No me fue fácil aceptar la invitación de los organizadores de este coloquio a participar en él para dar lo que se describe como la “lección inaugural” de una serie de conferencias y mesas redondas que, bajo el título general de “México y los cambios de nuestro tiempo”, abarca temas tan importantes como el “cambio mundial y la democracia en México”; “México, experiencias y perspectivas del desarrollo”; “el cambio mundial y la educación en México” y, por último, “México y el nuevo orden mundial”. No siendo economista, ni historiador, ni licenciado o doctor en ciencias políticas, no siendo, en fin, sino nada más que un novelista, me pareció que yo no tenía nada que hacer aquí, salvo en todo caso, formar parte del público, ser un modesto observador, aprender, en fin, de tan distinguidos especialistas como son los que participan en este coloquio, de tantos tan admirados maestros, las lecciones que yo no estoy en capacidad de darles. Pero la idea, me dijeron, era que los tres grandes temas del coloquio fueran inaugurados por tres novelistas latinoamericanos. Tampoco debió ser ésta una razón suficiente para aceptar. Carlos Fuentes es, claro, un novelista, y de los más importantes de nuestro tiempo, pero además se ha distinguido como ensayista, gracias a una gran disciplina, a la adquisición de una vasta cultura y, sobre todo, a su fino talento como analista. Por otra parte, García Márquez, un novelista de imaginación prodigiosa, ha tenido el privilegio, desde hace muchos años, de estar muy cerca del poder, no sólo en su país, Colombia, sino en otras naciones latinoamericanas, y por lo tanto de conocer, desde dentro, algunos de los procesos políticos más importantes de las últimas décadas, y muy probablemente, el privilegio, también, de influir en ellos. Hemos visto, sin embargo, que mientras Carlos Fuentes justificaba mis temores al hacer una muy lúcida y brillante introducción a este coloquio para mí muy difícil de superar, García Márquez, con la elegancia y el talento que lo caracterizan, nos habló, en efecto, del poder, desde el poder de su imaginación, y nos leyó una maravillosa historia. No fue el menor de sus méritos el de invocar al humor en este coloquio, y con éxito, para el deleite del público y mío, pero esto no hizo sino aumentar mi desventaja: no siendo cuentista, sino novelista, Leer aquí una novela, tan larga como suelen ser las mías, provocaría, como bien señaló un amigo mío, que el Coloquio de Invierno se prolongara hasta el verano.

Mencioné el poder y la imaginación, dos conceptos, dos palabras mágicas que forman parte del título de esta conferencia. De ellas hablaré más tarde. Mientras tanto, creo necesario aclarar que, si a fin de cuentas estoy aquí entre ustedes, si acepté participar en este coloquio, fue: o porque tenía algo qué decir, o por tener algo que decir. Se debe, más bien, a lo segundo: el deseo que hizo nacer la oportunidad que se me ofrecía, el foro que se ponía a mi disposición, para tratar de ordenar una serie de ideas no muy claras que tengo y he tenido sobre mi país, México, mi país y su historia, su historia y su presente, su presente y sus perspectivas. Tratar de ordenar, decía, de interpretar, de traducir esa serie de ideas y de preocupaciones magnificadas hoy, precisamente por esos grandes cambios de nuestro tiempo, con la intención de hacer una aportación, muy modesta, a este coloquio.

Creo, sí, que el haberme ocupado siempre en mis libros de México con amor, con devoción, y sobre todo con una terquedad infinita, y el hecho de haber vivido tantos años fuera del país, me han capacitado para aprender cómo el extranjero ve a México desde el extranjero, y cómo estos puntos de vista, y las actitudes que con frecuencia corresponden a ellos, pueden o podrían afectar o influir no sólo en lo que nosotros desearíamos que fuera la imagen de México, sino en nuestros propios conceptos sobre lo que somos y queremos ser como ciudadanos de una nación y lo que deseamos que esa nación sea. O en otras palabras. sobre nuestra idea de la propia identidad, ya que ésta no sólo depende de cómo nos vemos a nosotros mismos sino de cómo nos ven los otros. Y hablo de nación porque no me tocó el tema de la situación mundial o el tema de las Américas, sino nada más, pero nada menos que el tema de México en el contexto mundial y sucede que México es una nación y como tal no puede ignorar que el nacionalismo forma parte de la política exterior de las otras naciones del mundo, al menos en lo que el nacionalismo tiene de teoría política que afirma el predominio de los intereses de una nación sobre los intereses del resto de los países de la comunidad internacional.

El nacionalismo que, como la razón, tantos monstruos ha engendrado. El nacionalismo, su afirmación o su rechazo, o los deseos de exacerbarlo, de dominarlo, de dosificarlo o, de ser posible -y creo que es a veces posible- dignificarlo, es un fenómeno, y son actitudes, y propósitos, que están estrechamente vinculados con los cambios mundiales en relación a cada país, así como con su cultura y su tradición, su desarrollo, su democracia o la ausencia de ella, su educación y su participación en lo que llamamos modernidad.

Para hablar de este tema tan delicado y riesgoso, el nacionalismo y su relación con una identidad, con un modo de ser al que podemos aspirar a preservar no con arrogancia sino por amor, o más que por amor por nostalgia futura y porque no quisiéramos, nadie quiere, renunciar a los recuerdos del porvenir, he acudido al auxilio de las obras de varios escritores y pensadores mexicanos a quienes mucho admiro y a quienes tanto agradezco su ayuda para entender un poco más el mundo, mi país y lo que yo mismo soy o creo ser. Hablo de Octavio Paz, de Samuel Ramos, de Alfonso Reyes, de Leopoldo Zea, de Carlos Monsiváis, del propio Carlos Fuentes y de Jorge Portilla, de cuya Fenomenología del relajo cito el siguiente párrafo -al que seguirá una cita de Paz-, para entrar en materia. Dice Portilla: “El espíritu de un pueblo (permítase el uso de esta expresión a falta de otra mejor), no es algo que esté ahí, de una vez para siempre, como una piedra. Es el conjunto de formas y estilos que toma en el tiempo la historia de una libertad que marcha hacia su liberación; y, si en el tránsito de esa liberación pueden encontrarse confirmaciones permanentes del carácter, esto no significa que no puedan ser afectadas por el fluir de la vida nacional hasta el punto de llegar a desaparecer por completo o cambiar de sentido…”Hasta aquí las palabras de Portilla. Por su parte, Paz, en El laberinto de la soledad , nos dice: “Es significativo que la parte más viva de la herencia española en América esté constituida por esos elementos universales-Paz se refiere principalmente a la adopción de las formas artísticas del Renacimiento que España asimiló en un periodo también universal de su historia…”

Somos víctimas de los dos extremos del tiempo: el instante y la eternidad. Nos salvan, apenas, como si nos detuvieran en el aire tras la caída original, dos contrarios: la memoria y el olvido. Gracias a la memoria, sabemos que estamos vivos, y lo podemos contar. Pero se existe, y se sigue existiendo, también, como dice y dice bien Cioran, gracias a los momentos en que olvidamos ciertas verdades. Entre otras, que podemos morir dentro de un segundo. Olvidado este pequeño inconveniente, vivimos cada día como si fuéramos a vivir para siempre, y es así como hacemos proyectos para el día siguiente o el año próximo, y es así como escribimos libros y conferencias y nos hacemos políticos, o arquitectos, o defensores de una democracia o de una cultura y una tradición. Del otro lado del espectro -la palabra no podía ser más adecuada-, está la eternidad, o casi. Digamos que un sinnúmero, insondable, de años. Porque sabemos que, en teoría, la humanidad podría sobrevivir millones de años. El hombre, sin embargo, desde que tiene conciencia histórica como especie, no ha dejado de imaginar, inventar y casi desear el fin del género humano. San Juan y su Apocalipsis, Nostradamus y sus profecías, el cometa perdido que dislocará el sistema solar y hasta los pájaros de Daphne Du Marier y Hitchcock, no son sino pálidas fantasías ante la sombría realidad de un desastre ecológico total, o un holocausto nuclear. Con todo, Faulkner podría tener razón y el hombre prevalecerá. Si es así, no hablemos de un millón de años, cifra que escapa a nuestra comprensión, sino sólo, digamos, de unos treinta mil años. O sea nada. Nada, sí, pero creo que difícilmente podemos tolerar la idea de que el género humano nos sobreviva -dije nos- treinta siglos. Aceptarlo, entenderlo, nos reduciría a otra nada, nos anonadaría, nos sumiría en el silencio y la inacción. De ese conjunto de formas y estilos camino a la libertad que forma parte del espíritu de un pueblo, según Portilla, tomemos un solo rasgo: el idioma. Nuestro idioma, el español, el oro que nos dieron nuestros conquistadores a cambio del nuestro, tal como llama Neruda a la lengua española, está sujeto, como toda lengua viva, a constantes transformaciones: el español del Cid Campeador y el del Arcipreste de Hita, se han vuelto incomprensibles en menos de mil años. El Cid debe ser traducido del español al español así como, para los ingleses, hay que traducir del inglés al inglés a Chaucer. Y si esto sucede en nueve siglos, ¿qué pasará con el español en treinta? Probablemente habrá desaparecido, y será tan sólo una referencia, una más entre otras tantas lenguas hoy vivas, mañana muertas. Y con ellas, muertos también, los espíritus de los pueblos que alguna vez las hablaron, y muertos los pueblos mismos, transformados en naciones cuyas características nadie puede prever o imaginar, pero a cuya formación y a cuya riqueza cultural habrán contribuido, es de suponerse, y esperarse, un gran número de influencias externas: las naciones del futuro serán, también, producto de grandes mestizajes culturales herederos, en el mejor o los mejores de los casos, de esos elementos universales a los que se refería Octavio Paz. Paz, como decía, hablaba de las formas artísticas del Renacimiento adoptadas por España. España también adoptó, incorporó a la lengua castellana, algunos italianismos de los que se quejaba amargamente Quevedo y que hoy no reconocemos como tales: lo espureo se ganó ya, nada más que con su antigüedad, carta de ciudadanía. El cobre se transformó en oro.

¿Tiene pues sentido defender, o siquiera proteger un idioma, y con él una cultura y unas tradiciones que de cualquier manera están condenadas a desaparecer? Quizá sí, si nos situamos, entre el instante y la eternidad y, con toda modestia, vivimos y actuamos para una humanidad que no esté tan lejana como para que olvide los esfuerzos que hicimos para preservar nuestros valores. Pero, si la muerte de un idioma es una tragedia y el nacimiento y desarrollo de otro un milagro, una fiesta, y si no podemos afirmar y ni siquiera suponer que un idioma pueda ser más bello, o rico, o importante que ningún otro, ¿por qué, entonces, defender el español y no el inglés?, ¿o el alemán?, ¿o el chino? Hablé de nuestros valores. Con esto quiero decir mis valores, porque lo que es de nosotros, es mío. Y uno de los valores más preciados y preciosos que tengo, es el idioma que me fue dado, por el azar, como instrumento para expresarme y a través de la escritura, para recrear el mundo, o digamos, mi mundo. Alfonso Reyes, quien desde las alturas olímpicas de su universalidad podía darse el lujo de señalarle a los escritores mexicanos que entre sus deberes específicos está el de “buscar el alma nacional”, subrayó también, como obligación primordial de quien escribe, la fidelidad al lenguaje.

Me declaro fiel al lenguaje de Cervantes, al oro de Góngora y Garcilaso que nos dio España, a la lengua de Sor Juana y de Mariátegui, de Lizardi, de Carpentier y de Lorca, de Lugones, de Lezama Lima. Me declaro, también, su fiel defensor si bien en forma contradictoria. No sólo no soy miembro de la Academia Mexicana de la Lengua correspondiente a la Española, sino que, si me propusieran ingresar a ella, rechazaría el ofrecimiento. Dicho esto, nunca me lo propondrán y nunca, pues, tendré oportunidad de negarme. A pesar del respeto y la admiración que me merecen algunos de los escritores y especialistas que han sido o son miembros de esas Academias, nada me parece más reaccionario y contra natura-contra la naturaleza del idioma-, que sus intransigencias, rezagos y pretensiones. Me uno al júbilo irreverente de Cortázar y Cabrera Infante, celebro la dislocación del lenguaje en César Vallejo y Carlos Germán Belli y comulgo con Fuentes en la necesidad -o si no necesidad, conveniencia- de desescribir el lenguaje para rescribirlo de nuevo. Estos experimentos, que también han realizado otros escritores en otras lenguas- aparte de las experiencias políglotas como las del Finnegan’s Wake de Joyce o Larva de Julián Ríos, que pertenecen a otro orden de cosas-tienen, sin embargo, poco o nada que ver con la ética y mucho o todo con la estética. En otras palabras, no constituyen una verdadera rebelión contra la Academia -a pesar de que la Academia pueda darse por aludida-, porque tienen lugar en una dimensión muy distinta.

Las Academias se mueven -o mejor dicho, se petrifican- en el mundo de la moral: se erigen en jueces de lo que, en el uso del idioma, es correcto o incorrecto, lo que equivale a decir bueno o malo. La escritura, en cambio, la escritura imaginativa, tiene que ver con lo bello y lo feo. Y quizá nada más que con la belleza, puesto que gracias a la capacidad lúcida y lúdica del lenguaje, el escritor -como el pintor lo hace en un lenguaje universal: Goya, Francis Bacon, Otto Dix y Gross serían los ejemplos obvios-, explora también, explota, la belleza del horror y la belleza de lo cursi, la belleza del sinsentido y de lo irracional, de lo absurdo, de lo irreal, de la fealdad. Sin embargo, los grandes dislocadores y desmitificadores del lenguaje, los artífices de la desarticulación, recuperan siempre la transparencia y la lógica, y acuden de nuevo a un lenguaje más apto para la comunicación que para el esparcimiento, por bello que éste sea, cuando asumen -los que quieren o los que pueden- su papel de ciudadanos que sienten la necesidad de expresar sus preocupaciones ciudadanas ya sea a través de la palabra hablada -en discursos o simples conversaciones, en entrevistas- o de la palabra escrita -en ensayos o artículos, en el periodismo-, así sea, como quiere Benedetti -a quien cito de memoria- para servir de intérprete e intermediario entre el lenguaje del pueblo y el lenguaje demagógico o hermético de quienes lo gobiernan, o porque, como indica Fuentes, el temor del escritor -o de algunos escritores de nuestros países, los latinoamericanos- de que nadie nombre al mundo y de que todo sea olvidado, hace que esos escritores se sientan llamados a actuar como legisladores, estadistas, periodistas y hasta redentores de su sociedad. Algo, pues, de orden y de reglas debe existir en esa otra función del idioma, que se distinga del juego y la herejía gozosa, para ser más comunicativo. Es por ello también que, de nuevo en forma contradictoria me declaro defensor de esa doble investidura del idioma no sin reafirmar la superioridad de la espontaneidad y de la imaginación sobre las normas, así como la preexistencia de ambas en lo que a esas normas concierne.

Habiendo reconocido ya que no es posible afirmar que un idioma sea más importante o más bello que otro, y a sabiendas de que toda esa capacidad de maravillosa ambigüedad se da, debe darse sin duda en todas o la mayor parte de las lenguas más desarrolladas que inventó el hombre y que lo inventan a él, vuelvo a lo que llamé nuestros valores, que son los míos. Vuelvo a mi idioma.

El derecho a la propiedad de la tierra y de los objetos, de las cosas, del dinero, habrá sido puesto en tela de juicio varias veces y tal vez lo será también en el futuro. No así la propiedad material de cosas como nuestros dedos o nuestras piernas. Mi cabeza es mía, y míos mis ojos. También de cosas impalpables, como mi pensamiento y mi imaginación. Puedo compartir y de hecho comparto, con otros, otras propiedades: sueños, recuerdos, ilusiones. Comparto también, un idioma, una o muchas tradiciones, un país. Aunque en un sentido muy amplio y a la vez muy profundo todo es de todos y de nadie, y yo soy todos y todos somos yo, como bien sabía Borges, en la práctica cotidiana, en la vida que nos impone levantarnos todos los días y lavarnos los dientes -o no lavarlos y arrostrar las consecuencias- y salir de nuestras casas y trabajar para ganar el sustento, sabemos muy bien que los otros existen y que tenemos que enfrentarnos a ellos. También así, como existe mi país, México, existen otros países. De hecho, si México existe como nación, como país, es porque existen otras naciones que no son México. Los filósofos, y con ellos los matemáticos, dirían que una suma, o acumulación de negaciones, no puede dar como resultado un hecho positivo. Y sin embargo, si por algo puedo decir que soy mexicano, es porque no soy inglés, ni soy griego, ni soy noruego, ni soy ucraniano, y así hasta agotar todos los pueblos y nacionalidades del mundo. Soy una cosa, porque no soy todas las demás.

Dije, al principio de esta plática, que he vivido muchos años en el extranjero. Es decir, fuera de México. Llegué a Londres hace más de veinte años, joven aún, y muy pronto me di cuenta que el idioma inglés -hablo de ese inglés que allí se llama el inglés de la BBC, muy lejano de las pastosidades tejanas, los tartamudeos aristocráticos de Bloomsbury y los eructos de los cockneys de Soulhwark- era una lengua de una musicalidad y una belleza que jamás había yo sospechado. No llegué, sin embargo, tan joven, como para hacer del inglés mi lengua. No fue el mío un caso parecido al de Conrad o de Nabokov y a pesar del entusiasmo con el que me lancé, de lleno, a enriquecer mi cultura occidental, mi cultura judeo-cristiano-occidental, inmensamente feliz de adquirir otra lengua, de leer por primera vez en el idioma original a Sterne, Swift, Joyce o Virginia Woolf, tuve, un día -o quizá no un día, sino poco a poco- que reconocer mis límites. Mis límites fueron los otros. El otro. El extranjero. El que después del orgasmo de nacionalismo que tuvieron los ingleses tras la invasión de las islas Malvinas, me colocó en mi lugar. La sutil agresión y la altanería, la arrogancia del europeo frente a lo que no es suyo o no entiende, su incurable provincianismo como lo llama Cioran en su elogio a Borges y que yo sufrí, no sólo en carne, sino en espíritu propio, son actitudes o posiciones que son parte, al parecer inalienable de ese espíritu europeo qué de manera tan magistral describe y explica Leopoldo Zea en su libro Discurso desde la marginación y la barbarie, largo y hermoso ensayo en el cual el filósofo mexicano recuerda las palabras de William Shakespeare en Próspero, cuando éste increpa a Calibán, diciéndole: “Aunque aprendas de mí, tu origen te impedirá ser uno de nosotros”. El hecho de que, para los europeos, como lo señala Zea, “nada hay antes de Europa ni nada después de Europa. Europa da sentido al pasado y es la única posibilidad de futuro”, no es algo que pertenezca al pasado, ni algo que los no europeos, por ejemplo los latinoamericanos, estemos en capacidad de cambiar o siquiera de influir. El eurocentrismo sigue siendo una fortaleza inexpugnable porque, como lo leemos en el libro del mexicano, “la marginación y la barbarie se dan, por supuesto, desde un centro de poder que califica a partir de su propia situación y lenguaje”. De nada sirve que nosotros sepamos que somos copropietarios de la cultura occidental, de nada sirven -es decir, no sirven para que nos entiendan-, nuestras elaboradas polémicas sobre si fuimos algún día gente de la periferia que vivió en los arrabales de la historia, o si esos conceptos son ya obsoletos porque, lo dice el mismo Paz, “todos nos hemos convertido en seres periféricos, hasta los europeos y los norteamericanos”, lo repite Fuentes: “todos somos excéntricos”, afirma en Valiente mundo nuevo, y lo sabemos algunos de nosotros. Pero no lo sabe el francés. No lo entiende el inglés. No lo aceptaría el alemán. No se lo imaginaría el italiano. De nada sirve, pues, que tengamos conciencia de ser algo más que copropietarios: codepositarios, de su cultura -lo que la hace nuestra cultura- para que nos entiendan y, lo que es más probablemente tampoco serviría que nos entendieran, porque estamos solos. Solos, ante un conjunto de soledades, de nacionalismos cerrados que contradicen el derrumbe de las fronteras interiores: unidos en teoría y en la superficie, en búsqueda desesperada de una coalición económica que transforme a Europa en una potencia, los países europeos se dejan arrastrar por nacionalismos descarados y triunfales, cuya discriminación apuntó, primero, como sabemos, a los inmigrantes y los hijos de los inmigrantes caribeños, argelinos o turcos que hace varias décadas fueron invitados a inmigrar por los propios europeos y ahora, para sorpresa de ellos mismos, comienza, esa discriminación, a hacer sus víctimas entre los europeos orientales, cuyos países se transformaron de la noche a la mañana en el patio trasero de Europa Occidental y ellos mismos en los que de verdad, ellos sí, intentan ahora colarse por las puertas de servicio de Occidente. Ante el peso de esta realidad, América Latina, tantas veces descubierta y olvidada por Europa -y que este año del 92, por razones obvias ha vuelto temporalmente a figurar en la conciencia europea-, será olvidada, está siendo de nuevo olvidada. Estamos solos. A Europa no le interesa nuestra existencia ni nuestro porvenir, ni, al parecer, siquiera en la medida en que ese futuro nuestro pueda afectarle. El Informe Brandt no ha tenido, ni de lejos, la trascendencia que se esperaba. Desde luego, hay excepciones. El Informe Brandt lo demuestra. Asisten, también, a este Coloquio de Invierno, amigos europeos, distinguidísimos especialistas, que nos conocen y se interesan profundamente en nuestros países. Son, repito, las excepciones, y por eso están aquí. Naturalmente yo, que no soy ni pakistano ni argelino, y que nunca he sido, en Europa, inmigrante, o refugiado político o económico, jamás me sentí un apátrida, jamás sentí la angustia y la soledad, la desesperación, la rabia, que deben sentir, por ejemplo, esos jóvenes turcos que nacieron en Alemania, que no hablan sino alemán, y que hoy sufren una presión cada vez mayor para abandonar Europa junto con sus padres. Siempre, o casi siempre, en una posición de privilegio, por mi profesión, mi cultura y hasta por el color de mi piel, esa discriminación, que casi no me ha tocado – aunque me ha tocado-, me indujo a preguntarme si nosotros en Latinoamérica, o cuando menos nosotros en México, somos capaces de crear un nacionalismo defensivo que se oponga al nacionalismo agresivo de otras naciones, un nacionalismo que no tenga miedo de decir su nombre, que tenga por cimiento esa maravillosa mezcla de valores locales y universales que forman la esencia de nuestro espíritu, un nacionalismo sin fanfarronadas ni rastacuerismos lejano a aquello que Jorge Portilla en el libro citado calificó como el “autoelogio vulgar”, pero asimismo de lo que el mismo filósofo llamó la “confusa autodenigración” en la que también caemos con frecuencia. Un nacionalismo que, sin autocomplacencias vacías, pero sin complejos, con orgullo legítimo pero sin arrogancia, buscara lo que Reyes llamaba “el alma del pueblo” para mejor conocerla, sostenerla, alimentarla, ayudarla a seguir su camino hacia la libertad.

De este otro lado del Atlántico, también estamos solos. No por trilladas, las verdades dejan de serlo. Bolívar decía que los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad. Y Porfirio Díaz -o George Bernard Shaw: la paternidad de la frase está en duda- dijo: “Pobre de México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. La soledad de Iberoamérica, comprendida en ella México, ante el resto del mundo, comprendido en el mundo Estados Unidos, no sólo es una frase espectacular: es una amarga realidad, como todos sabemos, y como nos lo recuerda un breve artículo que, bajo ese título, “La soledad de Iberoamérica” apareció en número reciente de Cuadernos Americanos, escrito por José Luis Rubio Cordón, profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Las estadísticas citadas por Rubio son apabullantes. Por ejemplo, en conjunto, Latinoamérica es ahora un 10 por ciento más pobre de lo que era en 1980. Según la CEPAL, el porcentaje de pobres en la sociedad urbana de América Latina, fue del 42 en 1970, del 49 en los años ochenta y será del 60 en el año dos mil. Para el profesor Rubio, a causa, entre otras muchas del fracaso, primero de los modelos “autoritarios”, y después de los modelos democráticos que les sucedieron, no sólo es un eufemismo hablar de las naciones latinoamericanas como “países en desarrollo”, cuando se trata, dice, de países “en vías de retroceso”, sino que además, la realidad que vive hoy Iberoamérica es “la de su creciente expulsión del mercado mundial”. De la dependencia, afirma Rubio, se está pasando a la prescindencia. América Latina es, pues, o está en peligro de transformarse en un continente del que se puede prescindir. No se necesita ser economista para saber que Latinoamérica se encuentra en esas lamentables condiciones. Una rápida lectura de Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano nos da algunas respuestas. Hemos sido víctimas de una catastrófica mezcla de imperialismo extranjero y corrupción interna. Sí es necesario en cambio, pienso, ser economista, para saber cómo vamos a salir del atolladero, o al menos para proponer soluciones que parezcan viables, a fin de modernizar nuestras estructuras y pasar, por fin, a formar parte del mundo moderno. Si somos “un continente en búsqueda desesperada de su modernidad”, como dice Carlos Fuentes, somos al mismo tiempo “modernos y miserables”, como afirma Héctor Aguilar Camín quien, bajo este título, en su libro Después del milagro demuestra, sin mayores esfuerzos, cómo cada una de las pretendidas -o verdaderas- “modernizaciones” de nuestro país, nos ha traído “nuevos agravios”, hasta desembocar en la quiebra económica de los años ochenta que sumió a México, nos dice Aguilar Camín, en “la más profunda recesión de su historia contemporánea. Y sin embargo, todo indica -para seguir empleando las mismas palabras del autor de Después del milagro- que nuestro país se encuentra una vez más en pleno y doloroso, vertiginoso proceso de modernización. A sabiendas de que la historia de los tiempos modernos comienza en el año de la Revolución francesa, 1789, que el modernismo en arquitectura es tan antiguo como el Renacimiento y el rechazo de las normas de Vitrubio, que el movimiento modernista religioso marcó la historia de la Iglesia católica de fines del siglo XIX y que el modernismo en la literatura hispanoamericana se inició en la misma época seguido, poco después por el modernismo en Brasil, confieso que para mí la palabra modernidad, cuando no está referida al pensamiento, es un concepto confuso que no va más allá del empleo de las técnicas y las tecnologías más avanzadas incluyendo, entre las primeras, las técnicas o estrategias económicas más desarrolladas y que hoy, al parecer, tras el estruendoso y patético fracaso de los regímenes comunistas de la Unión Soviética y Europa Oriental, no sólo son las más modernas, sino las únicas. En otras palabras, parecería que no nos queda más remedio, solos como estamos, y ante el peligro de pasar de la dependencia a la prescindencia, que aliamos a los Estados Unidos y con ellos a Canadá, en lo que se conoce como Tratado de Libre Comercio. Creo que es difícil reprocharle a un gobierno que su principal objetivo, antes que la difusión de la cultura, sea el de tratar de solucionar una crisis económica que amenaza con perpetuarse. La revolución cubana le dio también prioridad al hambre y sabemos que, sin dinero o con poco dinero, es la educación, y con ella la cultura, las primeras sacrificadas. Lo que sucede, también lo sabemos, es que, si hay una pasión que caracterice hoy al pueblo mexicano es, mejor dicho, lo contrario a una pasión: el escepticismo. Nada, ningún régimen, después o antes de la Revolución, llámese como se haya llamado, así sea la izquierda atinada o la derecha desatinada, ha cambiado sustancialmente, o siquiera atenuado lo que Humboldt, al definir a México como “el país de la desigualdad”, calificó como “la más espantosa” distribución de la riqueza que jamás viera en un país. Aunque sabemos hoy de naciones de este desdichado planeta donde la miseria y los contrastes son mayores, la verdad es que nuestra situación deja mucho qué desear y a esto se agrega ahora lo que se considera como el mayor peligro, en muchos años, de perder nuestra identidad nacional. O quizá no en muchos años, sino que simplemente, desde hace cuatro décadas, no hemos hecho sino sufrir el deterioro paulatino, pero constante e irreversible de esa identidad y con ella, de nuestras tradiciones más queridas. José Agustín, al efecto, nos recuerda que Daniel Cosío Villegas, en un artículo publicado en 1947 en Cuadernos Americanos, titulado “La Crisis de México”, afirmaba que la necesidad de cambio, en México, era impostergable, pues de no llevarse éste a cabo, el país terminaría -y me permito aquí llamar la atención sobre la escalofriante actualidad de las palabras de Cosío Villegas- “por confiar sus problemas mayores a la inspiración, la imitación y la sumisión a Estados Unidos, no sólo por vecino, rico y poderoso, sino por el éxito que ha tenido y que nosotros no hemos sabido alcanzar. A ese país llamaríamos en demanda de dinero, de adiestramiento técnico, de caminos para la cultura y el arte, de consejo político, y concluiríamos por adoptar, íntegra, su tabla de valores, tan ajena a nuestra historia, nuestra conveniencia y nuestro gusto”. Unos cuantos años después, Paz publica El laberinto de la soledad. Sublime paradoja: comenzamos a perder la identidad antes de encontrarla. Y veinte años más tarde, el embate de lo que se llamó la contracultura, provocó el surgimiento de los jipis, o jipitecas o en otras palabras, lo que Carlos Monsiváis llamó “la primera generación de estadunidenses nacidos en México”. El propio Monsiváis, en Días de guardar, mitad en broma, pero mitad, desgraciadamente, en serio, hizo, bajo el título “Necrología de la tradición”, un breve catálogo de instituciones mexicanas fenecidas, de las cuales, la número trece -cifra de la mala o buena suerte según el lado de la frontera del que se vea- se refería a la muerte de “la creencia en que los Estados Unidos tienen la civilización, pero nosotros el espíritu”. La primera edición de Dias de guardar, data de 1970. Los grandes cambios de nuestro tiempo, no parecen haber ocurrido, en estas dos últimas décadas, nada más que del otro lado del Atlántico o de este otro lado del Bravo. La mexicanización de Estados Unidos parece hoy más intensa que la americanización de México o en todo caso, quizá podría afirmarse que a la invasión de productos americanos, México ha respondido con una invasión, pese a todo, de productos que tienen que ver más con el espíritu, con la cultura, que con la materia. Tampoco y no sólo gracias a la inmigración mexicana en Estados Unidos, sino también a la cubana, la puertorriqueña, la colombiana y la centroamericana, parecería estar en peligro de extinción la lengua castellana, que como sabemos ha sido catalogada entre los idiomas llamados “bulldozer”, que es hablada por no menos de 300 millones de personas y que ha pasado, junto con el inglés y el francés a ser un de las lenguas de comunicación internacional más importantes del mundo y de la historia, si bien probablemente en los Estados Unidos y en particular en el sur el español dará lugar a una lengua nueva -también quizás en el norte de México- así como la cocina mexicana se transformó en una nueva cocina, la tex-mex o chicana, a la que mal podríamos reprocharle su existencia aquellos que defendemos el mestizaje como fuente de riqueza de las culturas. En todo caso, a la cocina chicana podría reclamársele, pero nada más, que viaje por el mundo con un pasaporte falso, haciéndose pasar como mexicana. A este fenómeno debemos agregar el nacimiento y desarrollo de una pintura producida por artistas chicanos contemporáneos, cuya imaginería abrevó, sin duda, en la imaginería del país de sus ancestros y en especial en la guadalupana. No es mi intención la de referirme a todas las influencias culturales recíprocas entre México y los Estados Unidos, pero juzgo indispensable recordar que en la época en la que Cosío Villegas señalaba la inminencia de la pérdida de nuestra identidad, no se había aún valorizado en México, o revalorizado, el enorme aporte de los Estados Unidos a la cultura mundial. Poco se conocía, por ejemplo, a autores como Hermann Melville o Nathaniel Hawthorne o incluso a escritores de la talla de Walth Whitman o Edgar Allan Poe, y menos aún se conocía a otros más recientes, como e.e. cummings, Jack Kerouac, John Dos Passos, Erskine Caldwell, Arthur Miller, William Faulkner, Eugene O’Neil, William Saroyan o Thomas Wolfe, novelistas, poetas, dramaturgos, muchos de los cuales en los años cincuenta se encontraban en la época más madura y fecunda de su creación. Una creación que pronto ejercería una gran influencia, por lo general benéfica, en la obra de numerosos autores latinoamericanos.

Establecida con toda claridad, pienso, mi admiración enorme por las contribuciones de los Estados Unidos a la cultura universal -y que no se limitan desde luego a la sola literatura, sino que abarcan otros dominios como el de la música, la pintura, la arquitectura, la danza, el cine-, creo estar en condiciones de afirmar que esta riqueza es conocida y disfrutada por minoría muy reducida, en cuanto que las enormes mayorías de los pueblos latinoamericanos lo que reciben, cada día, con lo que su espíritu se alimenta -o mejor dicho se envenena- es con basura cultural- “cultural” es un, desde luego, un eufemismo- que exportan los Estados Unidos, o con aquella basura que, descendiente de cepas norteamericanas, se encargan de cultivar y distribuir los grandes medios de comunicación disfrazada de producto nacional. Es esta avalancha de inmundicias la que desde hace muchos años adultera, desvirtúa y amenaza con sofocar nuestros valores más preciados. Y aquí me bastaría hacer un breve paréntesis: cuando digo nuestros valores, me refiero a los valores de América Latina y uno de ellos, claro está, probablemente el más importante- el que por encima de consideraciones geográficas, religiosas e históricas nos define mejor como un verdadero continente frente a todos los otros llamados continentes- es el idioma español, el castellano. Ahora bien, esta insistencia mía en hablar de la América Latina cuando en principio se supone que mi tema es México, se debe, simplemente, a que este tema se me desborda, ‘primero, hacia el sur: el resto de América Latina cuando se trata de hablar de una cultura y una tradición que al fin y al cabo, aunque con variaciones y matices muy diversos y ricos, todos compartimos, y de una modernidad que no reconocerá fronteras y cuyos aspectos más negativos son, también, una amenaza compartida. De aquí que, lo que en un principio me pareció que sería para mi una posición personal desventajosa en el desarrollo de este Coloquio de Invierno, en el que todo indicaría que los temas van de más a menos: primero el mundo, después América Latina, y por último México, al instalarme en el corazón del tema, la situación dio un vuelco, el mundo comenzó a girar alrededor de México y me di cuenta que, más bien, me vería obligado a ir de menos a más: imposible no proyectarse hacia todos los puntos cardinales cuando no hay uno solo de los subtemas de esta tercera sección del coloquio, así sea México y la democracia, México y la educación, o la cultura, la tradición, la modernidad y las perspectivas de desarrollo de México, que pueda ser considerado, analizado y discutido fuera del contexto mundial. Se me dirá que esto es obvio. Hay otras cosas, sin embargo, obvias también, que no son tan fáciles de reconocer como tales, es decir, como obviedades: y es que asimismo es necesario conocer y reconocer las direcciones de las cuales proviene la amenaza. Maticemos este término: las influencias que de manera no sólo más poderosa, sino más negativa, pueden contribuir a la desaparición de nuestros valores. Porque es necesario no engañarnos: si la nuestra es o se convertirá en una sociedad de mercado libre, serán, o seguirán siendo los mercaderes los que nos gobiernen o el concepto libre se referirá principalmente no sólo al libre tráfico de mercancías, sino a la libertad que gozarán los mercaderes de imponernos sus productos y su modo de pensar, o mejor dicho, de no pensar. ¿Se habló aquí de la televisión como de un ágora donde los mercaderes pagan por exhibir sus productos? Las cosas no son tan simples. Se trata de un ágora donde los mercaderes pagan, sí, para exhibir y vender sus productos, pero además, pagan para indicarle a los maestros del ágora qué es lo que deben o no enseñar. Son los dueños del ágora, y son implacables.

Pienso que una de las ventajas de que se invite a esta clase de coloquios a un novelista es que su ignorancia en economía, sociología o política, puede verse compensada por su capacidad para nombrar cosas concretas sin cohibirse. Acostumbrado, el novelista, a manejar personajes que se ponen corbatas y se peinan, que usan zapatos del número siete y que beben cerveza y comen camarones, esta más habilitado para saltar de lo universal a lo más particular que puede haber, y de lo abstracto a lo que puede verse, olerse, gustarse. Los cuadros de estambre huicholes, la loza negra de Oaxaca, las cajas laqueadas de Guerrero, la Danza del Venado, el tequila y todo lo que, en general, puede catalogarse como folklore o artesanía: la defensa de nuestros valores no sólo incluye esas y otras manifestaciones regionales sino, paradojicamente, lo más importante de aquellos otros valores culturales que han producido los Estados Unidos y Europa, y que hemos importado o heredado. Si es ya lugar común afirmar que somos copropietarios de la cultura judeo-cristiana-occidental, no es lugar común, en cambio, darse cuenta que esa parte esencial de nuestra historia y nuestra tradición, también está amenazada por los mercaderes, si bien gasten algunos que trafican con la cultura: su mercancía es noble, pero su actitud hacia esa mercancía no difiere, ni sus métodos de los aplicados a otros artículos: se venden discos de Mozart y libros sobre Mozart, como se venden detergentes. La ética no tiene lugar aquí: factores que no hace mucho bastaron para condenar a una persona, para señalarla como paria y enemiga de la sociedad: ser comunista, haber sido amante de Trotsky y mujer de Diego Rivera, hoy no tienen la menor importancia creada la moda, instalada la fridomanía en el corazón del mercado, Frida Khalo se transforma en uno de los productos de consumo masivo más exitosos de la última década del siglo. Se me dirá que esto es mejor que nada. No lo sé. Magnificar y dedicar tanto tiempo y espacio a un artista, le quita tiempo y espacio a los demás. Se me dirá que esto es inevitable. No lo sé. Se me dirá que estos argumentos huelen a viejo, a muy repetidos y que los ensayos donde se denunciaban las más sucias manipulaciones del mercado, como Los cazadores ocultos de Vance Packard, fueron publicados hace cuarenta años y ya nadie los lee. A esto sí sabría qué decir: los jóvenes de hoy no existían hace cuarenta años, y considero nuestra obligación enseñarles lo que aprendimos y decirles que, si la historia no se repite, sí se repiten, a veces, algunas pesadillas y lo que parecía muerto, como el macartismo, renace no sólo con una nueva fuerza, sino con un disfraz insospechado. Y es ahora, me pregunto, cuando surge de nuevo el fascismo en Alemania, Francia e Italia, cuando los muros que se derrumban en el interior de Europa se emplean para construir una gran muralla alrededor de Europa y cuando en ese continente las naciones se acuerdan de lo que son y comienzan a afirmar y reafirmar sus valores y sobre todo sus intereses frente a las otras naciones, haciendo alarde de intransigencia y de actitudes abiertamente discriminatorias; es ahora, cuando Europa está a unos cuantos meses de implantar la visa a todos los latinoamericanos -a fin de que no se le ague su fiesta de Sevilla, España no espera sino el 13 de octubre para cambiar de actitud y demostrar que, desde luego, su lugar está en Europa y no en América- , es ahora, me pregunto, cuando más puertas se nos cierran, cuando más se nos ignora, cuando estamos a punto de pasar de la dependencia a la prescindencia, es ahora que declaramos nuestra universalidad y nos manifestamos contemporáneos de todos los hombres, que aceptamos la fatalidad de la disolución de las soberanías, que nos declaramos libres de todo rencor histórico porque lo consideramos inútil y hasta contraproducente y, Calibanes hoy, Calibanes siempre no sólo ante Próspero, sino ante la prosperidad, ¿nos apresuramos una vez más a treparnos -juego con una imagen de Fuentes-, en el furgón de cola de la modernidad? Atrás queda, o mejor dicho, no quedan, ni el “autoelogio vulgar” ni la “confusa autodenigración”. No queda nada. Sólo el futuro, nos dicen, nos pertenece. El futuro que no llega nunca, porque, como dijo Genet, la posteridad no existe. Mientras tanto, mientras no sepamos si como individuos vamos a vivir sólo unos días, o como especie treinta mil años más, ¿no podríamos, repito, inventar en la América Latina un nacionalismo elegante y generoso, compartido, un nacionalismo que cumpla -cito a Víctor Flores Olea “la imperiosa necesidad de defender aquello que distingue a una comunidad de otra” pero que no exacerbe- cito de nuevo al maestro el sentido de la identidad y de la tradición al punto que desemboque en el crimen, un nacionalismo que no alimente a los tiranos y que no sea producto ni origen del odio? ¿No podemos, como hace unos días nos invitaba a hacerlo Darcy Ribeiro, estar orgullosos de lo que somos, pero con un orgullo tranquilo que podamos oponer, serenamente, al orgullo nacional de otros países? Como antes señalé, quizá, para nuestra supervivencia económica, debemos, sí aliarnos con nuestros vecinos del norte. Pero, como dije hace apenas un mes y días en un discurso que pretendía dirigirse a una patria inasible e invisible, se corre el peligro de, en estos negocios, perder el alma nacional de la que hablaba Reyes, reitero, desde la altura olímpica de su universalidad: sólo un mexicano de tanto mundo que conocía de otros países, y de manera profunda, algo más que su literatura: la cocina; sólo un mexicano que como ninguno exploró con deleite creciente e infinito el mundo de los vinos franceses y con ellos todas las delicias de la cocina francesa, sólo un hombre que aprendió a amar las tradiciones culinarias de España y de Brasil y que con ellas como complemento de su formación intelectual, aprendió que los países tienen alma, sólo él pudo recordarnos a nosotros, los escritores, que México tenía un alma y, sin patrioterismo, sin fanatismos, sin sonrojos, recomendarnos que la buscaramos. Esta cita de Reyes aparece, también, por cierto, en El laberinto de la soledad. En el mismo discurso que fue el que pronuncié al recibir el Premio Nacional de Literatura 1991, hice alusión a la famosa profecía de Alexis de Tocqueville -ya mencionada en el curso de este coloquio- en el sentido de que los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban destinados a repartirse el resto del mundo, y declaré mi deseo que, derrumbado el imperio rojo comunista, Tocqueville no tuviera, siquiera, la mitad de la razón. Es decir, que ese derrumbe no dejara a los Estados Unidos dueños del mundo. Sabemos ahora que Europa y Japón no lo permitirán, pero sólo en lo que a ellos concierne porque por lo demás, ni a Europa ni a Japón ni ahora a Rusia y sus vecinas repúblicas exsoviéticas, les importará en lo más mínimo que Estados Unidos intervengan política, económica o hasta militarmente en los países de América Latina. Hace unos diez días, el Herald Tribune afirmaba en un reportaje que el ejército de los Estados Unidos ha manifestado su zozobra porque el enemigo ha desaparecido del horizonte. Si la historia nos enseña algo, es que ese enemigo aparecerá muy pronto en cualquier país del Tercer Mundo, de preferencia en América Latina o el Caribe, donde surja un régimen político que por angas o por mangas les estorbe a los norteamericanos. Estoy consciente de que, como la consigna neoliberal es la de darle la espalda al pasado y enterrar nuestra historia, esto que acabo de decir causará, sin duda, una especie de orgasmo intelectual a aquellos escritores que han atacado este Coloquio llamándolo el último reducto de los intelectuales marxistas mexicanos. Quiero aclarar que no soy marxista, lo aclaro, no para darle ninguna explicación a esos energúmenos, ni para tranquilizar a aquellos parientes y amigos a quienes podría alarmar el hecho de que Fernando del Paso, un servidor, se hubiera transformado al comunismo de la noche a la mañana. No, no soy marxista, simplemente porque no tengo los estudios ni reúno las condiciones necesarias para serlo. Porque, si ser marxista es conocer el marxismo, cómo podría serlo si, aparte del Manifiesto Comunista y del Anti-Dühring de Engels, nunca pasé de las primeras ochenta páginas de El Capital y jamás he leído a Lenin, o a Gramsci ni a ninguno de los teóricos o críticos del marxismo. Si, por otra parte, ser marxista es admirar a Carlos Marx, confieso que la admiración por lo que todos admiran de Marx sin haber leído a Marx: su enorme capacidad intelectual, la devoción a su causa, su inmensa lucidez y tantas otras virtudes, desmerecieron mucho a mis ojos cuando me enteré de lo que de nosotros, los mexicanos, dijo el ilustre alemán. Parte lo aprendí en la biografía de Benito Juárez de Ralph Roeder y parte en el libro, ya citado, Discurso desde la marginación y la barbarie de Leopoldo Zea, en el que aparece la siguiente cita de Carlos Marx: “En interés de su propio desarrollo, México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos”.

Qué maravillosa paradoja… Pensar que aquellos que dicen que Carlos Marx está muerto y con él el marxismo, y con el marxismo todos sus vaticinios, son los que más quisieran, hoy, que esta profecía se cumpliera.

Yo no, aunque fuera marxista. Pero sucede que no lo soy. No soy, tampoco, comunista, si bien no dejaré nunca de recordar que, por mucho que se hayan desvirtuado algunas de las grandes revoluciones que hubo este siglo en algunas naciones de América Latina, fueron ellas, y no sus tiranos locales o los invasores extranjeros, los que dieron dignidad a sus pueblos.

No soy marxista y no me gusta que me endilguen ninguna clase de etiquetas. No pertenezco a ningún grupo. Soy un escritor independiente cuya conciencia, como los tres grandes temas de este coloquio, oscila entre mis responsabilidades como ciudadano del mundo, ciudadano de las Américas, y ciudadano de México. Si es verdad que he sufrido la arrogancia europea, también es cierto que disfruté en Europa de una maravillosa libertad, al igual que en Estados Unidos, donde viví dos años. Esa libertad compensa, y con creces, cualquier sentimiento de frustración que pueda causar el hecho de vivir dentro de un sistema capitalista. Dije: frustración. Se puede hablar de disgusto, también, o ir más lejos y hablar de repugnancia pero eso me parecería quizás un poco exagerado, aunque esa expresión la avale un distinguido intelectual. En efecto, según lo cita una publicación mexicana aparecida el domingo pasado, en una célebre intervención, al calificar como inexistente la supuesta simetría entre “dos sistemas que serían igualmente perversos e igualmente fracasados: el sistema socialista o totalitario o de economía centralizada y el sistema capitalista de economía de mercado”, el citado escritor continuó diciendo que tal simetría era una creación intelectual “hecha desde la repugnancia, muy legítima en términos éticos, que causa a los intelectuales de los países capitalistas el sistema dentro del cual viven”. Este escritor, que si se refiere a la repugnancia que causa vivir dentro de un sistema capitalista lo hace, supongo, por experiencia propia, no es un intelectual marxista. Esas palabras las dijo el novelista peruano Mario Vargas Llosa.

No soy marxista sino sólo un novelista a quien se invitó como tal a participar en este coloquio, en el cual encuentro que numerosos participantes no son mis amigos, no los conozco, y con algunos discrepo profundamente. Extraño en cambio a intelectuales amigos que pudieron haber sido invitados, pero el hecho de no haber sido así no me concierne, ni me parece motivo de escándalo.

Como novelista, como escritor cuyo instrumento de trabajo es el lenguaje, y en mi calidad de ciudadano de México y de América Latina, reitero una vez más la invitación a defender nuestras tradiciones, a partir de la dignificación y fortalecimiento de la lengua castellana que se habla en nuestro continente, en honor de las generaciones que nos sucedan en los próximos dos o trescientos años a sabiendas, repito también, de que pienso debemos salvarlas no porque esas tradiciones y ese idioma sean más importantes o bellos que otros, sino porque son nuestros. Creo que cualquier persona con sensibilidad puede apreciar esta posición: México, dijo hace unos días el Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y Arzobispo de Monterrey, Adolfo Suárez Rivera, a propósito del Tratado de Libre Comercio y tal como lo cita un diario, México, dijo, deberá tener cuidado en no poner en peligro su soberanía nacional y preservar su identidad y sus valores culturales.

Por último, como escritor también, y como ciudadano del mundo, pido que esa defensa sea alegre y desenfadada, alejada de todo fanatismo y de toda autoridad, de toda academia y de todas las reglas como no sean las reglas del juego, a sabiendas de que, si la humanidad sobrevive otros treinta mil años, y ojalá así sea, todos los idiomas que hoy hablamos, todas las tradiciones de las que hoy nos enorgullecemos estarán muertos, y nuestra lucha olvidada, pero esta lucha habrá servido para vivir nuestra precaria finitud individual con decoro y con pasión.

Es con las palabras anteriores que debió, tal vez, terminar mi conferencia, y siento que ésta se alargue con un anticlímax que considero sin embargo necesario para, al menos, someter una propuesta de carácter práctico, aunque casi utópico.

La semana pasada, el exdirector del diario español El País, Juan Luis Cebrián, subrayó la importancia de la participación de los intelectuales en la televisión. Tras señalar que el señor Cebrián ignoraba que, antes de Carlos Fuentes y García Márquez se habían ya lanzado a la televisión -con intenciones y resultados muy distintos- otros escritores mexicanos como Octavio Paz y Juan José Arreola, me es muy grato constatar que este distinguido periodista coincide con la tesis que expuse hace más de diez años en un congreso de escritores de lengua hispana que se celebró en Las Canarias, a través de una breve ponencia que fue publicada después en la Revista de Bellas Artes, y que se tituló La imaginación al poder. Me permito retomar la idea principal de esa ponencia, nacida de la experiencia adquirida, como televidente, en mis 14 años de vida en Londres: proponer la creación de una televisión independiente del gobierno y de la iniciativa privada que, financiada por el público directamente, como es el caso de la BBC, esté de verdad abierta a todas las corrientes del pensamiento, salvo a aquellas que atentan contra su propia libertad y dé cabida a las formas más originales y bellas de la creación artística. Es allí, al medio moderno de comunicación por excelencia, junto a una radio igualmente financiada por los oyentes, donde la imaginación alcanzaría su máximo poder de expresión y convicción.

Quizá no se den en muchos años en nuestros países las condiciones necesarias para crear esta clase de poder. Pero creo que vale la pena ir pensando en ello como un proyecto que, por otra parte, no es imposible.

Por supuesto la existencia de una televisión así, no eliminaría, sino que necesitaría la presencia de las otras dos televisiones: la del Estado -soy de la opinión que en una nación democrática también el Estado debe tener la libertad de ejercer sus criterios y hacer escuchar su voz- y la comercial o de los mercaderes: la palabra “mercaderes, por cierto, no parecía que iba a formar parte del vocabulario de mi conferencia hasta que la pronunció, en este coloquio, el mismo Cebrián. Su precisión me hizo adoptarla.

Tendríamos así, tres televisiones: la del César, la de los mercaderes, y la del ágora. Cuando digo “ágora” no me refiero a ninguna universidad y en todo caso pienso que, estando unas universidades financiadas por el Estado y otras por la iniciativa privada, ninguna de ellas deberla ser propietaria de esa televisión, y, en cambio, en ella se tendría que dar cabida a todas. Dicho esto, me permitiré, para finalizar, a modo de breve y modesto homenaje, citar el lema de esta magna casa de estudios que fue también la mía, la Universidad Nacional Autónoma de México, que hoy brinda su cálida hospitalidad a este coloquio y manifestar mi esperanza de que el día en que de verdad llevemos la imaginación al poder, por nuestra raza -que es la mía- la raza de la América Ibérica, India y Africana, de cuyo nacimiento a sangre y fuego celebraremos o conmemoraremos este 12 de octubre los quinientos años, hablará, con una voz plena y segura, y más rica y generosa que nunca, nuestro espíritu.