Rivera ante el gobierno mexicano fueron determinantes para el asilo de Trotsky en México.

Diego Rivera fue miembro del Comité Central de la LCI, uno de los animadores del Sindicato de Trabajadores de Establos y Peones Campesinos del Estado de México -con domicilio social, decían los volantes de la época, en la casa 7 del Distrito de Cuautitlán, afiliada a la Casa del Pueblo, una organización sindical “roja”- y de un organismo creado para promover la solidaridad con el bando que luchaba contra Franco en España, el Frente Internacionalista Proletario (FIP), que citaba a mítines bajo el lema “Más armas y parque para las milicias rojas de España; el 30-30 para los fascistas nacionales y el 33 para los gachupines aliados de Franco y Mola”. Los actos se realizaban en el antiguo teatro Trianón, después llamado La Comedia, o en el cine Imperial.

Una de las dos cartas inéditas que damos a conocer se sitúa en el contexto de las militancias iniciales de Diego Rivera. La primera de ellas está dirigida a Luciano Galicia, en esos años maestro normalista, en los sesenta dirigente del Sindicato Mexicano de Electricistas, al decir de Carlos Monsiváis, “una condensación de experiencias opacadas por la burocratización reinante, pero que emerge en situaciones limite”. Galicia se convertiría en un enconado adversario político de Rivera, no así Octavio Fernández -otro maestro normalista miembro de la redacción de la revista Clave, el primer intento serio de traducir las tesis de Trotsky sobre México.

La otra carta está dirigida al Comité Central de la LCI y merece una pequeña explicación para que los lectores puedan entenderla por esas fechas se publicó en la IV Internacional una proclama llamando a la acción directa contra la vida cara: “Para acabar con la vida cara, huelgas, paros, sabotajes, boicot, estas son nuestras armas de lucha”. Naturalmente, esta posición izquierdista (encabezada por Galicia) provocó airadas reacciones, empezando por la del propio Trotsky -cuyo análisis del gobierno de Cárdenas era de una sutileza desconocida por sus pupilos mexicanos- que juzgó a esta convocatoria delirante como “una provocación. Pero dado que carecía de la menor influencia y que ni siquiera era consciente de su falta de influencia, la provocación no fue trágica sino cómica”.